viernes, 29 de mayo de 2009

Esqueletos en el traspatio / Manual para canallas

Esqueletos en el traspatio





Mayra lloró conmigo. Yo me quedé sentado. Lloraba con ganas de que aquello no hubiera pasado. Por jugar al futbol, dejé mi mochila junto a la portería. Entonces llegó Jaime y la pateó como si fuera el goleador de un equipo de Primera.Le dije que no hiciera eso. Se burló de mí y la volvió a patear. “¿Qué, me vas a acusar con tu mami?”, me retó. Me le fui a los golpes, aunque yo era tan hábil como una bailarina de ballet en un tatami. Sin gran esfuerzo, El chiraspelas, porque así le decían a Jaime, me tiró al suelo, me echó tierra en la cara y luego me escupió. A nuestro alrededor casi todos se burlaban. Hasta que uno de tercero le dijo a Jaime que ya me dejara. Me soltó y se fue a seguir jugando. Yo iba en primero de secundaria y lamenté no haber tomado clases de karate o algo parecido que me evitara las vergüenzas. Mayra se acercó y me preguntó que si estaba bien. Sólo asentí con la cabeza. Entonces recordé que mis lentes estaban en la mochila y en fracciones de segundo rogué para que siguieran intactos. Pero mis plegarias no fueron atendidas. Finalmente los dioses siempre están más ocupados en otras cosas. Mis lentes de aumento estaban partidos a la mitad y con un cristal en pedazos. Me solté a llorar como un crío. Mayra se sentó junto a mí y trató de consolarme. “Es que mi jefa me va a matar”, sollocé. “Vamos a ver si podemos arreglarlos”, sugirió Mayra, que iba en mi salón y además era mi vecina. Ella sabía bien que mi madre no se andaba con medias tintas. No es que mi madre fuera malvada, no, sólo que trabajaba demasiado para mantener a cuatro hijos y siempre andaba estresada. A veces se enfadaba porque rompíamos el pantalón de la escuela o porque alguien se quejaba de que ensuciábamos la ropa tendida. Mayra y yo sabíamos que las gafas no tenían arreglo. Sólo era una falsa esperanza. “Mi jefa me va a matar”, yo repetía como un mantra. A los 12 años se te viene encima el mundo por cualquier cosa. Mayra me caía bien porque me dejaba copiar en los exámenes de matemáticas y yo le enseñaba a dibujar. “¡Son novios, son novios!”, se burlaban otras compañeras, pero ella y yo aún no estábamos para esas cosas. “Te busca tu novia”, me decía mi hermana cuando Mayra iba a mi casa. Y peleábamos como todos los chamacos. Ese día las horas se fueron más rápido que de costumbre. Mi madre llegó y me dijo que hiciera la tarea. “Ya la hice”, traté de evadirla. “Aver-aver”, me jaló, “¿por qué no traes puestos los lentes?”. Las madres tienen un sexto sentido infalible. “Es que no los encuentro”, el miedo era más que evidente. “¿Cómo que no los encuentras?”, mi jefa sabía que eran mis compañeros inseparables. “¿Dónde chingados están esos lentes?”, yo sabía lo que se avecinaba. “De seguro los perdió”, mi hermana avivó la tensión. Mi madre me jaloneó. No me costó trabajo soltar el llanto. En cuanto le dije que los había roto me jaló del cabello, luego tomó el palo de la escoba y me recetó algunos verdugones en las piernas. “Ya no, mamita, ya no me pegues”, ella no estaba para entender razones: “Escuincle pendejo, a poco crees que cago dinero”, me reclamó. Fueron los diez minutos más largos de la semana. Las madres siempre encuentran la manera de hacerlo a uno sentir más miserable. Es verdad, el dinero escaseaba y mi padre ni por enterado, porque el muy desdichado nos olvidó por completo. Y yo llevaba varias gafas arruinadas. Hasta parecía que me empeñaba en perderlas o en romperlas, pero cuando eres niño sólo quieres ser eso: alguien que corre, que juega, que tiene cosas más importantes que hacer que preocuparse por cuidar los lentes. Mi infancia fue un infierno, bueno, tanto como lo puede ser para un chaval tímido, que no era bueno para gran cosa y que encima tenía que soportar las burlas por ser el eterno “cuatro ojos”. Y mi madre no ayudaba mucho para alimentar mi autoestima. Aunque, como diría el poeta Roque Dalton, “no, no siempre fui tan feo”.


-O-


Fui a visitar a un amigo convaleciente. Lo asaltaron al regresar a su casa, después del trabajo, y le dieron un balazo en el abdomen. Está fuera de peligro, “pero desgraciadamente este barrio ha cambiado”, me comentó con evidente desánimo. “Demasiada gente que ya no conoces y mucha droga por todos lados”, prosiguió. Y sí, la colonia ha cambiado. Hay un Soriana donde hubo un llano. Sobran casas de interés social y faltan canchas de futbol. La escuela en que estudié sigue igualita, pero ya derribaron la vecindad en la que crecí. Hubiera preferido no regresar nunca. Mis recuerdos se han amotinado. No puedo evitar la congoja, porque me agobia el niño que fui y que he tratado de dejar jugando en el traspatio de mi indiferencia. Demasiados esqueletos sepultados en el pasado. Pero un buen día escarbas un poco y te atosigan los fragmentos. Los gusanos han hecho bien su labor, aunque siempre quedan huellas. Reniego de mi infancia. Nunca fui bueno para algo. Regular en la escuela, pésimo para hacer amigos y un peor hijo; medio maleta para el fucho y mal fario. He tratado de reconstruirme, de olvidar lo que fui, pero siempre pasa que te sientes incompleto. Soy la suma de mis defectos, una ecuación imperfecta, mi lado obtuso choca con mi ángulo obseso. Te lo dije, siempre estuve negado para las matemáticas. Quise ser ingeniero y me quedé a medias. Pretendí ser arquitecto y sólo construí un futuro en sueños. No me arrepiento de nada, pero me sobran lamentos. A veces es mejor quedarse en silencio, mirando al techo un rato y esperando que tus rutinas se larguen una mañana y cierren la puerta. También soy pésimo para llorar, porque nunca me alcanzan las lágrimas.


Roberto G. Castañeda
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Catálogo de dudas / Manual para canallas

Catálogo de dudas








“¿Ya llegaste?”, pregunta tu novia de la manera más simple. “No, sólo me tomé la libertad de mandarte un holograma para avisarte que estoy de borracho con mis amigotes. Y en cinco segundos esta imagen se autodestruirá”, dices con voz mecánica. “No seas payaso”, te mira con frialdad, casi con odio.¿Te mojaste, a poco está lloviendo?, dice tu hermana mientras mira por la ventana. “No, cómo crees, en realidad es la escena número 27, en la que una pipa riega abundante agua sobre la casa esperando que tomemos los paraguas y salgamos a bailar mientras cantamos una canción estúpida”, detallas en tanto que el agua escurre de tu cabeza.


-O-



“¿Por qué nunca quieres ir a comer a casa de mis papás?”, la cara de molestia es de tu chava. La observas de reojo, tentado a ser sincero y darle alguna de las tres razones más obvias:a) Porque tu madre siempre me saluda con esa actitud que puede interpretarse como mi-hija-merece-alguien-mejor.b) Porque tu padre se empeña en tratarme como a uno de sus empleados y me odia por la simple razón de que piensa que estoy pervirtiendo a su nena, sin imaginar siquiera que perdiste la virginidad mucho antes de conocerme y que estás a un grado de ser ninfómana.c) Porque tu hermano no sólo es americanista sino que lo presume, y lo único que le falta es ser analfabeto para estar al mismo nivel que su ídolo Cuauhtémoc Blanco.Sin embargo, te contienes y aduces una mentira piadosa: “porque los domingos son mejores cuando estoy a solas contigo”.


-O-



“¿Tú crees que Salinas se robó todo el dinero de la partida secreta?”, te pregunta tu compañero de oficina después de leer el periódico. “Démosle el beneficio de la duda, no creo que sea tan maquiavélico. Seguramente sólo se lo llevó prestado para jinetearse los intereses. Verás que un día lo iluminará Dios y él vendrá arrepentido a decir que ha creado la fundación Carlos Salinas de Gortari para becar a todos los ‘hermanos incómodos’ de México”, argumentas con desgano.


-O-



“¿No crees que me veo gorda con este vestido… y si mejor me pongo el negro?”, tu vieja lleva una hora arreglándose para la boda de su prima. “Mi reina, cómo crees. No puede verse gorda una mujer que se levanta todos los días a las siete de la mañana para sus rutinas de pilates, que se alimenta sanamente, evita las garnachas y toma dos litros de agua”, checas el reloj con notoria impaciencia. Ella te lanza una mirada asesina y recrimina ‘sabes perfectamente que yo no hago nada de eso, no seas payaso’, y se aleja del espejo. Carajo, estamos perdiendo horas-trago-hombre. Y ella que se arregla como si estuviéramos invitados a una cena de gala con el principado de Villas de Aragón.


-O-



“¿Cómo ves eso de la influenza?”, inquiere tu tío, al que no has visto en mucho tiempo. “Vaya, un tema nuevo en la agenda”, haces cara de ya-estoy-hasta-la-madre y sueltas con desgano “creo que es un caso para Mulder y Scully, porque México ya tiene un archivero lleno en los Expedientes Secretos”. En cuanto ves la oportunidad te deshaces de él: “voy a saludar a la abuela”.


-O-



¿Pero por qué te reprobaste?, pregunta tu madre. Mantienes la calma y aclaras: “Es muy simple, soy un genio de las matemáticas, pero quise saber qué se sentía estar del lado de los más burros. Además, me gusta tanto la maestra que decidí quedarme otro semestre en su clase nomás para mirarle las piernas cuando usa falda”.


-O-



“¿Te duele?”, se te queda viendo el dentista. Tú sólo cierras los ojos porque es obvio que no puedes hablar. El pinche profesional de la tortura sabe perfectamente que taladrar tu muela no algo precisamente encantador. El muy sádico todavía aclara “vas a tener que aguantarte un poquito porque no puedo ponerte más anestesia”, así que prosigue. Este cabrón debe morir, empiezas a pensar tonterías. Ay wey, me cae que el carnicero de la esquina es más sentimental frente a una res abierta en canal. Después de media hora un ligero rasgo de piedad asoma en sus ojos. “Listo, por hoy es todo lo que podemos hacer”, te da un vasito y pide que te enjuagues. “Un par de citas más y tu muela quedará como nueva”, amenaza con más torturas. “¿Cuánto me vas a dejar?”, es la mejor parte para él. Adiós a tu billete de 200 pesos. Vale madres, y encima de todo tienes que pagar para que te provoquen dolor. Total no es la primera ni la última vez. Bueno, al menos este tipo te advirtió que no era barato. En cambio hay mujeres que te sacan más varo, nomás en una salida al cine y a cenar cualquier cosa. Y luego se largan sin importar que te sientas peor que un maniquí incompleto.



Roberto G. Castañeda
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Víctimas de un dios bipolar / Manual para canallas

Víctimas de un dios bipolar



Vives encerrado en ti mismo. Y tus miedos se agazapan bajo la cama, siempre al acecho, esperando que duermas para poblar tus escasas horas de sueño. Duermes poco y vives menos. Comes mucho y te nutres de basura.Tu madre adora las novelas, tu padre se fuga los domingos con el futbol. Cómo alimentarte de sabiduría si tu entorno es un recuento de lugares más corrientes que comunes. Detestas que tu padre eructe en la mesa o que tu jefa se la pase quejándose de que la vecina “es una naca chismosa”. Tu hermano mayor siempre llega con los ojos sospechosamente enrojecidos y odia que se metan en lo que no les importa. Pero tu papá siempre te está escudriñando: “nomás me entero que andas de pinche vago y verás”. Las canciones no sirven de consuelo cuando tu banda sonora ha estado poblada por esas espantosas canciones que suenan desde la mañana, mientras la señora de la casa lava los trastes y se lamenta porque “lo que me da tu padre es una miseria que no alcanza para nada”. Si por ella fuera te sacaba de la escuela y te mandaba a repartir pizzas en una motocicleta que tose más que tu abuelo. Tus cuadernos rebosan de páginas en blanco, apenas garabateadas con frases que todos prefieren ignorar: “mi infancia es un niño con un revolver, que puede ser una desgracia o un juguete” o esa que dicta “anoche yo te apunté con un dedo y los otros tres dedos me dispararon” y que no recuerdas de dónde la tomaste. En tu cuarto hay un póster de Zoé y una pared con más cicatrices que tu alma. Y la guitarra abandonada suena poco y quisieras un punto de fuga y te sientes más incompleto cada día. Y te duermes con la tele encendida y odias que tu hermano haga ruidos extraños cuando duerme. Para colmo de tus insomnios, a la una de la mañana sólo hay infomerciales patéticos para gente más patética que aspira a bajar dos o tres kilos sin el menor esfuerzo. Si al menos tuvieras cable te aburrirías viendo la basura de MTV o conciliarías el sueño con una película aburrida. La tristeza no es negocio. Y te sientes como un cancionero en el Metro. Y quisieras reír más y callar menos. Y hablarle a la chica que te gusta. Y que te quiera más de lo que tú te quieres. Y tomarse una foto en la que destelle su mirada como nunca brillara la tuya.


-O-


Tu madre se la pasa amenazándote: “nomás sales con una babosada y te me vas a la fregada”. Nunca se preocupó por explicarte eso de las abejitas y las flores o aquello de “más vale un condón en la bolsa que un niño en la panza”. Con trabajos logra comunicarte que “tu hermana ya anda de caliente con un mugroso de la otra calle”. A ti la vida de tu carnala te importa lo mismo que los discursos falsos de un político descarado. Pero tu madre se empeña en recordarte que hubiera preferido tener hombres, para que “al menos no tuviera que preocuparme de que ustedes salgan con su domingo siete”. Y la miras con esos ojos que parecen destellar rencor, mientras su rostro se marchita de amargura cada día, cada hora, cada mañana y cada noche. Ya no es aquella mujer que te vestía como princesita y te tomaba fotos de cumpleaños. Cada vez se aleja menos y tú quisieras estar en otro lado. Y tú ya no eres una escuincla, te han crecido los senos y también el pesimismo. Mala cara frente al futuro, pésimo recuento de tus ansiedades. Tu autoestima es un espejo oxidado en el baño. Y envidias a tus amigas, creyendo que su vida es mejor que la tuya. Y sin embargo, naufragan en las mismas tempestades, sin brújula y sin mapa. En tu diario ya no caben lamentos, porque te sobra tinta pero te faltan argumentos. Sería bueno hacerle caso a Antonio Vega: “Busca un libro que diga ‘cómo’,/ luego otro que se titula ‘sí’, un tercero llamado ‘nada’./ Es la forma del círculo sin fin.” Odias tus días, detestas tus noches. Y usas tenis de estrellitas y jeans pegados que resaltan tus defectos. Odias tu cabello, no te gustan tus manos, te quieres cada vez menos. Y encima de todo tu padre no se cansa de machacarte con eso de que “eres igualita a tu madre cuando era joven”. La ves a ella y no puedes evitar sentirte miserable por tu destino. “¡Qué, eso qué”, reclamas indignada. Tu papá sólo se ríe. Y tú piensas, invariablemente, que es un idiota. Cuánta razón tenía quien invento eso de que “lamentablemente, a los amigos los puede elegir uno, pero la familia ya viene en paquete y no hay garantía por defectos”. Un dios mezquino te mandó al hogar equivocado. En definitiva, hay un dios bipolar que un día amaneció de malas y te jugó una mala pasada. O tal vez fue aquel diablo sarcástico que se ríe de tu infortunio. O a lo mejor eres adoptada. Pésimo consuelo para alguien que nunca tendrá alas, ni boleto de ida o pasaporte a una frontera sin rutas de regreso.


Roberto G. Castañeda
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Pasaporte a ninguna parte / Manual para canallas

Pasaporte a ninguna parte





Ximena renegaba de sus raíces españolas, no le gustaba su piel blanca y detestaba la constelación de lunares en sus brazos y espalda. Lo mejor era su sonrisa, “porque me la heredó mi padre, que era un ranchero de Chihuahua”, solía aclarar.A mí me encantaba verla acostada boca abajo mientras se carcajeaba con un cómic llamado Mortadelo y Filemón. Tenía una caja llena de ellos, que le regaló su tía la Cande, que en realidad se llamaba Candela y era más fría que un médico forense. A mí sus parientes españoles no me hacían ni gracia, pero agradezco que siempre se mantuvieron alejados. Eso después de que un día su prima, la Monse, le dijo que cómo era posible que ella, tan guapa y tan altiva, andaba con un pobre diablo que ni siquiera tenía auto. Yo no tenía auto, desde luego, pero creo nunca he sido un pobre diablo. Tengo mis malas rachas, sí, pero sólo son temporales. Soy un mal administrador hasta de mi optimismo y cuando es época de bonanza lo disfruto y me vuelvo despilfarrador; pero si son tiempos austeros, me aguanto y hasta soy ahorrativo. Eso me ha acarreado algunas rupturas amorosas e infinidad de discusiones, pero así me educaron y eso parece que no puedo remediarlo. Pero estábamos en que Ximena era hermosa, aunque soy poco afecto a las güeras. Ella me amaba con locura, y cuando digo con locura me refiero a un modo en cierta forma afectado. Nada era normal con ella, todo se iba al extremo. Podíamos tener dos días de encierro, leyendo, mirando películas, bailando desnudos, follando hasta que amanecía. Y también pasábamos semanas enteras sin hablarnos, después de una pelea por sus estúpidos celos.
-O-Aunque su madre era española, Ximena tenía todo de chilanga: era malhablada, desconfiada, sensible y segura de sí misma al mismo tiempo, siempre andaba a las prisas, y ningún hijo de papi la mareaba. Era imperfecta, como toda mujer hermosa lo suele ser, pero cuando la mirabas desnuda no podías más que agradecer a los dioses por tenerla a tu lado. Pero la depresión la fue consumiendo. Era bipolar, también como la mayoría de los chilangos, pero lo peor era su autoestima. “Me veo horrible”, decía después de tres días de encierro, “¿verdad que me veo horrible?”. Yo la abrazaba y le repetía que me parecía hermosa, pero ella se empeñaba en tirarse al suelo nomás para que la levantara, una y otra vez. Un día fue a visitar a su madre y no regresó más. Así pasaron algunos meses. Me negué a buscarla. Hasta que la instalaron en un siquiátrico luego de que intentó suicidarse un par de veces. No sé qué carajos andaba buscando, ni qué tantas porquerías se había fumado antes de conocerme, ni cuánta basura llevaba acumulada en su alma, pero era desesperante verla hecha un guiñapo. Varias veces la visité en la clínica. Su madre siempre me pedía que ayudara a su hija, “porque te adora y contigo es con el que ha durado más tiempo”.


-O-


Yo traté de ayudar a Ximena, pero nadie pudo hacer gran cosa. “Eres un buen muchacho y sé que la amas”, me dijo su jefa antes de que mis pasos se resistieran a volver a esa casa de techos altos y cortinas de terciopelo. Lo primero que se me vino a la mente fue que ese no era un hogar, que hacían falta ventanas o que la luz tenía prohibido el paso. Entonces recordé las palabras de Ximena: “Tu casa está llena de discos, de libros, pero sobre todo de relámpagos y resplandores”. Siempre fue algo rebuscada al hablar. De su infancia prefería no comentar mucho, sólo se limitaba a externar que fue una niña reprimida, triste, siempre atormentada por el fuego de ese infierno que eternamente prometen a los pecadores. Le encantaba leer, pero no hacía gran cosa. Le chocaba estar en el negocio familiar, que era un par de panaderías, así que la mayor parte del tiempo se la pasaba en mi casa. Vivía de las rentas de su padre y malvivía de sus propias inseguridades. Odiaba el deporte, no le gustaba viajar, se quejaba de las multitudes, detestaba el futbol y nunca quiso tomar ni un curso de fotografía. Hablaba bien inglés y algo de francés, porque vivió fuera un tiempo, pero creo que intuía que no andaría por aquí mucho tiempo. Fuimos pareja durante un año y la verdad ya no la extraño tanto, pero de vez en vez encuentro una foto suya o una de esas frases que me escribía y es entonces que me gustaría tenerla otra vez en mi cama, aunque sólo fuese para verla leyendo un cómic boca abajo. Escribo esto mientras observo una de sus fotografías. Quizá deba dedicarle alguna plegaria o escribirle algún poema oscuro. Mejor me emborracharé esta noche oyendo a los Guasones, una y otra vez, mientras cantan eso que dice: “Fuimos mucho más que nada,/ fuimos la mentira, fuimos lo peor,/ fuimos los sábados a la madrugada/ por esa ambición./ Y ahora estoy en libertad/ y ahora que puedo pensar/ en no volver a ser ese mismo de antes./ Que tristeza hay en la ciudad, amor./ Sábado soleado/ y en el centro de la estatua del dolor/ me sentí parado, me sentí parado…/ Fuimos mucho más que todos,/ reyes de la noche, de esta tempestad…/ fuimos perros de la noche,/ oxidados de tristeza”. Ximena odiaba su vida y de paso dinamitaba la mía. No es extraño que cumpliera su promesa de llegar a ningún lado antes que cualquiera.


Roberto G. Castañeda
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Sonrisas ocultas / Manual para canallas

Sonrisas ocultas





Un mensaje en la contestadora: “Hijo, cuídate mucho, me preocupas”. Mi madre suele ser apocalíptica cuando tiene sueños extraños. Y debo reportarme para tranquilizarla. La ciudad luce semivacía. Los cines están cerrados y mi bar preferido parece un tugurio abandonadoLa paranoia sobrevuela cada esquina. Los cubrebocas son obsoletos cuando la gente no se baña. Lo mejor de todo es que no tengo que ver muecas cínicas, ni sonrisas de carmín falsas. Los diarios hacen el recuento de los muertos y alimentan el miedo. Mi vecina me cuenta que tiene una amiga cuya prima es doctora y jura que la gente está muriendo por centenas en un hospital del gobierno. Claro, asiento. Y también hay versiones de que están experimentando con armas biológicas, o que es un complot para que el Peje no proteste. Y la gente hace compras de pánico. Hay peores virus que la influenza: la estupidez, alimentada con ignorancia. Mi hermana está harta de su jefe, que no quiere cerrar el negocio porque “no pasa nada, sólo es un plan del gobierno para devaluar el peso y por eso nos quieren encerrados en nuestra casa”. Más allá de la cifra de muertos, si son 15 o 140, lo relevante es que cada uno de ellos dejó una estela de dolor. Y hay una esposa, tal vez un padre, dos niños o una madre llorando por la muerte de ese ser querido del que no se pudo despedir. Pero nos hemos deshumanizado. Ya las cifras nos parecen eso: números fríos. Nos estamos habituando a los descabezados, a los doce ejecutados en Sinaloa, al ajuste de cuentas en Iztapalapa. Y usamos cubrebocas para “ahuyentar” los temores. Deberían hacer un decreto para que los políticos usaran tapabocas y dejaran de contagiar con sus pésimos discursos. Mi médico dice que caeremos como moscas. Yo creo que la gente teme morir porque tiene demasiados asuntos pendientes. Es mejor dormir en paz cada día y no renegar de lo que pasará mañana. No tengo una canción apropiada, así que mejor apago la tele y me refugio en la guitarra.


-O-


“¡No manches!, en México hay un montón de muertos y en Estados Unidos no. Se me hace que es un plan del gobierno”, se alarmó Karen. Algunas mujeres son mejores cuando están desnudas. De hecho, deberían usar tapabocas todo el tiempo, con tal de que hablaran menos. Y conste que dije algunas, no todas. “Mi vida, que ternura”, no pude evitar la malicia. “Es tan simple: aquí todos somos especialistas y sabemos qué recetarnos en caso de una gripe o ese dolor tan molesto”, le expliqué, “sólo vamos al médico cuando ya es irremediable”. Ella me miró con desconfianza: “qué, eso qué”. Trate de explicárselo con manzanas. “En otros países, no en el tercer mundo, suelen ir con su doctor ante cualquier molestia, así que es más factible que actúen rápido ante una enfermedad”. No hay que ser un genio. “Ahhh, ya entendí, entonces aquí se están muriendo tantos porque no se tratan a tiempo”, se le iluminó el rostro. Como sea, es tiempo de ser mas responsables y dejar de abrazar a desconocidos o besar a las amigas de tus amigas, algo así le comenté. Deberíamos hacer como los japoneses, que se saludan de lejitos. “¿Y es peligroso el sexo?”, cuando lo preguntó no pude evitar una carcajada. “Reinita, el sexo siempre ha sido peligroso en malas manos”, volví a reír. “El sexo es como el poder, porque puede ser utilizado de la peor manera”, agregué. Entonces recuerdo una canción de Los Prisioneros, que dicta: “Tú tienes una cara de cliente fácil,/ tú compras por una promesa de sexo,/ abres la boca y te meten el dedo/ y les sigues el juego,/ les das tu dinero/ y te sientes muy hombre/ y me río en tu cara de tu estupidez”.


Roberto G. Castañeda
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Las letras chiquitas / Manual para canallas

Las letras chiquitas




Aceptas un trabajo malpagado, tienes que usar corbata, levantarte a las cinco de la mañana, viajar dos horas entre bostezos, y todo para que llegue la quincena y maldigas tu pinche sueldito.De qué chingados sirvió estudiar hasta la universidad, si nunca falta un imbécil que es ahijado del licenciado o sobrino del dueño y por lo mismo tiene un mejor puesto pese a que es una bestia. Entonces es cuando valoras aquella chamba en la que no te iba tan mal aunque siempre te quejaras. Lástima que hubo recorte y te mandaron a volar con un finiquito miserable. Al menos aquel trabajo quedaba cerca de tu casa. Ya ni pex. Te costó mucho volver a encontrar una vacante. Y tu novia te dejó y tu padre ya estaba hasta la madre. “Vaya, hasta que al fin vas a poder dar gasto”, respiró tu papá. Él qué sabe de las veces que tuviste que tragarte tu orgullo mientras te miraba con resentimiento cuando masticabas aquel bistec sentado a la mesa. Qué sabe de la infinidad de solicitudes que dejaste en lugares en los que ni siquiera te atendían los jefes de recursos inhumanos. Qué sabe de las entrevistas incómodas y las preguntas estúpidas. Demasiados trámites para un miserable empleo. Y tenías que mentir: sí, soy proactivo, tengo iniciativa, quiero este empleo porque me interesa empezar desde abajo, soy un hombre de retos, me veo muchos años comprometido con la empresa, y demás etcéteras. Y entonces viene el examen médico y luego la prueba psicométrica y las cartas de recomendación que siempre te pintan como “una persona de absoluta confianza”. Y después te ofrecen contrato temporal, porque estarás a prueba unos meses y “dependiendo de los resultados te podemos dar la planta”. Y firmas sin leer, con ese sentimiento que parece decir “creo que me están estafando”. Nunca serás tú el que gane. La casa nunca pierde. Si no lees los compromisos, mucho menos las cláusulas. Así que no sabes lo que dicen las letras chiquitas. Y tienes que aguantar que te traten como un miserable, porque tal vez por allí decía algo así como “deberá soportar la estupidez de sus superiores, el desdén de la secretaria que se acuesta con el jefe, el menosprecio de sus semejantes y hasta que lo traten como mensajero”. Y todo por un sueldo que apenas alcanza para no sentirte un pordiosero.



-O-


“Ya puede besar a la novia”, dice el cura. Entonces, como en película chafa, el baboso aquel junta sus labios con los de su amada. Y todo mundo aplaude. Es ese momento “mágico” en el que todos están convencidos de que la felicidad es una foto con los padres del novio y la novia, con cara de “hemos hecho el mejor trato del mundo”. Son esos instantes en los que ya nadie se acuerda de que los muchachos, tan guapos ellos, se están casando porque la chamaca salió embarazada. Claro, ya pasaron las discusiones, la clásica frase de “eres la decepción de esta familia” o aquella otra de “te lo dije, escuincle pendejo, que te cuidaras”. Eso ya quedó atrás. Y cuando por fin las familias arreglaron sus “diferencias” y se pusieron de acuerdo en quién pagaría la bebida y quién la comida, los futuros esposos respiraron aliviados. Qué importa que ella tuviera que dejar la escuela a medias o que él no tuviera un empleo fijo. No, lo relevante es que al menos ella llevara el embarazo con dignidad, porque si no, “imagínate que dirán los vecinos”. Pero aquel contrato de amor, aquella unión ante la sociedad, tiene muchas cláusulas que no vienen escritas, que se dan por entendidas: el amor tiene fecha de caducidad, los celos anidarán en la almohada, la rutina se acumulará como pelusa bajo la cama. Y ella se pondrá gorda y él se fijará en otras. Y el se escapará con sus amigotes mientras ella cuida al chamaco. Y la suegra estará de metiche. Y el dinero no alcanzará y se maldecirán por todo y entonces llegará el día en que las ofensas se volverán golpes y será una historia de nunca acabar. No es por alarmar, pero el matrimonio es el peor contrato del mundo. Ya casi nadie respeta lo firmado. Nunca leen las letras chiquitas y luego se dicen engañados.



Roberto G. Castañeda
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