jueves, 16 de abril de 2009

Esa princesa vampira / Manual para Canallas

Esa princesa vampira









Patricia vive demasiado cerca del tedio y muy lejos de sí misma. Ella es divorciada y tiene ojos verdes pero la sonrisa gris. Trabaja 12 horas diarias en un banco, pero me cuenta que cuando le toca hacer el balance de su existencia no le cuadran las cuentas.“No sé cuándo dejé de ser joven”, se queja luego de comentar que apenas tiene 28 años. Nunca he sido buen conversador, así que no digo gran cosa. La acabo de conocer hace unas dos horas, bailamos un poco y luego nos besamos. Está algo borracha. Llegó al bar con unas amigas que ya se fueron. Mi cuate Eduardo baila con su novia y no tarda en largarse a cualquier hotel de la zona. Patricia es hermosa, delgada, con curvas magníficas y piernas espléndidas. “Me encantan tus ojos”, musito y la beso. Ella se deja besar mientras acaricia mi nuca, luego se retira y suelta un murmullo: “A mí me encanta que me escuches”. Sonrío un poco y ella percibe cierta malicia. “Pídeme otra cerveza y ya luego nos vamos”, la sugerencia suena prometedora.


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En su departamento no hay fotografías, ni aquellos detalles cursis que delatan a algunas mujeres. Paty, porque me ha pedido que la llame así, me cuenta que hace ocho meses se separó de su marido, aunque apenas están con los trámites del divorcio. El hombre la dejó porque no podían tener hijos. “Llevábamos cuatro años intentándolo, pero le faltó paciencia”. Mmmmm, pongo cara de interés. “Estábamos en tratamiento para que me embarazara, pero él siempre se quejaba de los análisis y me echaba toda la culpa”. A lo mejor él era quien no podía tener hijos, comento y ella agacha la cabeza. “En el último examen que nos hicieron resultó que él tenía la culpa, pero ya no se lo pude decir porque ya ni nos hablábamos”. Cuando ella dice “él tenía la culpa” asiento con la cabeza, aunque mi mente ya reflexiona que así es el amor: siempre hay un culpable. Y por lo general es el otro. Siempre he pensado que las relaciones de pareja son luchas de poder, un constante desfile de estrategias para ganar terreno, para exigir, para pedir algo a cambio: “te perdono, pero sólo si haces esto o si me prometes no hacer lo otro”.


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Luis Miguel suena en la radio con uno de sus refritos. “Antes me encantaba Luis Miguel”, sigue Patricia, “porque a mi marido le gustaba mucho y siempre lo íbamos a ver al Auditorio, pero ahora no lo soporto”. Yo doy un sorbo a mi copa con vino tinto, porque ella no tenía otra cosa. No estaría mal decirle que Luis Miguel me parece un cantante que ha desperdiciado sus facultades en parodiarse a sí mismo, en vez de arriesgar como lo hacen otros cantantes, pero a estas alturas es ocioso. “Cuando estás enamorado, hasta la canción más boba te parece sublime”, le explico a Paty, “y cuando el abandono se instala en tu cama, con todas las canciones se te asoman las lágrimas”. Entonces ella se suelta a llorar. La abrazo como si fuera la mujer de mi vida y ella se acurruca como si estuviera enamorada por vez primera. Aprovecho para besar su cuello, para hurgar con mi lengua en su oído. Ella suelta un suspiro. Tomo su cara entre mis manos, beso sus lágrimas y luego sus hermosos labios. Paty cierra los ojos, se estremece y sus manos recorren mi espalda. Desabotono lo que hay que desabotonar, acaricio lo que se debe tratar con suavidad. Ella se recuesta en el sillón. Mi boca se desliza con suavidad por su seno izquierdo, justo para acercarme lo más posible a su corazón. Paty entierra sus uñas en mi hombro. Justo después de que ella gime, recito una canción de Andrés Calamaro: “Soy vulnerable a tu lado más amable,/ soy carcelero de tu lado más grosero,/ soy el soldado de tu lado más malvado,/ y el arquitecto de tus lados incorrectos”. Intuyo que esta noche será salvaje, porque no hay mejor amante que alguien que ha dejado de creer en el amor... pese a que los románticos nunca falten o aunque los cursis sean un ejército feroz. “Soy inocente de tu lado más culpable,/ pero el culpable de tu lado más caliente./ Sólo estoy sólo y estoy buscando/ a alguien que me está esperando.../ esa princesa vampira,/ que respira y me mira”.



Roberto G. Castañeda

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sábado, 11 de abril de 2009

Cada quien su calvario / Manual para canallas

Cada quien su calvario






Chely nunca ha ido a Los Cabos ni conoce Xcaret, con lo que le encanta la playa. Cuando Miguel Ángel le platicó que se iba de vacaciones a la playa ella recordó los planes que tenían cuando eran novios abrazarse frente a una puesta de sol mientras la playa acariciaba sus pies. De película.Pero lo suyo acabó como una mala telenovela porque sus anhelos se congelaron igual que un filete de pescado. Chely se casó con un tipo que nunca la valoró y ahora piensa en dejarlo. Miguel Ángel cumplió lo que prometió: nunca se volvió a enamorar de otra. Hoy, ambos son grandes amigos. Él la sigue esperando. Ella quisiera que él fuera el padre de sus hijos y sonreír para las fotos. Nada más triste que añorar lo imposible. JoaquÍn Sabina tiene razón cuando canta eso de que "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Sentada frente a su amiga Diana en aquel restaurante, Chely mira la botella de Martell y suspira con ganas de que sus rutinas se convirtieran en besos de pasión."Nunca he dejado de amarlo", platica con tristeza. "quisiera que mis cielos fueran mas hermosos a su lado". Diana trata de ser solidaria: "¿Y por que no te divorcias?". Chely apenas la mira, 'porque Héctor no quiere que nos separemos y dice que me quitará a las niñas". Mala señal. "Pero dices que te engaña", agrega su amiga. Ella no está segura, "bueno, eso creo pero no me consta... si al menos pudiera probarlo". Diana mueve la cabeza en tono de desaprobación. Ambas saben que hay calvarios que parecen no tener fin. "Miguel Ángel es el amor de mi vida, pero me di cuenta demasiado tarde", se reclama Chely. "Bueno, al menos tú lo has encontrado, tarde pero lo has encontrado hay mujeres que nunca lo encuentran", Diana la reconforta. "Tienes razón, salud por eso". Y levantan su copa y brindan por los imposibles."Pero algún día me escaparé con él", Chely suena atrevida y vuelve a levantar su copa.

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Una mujer empuja sin querer a Israel quien sólo voltea con gesto de fastidio. La gordita ni siquiera ofrece una disculpa. Vale madres. Israel detesta los tumultos, le enferma tanto ruido, pero trata de evadirse y se sienta para tomar el sol, "papi, papi, enséñame a nadar", dice una vocecita. Él sólo quisiera quedarse inmóvil, cerrar los ojos e imaginar que está en el Caribe. "Ahorita voy, mijita", responde a la pequeña. La niña se aleja corriendo, feliz, mojada, a hundirse en aquel mar de sudores mezclados. "Juega un rato con tus hijos", quien se ha acercado ahora es su esposa, por que yo ya me cansé". Israel la mira con algo que podría definirse como rencor. De mala gana se para, va hacia la alberca y sus niños se acercan.Brandon, a sus seis años, es igualito a él aunque más cabezónico. Stephy se parece a su madre, pero la alegría de ambos es algo que no sacaron de ninguno de ellos. Israel y Montserrat se casaron obligados por los padres de ella. Ahora tienen dos chamacos y sus sueños fueron postergados. Cuando se casó con Montse, Israel se sintió afortunado porque era la chica de la que estaba enamorado. Ahora todo se ha vuelto rutinario. Él dinero no alcanza viven en casa de los padres de ella y la suegra se mete en todo.Israel trabaja como mesero de banquetes y las propinas cada vez son menos. El quisiera estar de vacaciones en Acapulco, pero tiene que conformarse con ese océano de piernas y brazos en una playa artificial. "Mira, papá, mira, como me echo un clavado", Brandon se avienta de panzazo e Israel se ríe de eso que le parece tan gracioso. Como quisiera volver a ser niño y divertirse tanto. Por unos momentos se olvida de su calvario y juega con sus hijos para reencontrarse con su niño interno. Hasta que un pie le golpea en la espalda. Y vuelve a esa jodida realidad que todos los días le abofetea la cara.

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Hortensia no soporta el calor. Ya está harta de estar encerrada allí, en esa cocina diminuta, haciendo tortillas a mano. Afuera el sol es intenso, pero en ese pequeño espacio la temperatura es propia de la caldera del diablo. De buena gana renunciaría, pero sus chamacos tienen que comer. Además, hace una semana que no sabe nada del borracho de su marido. Seguro anda con sus amigotes. justifica, negándose a creer lo que le sugirió su comadre Eulalia: "segurito tiene otra vieja". Nada peor que la incertidumbre.Desde que recuerda, ella ha tenido que trabajar y encima de todo aguantar los reclamos del esposo. Ahora, el muy cretino ya no le da gasto. Así que ella debe arreglárselas sola: lavar ajeno, pedir fiado en la tienda, esconderse del casero, pelearse con las cuñadas, malvestir a los niños y tratar de que no la venza el sueño mientras trabaja, Ya esta harta de ese trabajo miserable, pero hay peores y además están escasos. Afuera hace un calor insoportable, pero en su infierno particular las cosas no pintan mejor. Que ganas de mandar todo al carajo. que ganas de dormirse y no despertar. Dios parece olvidarse de todos los que ya lo olvidaron.

Roberto G. Castañeda
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Incómodos silencios / Manual para canallas

Incómodos silencios





En el pesero ninguno de los pasajeros mira a los demás. En la radio suena una estúpida balada. Estoy concentrado en un libro grueso que dicta verdades y por alguna extraña razón empiezo a leer en voz alta: “Esta ciudad parece enferma/ y es habitada por locos./ Todo parece triste y nos aniquila poco a poco:/ amantes que acaban odiándose,/ ese pordiosero que sentado/ mira fijamente nuestros rostros,/ adentrándose en nuestras mentes,/ flores secas y basura amontonada,/ banqueros y funcionarios tramando quedarse con nuestro dinero,/ políticos de cara amable y espíritu podrido,/ ladrones de cuello blanco con maravillosas esposas y champaña en las comidas,/ la misma historia de las devaluaciones,/ cárceles atestadas de violadores,/ gente desencantada en los andenes del metro,/ hombres suficientemente viejos/ como para amar la tumba desde ahora… Es un poema certero, aunque los demás parecen no entenderlo y me miran contrariados, pero no me detengo: “Estas y otras, muchas, cosas/ demuestran que la vida gira sobre un eje oxidado./ Pero nos han dejado un poco de música/ y un póster de Dylan en la pared,/ una botella de ron, unos pantalones de mezclilla,/ un delgado volumen de poemas,/ un perro que corre como si el diablo le estuviera retorciendo la cola.../ Y llega el odio, luego el amor y después, de nuevo, el odio/ como un asesino que dobla la equina./ Puntual, la ciudad espera a que caiga la noche/ para volvernos locos de tan solos, solitarios,/ que somos, caminando sin mirarnos unos a otros... Luego un silencio incómodo. Un señor de rostro cansado bosteza y me observa unos segundos como si estuviera frente a un carnicero. Una señora gorda sonríe y me dice “¡qué bonito!”, como si no comprendiera que es un poema triste y oscuro. Una muchacha guapa prefiere ignorarme y se asoma por la ventanilla. “Esta ciudad parece enferma y está habitada por locos y solitarios”, musitó una vez más mientras los demás prefieren mirar hacia la nada.

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“Salirte de ti mismo y contemplarte mientras duermes puede ser peligroso. Te asombrarías de no reconocerte... además de que no encontrarías el camino de regreso”, me dijo el viejo barbón que viajaba frente a mí en el Metro. Traté de no hacerle caso, pero él insistía en su soliloquio. “Sí, estoy loco, tal y como estás pensando, pero no le hago daño a nadie. ¿Y sabes por qué?” No contesté y él no estaba esperando tampoco que yo abriera la boca. Lo miré como lo haría un joyero en una convención de ladrones. “Porque tengo alma de gato. En cambio tú, tienes alma de perro, lo noto en tu mirada. Si por ti fuera, aullarías ahora mismo”, entonces se paró y caminó hacia la puerta. Antes de bajar en Portales gritó: ¡“La rabia es contagiosa!, cuidado con él, cuidado con él” y me señaló con su dedo mugriento. Un destello anaranjado inundó mi cabeza. Sentí ganas de correr, pero intuí que no llegaría a ningún lado. No sé a cuánta gente he dañado, no sé cuántas manos he mordido, pero sé lo que es sentirse como un perro y en verdad que es muy jodido. La soledad es un pescado con los ojos abiertos, un toro aterrado, un escalofrío en las noches de insomnio.

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Anoche llamó Fernanda para decirme que no sólo me odia sino que vendrá por el televisor y el estéreo. Ya se llevó el refrigerador, la sala, el microhondas y hasta el espejo. Ya ni siquiera puedo observarme en las mañanas para ver si me reconozco. Bueno, al menos me dejó los compactos de Babasónicos y Andrés Calamaro. ¡Qué bueno que tengo el sacacorchos, las botellas de vino y el excusado! Hace ocho días que ella se largó a vivir con su mejor amiga que por cierto es lesbiana y siempre se la quiso llevar a la cama. “Eres patético”, me dijo Fer la última vez que llegué a las ocho de la mañana después de recorrer cuatro teibols buscando algo que me salvara de sentirme incompleto o al menos una mujer que estuviera en el negocio por mero placer y no por dinero. Una vez más encontré que soy como un celular sin crédito, un vocho descontinuado, una película sin final, aquel vago que espulga a los perros, la esperanza en los ojos de los ciegos; soy todo eso que tanto odio y a lo que más me acerco. Fernanda se fue sin decir nada, pero con la mudanza se llevó mis restos. Ya nada me salva. La soledad es la distancia que hay entre mi pellejo y los huesos.

Roberto G. Castañeda
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Tengo pésimos recuerdos / Manual para canallas

Tengo pésimos recuerdos




En la secundaria, como todos los adolescentes, peleaba a la salida contra chamacos más altos que yo, me daba por mirarle las piernas a las chicas, rayaba las paredes de los baños, dibujaba caricaturas de los maestros, me ponía a copiar en los exámenes de matemáticas, me iba de pinta de vez en cuando...Y sobre todo me daba cuenta de que la gente no me gustaba del todo, que la escuela era el peor lugar para ser rebelde, que los profesores siempre querían mantenerme callado o robarte tu identidad, el derecho a ser tú, la individualidad. Y ahora aún me pregunto si valió la pena estudiar química o civismo. Allí aprendí, desgraciadamente, que la pinche vida es una competencia y que nunca dejará de serlo. También comprendí que más que ganar, el chiste es humillar a los demás. Somos un pueblo con tendencia a la burla, siempre riéndonos a costillas de los demás. Y eso, sin duda, es una chingadera.Mi madre quería que fuera médico o “alguien así, una gente de provecho”, pero nunca he sido bueno para seguir los consejos. En mi infancia trabajé como cerillo en el Wal-Mart. Ya de jovencito fui pintor de brocha gorda, dependiente de una tienda de abarrotes, cajero en una papelería. Una vez adulto, me convertí en obrero, prefecto de secundaria, mesero de bar. Tuve algunos otros empleos aceptables, algunos más productivos que otros, pero en todos el fin era el mismo: empeñar el alma, olvidarte de la honestidad. Así que mejor opté por este oficio como contador de historias. Seguramente me iría mejor como ladrón de poca monta, revendedor en el estadio Azul o coyote del Monte de Piedad, falso invidente, jugador de billar o estafador en pequeña escala, tahúr zurdo, réferi de box, guardia en un manicomio, portero de discoteca, taxista de furcias o idiota de tiempo completo. Tal vez aún estoy a tiempo de encontrar mi verdadera vocación o recomponer el camino.

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Soy este monstruo que el destino ha creado, y un poco tú y un poco yo. Soy el resultado de muchas derrotas y algunas victorias, y valgo menos que ayer mismo. Soy un tipo devaluado para un mercado injusto. Bueno, eso opinan, aunque con otras palabras, los padres de mi novia. Tengo un baúl lleno de defectos que de vez en vez saco de su encierro. Tengo una vida y nueve gatos a los que envidio de tiempo completo. Tengo una fobia enorme hacia los microbuseros y un odio extremo hacia los políticos de grandes sueldos. Tengo un trabajo que me gusta y muchos textos incompletos. Tengo una sensibilidad que a veces no me gusta pero que me persigue como perro callejero. Tengo cucarachas exiliadas del departamento de un lado. Tengo botellas de ron vacías y copas rotas y una sed que no se agota. Tengo el recuerdo de mi madre sollozando luego de una golpiza de mi padre. Tengo una gran cantidad de silencios y un estéreo sin bocinas que aún así funciona. Tengo un libro de poemas que aún no he escrito y muchas pesadillas bajo la cama. Tengo una barba de tres días tan áspera como las postales de mi infancia.

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La noche está muy perra. Hace un calor sarnoso y la maldita máquina de refrescos se ha tragado mis siete varos. Eso de darle unas patadas ya está muy quemado, así que le pinto cremas. Odio las pinches máquinas, me llevo mal con mi computadora y mi cerebro no está como para pensar con claridad. Tengo un fuego interno que alcanza para ambientar todos tus desiertos. Tengo el corazón en el congelador para no incendiarme mientras duermo. Tengo dedos largos para hurgar en lo más profundo de tus deseos. Tengo la neurosis habitual de los exploradores del subsuelo. Y una rola de Soda Stereo que sonoriza mi pesar: “Ahí va la tempestad/ ya parece un paisaje habitual./ Un árbol color sodio/ y la caída de un ángel eléctrico./ Enredado en cables/ estoy al filo de la resignación./ Debe ser el hábito de esperar/ que algo quiebre la monotonía.../ Aún tengo el sol/ para besar tu sombra”. Tengo ganas de contarte más, pero esta historia aún es muy larga y mejor aquí la dejo.

Roberto G. Castañeda
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Besos metálicos / Manual para Canallas

Besos metálicos




Creo que tenía como 19 años cuando me enamoré de Daniela, una reina de arrabal, una princesa nacida en barrio pobre diría Serrat. Ella tenía 17 años y era hija del dueño de la panadería, un español que explotaba a los panaderos mexicanos mientras se hacía rico. Por desgracia la avalancha de productos Bimbo y Tía Rosa echaron por tierra la prosperidad del viejo, que tuvo que invertir en malos negocios y dinamitar la prosperidad de su familia. Daniela asumió con dignidad su descenso en la escala social. Ella era en verdad hermosa, con una luminosidad inusual en esa colonia astrosa. Dany tenía ojos almendrados y un cuerpo juvenil que ya provocaba tentaciones. Delgada en sus turgencias, con piernas espectaculares, cintura avispada y pechos en flor. Se sentía deseada y, por tanto, actuaba con soberbia. Todos en ese barrio, en la escuela, nos soñábamos abrazándola bajo la tenue luz de un portón o caminando por el parque para que todos nos vieran. Pero eso era prácticamente imposible porque sus padres la cuidaban como la perla virgen del cultivo, reservándola para la llegada de un príncipe en auto de lujo. De tanto imaginar el calor de sus labios, la tibieza de sus abrazos, me animé a una declaración. Según yo, no perdía nada. Lejos estaba de imaginar que extraviaría la calma. Un día, Daniela me dijo que sí, me citó en la esquina de mi casa, me dio unos besos clandestinos y se fue sonriendo. A los pocos días salió de mi vida. Su familia la mandó a casa de unos parientes, en otro estado.

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A fuerza de ausencias uno se hace hombre y quiere mucho o quiere poco, pero nunca olvida los besos sagrados de los amores fallidos ni esas caricias nunca entregadas. Seguí viviendo en la misma colonia, me hice novio de una prima de Daniela. Por medio de ella me enteré que aquella chica que me robó la calma ganó no sé que concurso de belleza a nivel estatal, que luego se casó con un tipo millonario que la abandonó después de unos años y un par de hijos. La volví a ver en alguna foto y comprendí que había perdido mucho, pero no la belleza ni la capacidad de provocar deseos oscuros en los hombres. Ya luego me alejé mucho más, porque tuve que irme a estudiar a una extraña ciudad, con mi maleta de aspiraciones y mi agenda repleta de recuerdos.

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De vez en vez el destino va y se carcajea a tu lado. Yo estaba sentado con un par de amigos en un bar común y corriente. El mesero era tan amable que no nos causó mucha confianza. Un grupo de malos músicos tocaba pésimas canciones, mientras algunos clientes bailaban con mujeres de minifaldas cortas y tarifas altas. Entonces se acercaron dos chicas que nos coquetearon con sus sonrisas de carmín exagerado. Una de ellas me guiñó un ojo, me tendió la mano y la encaminé hacia mi amigo Luis, quien la sentó en sus piernas. La otra se sentó junto a Héctor, le pidió que le invitara una copa y así sucesivamente. Me serví un trago más y estaba pensando si no era mejor largarme a un lugar más cálido, cuando una mujer escultural me pidió fuego para el cigarro que llevaba en la boca con estudiada sensualidad. Eso fue el pretexto para que se sentara e iniciara una conversación. “¡Qué bonita corbata!”, dijo y la tomó por la punta, procurando rozar con suavidad mi pierna. “¿No nos conocíamos?”, preguntó y respondí de inmediato que no, aunque a decir verdad sentí como si la hubiera visto antes. La miré con atención a los ojos y una descarga eléctrica atacó mis neuronas. “Tú te llamas Daniela”, comenté como imbécil. “No, estás mal, me llamo Daisy”, aclaró como queriendo borrar lo evidente. “Crecimos en el mismo barrio”, no debí haberlo dicho. “Gracias por el fuego, guapo”, prefirió alejarse.

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Daisy regresó más tarde y aceptó que se llamaba Daniela. Bebimos mucho, platicamos un poco, después ella se recargó en mi hombro. “Eres un encanto”, musitó como tratando de convencerme. En menos de una hora me contó su triste historia: mujer abandonada y con dos hijos, un par de maridos celosos, algunos amantes ocasionales y un chingo de problemas que sólo resuelve el dinero. Yo comenté que por desgracia el destino nos juega con cartas marcadas. Le dije que estuve enamorado de ella, que me costó mucho tiempo olvidarla. Después me besó de una manera muy distinta a la que yo añoraba y sus labios boicotearon el último de mis buenos recuerdos. “Me caíste del cielo”, aún tuvo la desfachatez de decir, “deberías sacarme de aquí, ya no aguanto”. Ya estaba demasiado ebria. Eran las dos de la madrugada y me propuso que la invitara a mi departamento. “No te voy a cobrar porque te has portado como un caballero”, explicó con voz titubeante mientras me acariciaba la barba de tres días y dos insomnios. Estuve a punto de aceptar, pero no soporto a las mujeres de besos metálicos, con sabor a estaño, y tampoco quise dinamitar la parcela de cielo que habité por algunos instantes cuando era joven.

Roberto G. Castañeda
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La mirada de Frida / Manual para canallas

La mirada de Frida








Mi madre era una mujer demasiado agobiada. Abandonada por el marido, debía lidiar con el dolor de saber que la habían cambiado por otra mujer. Y encima de eso, ella se sentía desesperada por mantener a cuatro chamacos. Yo era muy pequeño para comprender todo eso, pero no me gustaba escucharla sollozar. Mi padre era un imbécil, bueno, lo sigue siendo, pero eso no es justificación para abandonar a cuatro hijos por el resto de su vida. Así que además de imbécil, es un tipo que no vale la pena. Claro que lo extrañé, pese a que convivimos poco. Algún tiempo lo odié, pero al menos me enseñó algo: a no ser como él. Quizá yo no sea el mejor hermano, ni el padre ideal, o el hijo perfecto, pero al menos me doy tiempo para repartir uno que otro abrazo y tratar de no dañar a nadie. Mi madre fue demasiado ruda conmigo, tal vez porque yo era el mayor. Pero a fin de cuentas me encaminó por el mejor sendero: no seré un hombre de bien, pero el menos soy honesto conmigo mismo y trato de estar en equilibrio con lo que me rodea. Mi madre vendió quesadillas, cocinó para familias ricas, fue afanadora en el gobierno, hizo carrera como la mujer más fuerte del mundo y no descansó hasta que nos repartió las alas y nos mandó a enfrentar el mundo. Tal vez no he llegado muy lejos y siempre termino volviendo a mis orígenes, pero Alicia tiene el mérito de lograr que yo no fuera un cretino.




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Los demonios sembraron mi camino con algunas trampas, pero los dioses me mandaron ayuda en los momentos más apremiantes. Desde pequeño fui algo tímido, usaba gafas y mi peinado era espantoso. En la escuela me elegían al último para cualquier deporte, pero las maestras estaban encantadas porque siempre declamaba en los días festivos. Los libros fueron mi refugio, mientras Jaime se empeñaba en esconderme mi mochila y pegar chicles en mis cuadernos. A mí me gustaba Verónica, porque siempre olía a recién bañada y sus sandwiches parecí­an muy sabrosos. Pero a Vero le gustaba Max, que era el típico niño que nunca se despeinaba. Tampoco se acababa el mundo, yo podía sobrevivir con ello. Siempre he estado rodeado de mujeres fantásticas: como mi madre, como aquella maestra de español que descubrió mi vocación: tu serás maestro. Claro que la profe Cristina se equivocó, pero fui su favorito y sembró en mí­ la inquietud por los libros. Mientras mis compañeros leían el TV Notas de su jefa, yo me refinaba El Principito y otras historias que me hacían viajar sin necesidad de alucinógenos. También mi tía Marina puso lo suyo: de vez en cuando llegaba a sacarnos, a mis hermanos y a mí, de nuestra miseria. Ella me dejó la lección más importante de mi vida: tienes que escapar. ¿A dónde? Ni ella lo sabía. Pero sí estaba segura de que había que dejar atrás el sufrimiento, una vida de tristezas, y buscar un sitio más cálido en algún lado. Marina nos llevaba de excursión, jalaba con nosotros hasta el estadio Azteca, me inculcó la pasión por el Cruz Azul y también me mostró el museo Frida Kahlo. A mí­ Frida nunca me ha gustado, pero tenemos algo en común: nuestra mirada es una pésima actriz. Sí­, la mirada siempre me ha delatado, nunca me deja mentir, es demasiado transparente y eso a mí siempre me incomoda.




-O-



Algunas lectoras se quejan de que siempre escribo sobre mujeres insanas, incluso me tachan de misógino, pero qué le voy a hacer si siempre me involucro con las personas equivocadas. A mí­ no me gustan las chicas buenas, prefiero a las malas, a esas que llevan el deseo tatuado en el mejor sitio. Claro que conozco mujeres inteligentes, pero son feas, feas como mi prima Kenia, que siempre se pelea con el espejo y se emborracha para soportar que su marido la engaña, para olvidarse de su patética vida en las Lomas de algún suburbio lleno de clasemedieros que se sienten millonarios. Por supuesto que conozco mujeres que valen la pena, pero viven tan concentradas en ser mejores que se olvidan de sí­ mismas, se olvidan de bailar de vez en cuando o de besar como si estuvieran con el hombre de su vida. Yo comulgo con las pecadoras, con las tipas que se emborrachan y sus labios saben a fuego. Nunca he buscado un ama de casa perfecta. Prefiero una amante que haga el amor como si vendiera membresías en el infierno. Prefiero arder todo el tiempo, mirando el techo y sintiendo que el colchón se quemará por completo. Y luego decirle quedito al oído un te quiero, aunque sólo sea pasajero.



Roberto G. Castañeda

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