Tengo pésimos recuerdos

En la secundaria, como todos los adolescentes, peleaba a la salida contra chamacos más altos que yo, me daba por mirarle las piernas a las chicas, rayaba las paredes de los baños, dibujaba caricaturas de los maestros, me ponía a copiar en los exámenes de matemáticas, me iba de pinta de vez en cuando...Y sobre todo me daba cuenta de que la gente no me gustaba del todo, que la escuela era el peor lugar para ser rebelde, que los profesores siempre querían mantenerme callado o robarte tu identidad, el derecho a ser tú, la individualidad. Y ahora aún me pregunto si valió la pena estudiar química o civismo. Allí aprendí, desgraciadamente, que la pinche vida es una competencia y que nunca dejará de serlo. También comprendí que más que ganar, el chiste es humillar a los demás. Somos un pueblo con tendencia a la burla, siempre riéndonos a costillas de los demás. Y eso, sin duda, es una chingadera.Mi madre quería que fuera médico o “alguien así, una gente de provecho”, pero nunca he sido bueno para seguir los consejos. En mi infancia trabajé como cerillo en el Wal-Mart. Ya de jovencito fui pintor de brocha gorda, dependiente de una tienda de abarrotes, cajero en una papelería. Una vez adulto, me convertí en obrero, prefecto de secundaria, mesero de bar. Tuve algunos otros empleos aceptables, algunos más productivos que otros, pero en todos el fin era el mismo: empeñar el alma, olvidarte de la honestidad. Así que mejor opté por este oficio como contador de historias. Seguramente me iría mejor como ladrón de poca monta, revendedor en el estadio Azul o coyote del Monte de Piedad, falso invidente, jugador de billar o estafador en pequeña escala, tahúr zurdo, réferi de box, guardia en un manicomio, portero de discoteca, taxista de furcias o idiota de tiempo completo. Tal vez aún estoy a tiempo de encontrar mi verdadera vocación o recomponer el camino.
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Soy este monstruo que el destino ha creado, y un poco tú y un poco yo. Soy el resultado de muchas derrotas y algunas victorias, y valgo menos que ayer mismo. Soy un tipo devaluado para un mercado injusto. Bueno, eso opinan, aunque con otras palabras, los padres de mi novia. Tengo un baúl lleno de defectos que de vez en vez saco de su encierro. Tengo una vida y nueve gatos a los que envidio de tiempo completo. Tengo una fobia enorme hacia los microbuseros y un odio extremo hacia los políticos de grandes sueldos. Tengo un trabajo que me gusta y muchos textos incompletos. Tengo una sensibilidad que a veces no me gusta pero que me persigue como perro callejero. Tengo cucarachas exiliadas del departamento de un lado. Tengo botellas de ron vacías y copas rotas y una sed que no se agota. Tengo el recuerdo de mi madre sollozando luego de una golpiza de mi padre. Tengo una gran cantidad de silencios y un estéreo sin bocinas que aún así funciona. Tengo un libro de poemas que aún no he escrito y muchas pesadillas bajo la cama. Tengo una barba de tres días tan áspera como las postales de mi infancia.
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La noche está muy perra. Hace un calor sarnoso y la maldita máquina de refrescos se ha tragado mis siete varos. Eso de darle unas patadas ya está muy quemado, así que le pinto cremas. Odio las pinches máquinas, me llevo mal con mi computadora y mi cerebro no está como para pensar con claridad. Tengo un fuego interno que alcanza para ambientar todos tus desiertos. Tengo el corazón en el congelador para no incendiarme mientras duermo. Tengo dedos largos para hurgar en lo más profundo de tus deseos. Tengo la neurosis habitual de los exploradores del subsuelo. Y una rola de Soda Stereo que sonoriza mi pesar: “Ahí va la tempestad/ ya parece un paisaje habitual./ Un árbol color sodio/ y la caída de un ángel eléctrico./ Enredado en cables/ estoy al filo de la resignación./ Debe ser el hábito de esperar/ que algo quiebre la monotonía.../ Aún tengo el sol/ para besar tu sombra”. Tengo ganas de contarte más, pero esta historia aún es muy larga y mejor aquí la dejo.
Roberto G. Castañeda
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El Gráfico
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