jueves, 24 de diciembre de 2009

Manual para canallas / Una copa para beberse la nostalgia


Una copa para beberse la nostalgia






Otra vez la maldita jaqueca. Así como si un cuervo revoloteara dentro de su cabeza. Así se siente Adriana todas las tardes, desde hace seis meses. Desde la ventanilla del pesero, rumbo a Indios Verdes, ella observa los nacimientos que han instalado sobre Paseo de la Reforma


Apenas pasan de las seis y ya está oscuro, así que la avenida luce muy navideña con su iluminación colorida. Adriana no comparte el asombro de los demás, ni su tranquilidad o su alegría. De hecho, la Navidad la deprime y no tiene ganas de volver a cenar pavo, ni elegir regalos, ni aprovechar las ofertas de Suburbia. Mientras el pesero está detenido ella observa unos Reyes Magos de yeso, luego mira un borrego que parece moverse. Entonces recuerda que de unos días a la fecha ella sueña con borregos que son atacados por una jauría de perros, pero no ha podido descifrar el significado. Será que la angustia le hace sentir más vulnerable. Este año ha sido fatal para ella. Su marido la dejó apenas un año después de casarse. Le queda el consuelo de que no tuvieron un hijo, si no qué iba a hacer el pobrecito sin su padre, justifica ella. Adriana trabaja como secretaria en una agencia de viajes. Paradójicamente no ha viajado a ningún lado desde que la contrataron. Hasta la luna de miel tuvo que cancelar porque su suegra se enfermó en plena fiesta, pero a los dos días ya estaba repuesta. Qué miserable es el matrimonio cuando la suegra lo quiere gobernar todo. Desde que se conocieron se odiaron. Adriana no soportó que la señora se inmiscuyera en todo. Chocaron en el mismo instante en que la doña le dijo que no usara pantalones tan ajustados, porque ella no iba a permitir que su hijo consentido anduviera con una lagartona. Y el baquetón de su esposo no hizo nada para remediarlo. “Entiéndela mi vida, es que mi mamá es muy franca; así que no lo dijo para ofenderte”, trató de abogar el muy desgraciado. Pero total, ya para qué lamentarse. No vale la pena. Como no tendrá vacaciones, Adriana está pensando seriamente en renunciar a su trabajo, porque sólo le dan ganas de quedarse tirada, inmóvil, mirando cómo parpadean las luces del arbolito, acariciada por el sopor de la melancolía. Su vida es igual de monótona que un televisor apagado, igual que un Santaclós desempleado en el verano o un trabajador sin aguinaldo; tan simple como las pinches canciones de Arjona. Chin, y pensar que este invierno apenas empieza, que la Navidad es un carnaval y ella ni siquiera entró al intercambio de regalos con sus compañeras. Ojalá que Santaclós le regrese las sonrisas cristalinas, la mirada radiante, esa belleza opaca que trata de ocultar con exceso de maquillaje. Ojalá que su corazón deje de sentirse igual que un pavo congelado. Ella no quiere, ya no, sentirse igual que una niña sin Reyes Magos. Y seguro se emborrachará en Nochebuena, mientras en algún lado alguien escucha la voz tristísima de Andrés Calamaro entonando su nostalgia: “Quiero emborrachar mi corazón/ para apagar un loco amor/ que más que amor es un sufrir;/ y aquí vengo para eso,/ a borrar antiguos besos/ en los besos de otra boca.../ Si su amor fue flor de un día,/ ¿por qué causa es siempre mía/ esta cruel preocupación?/ Quiero por los dos mi copa alzar/ para borrar mi obstinación, ¡y más la vuelvo a recordar!/ Nostalgias, de escuchar su risa loca/ y sentir junto a mi boca,/ como un fuego, su respiración./ Angustia, de sentirme abandonado,/ de pensar que otro, a su lado,/ pronto, pronto le hablara de amor”.



-O-




“Ándale, cómprame unos chicles”, trata de convencerme aquel chavito de pelos parados. Su camisa llena de manchas, que hace juego con sus pantalones rotos y esa sonrisa que parece más una mueca de resignación, me causan lástima. Y me siento miserable porque no hay nada peor que sentir lástima por el prójimo en vez de ser solidario o al menos maldecir a los corruptos que nos han despojado hasta del desencanto. “Mejor te invito un hot dog”, le digo al chamaquito. Órale, me responde. Se sienta a comer junto a mí. Dice que se llama Hilario y que su mamá es la señora que vende dulces y chicles en aquel semáforo. Desde esta banca la observo y al girar la vista me encuentro con el edificio de la Lotería Nacional. Tanta riqueza y nosotros siempre tan jodidos, reclamo mentalmente. “¿Y qué le vas a pedir a los Reyes?”, le pregunto al niño. Como esto no es la hora de Chespirito, ni un programa chafa de Televisa, Hilario no responde que “una torta de jamón”, ni que le gustaría “que todos los niños sean felices”. En cambio, me indica que “los Reyes no existen, son los papás” y me lanza una mirada como diciendo “¿a poco no sabías?”. Me gustaría convencerlo de que está equivocado, pero es alentar falsas esperanzas. “Bueno, pero si existieran, ¿qué les pedirías?”. Duda un poco. “Mucho dinero” y se ríe sin inocencia. “No, mejor una piñata con muchos dulces y juguetes”, corrige. “¿Te gusta romper las piñatas?”, sigo con la charla. “No, no la quiero para romperla”. Ah, chingá, ¿entonces? “Es para guardarla, para tener siempre muchos dulces”. Cuanta ternura. No puedo evitar un nudo en la garganta. Tan fácil que es cumplir algunos deseos. Tan sencillo que es hacer feliz a un niño. Tan hermosa la alegría infantil. Y nosotros que nos encerramos en el egoísmo, en el vértigo del estrés cotidiano, sin mirar a los ojos a los demás, sin escucharlos, sin percibir sus latidos. “Ándale, pide otro hot dog”, invito a Hilario. Ahora lo pide sin mostaza, “porque sabe bien gacho”. Antes de irme también le pago un refresco. “Adiós, amigo”, me grita con la boca llena. Meto las manos en el bolsillo y me voy pensando en traerle un día de estos una piñata, aunque estoy seguro que todos sus hermanitos van a querer romperla. Eso sí es un dilema, no las jaladas de los diputados ni la cotización del dólar.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

sábado, 19 de diciembre de 2009

Manual para canallas / La sensibilidad de un Santaclós mecánico


La sensibilidad de un Santaclós mecánico






Normalmente me gusta sentarme en el Central Park y observar a la gente presurosa, con sus cajas de regalos, las sonrisas nerviosas y las carteras repletas de tarjetas de crédito


Nueva York no es mi ciudad favorita, me parece espantosa, pero mi padre que es millonario me dejaría sin herencia por el simple hecho de que no lo visitara en esos días de “armonía y paz espiritual”, como dice él. En realidad yo preferiría estar en una playa de Cancún con mi novia o buceando en Cozumel. Pero aquí estoy, en esta urbe llena de ejecutivos con iPod integrado y mujeres que encuentran al hombre de su vida en un chat. Carajo, sólo a los locos se les ocurriría buscar pareja en internet. En fin, como ya estoy cansado cruzo la avenida y me voy a Tribeca a comer platillos que realmente cuestan una fortuna. Mientras bebo una copa de champagne, apropiada para esta época de continua celebración, entra una rubia que se parece a Cameron Diaz. Ella se quita el abrigo, deja al descubierto un hermoso cuerpo y me sonríe con coquetería. En realidad no estoy de humor, así que de inmediato desvío la mirada a través del cristal que da a la calle. El tráfico es horrible. Los chavitos pasean en scooters porque está de moda. Frente a mí pasa un tipo elegante, luego otro y otro y esto es una sucesión del mismo personaje: pelo engominado, traje de diseñador, gabardina Armani, portafolios metálico... todos parecen el mismo, ninguno es diferente al otro, cualquiera ganaría el campeonato de la persona más antipática del mundo. Odio esta jodida ciudad.



-O-




Ya llevo cuatro días en Nueva York y estoy hasta la madre del tráfico, de los niños que embarran de chocolate el pantalón, de que en cada esquina haya un Santaclós apócrifo recaudando dinero para emborracharse aunque en los carteles diga “para los niños sin cobijo”, “para los pobres del Bronx” y demás etcéteras. Si por mi fuera me largaba hoy mismo al Distrito Federal, a convivir con mis iguales, a viajar en Metro, a beber en bares terribles y con mujeres cuyos besos saben a perdición, tabaco y ron. Pero mi padre, el muy ojete, insiste en que me quede un día más porque su novia, una tal Alison, llega desde Denver a pasar la Navidad con él. A mí eso me vale gorro, pero tal parece que él está enamorado... acaso de su juventud y belleza. Ella tiene 35 años —podría ser mi hermana—, ojos azules, una sonrisa perversa y trabaja como azafata de American Airlines. Mi padre tiene 57 años, poca vergüenza, tres matrimonios a cuestas y cuatro hijos. Siempre me dice que soy su consentido y yo le sigo el juego. Casi no lo conozco. Se separó de mi madre cuando yo tenía siete años. Nos reencontramos hace poco. Dice que soy su viva imagen, bueno, de cuando era joven. Yo sólo quiero su dinero. Pero esto de estar en Nueva York me hace sentir bastante jodido. El departamento de mi padre en la 5ª Avenida es un mausoleo. Pese a todos los lujos, no hay un detalle que te haga sentir humano, falta un detalle cálido. Me la he pasado viendo la televisión y sólo a ratos salgo en busca de un trago.


Otra mañana. Anoche fui a un lounge bar. Estrené un traje Ermenegildo Zegna y me veía bastante bien, así que no me costó nada de trabajo ligarme a una mujer bastante guapa que dijo tener 30 años, aunque parecía de 25. Melanie se llamaba y estuve a punto de llevármela a la cama, pero cuando me dijo que lo que más añoraba en la vida era encontrar un joven y apuesto padre para sus dos hijas, tuve que desistir. Aún así nos besamos salvajemente y ella hurgó en mi bragueta al amparo de la semioscuridad. Poco faltó para que pasara la noche con ella, en verdad tenía unas piernas espectaculares, pero supe que hay atajos hacia el infierno que más vale no utilizar.



-O-



Anoche tuve fiebre y algunos delirios. Esta mañana el Metro va más lleno que de costumbre. Tal parece que todos se pusieron de acuerdo para ir de compras el mismo día. Odio esta pinche ciudad. El Distrito Federal terminará por volvernos locos. Me bajé en Bellas Artes, caminé hacia la Alameda y me senté un rato a mirarle las piernas a las chavas. Cuando me cansé del sol, crucé la calle y me tomé un café en el Sanborns. Por cierto, ¿te has fijado que la gente de esta ciudad es fea, que siempre camina de prisa, con gesto enojado, como si vivir fuera su calvario? Yo detesto esta ciudad. Si por mi fuera me iría a Nueva York. El día que encuentre a mi padre, que es millonario, le voy a decir que me compre un departamento frente a Central Park. Mi hermano siempre me dice que estoy loco, pero lo que pasa es que él me tiene envidia porque sabe que soy el consentido de mi padre y que la herencia será para mí. Entonces no la compartiré con nadie. Tengo que encontrar a mi padre. Por cierto, ya les dije que odio esta pinche ciudad. Los semáforos están en rojo. No hay policías por ninguna parte. Quiero una salida de emergencia. Odio esta ciudad. Tengo que buscar a mi padre. No quiero cenar pavo otra vez. Quiero un tren eléctrico. Necesito otro trago. En Suburbia aceptan tarjeta de crédito. Las almas tienen 40 por ciento de descuento. Un Santaclós mecánico es más sensible que nuestro presidente. Y los pobres somos un ejército sin garra, sin esperanza. Tengo que encontrar a mi padre. Odio esta ciudad...


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

Manual para canallas / Una balada no soluciona nada


Una balada no soluciona nada





“Odio las baladas, las odio”, me dijo Saúl Hernández alguna vez. “Una balada no soluciona nada” continuó, “mientras el rock puede cambiar el mundo”. Yo era un joven reportero que trabajaba por un sueldo miserable en un periódico de color café


Mi profesión me parecía fascinante y entrevistar a los rockeros del momento era, a ojos de mis amigos, algo que cualquiera haría gratis. Recién egresado de la UNAM, con más entusiasmo que talento, me sentía con los motores suficientes para sobrevolar sobre el purgatorio sin rostizarme. Luego me tocó ver a Jaguares cantando con Maná en un concierto que pretendía revolucionar conciencias. Una auténtica pena: sólo sirvió para que Televisa vendiera anuncios de refrescos y Sabritas y otros productos igual de nutritivos. Comprobado está, las baladas no solucionan nada y Saúl Hernández tampoco ha arreglado el mundo. Y así seguirá, resistiéndose al paso del tiempo y postergando el juicio de los dioses del rock.



-O-



Conocí Perú gracias a una gira con el Tri. Mejor dicho, viajé a Perú… porque sólo lo miré por encimita. No puedes conocer un país cuando solamente recorres las calles aledañas al hotel. Ya hace algunos años que acompañé al Tri a esa minigira que incluyó concierto, conferencia de prensa y visita a algunos programas de televisión. Alex Lora es un tipo bastante simpático, al igual que el Wea. Lo más memorable de ese viaje fue el desmadre que traían en el avión por unas tortas de frijol con yerba que uno de los músicos había llevado de contrabando. “Estas tortas sí están poderosas”, comentó alguien, “prenden más que las de una teibolera” y todos se carcajearon. A mí el Tri siempre me había parecido una banda muy neta, hasta que Lora empezó a componer canciones absurdas sobre tipos como Juanito o no-se-quién-más. Me quedo con sus viejas rolas, con aquel viaje a Perú. Reniego del personaje de Alex Lora, que se ha vuelto una caricatura de sí mismo. Sólo espero que Chela Lora ya jubile al rockero y se quede con aquel hombre-de-la -casa que vive a unos pasos de Perisur y le ha cumplido sus gustos de señora rica, como esos perfumes finos y los jeans tan caros.


-O-



Rocco nunca vivió en quinto patio ni se llama Rocco. Estudiamos en las mismas aulas, en la FES Acatlán. Bueno, estudiamos es un decir, porque pasábamos más tiempo fuera de clases que en las aulas. Él era un estudiante promedio y cantante de pésima dicción. Sin embargo, armó una buena banda en la que el discurso estaba por encima de la calidad. Aún recuerdo a la Maldita Vecindad trepada en un camión de redilas, apoyando la huelga estudiantil en la UNAM. De boca en boca, aquella agrupación se fue haciendo popular. Sax era malísimo con el saxofón. Lobito le tupía chido a las percusiones gracias a la herencia del Lobo mayor, que era un sonero muy chingón; y Pacho era un salvaje a la hora de darle a la bataca y muy lúcido al momento de opinar. No han cambiado mucho, siguen fieles a sus principios e incluso han mejorado como músicos, pero la rebeldía ya no es una foto que venda, ni sus canciones volverán a sonorizar otra huelga.


-O-



Mi paso por el periodismo musical no fue tan extenso, pero me tocó ver las cosas más absurdas que te puedas imaginar: a Rubén Albarrán gorreándole los cigarros a un colega durante un buen rato, hasta que alguien le dijo “no manches, venden un chingo de discos y no te alcanza para una cajetilla”; al cantante de Zoé paseándose al alba, desnudo y pachequísimo, por una playa de Veracruz hasta que la policía se lo llevo a los separos; a los Moderattos tratando de ligarse a unas gringas lesbianas en un antro de Cancún; a Saúl Hernández desquitando su coraje contra una pared y lastimándose una mano, tras una discusión con Marcovich. También pude ver Joaquín Sabina platicando con el espíritu de José Alfredo en el Tenampa; o a Charly García negándose a salir a escena en un arranque de locura; o a Tijuana No maldiciendo a Julieta Venegas y diciendo que la corrieron por fresa; o al baterista manco de Def Leppard jugando futbol rápido mientras la tribuna gritaba “mano, árbitro, esa fue mano”. De pronto extraño mis días como reportero, pero me queda el consuelo de algunas anécdotas que quién sabe si valdrán la pena de contarse.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

Manual para canallas / Te llaman de recursos inhumanos


Te llaman de recursos inhumanos







Entré a la oficina y el tipo de recursos humanos me recibió con la misma cortesía que un embalsamador frente al séptimo cadáver del día. Me senté frente a él, coloqué mi celular en el escritorio
“Como sabe, esta empresa está en crisis”, mmmta, “así que hemos tenido que tomar medidas que no son agradables para nadie…”, soltó el clásico discurso pero lo interrumpí.




“Sé perfectamente por qué me mandó llamar. Sólo dígame cuánto me van a dar de liquidación”, lo miré a los ojos y él fingió checar unos papeles. “Verá, licenciado, considerando que lleva cuatro años en esta empresa y según nuestros cálculos…”. Lo volví a interrumpir: “En primera, no soy licenciado. Y en segunda, no me importan sus cálculos. Sólo quiero que me den lo que me corresponde conforme a la ley, ni más ni menos”. Entonces levantó la cara, como retándome, “bueno, nuestras finanzas no son buenas, así que consideramos justo…”, ese tipo no entendía. “Déjese de rodeos y deme la cifra”, acomodé mi tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha. El sujeto balbuceó algo y se tocó la corbata como tratando de recuperar el control de la situación. “Creo que no estamos siendo sensatos, deberíamos calmarnos”, ese cabrón creía estar tratando con un mediocre igual a él. “¿Le parece sensato correr a alguien que siempre ha dado más del cien por ciento?”, le cuestioné. “Bueno, verá, su capacidad no está en duda, lo que pasa es que estamos en proceso de renovación”, vale madres, puros pinches pretextos, no lo dejó continuar, “y están corriendo a los que tienen planta para que no hagan antigüedad. Eso ya lo sé, como también sé que están contratando a los nuevos por honorarios y con un sueldo miserable”. Se quitó las gafas, percibí un ligero temblor en su párpado y comentó: “Esas son cuestiones que no puedo comentar”. Solté mi sonrisa más cínica. “Y a mí me importa un carajo su opinión. Sólo quiero saber cuánto me van a dar por correrme”. Total que me dio la cifra. Me reí en sus narices: “Están idiotas si creen que voy a aceptar eso”. Tomé el celular del escritorio y pregunté: “¿Si escuchó, verdad abogado? Qué bueno, entonces procedamos. Al rato pasó a verlo”. Le guiñé un ojo al burócrata en señal de ya-me-los-chingué. “Oiga, eso que acaba de hacer no es correcto”, palideció. “Lo que no es correcto es que ustedes siempre se salgan con la suya”, reviré, “así que de aquí en adelante se arreglan con mi abogado”. Me paré y él tomó el teléfono. Fui a mi lugar por mis cosas y hasta allí llegó un tipo de seguridad para “acompañarme” a la salida. Horas más tarde estaba yo comiendo cuando recibí una llamada. Me convencieron de no demandar y no sólo me dieron lo que me correspondía, sino que hasta añadieron una “modesta compensación por su lealtad a esta empresa”. Por fortuna conseguí otro trabajo en poco tiempo y no me acabé mi liquidación rascándome el ombligo. Lo malo es que no me dio tiempo de irme unos días a Cuba para emborracharme en la Bodeguita del Medio o para escuchar a los soneros callejeros.


-O-



Entré a mi departamento después de un día bastante jodido, molesto aún por esas cosas del trabajo que llegan a fastidiar, y sólo deseaba darme un baño y escuchar una canción que al menos me hiciera tararear en la regadera. Sin embargó, lo primero que hice fue apretar el botón de la contestadora. La voz de Anette acabó de fastidiar todo: “Roberto, estoy llamándote desde las seis, por qué chingados apagas el celular. Quedamos de ir a la fiesta de Marcia. Llámame”. Chingao, lo había olvidado. Apenas me estaba aflojando la corbata cuando sonó el teléfono. Le expliqué a mi vieja que se le acabó la pila al celular y que ya se estaba cargando. “¿Ah, sí?, ¿y yo soy tu pendeja, no?”, realmente sonaba furiosa. El silencio incómodo duró escasos segundos. “A mí no me engañas, tu andas con una pinche zorra”, vuelta a lo mismo. Sólo me reí como tonto y a ella le dio más coraje. “Ah y encima te burlas, eres un cínico”, me colgó. Encendí el estéreo y Los Fabulosos Cadillacs cantaban “Juraste no volverla a ver,/ la fiesta terminó./ Ya no podés tenerte en pie./ Esta noche es hora de que pienses en cambiar./ El tiempo pasa pronto y todo tiene su final./ Pasa, pasa, pasa, pásame un vaso más”. Busqué una toalla, me metí a bañar y a lo lejos escuché el teléfono, una, dos, tres veces. Creo que es tiempo de terminar con esto, reflexioné. Ya me había vestido y me peinaba cuando Anette volvió a llamar. “Te espero hasta las diez, si no me largo yo sola”, advirtió como si yo fuera su empleado más gato. “Querida, son cuarto para las diez”, solté con toda calma. “No me importa, te quiero aquí a las diez” y colgó. Me apliqué mi loción preferida, tomé el celular que ya se había recargado un poco y salí con calma. Llegué a mi bar favorito y allí estaban tres de mis amigos con un par de chavas que habían conectado. Sonaba algo de Muse en los altavoces. La noche pintaba bien. Hasta que vibró el celular. “Mi amor, ¿qué no vas a venir?, te sigo esperando”, la voz de Anette se había suavizado. “Pensé que ya estabas en la fiesta de tu amiga, como me dijiste que sólo me esperabas hasta las diez”, traté de ser cordial y entonces volvió a transformarse. “¿Dónde chingados estás, por qué se escucha tanto ruido?”, intenté responder pero ella se adelantó, “seguro estás en una cantina, con una puta”. Colgué. Era hora de renunciar. Seguro extrañaré sus senos generosos y su cintura breve. La pasión es como un empleo bien pagado: podrás estar a gusto con tu sueldo, pero si te empiezan a tratar como el mensajero entonces mándale las fotos y hasta los buenos recuerdos por Federal Express. Regresé con mis amigos, pedí un ron con coca y le miré las piernas a esa chica con pinta fabulosa.


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

viernes, 27 de noviembre de 2009

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas / Manual para canallas

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas







Quiero paz, quiero tranquilidad, que los cuervos ya no revoloteen graznando frente a los ojos abiertos de mis sueños. Y no deseo un pastel de cumpleaños ni tarjetitas cursis que prometan amistad hasta la posteridad. Quiero un lanzallamas. Y el combustible necesario para flamear todo mi pasado

Sí, seria más romántico un bidón de gasolina y un encendedor Zippo, pero a estas alturas no me puedo andar con tibiezas. Así que prefiero un lanzallamas con el combustible adecuado. No me inviten botellas de vino, pues prefiero emborracharme con mi ron preferido. Quiero detractores agudos que cuestionen mis ideas y no se limiten a comentarios simples como "deberías aprender a escribir". Prefiero lectores comprometidos que admiradores que saquen lustre a mi egocentrismo. Quiero el nuevo disco de Los Fabulosos Cadillacs a ver si se me pega algo del "Arte de la elegancia". Quiero una antología de Jaime Sabines porque la mía la extravié en alguna mudanza. Y no estaría nada mal un póster de El Santo y Blue Demon contra los monstruos. Ya siendo exigentes me vendría mejor una litografía del Dr. Alderete. Por supuesto, quiero la bondad en la mirada de mis hijos antes de abrazarme. Y también que mi madre deje de soñarme en sus peores catástrofes. Quiero un lanzallamas para borrar de mis archivos todas las historias pésimas que he escrito; "uy, no te quedará ninguna", yo mismo me respondo. Quiero que cuando muera me incineren con los sobrantes de mi primer libro. Quiero quemar mis documentos, exterminar mis boletas de calificaciones, todos los papeles necesarios para los trámites burocráticos y las facturas que no he pagado. Quiero dejar de ser el estúpido que he sido y sonreír de manera natural. Quiero una mujer que me transmita tranquilidad nada más con abrazarme. Quiero paz, quiero incienso para aromatizar las noches de insomnio, quiero un repertorio de abrazos para cobijar las tristezas de mis hermanos. Para no hacerme pendejo, requiero sólo el tiempo necesario para pedir perdón a todos los que he dañado. Y que los poetas que habitan el Olimpo me concedan la gracia de rentarme a sus musas, las más furcias. Quiero que musiten en mi oído una que otra frase decente o un poco rescatable. También quiero un aumento de sueldo y que ya me dejen entrar sin corbata a la oficina. Y no estaría mal que ya me pagaran por escribir esta columna o de menos que me cedieran los derechos para au-tofinanciar mi libro. Quiero gritar gol en el estadio, quiero Beber en el medio tiempo, emborracharme con Corona después de la victoria. Y ojalá que Cruz Azul ya deje la mediocridad en los vestidores o de menos que el equipo en que juegan mis hijos avance a la siguiente ronda. También estaría genial que mis amigos dejaran de observarme con recelo. Ya no quiero que me quieran, bastante hacen con soportarme. Y que los dioses me den sentido común para no incendiar Palacio Nacional o de menos que me otorguen paciencia para soportar a la pandilla de cretinos que nos gobiernan. Quiero que Andrés Calamaro se nacionalice mexicano y que Nery Castillo se retracte de jugar por México. Demasiados deseos para un triste cumpleaños. Me conformo con tu mirada tierna, con tus piernas entrelazadas con las mías y con seguir hurgando en tus orgasmos.


-O-


Ya no quiero un Mini Cooper ni sueño con un millón en el Melate. Prefiero amanecer un buen día en la Riviera Maya conectado con mis emociones y no pegado a la computadora. Ya no quiero ser el jefe de nadie, porque es mejor gobernar mis tristezas y jubilarlas antes de tiempo. Ya no quiero que me llamen mis ex novias a las tres de la madrugada para reclamarle por pendejadas. Ya no quiero acumular años sino despojarme de odios que aún me generan intereses. Ya no quiero relaciones enfermas que me revuelven el estómago. Ya no deseo la paz del mundo ni esas cosas que nos hacen creer que somos buenos; me basta con que el infierno se llene antes de tiempo con los ojetes que especulan con los impuestos. Ya no quiero maldecir a Arjona, pero suplico al cielo para que se quede a vivir en silencio en su mansión de Miami. Ya no quiero al América fuera de la Liguilla porque me causa más placer que los eliminen en semifinales. Ya no pretendo escribir de manera decente sino que me basta con generar uno que otro relámpago que te ilumine el día o encienda tu sonrisa. Ya no aspiro a nada, me conformo con poco, con el amor de mi madre, con la solidaridad de mis hermanos, con la admiración de mis tres hijos, con el respeto del señor de la tienda, con la amabilidad de los ancianos, con la simpatía de los jóvenes, con este espacio en el diario, con una dosis extra de sarcasmo, con la suficiente inspiración para armar un poema que te llegue hasta la médula, con la pésima voz con la que canto en la regadera. Ya no suspiro por viajar al extranjero porque me es más que suficiente con caminar en calma por las calles de mi barrio. Me alcanza con casi nada para sonreír como loco frente al espejo. Me basta con cierta lucidez para burlarme de la adversidad. Ya no quiero acumular libros, porque me llena la poesía de Roque Dalton y el sentimiento de Jaime Sabines y la fiereza de Nicanor Parra. Ya no quiero cumpleaños sin la banda sonora de Joaquín Sabina o la guitarra de Femando Delgadillo o el rock de Fito y los Fitipaldis. Ya lo dije antes, quiero paz, quiero cielo, quiero una canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Y quiero un lanzallamas y un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas



Quiero un lanzallamas y un libro de poemas






Quiero paz, quiero tranquilidad, que los cuervos ya no revoloteen graznando frente a los ojos abiertos de mis sueños. Y no deseo un pastel de cumpleaños ni tarjetitas cursis que prometan amistad hasta la posteridad. Quiero un lanzallamas. Y el combustible necesario para flamear todo mi pasado

Sí, seria más romántico un bidón de gasolina y un encendedor Zippo, pero a estas alturas no me puedo andar con tibiezas. Así que prefiero un lanzallamas con el combustible adecuado. No me inviten botellas de vino, pues prefiero emborracharme con mi ron preferido. Quiero detractores agudos que cuestionen mis ideas y no se limiten a comentarios simples como "deberías aprender a escribir". Prefiero lectores comprometidos que admiradores que saquen lustre a mi egocentrismo. Quiero el nuevo disco de Los Fabulosos Cadillacs a ver si se me pega algo del "Arte de la elegancia". Quiero una antología de Jaime Sabines porque la mía la extravié en alguna mudanza. Y no estaría nada mal un póster de El Santo y Blue Demon contra los monstruos. Ya siendo exigentes me vendría mejor una litografía del Dr. Alderete. Por supuesto, quiero la bondad en la mirada de mis hijos antes de abrazarme. Y también que mi madre deje de soñarme en sus peores catástrofes. Quiero un lanzallamas para borrar de mis archivos todas las historias pésimas que he escrito; "uy, no te quedará ninguna", yo mismo me respondo. Quiero que cuando muera me incineren con los sobrantes de mi primer libro. Quiero quemar mis documentos, exterminar mis boletas de calificaciones, todos los papeles necesarios para los trámites burocráticos y las facturas que no he pagado. Quiero dejar de ser el estúpido que he sido y sonreír de manera natural. Quiero una mujer que me transmita tranquilidad nada más con abrazarme. Quiero paz, quiero incienso para aromatizar las noches de insomnio, quiero un repertorio de abrazos para cobijar las tristezas de mis hermanos. Para no hacerme pendejo, requiero sólo el tiempo necesario para pedir perdón a todos los que he dañado. Y que los poetas que habitan el Olimpo me concedan la gracia de rentarme a sus musas, las más furcias. Quiero que musiten en mi oído una que otra frase decente o un poco rescatable. También quiero un aumento de sueldo y que ya me dejen entrar sin corbata a la oficina. Y no estaría mal que ya me pagaran por escribir esta columna o de menos que me cedieran los derechos para au-tofinanciar mi libro. Quiero gritar gol en el estadio, quiero Beber en el medio tiempo, emborracharme con Corona después de la victoria. Y ojalá que Cruz Azul ya deje la mediocridad en los vestidores o de menos que el equipo en que juegan mis hijos avance a la siguiente ronda. También estaría genial que mis amigos dejaran de observarme con recelo. Ya no quiero que me quieran, bastante hacen con soportarme. Y que los dioses me den sentido común para no incendiar Palacio Nacional o de menos que me otorguen paciencia para soportar a la pandilla de cretinos que nos gobiernan. Quiero que Andrés Calamaro se nacionalice mexicano y que Nery Castillo se retracte de jugar por México. Demasiados deseos para un triste cumpleaños. Me conformo con tu mirada tierna, con tus piernas entrelazadas con las mías y con seguir hurgando en tus orgasmos.


-O-


Ya no quiero un Mini Cooper ni sueño con un millón en el Melate. Prefiero amanecer un buen día en la Riviera Maya conectado con mis emociones y no pegado a la computadora. Ya no quiero ser el jefe de nadie, porque es mejor gobernar mis tristezas y jubilarlas antes de tiempo. Ya no quiero que me llamen mis ex novias a las tres de la madrugada para reclamarle por pendejadas. Ya no quiero acumular años sino despojarme de odios que aún me generan intereses. Ya no quiero relaciones enfermas que me revuelven el estómago. Ya no deseo la paz del mundo ni esas cosas que nos hacen creer que somos buenos; me basta con que el infierno se llene antes de tiempo con los ojetes que especulan con los impuestos. Ya no quiero maldecir a Arjona, pero suplico al cielo para que se quede a vivir en silencio en su mansión de Miami. Ya no quiero al América fuera de la Liguilla porque me causa más placer que los eliminen en semifinales. Ya no pretendo escribir de manera decente sino que me basta con generar uno que otro relámpago que te ilumine el día o encienda tu sonrisa. Ya no aspiro a nada, me conformo con poco, con el amor de mi madre, con la solidaridad de mis hermanos, con la admiración de mis tres hijos, con el respeto del señor de la tienda, con la amabilidad de los ancianos, con la simpatía de los jóvenes, con este espacio en el diario, con una dosis extra de sarcasmo, con la suficiente inspiración para armar un poema que te llegue hasta la médula, con la pésima voz con la que canto en la regadera. Ya no suspiro por viajar al extranjero porque me es más que suficiente con caminar en calma por las calles de mi barrio. Me alcanza con casi nada para sonreír como loco frente al espejo. Me basta con cierta lucidez para burlarme de la adversidad. Ya no quiero acumular libros, porque me llena la poesía de Roque Dalton y el sentimiento de Jaime Sabines y la fiereza de Nicanor Parra. Ya no quiero cumpleaños sin la banda sonora de Joaquín Sabina o la guitarra de Femando Delgadillo o el rock de Fito y los Fitipaldis. Ya lo dije antes, quiero paz, quiero cielo, quiero una canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Y quiero un lanzallamas y un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Recuérdame regalarte un diccionario / Manual para canallas

Recuérdame regalarte un diccionario










Max dejó una nota. No sé a ciencia cierta qué decía, sólo intuyo que no era nada agradable. Seguro maldijo a su ex esposa, seguramente también decía que la amó como a nadie. Mi amigo Max se pegó un tiro y para jodida desgracia no murió al instante sino que estuvo como un mes en coma

Fui a visitarlo al hospital y hablé con él. Tal vez no me escuchaba, pero no pude evitar decirle que me parecía estúpido lo que había hecho, que ninguna mujer valía la pena como para darse un puto balazo. Sentí una infinita tristeza de verlo allí, inerte, tan lejos de aquel buen tipo que conocí hace tiempo. La muerte siempre será abrumadora. Te vienen en cascada un chingo de recuerdos, arrebatos de nostalgia, oleadas de lágrimas y una confusión que da escalofríos. Max y yo hablábamos poco, pero nos entendíamos como hermanos. Nunca nos anduvimos con rodeos, teníamos un sentido del humor muy parecido y hasta ciertos paralelismos. Como yo, él nunca superó el abandono de su padre. Como yo, se aferraba a las relaciones destructivas. Igual nos gustaba casi la misma música, como Coldplay o Jamiroquai. Cuando se casó intenté advertirle que tal vez no era la mejor decisión, pero da lo mismo porque nunca he sido el mejor ejemplo. Aún recuerdo aquella conversación.
—Creo que deberían vivir juntos en lugar de casarse. -Comenté antes de dar un sorbo a mi trago.
—-Dame más de una razón -miró hacia otro lado.
—Primero, porque apenas se conocen; segundo, porque eres un imbécil: tercero, porque eres un imbécil; y cuarto, porque eres un imbécil.
Max se carcajeó, lue¬go hizo una pausa y enseguida me miró con cierta dosis teatral.
—Sabes qué, pinche Robert -encendió un ci¬garrillo— me dices eso porque tú le tienes mie¬do a los compromisos.
—No, pendejo, será que te lo digo porque yo ya me casé y hasta me divorcié. Y créeme que no fue nada agradable.
A raíz de mi sepa¬ración, él fue uno de esos amigos que no me dejó morir solo, en sentido figurado, porque nunca me sentí morir; al contrario, fue un alivio después de un matrimonio tormentoso, destructivo.
—¡Qué bueno que le dieron la custodia del niño a ella! -recuerdo que Max se burló de mí-, bueno, considerando cómo eres creo que fue la decisión más acertada. El diablo lo educaría de una manera más sensible que tú.
Todavía está fresca en mi memoria la vez que conoció a su ex mujer. Estábamos en una fiesta de un amigo común y Marifer llegó tarde, algo ebria y con una amiga más desmadrosa que ella. Cuando me di cuenta, Max ya bailaba con la amiga y le tiraba la onda. Marifer se apostó a sí misma, estoy casi seguro, que iba a ganar esa partida, así que hizo todo para ligarse a Max Su amiga se fue molesta y sin despedirse.
Yo no quise decirle a Max que anduve con Marifer y que estaba medio loca. Al poco tiempo él me comentó que era la mujer de su vida y que pensaba casarse con ella.

—Es que no me parece una mujer confiable—. Traté de disuadirlo. —Defíneme qué es confiable. —No mames, Max. recuérdame regalarte un pinche diccionario en tu cumpleaños.
Al final se casó con Marifer. Duraron menos de lo que imaginamos. Max nunca superó que ella lo engañara con un ex novio. Ella argumentó lo obvio: es que nunca tenías tiempo para mi. me tenías abandonada y demás excusas estúpidas que surgen cuando no hay amor. Y encima se quedo con el coche y con los muebles y lo que al abogado se le pego la gana. No hubo forma de comprobar el adulterio A Max lo que menos le importó fue lo material, porque él mismo decía que el dinero va y viene. Su autoestima fue la mayor pérdida, porque no volvió a ser el mismo de antes. Adelantó sus vacaciones, se encerró durante varios días, se tiró al piso, se revolcó, lloró como un niño, y salió peor que antes. Se alejó de los amigos. Yo lo encontré en un par de ocasiones y bebía como desesperado. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo que había tenido ratos peores y se evadía hablando del trabajo o de lo mal que andaban los Pumas. En una borrachera me preguntó como cuestionándose a sí
mismo qué había hecho mal para que Marifer lo hubiera traicionado. No me dejó responder, aunque yo hubiera querido decirle que no se culpara por lo que había hecho mal ella. "Y sabes qué es lo peor, que cada vez la extraño más", agachó la cabeza. "Siempre lo he dicho, eres un idiota", sabía que no se molestaría, "ella no vale tus lágrimas, ni siquiera tus recuerdos". Mi miró con ojos vidriosos, "pero la amo demasiado". Pendejo. Lo reitero, un hombre enamorado es un imbécil. Y el amor sólo es un anuncio panorámico de condones Sico. Max era un buen tipo, así lo recuerdo, pero era poco práctico y muy vulnerable. Su autoestima era un trapeador viejo, percudido, pero sobre todo era un gran amigo y también le gustaba Bukowski, así que van sus versos a manera de plegaria: "Los muertos no necesitan aspirina o tristeza, supongo/ pero quizá necesitan lluvia./ Zapatos no, pero un lugar donde caminar./ Cigarrillos no, nos dicen, pero un lugar donde arder./ Los muertos no me necesitan, ni los vivos/ Pero quizá los muertos se necesitan unos a otros/ En realidad, quizá necesitan todo lo que nosotros necesitamos/ y necesitamos tanto/ Si sólo supiéramos qué es/ Probablemente es todo/ Y probablemente todos nosotros moriremos/ tratando de conseguirlo".

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Recuérdame regalarte un diccionario


Recuérdame regalarte un diccionario






Max dejó una nota. No sé a ciencia cierta qué decía, sólo intuyo que no era nada agradable. Seguro maldijo a su ex esposa, seguramente también decía que la amó como a nadie. Mi amigo Max se pegó un tiro y para jodida desgracia no murió al instante sino que estuvo como un mes en coma

Fui a visitarlo al hospital y hablé con él. Tal vez no me escuchaba, pero no pude evitar decirle que me parecía estúpido lo que había hecho, que ninguna mujer valía la pena como para darse un puto balazo. Sentí una infinita tristeza de verlo allí, inerte, tan lejos de aquel buen tipo que conocí hace tiempo. La muerte siempre será abrumadora. Te vienen en cascada un chingo de recuerdos, arrebatos de nostalgia, oleadas de lágrimas y una confusión que da escalofríos. Max y yo hablábamos poco, pero nos entendíamos como hermanos. Nunca nos anduvimos con rodeos, teníamos un sentido del humor muy parecido y hasta ciertos paralelismos. Como yo, él nunca superó el abandono de su padre. Como yo, se aferraba a las relaciones destructivas. Igual nos gustaba casi la misma música, como Coldplay o Jamiroquai. Cuando se casó intenté advertirle que tal vez no era la mejor decisión, pero da lo mismo porque nunca he sido el mejor ejemplo. Aún recuerdo aquella conversación.
—Creo que deberían vivir juntos en lugar de casarse. -Comenté antes de dar un sorbo a mi trago.
—-Dame más de una razón -miró hacia otro lado.
—Primero, porque apenas se conocen; segundo, porque eres un imbécil: tercero, porque eres un imbécil; y cuarto, porque eres un imbécil.
Max se carcajeó, lue¬go hizo una pausa y enseguida me miró con cierta dosis teatral.
—Sabes qué, pinche Robert -encendió un ci¬garrillo— me dices eso porque tú le tienes mie¬do a los compromisos.
—No, pendejo, será que te lo digo porque yo ya me casé y hasta me divorcié. Y créeme que no fue nada agradable.
A raíz de mi sepa¬ración, él fue uno de esos amigos que no me dejó morir solo, en sen¬tido figurado, porque nunca me sentí morir; al contrario, fue un alivio después de un matrimonio tormentoso, destructivo.
—¡Qué bueno que le dieron la custodia del niño a ella! -recuerdo que Max se burló de mí-, bueno, considerando cómo eres creo que fue la decisión más acertada. El diablo lo educaría de una manera más sensible que tú.
Todavía está fresca en mi memoria la vez que conoció a su ex mujer. Estábamos en una fiesta de un amigo común y Marifer llegó tarde, algo ebria y con una amiga más desmadrosa que ella. Cuando me di cuenta, Max ya bailaba con la amiga y le tiraba la onda. Marifer se apostó a sí misma, estoy casi seguro, que iba a ganar esa partida, así que hizo todo para ligarse a Max Su amiga se fue molesta y sin despedirse.
Yo no quise decirle a Max que anduve con Marifer y que estaba medio loca. Al poco tiempo él me comentó que era la mujer de su vida y que pensaba casarse con ella.

—Es que no me parece una mujer confiable—. Traté de disuadirlo. —Defíneme qué es confiable. —No mames, Max. recuérdame regalarte un pinche diccionario en tu cumpleaños.
Al final se casó con Marifer. Duraron menos de lo que imaginamos. Max nunca superó que ella lo engañara con un ex novio. Ella argumentó lo obvio: es que nunca tenías tiempo para mi. me tenías abandonada y demás excusas estúpidas que surgen cuando no hay amor. Y encima se quedo con el coche y con los muebles y lo que al abogado se le pego la gana. No hubo forma de comprobar el adulterio A Max lo que menos le importó fue lo material, porque él mismo decía que el dinero va y viene. Su autoestima fue la mayor pérdida, porque no volvió a ser el mismo de antes. Adelantó sus vacaciones, se encerró durante varios días, se tiró al piso, se revolcó, lloró como un niño, y salió peor que antes. Se alejó de los amigos. Yo lo encontré en un par de ocasiones y bebía como desesperado. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo que había tenido ratos peores y se evadía hablando del trabajo o de lo mal que andaban los Pumas. En una borrachera me preguntó como cuestionándose a sí
mismo qué había hecho mal para que Marifer lo hubiera traicionado. No me dejó responder, aunque yo hubiera querido decirle que no se culpara por lo que había hecho mal ella. "Y sabes qué es lo peor, que cada vez la extraño más", agachó la cabeza. "Siempre lo he dicho, eres un idiota", sabía que no se molestaría, "ella no vale tus lágrimas, ni siquiera tus recuerdos". Mi miró con ojos vidriosos, "pero la amo demasiado". Pendejo. Lo reitero, un hombre enamorado es un imbécil. Y el amor sólo es un anuncio panorámico de condones Sico. Max era un buen tipo, así lo recuerdo, pero era poco práctico y muy vulnerable. Su autoestima era un trapeador viejo, percudido, pero sobre todo era un gran amigo y también le gustaba Bukowski, así que van sus versos a manera de plegaria: "Los muertos no necesitan aspirina o tristeza, supongo/ pero quizá necesitan lluvia./ Zapatos no, pero un lugar donde caminar./ Cigarrillos no, nos dicen, pero un lugar donde arder./ Los muertos no me necesitan, ni los vivos/ Pero quizá los muertos se necesitan unos a otros/ En realidad, quizá necesitan todo lo que nosotros necesitamos/ y necesitamos tanto/ Si sólo supiéramos qué es/ Probablemente es todo/ Y probablemente todos nosotros moriremos/ tratando de conseguirlo".

Roberto G. Castañeda
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Tu fotografía en el messenger / Manual para canallas

Tu fotografía en el messenger










Tus compañeros de generación están organizando una reunión para recordar los viejos tiempos. Ya los imaginas arreglándose para la ocasión. Seguro que Gerardo llegará con gorra, como la última vez, para intentar ocultar que se le está cayendo el cabello

Y Marina tardará una hora cambiando de vestido una y otra vez, presa de su inseguridad. Eva y Claudia, como en la universidad, se la pasarán criticando lo gordas que se han puesto las que han engordado. Y Fernanda se verá tan guapa como siempre, pero con más clase y dinero porque se casó con el dueño de una agencia de publicidad. Y en cuanto te vea pensará que debió estar loca para enamorarse de alguien como tú, que sólo tenía habilidad para escribir poemas y canciones que nunca pagarían un departamento en Polanco. Tú llegarás de jeans, con tus tenis cansados de las mismas rutinas y beberás más de la cuenta y harás grupito con los amigos de siempre, siendo sarcásticos y recordando a las viejas que se tiraron en aquellos viernes de fiesta en casa de no-sé-quién. Y todos se pondrán al día y sobrarán los chismes: que Jonathan ya se divorció porque su mujer lo engañaba; que Marilú se ve muy bien con los implantes de seno que se mandó instalar; o que murió el maestro que les daba géneros periodísticos y que el 80 por ciento de los que están allí no se han titulado. Ya con unos tragos encima, recordarán los apodos de cada quien, contarán lo bien que les ha ido, inventarán algunas mentiras que los hagan sentir menos patéticos y bailarán algún éxito de U2. Y no faltará el que saque la foto de su hijo para preguntar "¿verdad que es igualito a mí?". Y cada quien estará convencido de que tomó las decisiones correctas, aunque se muerda los labios por celebrar el éxito ajeno y se muera de la envidia por el camionetón que trae Emiliano o por lo bien que se ve la maldita Michelle. Odias esas pinches reuniones porque te volverán a preguntar si ya publicaste tu libro y tendrás que decir como la última vez, hace un año, que no, y bro¬mear con eso de que en este pinche país no saben apreciar lo que es bueno, cuando en realidad no te hasistirás porque parece que todos tienen vidas más interesantes que la tuya, aunque no sean más que un recuento de mentiras.
as dado el tiempo para terminarlo. Y cuando todo acabe, sólo quedarán los ceniceros llenos de colillas y esa promesa estúpida de que a la siguiente reunión no asistirás porque parece que todos tienen vidas más interesantes que la tuya, aunque no sean más que un recuento de mentiras.



-O-


Estás sentado frente a la computadora y tu contacto con el mundo se reduce a chatear con "amigos" a los que nunca has visto en tu vida Tu vida social apesta. Beber los viernes en los lugares de siempre no cuenta. Vives encapsulado, pendiente de los comentarios en el Hi5 y las caritas sonrientes en esa ventanita a la que te aferras para no sentirte tan solo, tan abandonado a tu suerte tan jodida. No devuelves las llamadas de tu madre, pero en Facebook consultas las "frases sabias" del Doctor House o atiendes las citas de Bukowski o abres galletitas de la suerte virtuales. Carajo, el pinche Gran Libro del Sarcasmo se burla de ti cada que abres sus páginas. Incluso parecería normal que vivieras pegado a la pantalla de tu laptop, de no ser porque son más de las dos de la madrugada y otros solitarios como tú tratan de amortiguar el vacío con jodidas conversaciones que el día de mañana olvidarán. Hace tanto que no abrazas a tus amigos de carne y hueso, pero mandas besos animados por messenger a gente que tal vez no conocerás nunca. Y odias las risas escritas y tu mejor foto en el messenger apenas esboza una mueca llamada sonrisa Tu mirada está desprovista de brillo, tu barba de dos días te da un aspecto lamentable y tú sólo quisieras volver sobre tus pasos para ya no extrañar los días en que tus amigos de la universidad parecían hermanos para toda la vida Hoy cada quien se atrinchera en su mundo, creyendo que los sueños eso eran: sólo sueños. Y las canciones noventeras ya te suenan viejas y odias esa foto en la que te veías tan mal. Tus jeans están en el armario y hoy usas traje y corbata. Tienes cuenta en el banco y tu corazón está en ceros. Pagas impuestos, bebes más de la cuenta, escasean los besos y de abrazos ya ni hablamos. Tu novia está demasiado ocupada. Y Keane canta una estrofa de tu miseria "Crees que en tus días no pasa nada y que nadie nunca piensa en ti/ Ella va por su propio camino./ Crees que tus días son comunes y que nadie piensa en ti./ Pero somos todos iguales, aunque ella dice que no tiene tiempo para ti ahora, ella dice que no tiene tiempo". Siempre te entrampas en relaciones destructivas, que acaban peor. Sigues odiando lo mismo: a los po¬líticos corruptos, a los banqueros sin escrúpulos, a la no¬via de tu mejor amigo, a los que viajan en la puerta del Metro, a los que presumen su añeja playera del América, a la señora que gol¬pea a su hijo, a tu vecino que se queja de to¬do, a la secre¬taria guapa que siente que nadie la merece, a este pre¬sidente inútil que no sabe conducir la nave, a ti que estás postergando todo lo que vale la pena, al sujeto en que te has convertido antes de concretar los planes de ir de mochilazo a Europa. Tu revolución personal se quedó archivada junto al mapa de Hamburgo y la guía de supervivencia en caso de naufragar en una ciudad con un idioma extraño. Y el póster de Tin Tan se carcajea de tu inutilidad para entender un mundo que es como un comercial de televisión. Vives encerrado en la rutina, en ese caminar en círculos que siempre conduce a la depresión. Soy un idiota. Bien dicen que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Y si optas por las dos, entonces eres un imbécil.

Roberto G. Castañeda
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El Gràfico

jueves, 5 de noviembre de 2009

La tristeza no es negocio / Manual para canallas

La tristeza no es negocio






Pura mierda en MTV. La tristeza no es, nunca ha sido, un buen negocio. Caminamos sin avanzar, sin mapa y sin saber navegar. Otra mañana fría, otro día mezquino que se niega a regalar sonrisas, otro jueves cobarde diría Iván Noble
Más impuestos en el costal y tú apenas completas para la renta. En la tevé, un presidente sin autoridad anuncia nuevas medidas para enfrentar la crisis y el gordo de Hacienda luce tan sano que es difícil pensar que se vienen tiempos flacos. En la cocina escasean los víveres, se amontonan los trastes sucios y se amotinan los nervios de una madre estresada por otra semana que luce raquítica. En la sala descansa la rutina, convertida en huésped incómodo desde hace años y no tiene para cuando irse. En el baño, la cortina acumula humedad y una gotera en la regadera anuncia tormentas que no calmarán ningún fuego. Y el padre, el hijo y el espíritu santo sólo son un cuadro de poliéster que nunca oye nuestros ruegos. Y tu madre reza, no, más bien suplica para que se vaya esa sensación de angustia, la maldita migraña, todos sus miedos. Tu pobre madre, antes guapa y hoy convertida en esa señora que usa pants hasta para ir a las juntas de la escuela. Y tú con tanta confusión, queriendo vivir otra vida, soñando que un buen día la fortuna te hará un guiño y te olvidarás de la miseria. Pero no, con sólo mirar tus pies volverás a las realidad: los tenis están tan desteñidos como tus ilusiones. Que alguien te compre una guía para sobrevivir a los tiempos de incertidumbre, a los jueves cobardes, a los domingos cretinos, a los lunes de weba, a los sábados sin besos.
-O-
Cómo quisieras encontrar ese mapa que te guíe en tus noches de dudas, que te saque adelante en esos malos ratos en que sólo quieres saltar desde la azotea y cerrar los ojos luego de maldecir a los dioses por esta confusión que siempre duerme contigo. No, la tristeza no es buen negocio. El pesimismo tampoco. En caso contrario, en este país no habría vagabundos. Vienen malos tiempos, anuncia el preciso, y sus amigos empresarios se frotan las manos porque un país empobrecido es ignorante y la ignorancia genera mano de obra barata. Y para colmo, tu padre está considerando seriamente que dejes la escuela para que le ayudes en el taller. O tu madre te mira con esa mirada que parece de rencor aunque sólo es frustración. Pinche vida que te tocó vivir. Será mejor que te apliques, que te inventes un plan de fuga a largo plazo para un buen día pintarle un dedo a la miseria. Habría que mandar al presidente y a su gabinete a Siberia un buen rato, mientras le devolvemos un poco de dignidad al pueblo. Vale madres, ya estoy desvariando. Pinches jueves cretinos, malditos miércoles en vela que me generan ideas estúpidas que sólo atienden los locos, los más insanos que yo. Dónde está el subcomandante, qué fue de aquel intento de revolución, a qué olvido exiliamos a los que murieron en el intento. Pinches jueves de resaca, jodidos viernes de quincena, malditos sábados de futbol, podridos martes de TV Notas, miserables miércoles de tianguis. Malditas semanas que se acumulan en este inventario de crisis.
-O-
La desesperación se sienta a la mesa a comer huevos revueltos cuatro veces a la semana. Tu celular no tiene crédito, en la tele no dejan de contar chistes patéticos y las noticias dan miedo. En la esquina conviven violencia y una juventud sin aliento. Pesan tanto las alas, ya no alcanza con soñar para lograr volar. Siempre sientes que te quedan grandes los guantes de box y también la camiseta de campeón. Más valdría tomar un libro, luego otro, en busca de la sabiduría que te impulse a nuevos mundos. Valdría la pena hurgar en el coraje que te salve de acabar atado a un barrio lleno de madres solteras y adolescentes reggaetoñeros y sicarios en potencia. Y no, no es un videojuego como Grand Theft Auto, en el que eres invencible. Tú si eres vulnerable. Más valdría aferrarse a la escuela, buscar la beca, aplicar la inteligencia para armar esa bomba de tiempo que borre del mapa tus miedos, tus inseguridades. Este país se está yendo a la mierda y no habrá revolución ni redentores. Este país es un desierto que arde y, como dicta un poeta libertario, “los pobres ya se cansaron de ser pobres,/ los ricos juegan a las cartas y apuestan nuestro futuro,/ mientras un policía acribilla a un niño en el crucero./ Un día llegará en que un Dios implacable/ los señalará con su dedo de fuego./ Y celebraremos en las calles, codo a codo/ danzando alrededor del incendio/ con sonrisas como promesas y el decálogo para un mundo nuevo”.
Roberto G.Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico

jueves, 29 de octubre de 2009

Sutura para sueños rotos / Manual para canallas

Sutura para sueños rotos




Aquella vecindad apestaba. Literalmente, apestaba: vivíamos junto a un río inmundo y lleno de deshechos industriales. Y encima de todo, las ratas eran habituales visitantes. No tengo fobias, ni temores, pero las ratas siempre me han provocado náuseas


Aún así, nunca tuve problemas en eliminarlas a resorterazos o arrinconarlas con una escoba en la esquina. Bueno, el asunto es que mi jefa se esforzaba por sacarnos adelante en la medida de sus alcances. Sola y con cuatro hijos, que además eran tremendos, Alicia tenía que lidiar con caseros que nos corrían a la menor provocación, ya porque “sus hijos dejaron escapar a los conejos”, ya debido a que sus “escuincles le pegan al mío” y demás etcéteras. Éramos miserables y además lo parecíamos: pantalones remendados, tenis rotos y camisas regaladas por los primos más favorecidos. En el límite de la desesperación, mi madre aceptó un trabajo como afanadora o auxiliar de intendencia como le llamaban decentemente. Y desde entonces, mi jefa se partió el lomo barriendo salones y lavando baños inmundos. Ella siempre fue una mujer que no tuvo escapatoria. De pronto mi padre la abandonó y fue enviada a un puto purgatorio que nunca había imaginado, pero en lugar de darse por vencida o envenenarnos con raticida, optó por demostrarse que si se había metido en ese laberinto al menos tendría el coraje para conducirnos hacia la salida. Yo tendría unos nueve años cuando nos mudamos a una vecindad más decente, en el centro de un pueblo con pretensiones de ciudad llamado Atizapán. Para completar la renta, Alicia vendía quesadillas y sopes en la entrada del vecindario, junto a una pulquería. Sí, Alicia en el país de las quesadillas. Chale, eso qué. Pinche chiste local y mamerto. Mi madre recuerda que nos iba bien, que gracias a ello no tuvimos que dejar la escuela. Pero también mi jefa dejó media vida en el intento por darnos al menos una existencia llevadera. Yo iba por el carbón y los refrescos, mi hermano cortaba el papel estraza en cuadritos, mi carnalita se comía la masa cruda, mi otra hermana aprendía a guisar junto a mi madre. Y todos empezamos, sin saberlo, una empresa familiar que nos sacaría a flote. Alicia era tan buena para cocinar que eso le abrió muchas puertas. Lo mismo hacía 200 tamales para la señora de la tienda, que preparaba 150 chiles en nogada para la directora de la escuela. Un buen día llegó con dos noticias: la buena, que hay que hacer 400 tortas diarias; la mala, que les toca a ustedes hacerlas. Y así dio un giro nuestra vida. En las mañanas teníamos que hacer 200 tortas para venderlas a la hora del recreo en la secundaria 8. Y en la tarde una cantidad similar. No era gran ciencia, pero sí muy laborioso. Había que cocinar los frijoles desde una noche antes, teníamos que ir por las teleras a las 6 de la mañana y picar la lechuga y elegir los jitomates en su punto. Cómo hacíamos para estudiar y atender el negocio, eso es algo que aún no alcanzó a entender. Sólo sé que mi madre se las ingeniaba para que todo funcionara a la perfección.


-O-

Luego entré a la secundaria y, debo confesarlo, me avergonzaba que mis compañeros me vieran cargando mis costales de pan mientras iba de regreso a casa. A la hora del receso me tocaba vender las tortas en la cooperativa. Y pasé de ser el chico listo de mi clase a llamarme Señor Turtle. Así me puso el más “ocurrente” de mi clase, aunque tuvo que explicar el chiste: “Mister Turtle, el Señor Tortuga, lo entienden, porque es el que hace las tortugas, las tortas pues” y se reía como un tonto. Sentí ganas de lanzarme sobre él y estrellarle la cara, con todo y gafas, sobre la pared. Pero yo era un chamaco muy decente o muy puto. Así que no me quedó más que amortiguar el peso de mi nuevo apodo. Y durante tres años fui Mister Turtle. Claro que también fui bueno para el futbol y malo para sociabilizar. Tenía poco tiempo para hacer lo que hacían todos los chavos de mi edad. En lugar de ir a pedir calaverita, con mi calabaza iluminada con velas, tenía que encender el anafre. En vez de coleccionar estampitas de luchadores, debía ir a comprar la masa para los sopes. De chicas ya ni hablamos, porque más tardaba en invitar un helado a mi vecina que en escuchar los gritos de mi madre para que fuera a ayudarle a mi hermana a hacer la tarea. Por ser el mayor, me tocaron los peores regaños, los golpes más fuertes, las responsabilidades para las que no parecía preparado. Yo hubiera querido ser portero profesional y tenía el talento. Eso me decía mi entrenador, tal vez porque le simpatizaba o quizá porque en verdad era bueno. Pero el día de la final, cuando se elegiría a los seleccionados del estado de México, no pude ir a porterear porque mi madre se cayó de las escaleras, se desmayó y se rompió la pierna. Me bajaron del camión para explicarme que había sucedido un accidente. Mi madre fue llevada de emergencia a un hospital y tardó unas dos horas en cirugía. Se recuperó pronto de la herida, pero le quedó una ligera, apenas perceptible, cojera. A mí siempre me atacó la duda sobre si aquel partido de futbol pudo haberme cambiado el rumbo. El destino suele ser un bufón, que se ríe a nuestras costillas. Y la pierna de mi madre acortó sus pasos. Y yo tuve que suturar mis sueños de ser futbolista profesional. Siempre que lo platicamos, mi jefa me recuerda que está más orgullosa de mí por haber terminado la universidad. “No me hubiera gustado ser como la mamá de Cuauhtémoc Blanco, que se la pasa peleando con las nueras”, bromea Alicia y se ríe con esa risa franca que siempre me ha iluminado. Chales, jefa, me cai que me hubieras heredado tu alegría. Y no estaría todo el tiempo sintiéndome un miserable, como ese chavito que fui algún día y que no recorrió el barrio pidiendo para su calaverita. En verdad que mi madre es todo un caso, una mujer hecha de otra madera, que escondía sus lágrimas para no entristecernos. Sí, mi madre es esa señora que remendó mis alas rotas, que nunca me dio un abrazo pero que me miraba con ternura mientras yo dormía. Sí, mi madre es un monumento a la dignidad, como la tuya, como la señora que lava ajeno, igual que aquella vecina que vende pambazos en la esquina. Lo único malo, sin reclamos, es que me heredó esta mirada furtiva, llena de tristezas y que inunda en época de lluvias.


Roberto G. Castañeda
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jueves, 22 de octubre de 2009

Manual para canallas / La silueta inconclusa de tu sombra

La silueta inconclusa de tu sombra






El espejo le devolvió la seguridad. Aún así, Sofía me preguntó si la encontraba atractiva. “Sí, eres guapa y lo sabes”, a mí me encantaba, aunque esa costumbre de mostrar el hilo de la tanga sobresaliendo de los jeans me parecía un tanto vulgar
“Oye, ¿no te dije que la hija de mi jefe intentó suicidarse?, giró para mirarme. Sólo alcé los hombros en señal de me-da-lo-mismo. “Siiiii, ¿tú crees? La chavita se dio un balazo en la panza”, siguió mirándose al espejo. “¿Por qué me cuentas eso?”, exhalé, “yo ni conozco a tu jefe y mucho menos a su hija”. Eso llamó su atención y se acercó hacia mí. “Es que, mmm, es que me parece algo, mmmm, terrible”, parecía sorprendida con mi reacción. “A mí lo que me parece terrible es que alguien quiera suicidarse de un balazo en el estómago y no en la cabeza”, expliqué. “No lo sé, pero la chava es anoréxica”, soltó como si eso explicara todo. “Ella sólo quería llamar la atención”, expliqué con desgano. Yo me pregunté mentalmente cómo es que Sofía sabía todo eso. Seguramente se acostaba con su patrón, aunque ella me había dicho que “no es feo, pero está muy grande para mí”. Entre Sofía y yo no había compromisos, ni presiones, ni nada parecido. Lo nuestro era más como una necesidad. Si pasaba por un mal momento me llamaba con el argumento de “invítame a salir, aunque sea al cine”. Y si yo andaba de humor la buscaba para “echar un par de tragos y bailar un poco”. Al final siempre acabábamos en mi departamento y nunca me dijo que me amaba ni yo solté un “te quiero”. Nuestras conversaciones eran básicamente lo que ella contaba: “Mi auto hace un ruido extraño. Creo que es el motor”. Me limitaba a sugerir lo obvio, “yo creo que es hora de llevarlo al mecánico”. Para ella era fácil, como quien dice me cambiaré de ropa, manifestar que “mejor le voy a decir a mi papá que me compre otro”. Y yo odiaba cuando hablaba de la bolsa tan padre que se compró quién sabe en dónde su amiga y que sentía envidia-de-la-buena. “Querida, no existe envidia de la buena. Sólo es envidia y ya”, yo acariciaba su entrepierna. “Ay, me chocas, tú siempre tan así”. Éramos polos opuestos, sólo había deseo y ganas de no estar tan solos por momentos. Ella ya no creía en eso del amor y algún día se casaría con un tipo que fuera del agrado de sus padres, no alguien como yo que, se burlaba Sofía, “todavía sueña con que un día gobierne la izquierda”. Ella me conocía menos de lo que suponía y le intrigaba que yo perdiera el tiempo escribiendo “puras historias tristes y poemas que no entiendo”. ¡Mi vida! Por eso dejamos de vernos, porque ya estábamos distanciados desde el momento en que nos conocimos, en un concierto de James, cantando “Say Something”. Creo que me hace falta volver a dar clases o armar un taller de redacción o algo que me haga olvidar tanto pinche vacío en mi existencia. Cada que escucho a Diego Vasallo, recuerdo las caricias de Sofía, a veces tibias, en ocasiones tan frías; la silueta de su sombra, deslizándose desnuda hasta mi cama: “La música en la calle murió,/ en la ciudad sin ley, en la ciudad del temor./ Los besos ya no son de verdad,/ en la ciudad del crimen ya no existe el amor./ Miénteme con labios de miel,/ miente con cariño a mi piel,/ al entrar, en el negocio de amar”. Sí, en definitiva, volveré a dar clases o impartiré un taller de literatura, con tal de olvidar lo que ya no quiero recordar.
Roberto G. Castañeda
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miércoles, 21 de octubre de 2009

El PRIAN y su presidente Felipe Calderón aumentaron impuesto

Mas impuestos para los mexicanos


Tal y como adelantamos en este sitio, a la propuesta del paquete económico de Felipe Calderón los diputados del PAN reflexionaron con su voto emitido por reflejo condicionado, lo aprobaron sin pensar, sin analizar y como en los viejos tiempos del PRI el reflejo condicionado fue su respuesta a la propuesta de Calderón, surgido de ese mismo partido a la presidencia de México “haiga sido como haiga sido”, solo un diputado panista tuvo la decencia al menos de abstenerse a convalidar ese atraco contra los ciudadanos mexicanos, Manuel Clouthier, hijo de aquel celebre panista, viejo opositor al PRI, muerto en extrañas circunstancias, Manuel J. Clouthier.

Nos quisimos ver optimistas a sabiendas de la realidad cuando dijimos que esperaríamos a ver cual era el sentido del voto de los diputados del PRI, el sentido fue el que esperábamos…a favor de la propuesta de Calderón, solo unos cuantos mantuvieron la responsabilidad de votar en concordancia al sentir de las mayorías entre ellos figuran Felipe Solís Acero, Sami David David, Rubén Moreira, Carlos Flores Rico, Miguel Pompa, Esther Scherman entre otros.

PRD, PT y Convergencia votaron en contra de los aumentos.

El paquete de impuestos fue aprobado por 337 votos a favor, 113 en contra y 19 abstenciones.

Aún cuesta entender, ya que comprender sería imposible como los mexicanos carecen de memoria, o de…carácter, en 1995 el PRI con el apoyo del PAN aumentó de el antiguo 10% al 15% reciente el Impuesto al Valor Agregado (IVA), ahora fue la misma gata solo que revolcada de azul…el PAN con el apoyo del PRI sube el IVA del 15% al 16%, aparte 3% a telecomunicaciones esto es telefonía fija, telefonia movil, servicios de Internet, y televisión de pago, aumento a cerveza, cigarros y alcohol, aumento a gasolinas, todo esto para llenar un hueco presupuestal provocado por la crisis económica mundial si, pero agravado por la incompetencia del gobierno mexicano para hacerle frente, principalmente Felipe Calderón y Agustín “catarrito” Carstens, los impuestos y la cascada que generarán golpeará los bolsillos de los mexicanos, principalmente a las clases medias y pobres del país, a los grandes capitales y a los políticos que aprobaron dichos aumentos no les afectara, sus bolsillos no resentirán este ataque a la economía de los mexicanos comunes y corrientes.

Algunas voces de expertos, no de gente de la oposición han opinado al respecto: Robert Engle, premio Nobel de economíaSantiago Levy, vicepresidente de sectores y conocimiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). El director de la maestría de Finanzas del Instituto Tecnológico de Monterrey, campus Estado de México, Juan Luis Sherwell,Pero por supuesto los políticos, los gobernantes del PRIAN nunca escucharan a nadie.

Los políticos del PAN y del PRI confían en la pésima memoria de los mexicanos y en la fuerza de convencimiento de las televisoras para que de aquí a las elecciones del 2012 este agravio quede en el olvido y las muchachitas clasemedieras den su voto al PRI “por que Peña Nieto esta guapo” la gente más humilde cambien su voto por algunos obsequios y los dueños del dinero evadan el pago de impuestos reales desviando ganancias a través de Fundaciones o teletones.

No podemos llamarnos engañados, los que si tenemos un poco de memoria recordaremos que PRI y PAN o PAN y PRI o PRIAN responden a un modelo económico que data de Miguel de la Madrid, que tuvo en Carlos Salinas a su máximo líder y que Zedillo el último priista y Fox y Calderón, panistas, solo han continuado y que finalmente los priistas y sobre todo Salinas pretenden continuar por medio de Enrique Peña Nieto.

La doctrina, el sistema neoliberal está por encima de colores o siglas de partidos, es un proyecto económico pensado en proteger a los grandes capitales y a los políticos financiados por los mismos, es un proyecto que va más allá de colores siglas de partidos e incluso naciones, su inoperancia, su fracaso ya está demostrado a nivel mundial, sus principales promotores ahora reniegan de el, pero la dupla PAN - PRI o PRIAN comandados por Carlos Salinas y la mayoría de los medios de comunicación, principalmente las televisoras sigue en su defensa, por que este modelo, este sistema los ha enriquecido y los mexicanos olvidan y vuelven a votar por ellos.

Se puede tener hambre, perder la vida, la libertad, la fortuna, lo único que un ser humano no puede darse el lujo de perder es la dignidad.

¿Hasta cuando se pensara en la dignidad, hasta cuando se poseerá memoria, hasta cuando mexicanos?

jueves, 15 de octubre de 2009

Manual para canallas / Predicadores del odio

Predicadores del odio




Max se sentó y pidió una Bohemia sin siquiera saludarme, sólo asintió con la cabeza. Lo observé y supe que algo no andaba bien. Uno acaba conociendo mejor a los amigos que a la propia familia. Así que no me ofendí porque se guardara el apretón de manos
“¿Qué pedo, wey?”, solté con sutileza. “Nada, nada”. Shales, ese cabrón parecía novia ofendida a la que le preguntas “qué tienes” a sabiendas de que está molesta. “¿Y ahora qué te hizo tu vieja?”, suelo ser muy intuitivo. “Nada”, tomó la cerveza que le habían llevado y le dio un tremendo sorbo, “bueno, sí, ya me mandó a la chingada”. ¡Otra vez! “¿En serio? ¿Y ahora por cuantos días?”, fui sarcástico. Parecen chavitos de secundaria, que se enojan y se contentan, que se celan y se hacen chupetones en el cuello. “Creo que ahora sí es definitivo”, estaba más apesumbrado de lo habitual, “conoció a un tipo por internet”. Clásico, siempre habrá alguien mejor que tú en algún lado, que sólo está esperando la oportunidad de chingarte a la vieja. “Te lo dije, una mujer que se llama Pamela sólo puede estar destinada a hacerte sufrir”. Y sí, se lo había advertido. Pinches nombres zorrescos que les ponen los padres. Bueno, eso es un prejuicio, debo reconocerlo. Da lo mismo que se llame Casandra o Viridiana e incluso Jennifer. Una mujer está construida en serie y le insertan desde chavita el mismo chip que a todas. Por eso te miran con desconfianza e intuyen que lo único que deseas es llevártelas a la cama. Ya me imagino a las madres diciendo con tono serio “ya no hay hombres buenos, como tu padre”, aunque el culero de su jefe tenga un hijo fuera del matrimonio o aún frecuente a esa novia de la juventud que fue el-amor-de-su-vida. El caso es que Max, mi amigo, parecía apesumbrado por su Pamela. Yo sabía que tarde o temprano uno de los dos iba a acabar destrozado. A Pamela me tocó verla ebria, coqueteando con algún tipo en una fiesta mientras mi amigo iba por los hielos. Tampoco era un comportamiento extraño en una tipa que trabajó como hostess en una cantina disfrazada de restaurante.
-O-
Recuerdo que en una borrachera, Pamela me preguntó que si yo engañaría a su amigo. Puedo ser de lo peor, un pésimo hijo o un hermano poco solidario, pero hay códigos de honor que me gusta conservar intactos. “Nunca traicionaría a un amigo, ni siquiera por dinero o por viejas”, advertí. “Uy, pues qué aburrido, no que muy canalla”, ella frotó su pierna con la mía. Chingaos, no es lo mismo ser un desmadre que ser un ojete. Esa Pamela estará muy buena, pero no me inspira confianza. Incluso en una reunión se dejó besar por una chica, en la cocina de mi departamento, y cuando se dio cuenta que las había visto se sonrojó un poco para luego reírse como tonta. En corto, minutos más tarde, trató de explicarme que ella no era bisexual ni nada parecido. “Conmigo no tienes que justificar nada”, atajé, “es a Max a quien estás acostumbrada a rendirle cuentas”. Me suplicó que no le fuera a contar nada a mi amigo. Claro que no le diré nada, “aunque sepa que lo amas porque tiene auto del año” y su padre es dueño de unas cuantas farmacias el-muy-avaricioso. Se ofendió cuando se lo dije, aunque ambos sabemos que sus besos siempre se cotizarán alto. “Eres un idiota. Es más, haz lo que quieras, ya no me importa”, estaba segura de que mi cuate le perdonaría todo. A mí me caga la gente chismosa, además de que mi amigo tampoco es un tipo muy honesto que digamos. Me consta que tiene suerte con las viejas y sale con dos que tres, aunque el jure que como-Pamela-no-hay-ninguna y crea estar enamorado. Para qué carajos se complican la vida. Por qué ese pinche afán de tener novia, de amarrarse a esquemas ya desgastados. Eso sí se lo repito a cada rato. Por qué esa necedad de reportarse por teléfono y estar cuidando que no te vayan a checar los mensajes de texto porque se arma un pinche drama. El punto es que Max se emborrachó prometiendo que no la iba a buscar y que cuando supiera quién era el otro wey lo iba a madrear. Ajá, ¿y luego? Mis amigos suelen ser estúpidos. Yo sabía lo que seguía. Iría a buscarla, le haría una escenita y terminarían en el hotel. Ya había sucedido y seguiría sucediendo. “Ustedes dos acabarán casados”, traté de sonar apocalíptico. Y él muy imbécil me preguntó con esperanza: “¿Tú crees?”. Ya lo creo. Sonrió de una manera que me alarmó. Cada quien cava su propia desgracia. Bien dice Bukowski: “Hay suficiente traición, odio, violencia,/ necedad en el ser humano corriente/ como para abastecer cualquier ejército…/ y los que mejor odian son aquellos que predican amor”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico

jueves, 8 de octubre de 2009

Un maniquí en fragmentos / Manual para canallas

Un maniquí en fragmentos




Liliana llevaba casi una hora arreglándose, se quitaba un vestido, se ponía otro. El desgano no le sentaba nada bien. A mí me encantaba verla semidesnuda, pero aquello no era nada emocionante. “No tengo ganas de ir a esa fiesta con tus amigos”, me miró a través del espejo. “Y qué quieres hacer”, cuestioné



Ella levantó los hombros como diciendo no-tengo-idea. “Es que tus fiestas son muy aburridas”, Liliana siguió observándose en el espejo.—Supongamos que no vas. ¿Qué harás, entonces? ¿Ver telenovelas? ¿Leer el catálogo de Sears?Yo cerré los ojos y pensé que tenía razón, mis amistades no eran lo que se dice muy divertidas, al menos no para una chica de 24 años. Pero era el cumpleaños de mi jefe y apenas me acababan de dar un aumento de sueldo.—Es que se la pasan hablando de sus trabajos y siempre ponen música que no me gusta.Ella tenía cara de fastidio. De un tiempo a la fecha la relación se había estancado. Ella prefería salir con sus primas, emborracharse en Los Remedios, irse con su palomilla a los conciertos de grupos como Panda.


A Liliana la conocí en un coctel, iba con una amiga y parecía aburrida. No me costó mucho sacarla de allí para irnos a emborrachar a otro lado. Durante un tiempo funcionó como suelen funcionar esas cosas: le emocionaba conocer mi mundo. A mí me fascinaba casi toda ella. Y digo casi porque la lucidez no era precisamente uno de sus atractivos.


—Creo que deberíamos darnos un tiempo —se sentó frente a mí.Yo sabía lo que significaba eso. Uno: que fue educada por la televisión. Y dos: que seguramente ya tenía un pretendiente.—Si eso quieres —tomé el control remoto y le bajé al estéreo—, pero por favor no vayas a cambiar de parecer mañana.—¿Así nada más? –giró para observarme—, te pido que nos demos un tiempo y aceptas de volada. ¿Acaso no te importa nada? ¿No me amas?


Carajo, lo malo de la pasión es que no distingue los matices. Allí no hibernaba el amor, sólo la necesidad: las ganas de sentirse admirada, protegida, deseada. Pero a ella le daba por creerse el personaje de su minidrama. Y cuando se enfadaba la contentaba con un perfume. Y si estaba feliz me besaba como una princesa en la escena del vals. Y a veces se ponía en plan romántico y juraba que yo era el hombre de su vida. Pero a quién engañábamos. Ella no se iba a quedar para siempre. Y yo no soy un tipo que se cree lo que dictan las baladas.


—Tú eres la que ya no está a gusto –no había mucho que aclarar—, así que no hay mucho que objetar.
—Eres un cabrón –sus ojos anunciaban lágrimas.
—Y soy pésimo para el romance y reprobé artes dramáticas en la prepa –tomé otra vez el control, apreté un botón y subí el volumen porque sonó una rola de Coldplay que me gustaba mucho.
—Bien me dijo Pamela que me ibas a botar como si nada –su amiga no era precisamente la mejor consejera—, que todo te vale madres.


Si algo no soporto en ciertas mujeres es esa tendencia a ponerte a prueba. Debes demostrarles siempre lo mucho que te importan. No vale que un día antes les lleves flores, de nada sirve que una hora antes hayan hecho el amor como nunca. Siempre están pendientes de reafirmar que te tienen en sus manos. Necesitan saber que tu voluntad es suya aunque lo disfracen con frases como “a dónde quieras, aunque a mí gustaría…”


—Mira, Liliana, déjate de tonterías y toma una decisión. Si quieres que nos demos un tiempo sólo empaca lo necesario y no hagas drama. Y sí ya se acabó, olvida todo y cuando te vayas cierras con llave.
—¡Idiota! Te odio, te odio. Nunca me has querido –se fue a llorar a la recámara.


Guardé los cigarros, salí con toda la calma y apenas estaba doblando la esquina cuando sonó el celular. No contesté. Cuando llegué a la fiesta ya tenía cuatro llamadas perdidas y un mensaje de texto: “Seguro que la zorra de tu secretaria se alegrará de que llegues solo. Eso es lo que querías, ¿no?”.


Un par de horas después Liliana me volvió a llamar desde un antro: “Si creías que me iba a quedar a esperarte como una tonta, estás mal. Salí con mis amigas y no sé si voy a regresar”. No me dejó responder porque colgó de volada. Yo le llevé una Corona a la cuñada de mi jefe, una chavita con buena pinta y que tenía una plática interesante.


Como a las dos de la mañana, Liliana marcó otra vez. ¿Y ahora qué? “Mi amor, te extraño, ven por mí”, ya sonaba ebria. Me recordó a un maniquí con cuarteaduras en el alma. Carajo, el pinche diablo no se anda con mamadas. Cuando te invita al infierno te otorga una membresía sin restricciones. Le explique a Liliana que mi jefe apenas iba a apagar las velas de su pastel y colgué. “¿Tu esposa?”, preguntó mi nueva amiga. “No, es una ex novia que me extraña”, comenté adivinando el futuro. El telón de fondo era una canción de Zoé. Y yo le pregunté si le llevaba otra cerveza. Y su respuesta fue una promesa: “Pero si me emborracho tú me llevas a mi casa”. Ya no me importó que el celular sonara cada media hora, ni esa voz que dejaría un mensaje que ya me resultaba familiar: “Amor, perdóname por ser una tonta”. Y yo reconfirmé que si la suerte te guiña un ojo más vale que apuestes tu resto.


Roberto G.Castañeda
Manual para canallas


El Gráfico


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martes, 6 de octubre de 2009

Calderón y el "nuevo" PRI

Calderón y el "nuevo" PRI



El PRI trata de mantener la duda del sentido de su voto en el Congreso respecto al paquete económico de Calderón, pero según se desprende de las acrómiones que están realizando dirigentes, coordinadores de su fracción en el congreso y los Gobernadores de ese partido, todo indica que apoyarán las propuestas de Calderón con una ligera "maquillada" para evitar que el descontento de la población les reste votos en sus aspiraciones para 2012, esto es, al darse cuenta de lo impopular del pretendido aumento del 2% al consumo generalizado, incluidos alimentos y medicinas, presentaran al gonierno una propuesta alterna, no se contemplará ese 2% lo trasladarán a otros rublos esperando que la población no se de cuenta, y esperan lograrlo ya que en los próximos días se dará un ambiente propicio para distraer a la población, este ambiente estará encabezado por la calificación de la selección de fútbol al mundial y así aprovecharán para aplicar los aumentos para que sea, una vez más el pueblo, quien pague errores y crisis, ya anteriormente el PRI logró que se aumentara de 10% a 15% el impuesto al valor agregado (IVA) y para lograrlo contó con el apoyo del PAN en el congreso, ahora les corresponde pagar ese apoyo, lo que demuestra que al margen de colores y siglas, con PRI y PAN lo que realmente gobierna en México es el sistema neoliberal, quien lo encabece es lo de menos lo importante para ellos es mantenerlo.

La propuesta de Calderón de darles el dinero ahorrado por los trabajadores mexicanos y administrado por las AFORE a los empresarios, ya se han dado comentarios entre legisladores del PRI en el sentido de apoyar esta propuesta, una vez más mediante aumentos de impuestos, FOBAPROA, rescates carreteros y robo a los ahorros de los trabajadores, será el pueblo, la clase trabajadora, los que menos tienen, quienes cargarán con el costo de la crisis, los errores del gobierno y sus recursos puestos al servicio de la la ambición desmedida de particulares.

viernes, 2 de octubre de 2009

Para reflexionar II...Así gobierna el PAN, se llama Jacinta

Así gobierna el PAN, se llama Jacinta





El 26 de marzo de 2006 seis agentes federales de investigación, sin uniforme y sin orden “decomisaban” mercancía supuestamente pirata en el tianguis del centro de Santiago Mexquititlán. En un momento dado alguien pidió una orden para el decomiso. Entonces comenzó la tensión. No siempre resulta tan claro que el momento en el que la impunidad se rompe, tiene la necesaria implicación de que la justicia está ausente desde hace mucho tiempo.
Llegaron el agente del Ministerio Público Federal (MPF) con sede en San Juan del Río, Querétaro, el licenciado Gerardo Cruz Bedolla, y el jefe regional de la AFI, Omar Evaristo Vega Leyva. En la plaza principal del pueblo hablaron con los comerciantes. Los funcionarios aseguraron que los agentes habían cometido un error y que iban a responder por los destrozos y daños causados por los policías federales. Tras un estira y afloja cada vez más tenso el jefe de la AFI y el MPF, incapaces de demostrar la legalidad de la acción, ofrecen que uno de los agentes permanezca en el lugar en lo que traían el dinero para pagar lo decomisado irregularmente, en virtud de que por alguna razón ya no tenían la mercancía original.

Según los testimonios que ha recopilado la defensa de Jacinta [el Centro de derechos humanos Fray Jacobo Daciano (CDH/FJD), de Querétaro, y el Centro de derechos humanos Miguel Agustín Pro Juárez (Centro Prodh)] sobre los hechos de ese día, tres horas después, los elementos de la AFI arribaron al pueblo acompañados de policías pertenecientes a otras corporaciones. Con ellos llegó un fotoperiodista del diario Noticias de Querétaro. Cuando llegaron los agentes, los comerciantes afectados, junto con las demás personas que protestaban contra los abusos cometidos, dialogaron en relación a los pagos. Todo esto estaba ocurriendo en el puro centro del pueblo.

"Mis amistades y familiares me dicen Jacinta ya eres bien famosa, pero la verdad yo no quería... ¡ellos me hicieron!". Y así ella, la indígena otomí que injustamente fue encarcelada en el reclusorio femenil de San José el alto en el estado de Querétaro, ríe, se ríe de su desgracia y dejó atrás tres años de tristeza y llanto en prisión. "Allá dentro en las cárceles, hay muchas casas Jacintas y madres inocentes"."Al principio lloré mucho, todos los día lloraba. Que Dios me perdone, pero sentía odio y hasta deseo de venganza. Luego cuando supe que podía salir, fue diferente, me metí al taller de trabajo para pasar más rápido los días" ."Hubo custodias que maltrataron, yo lloraba y me la pasaba sin comer. Pero al fin estoy libre".

Jacinta ¿Secuestradora?

Jacinta Francisco Marcial de 42 años de edad es madre de una otomí cuyos integrantes de distintas maneras buscan lo que cualquier persona: subsistir y compartir eso con los suyos. Junto con su esposo,Guillermo, Jacinta trabajaba en el negocio familiar de nieves y aguas. La tarde del 26 de marzo de 2006 Jacinta, quien no hablaba bien español, cuidaba su puesto de aguas mientras otros comerciantes se confrontaban con los AFI. Cerca de la hora en que en el centro del pueblo se daba el movimiento más intenso, Jacinta fue a aplicarse una inyección a la farmacia. Camino a su puesto, tras administrarse su medicamento, el borlote, el bullicio, el gentío, llamaron su atención y se acercó a ver. Mientras echaba un vistazo a los sucesos un fotógrafo del diario Noticias de Querétaro imprimió una gráfica que fue publicada ilustrando los hechos, en la que Jacinta aparecía. A partir de esa “prueba” y sin que se le notificará nunca el hecho, Jacinta fue acusada de secuestro. Una tarde, más de cuatro meses después, unas personas buscaron a Jacinta en su casa y empezaron a confundirla. Le dijeron que tenía que acompañarlos por un asunto de una poda de árbol. Sin entender qué estaba sucediendo Jacinta fue subida a un vehículo sin identificación oficial que la llevó al Juzgado IV de Distrito del Estado de Querétaro. Jacinta estaba estupefacta. La estaban llevando unas personas lejos de su familia por un árbol del que ella no sabía nada. Entendiendo aquello que su sagacidad le revelaba en esa lengua, el español, al mismo tiempo familiar y extraña. Inaccesible como la razón por la cual de pronto la metieron en un salón lleno de reporteros que empezaron a fotografiarla sin el menor pudor. Como si no valiera por ser lo que es: mujer, indígena, pobre. De nuevo las cámaras vulneraban no sólo la dignidad de Jacinta, sino la de todos los suyos, declarándola culpable sin proceso ni posibilidad real de defensa. Sólo que además ahora le estaban robando la vida, pues sin acabar nunca de comprender cómo ni porqué se encontraba detenida, ese día, 3 de agosto de 2006, Jacinta nunca lo olvidará, porque costó más de 3 años de su vida

Jacinta Francisco Marcial fue condenada por el secuestro de seis miembros de la Agencia Federal de Investigación (AFI) que entraron vestidos de civil en un mercado de la localidad de Santiago Mexquititlán, en el estado central de Querétaro, en un operativo en busca de drogas y DVD piratas.

Las autoridades que cometieron este abuso fueron autoridades federales de finales del sexenio panista de Vicente Fox, el atropello continuó durante los tres años que van del sexenio del también panista Felipe Calderón y el Estado en donde se dieron los hechos gobernado por el PAN.

Si tres mujeres mayores, otomis que apenas hablan español sometieron a seis agentes federales armados y adiestrados, ¿no sería conveniente para el gobierno federal contratar para su lucha contra los narcotraficantes a estas mujeres y algunas más de ellas para obtener resultados satisfactorios contra los narcotraficantes, secuestradores y demás delincuentes que trabajan impunemente?

La autoridad federal fue cuestionada respecto de una posible indemnización a Jacinta y la respuesta es que no habrá tal, para ellos no merece indemnizarse por carecer de valor la vida perdida del pueblo, los medios electrónicos no han hecho mucho ruido con este caso, quizás sea por el color de piel de Jacinta, por ser otomí, por ser pobre o por no apellidarse Martí, Vargas o Wallace, que si bien merecen la atención y respeto por ser víctimas de delincuentes, también Jacinta lo merece por ser víctima de delincuentes investidos de autoridad.