La tristeza no es negocio

Pura mierda en MTV. La tristeza no es, nunca ha sido, un buen negocio. Caminamos sin avanzar, sin mapa y sin saber navegar. Otra mañana fría, otro día mezquino que se niega a regalar sonrisas, otro jueves cobarde diría Iván Noble
Más impuestos en el costal y tú apenas completas para la renta. En la tevé, un presidente sin autoridad anuncia nuevas medidas para enfrentar la crisis y el gordo de Hacienda luce tan sano que es difícil pensar que se vienen tiempos flacos. En la cocina escasean los víveres, se amontonan los trastes sucios y se amotinan los nervios de una madre estresada por otra semana que luce raquítica. En la sala descansa la rutina, convertida en huésped incómodo desde hace años y no tiene para cuando irse. En el baño, la cortina acumula humedad y una gotera en la regadera anuncia tormentas que no calmarán ningún fuego. Y el padre, el hijo y el espíritu santo sólo son un cuadro de poliéster que nunca oye nuestros ruegos. Y tu madre reza, no, más bien suplica para que se vaya esa sensación de angustia, la maldita migraña, todos sus miedos. Tu pobre madre, antes guapa y hoy convertida en esa señora que usa pants hasta para ir a las juntas de la escuela. Y tú con tanta confusión, queriendo vivir otra vida, soñando que un buen día la fortuna te hará un guiño y te olvidarás de la miseria. Pero no, con sólo mirar tus pies volverás a las realidad: los tenis están tan desteñidos como tus ilusiones. Que alguien te compre una guía para sobrevivir a los tiempos de incertidumbre, a los jueves cobardes, a los domingos cretinos, a los lunes de weba, a los sábados sin besos.
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Cómo quisieras encontrar ese mapa que te guíe en tus noches de dudas, que te saque adelante en esos malos ratos en que sólo quieres saltar desde la azotea y cerrar los ojos luego de maldecir a los dioses por esta confusión que siempre duerme contigo. No, la tristeza no es buen negocio. El pesimismo tampoco. En caso contrario, en este país no habría vagabundos. Vienen malos tiempos, anuncia el preciso, y sus amigos empresarios se frotan las manos porque un país empobrecido es ignorante y la ignorancia genera mano de obra barata. Y para colmo, tu padre está considerando seriamente que dejes la escuela para que le ayudes en el taller. O tu madre te mira con esa mirada que parece de rencor aunque sólo es frustración. Pinche vida que te tocó vivir. Será mejor que te apliques, que te inventes un plan de fuga a largo plazo para un buen día pintarle un dedo a la miseria. Habría que mandar al presidente y a su gabinete a Siberia un buen rato, mientras le devolvemos un poco de dignidad al pueblo. Vale madres, ya estoy desvariando. Pinches jueves cretinos, malditos miércoles en vela que me generan ideas estúpidas que sólo atienden los locos, los más insanos que yo. Dónde está el subcomandante, qué fue de aquel intento de revolución, a qué olvido exiliamos a los que murieron en el intento. Pinches jueves de resaca, jodidos viernes de quincena, malditos sábados de futbol, podridos martes de TV Notas, miserables miércoles de tianguis. Malditas semanas que se acumulan en este inventario de crisis.
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La desesperación se sienta a la mesa a comer huevos revueltos cuatro veces a la semana. Tu celular no tiene crédito, en la tele no dejan de contar chistes patéticos y las noticias dan miedo. En la esquina conviven violencia y una juventud sin aliento. Pesan tanto las alas, ya no alcanza con soñar para lograr volar. Siempre sientes que te quedan grandes los guantes de box y también la camiseta de campeón. Más valdría tomar un libro, luego otro, en busca de la sabiduría que te impulse a nuevos mundos. Valdría la pena hurgar en el coraje que te salve de acabar atado a un barrio lleno de madres solteras y adolescentes reggaetoñeros y sicarios en potencia. Y no, no es un videojuego como Grand Theft Auto, en el que eres invencible. Tú si eres vulnerable. Más valdría aferrarse a la escuela, buscar la beca, aplicar la inteligencia para armar esa bomba de tiempo que borre del mapa tus miedos, tus inseguridades. Este país se está yendo a la mierda y no habrá revolución ni redentores. Este país es un desierto que arde y, como dicta un poeta libertario, “los pobres ya se cansaron de ser pobres,/ los ricos juegan a las cartas y apuestan nuestro futuro,/ mientras un policía acribilla a un niño en el crucero./ Un día llegará en que un Dios implacable/ los señalará con su dedo de fuego./ Y celebraremos en las calles, codo a codo/ danzando alrededor del incendio/ con sonrisas como promesas y el decálogo para un mundo nuevo”.
Roberto G.Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico



