Canciones para el temporal

El monstruo se ha vuelto contra mí. Lo peor de mí mismo me abofetea de la manera más cruel. Mi arrogancia se ha cansado de ser sobreexplotada y puso su renuncia sobre la mesa.
Estiré demasiado la cuerda floja y estoy a mitad de camino, mirando con temor el vacío. Mi alma se ha estrellado ante el infortunio. Soy un completo incompleto, diría Jarabe de Palo. Triste estoy y es por Diana. Ella es la mujer de mi vida, la chica que supo darle sentido a mis días, pero el más imbécil de todos los que soy no supo valorarla. Terminé por cansarla, por alejarla de mi vida. Le he pedido perdón por todo el daño que le he causado y sin embargo, eso no remedia nada. Siempre remarqué sus defectos y no supe aquilatar sus virtudes. La miré llorar y no supe reconfortarla. La escuché decirme que me amaba y yo abusé de ello. Yo era su todo, su mundo entero, pero lo entendí muy tarde. Desde que se marchó me quedé con el cuerpo en vilo, suspendido en el limbo, llorando mares de tristeza y rumiando un dolor que carcome. “Si te vas, en un mes te olvido”, fue mi despedida. Estúpidamente supuse que regresaría, pero una vez más me he equivocado. Pasan los días y naufrago en lo que hago. Ya nada me hace sonreír, ya todo me parece desolado. Soy un idiota por haberla alejado. Estoy maldito y el monstruo se ha vuelto contra mí. Mi arrogancia es un Frankenstein desesperado, que corre hacia el fuego, esperando que las llamas purifiquen todo el sufrimiento acumulado.
-O-
Diana era toda ternura, se entregaba por completo, vivía cada momento al máximo y sus “te amo” eran sinceros. Cuando me abrazaba yo me sentía protegido hasta de mí mismo, pero uno es un perfecto idiota que nunca valora lo bueno. Mis mejores momentos eran junto a ella. Es la mujer de mi vida y la he perdido. Hoy todo eso son sólo recuerdos. Y una canción que resuena en el hueco que dejó su sonrisa: “Él le pertenece a ella,/ y ella le pertenece al pasado,/ Y las risas, los gritos y los reclamos,/ ésos no le pertenecen a nadie... Esos se los regalo. Iba cayendo la lluvia en el balcón,/ Y tú, fumando un cigarrillo en el sillón,/ Tu voz, llamándome al balcón a ver llover./ Iban mis manos de las cuerdas al papel,/ También, tus ojos de mi cara a la pared,/ Sin fe, sabiendo que ha acabado de llover”. Edgar Oceransky encontró las palabras perfectas para definir la ausencia y este ardor en el pecho que no encuentra remedio. “Estoy aquí, sin ti,/ hundido en el silencio,/ Estoy sin ti, aquí,/ deseando que regreses junto a mí,/ Vayamos al balcón, a ver llover”. Miro su foto y me abruma el desconsuelo. Ella me mira con ese amor que se le ha agotado, poco a poco, mientras yo me transformaba en el cínico, en el peor tipo para estar a su lado. Hoy que no está, el monstruo que fui se me ha volteado. Cae la lluvia y el temporal no cesa, las ventanas están tan empañadas como mi alma. “Él la ve con ojos llorosos,/ Ella ya no le mira, pero se acuerda de él, por unas fotos,/ unas fotos viejas que se han ido desgastando,/ igual que las promesas de amor eterno/ que se perdieron con los años”. Se me han acabado las palabras, se me esconden las metáforas. Una canción martillea en mi estado de ánimo. Me estoy volviendo más humano. Hay fiesta en otro lado. A mí que me encierren en el olvido porque me lo he ganado. La soledad es una mujer desnuda que oculta su peor cara para los momentos más dramáticos. Y alguien en mi interior me aconseja que salte por la ventana. Se me agota la calma, se me duermen las sonrisas, se extingue esta llama. Los perros se resguardan de la lluvia. El agua escurre por las ventanas. Y quién sabe si ella pensará en mí de vez en cuando. “A veces piensas que le olvidas y te animas./ Algunas otras no lo puedes resistir.../ Y fluye el dulce melodioso de tu llanto,/ suspiro y viento que agitan al corazón/ porque llorando se remiendan los quebrantos/ y la sal cura las heridas que ha sufrido la ilusión”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
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