jueves, 27 de agosto de 2009

Un ángel de la guarda sin empleo / Manual para Canallas

Un ángel de la guarda sin empleo







Rolando buscó motivos para quedarse tirado en el camastro. Elevó su mirada vidriosa junto con el humo del carrujito. Sonrío como un imbécil y tuvo ganas de mandar todo a la goma


En la radio sonaba una cumbia viejísima que no obstante le causó gracia: “no te metas con mi cucu... no te metas con mi cucu”, repetía una voz femenina. El reloj de pared, con el escudo del América, marcaba las 23:15 horas. En la cabeza de Rolando aún sonaba el estribillo pegajoso “no te metas con mi cucu...”


-O-


Apenas había terminado el churro y se maldijo por fumar esa porquería. Pinche Cuirias, maldijo mentalmente, ahora que lo vea le voy a mentar su madre por venderme esa mota tan culera. Enseguida buscó bajo la almohada y sacó una pistola. La empuñó con confianza y el frío metálico le cosquilleó la palma de la mano. La miró como lo haría Juan Orol en una malísima película de gangsters mexicanos. No pensó nada, porque en esos casos generalmente no se reflexiona gran cosa. Era una de esas armas que asustan a cualquiera, de esas que cualquier noche de éstas agujeran a un cristiano nomás porque ya le tocaba. Rolando tuvo ganas de seguir tirado boca arriba, tirando la güeva, observando el techo, escuchando cumbias. “No te metas con mi cucu... no te metas con mi cucu...”, repasó en silencio. Volvió a reírse como un tonto.


-O-


El silbido lo sobresaltó un poco. “Chale, ya llegó este güey”. La imagen del Cuirias lo incomodó un poco. A regañadientes se paró, se puso la chamarra y acomodó la pistola en la cintura de manera que pasara desapercibida. Abrió la puerta y su compinche lo saludó con voz pastosa desde el Tsuru : “Qué transita mi Rolas, vamos por la chuleta”. De su boca escapó una sonrisa chimuela. Rolando subió al vochito y al recargarse en el asiento le incomodó el arma. “El Pecas ya nos está esperando, a ver si no anda pedo como el otro día, ya ves cómo se pone cuando se aloca”, aclaró el Cuirias como queriendo que todo saliera bien. “Está loco, pero a veces hace falta ser un ojete como él para que la gente se escame y afloje el billete sin panchos”, dijo el Rolas como si hablara para sí mismo.


-O-


Ya los esperaba El Pecas en la esquina de su casa, bebiendo caguamas con tres tipos igual de desaliñados que él. “Ya llegaron mis vales, así que ahi nos vemos” y se despidió, no sin antes darle un trago a la cerveza. Subió al auto y le dio un zape al Rolas, “qué transita por sus venas, culero”. Rolando se sacó de onda, siempre le había molestado que lo trataran como a un novato. “No te metas con mi cucu”, advirtió. Los tres rieron como si hubiera hablado Polo Polo.


-O-


En menos de cuatro horas ya habían atracado a tres personas. Una chava con aspecto de secretaria no opuso mayor resistencia. “Órale pinche ruca, afloje la bolsa o se la carga la chingada”, amenazó El Pecas y antes de irse todavía la asustó más al tocarle con lujuria los pechos: “Lástima que no tengo tiempo, sino hasta una canción te cantaba”. Las lágrimas y el terror de la chica lo hicieron sentirse el rey del barrio, el chingetas de su cuadra. Un par de chavos que regresaban de una fiesta tuvieron que aflojar hasta los tenis, amenazados por la cara de maldito número siete que puso el Cuirias: “Mira nomás que chingones cacles traen culeros. ¿No les da pena gastarse tanta lana en unos pinches tenis mientras los niños se mueren de hambre?”, se burló el ratero. En otra colonia, un obrero intentó resistirse a perder su sueldo semanal, las horas extras. El Rolas no tuvo empacho en abrirle la ceja de un cachazo.


-O-


Sentados en un rincón de aquel teibol ruidoso, miserable, el Pecas gritó al mesero: “Mira, pinche flaco, tráeme un pomo de Bacardí, agua mineral y cocas”, hizo una pausa, sacó la barriga y agregó: “Y también nos mandas a tres zorras, porque hoy chambeamos bien duro y queremos festejar con ellas”. En cuanto llegaron las chicas les metieron mano. “Mesa, mesa, mesa que más aplauda, le mando, le mando, le mando la niña”, intentó cantar Rolando. Lo otros dos nomás se rieron.


-O-


Adentro del bar todo es risas, choque de vasos, ese murmullo constante de los borrachos que todo celebran. Afuera, en la madrugada, los gatos hurgan entre la basura, dos autos chocan en un crucero, una mujer pide auxilio y nadie la escucha, alguien observa desde una ventana, todos cierran con doble llave la puerta, el reloj sigue su marcha, un mendigo duerme a la puerta de un banco, un perro ladra a su sombra, todos nos miramos con desconfianza... afuera sucede todo y no pasa nada. Afuera la vida no descansa y a veces nos toca bailar una cumbia con las más fea. Afuera, tu ángel de la guarda es un pordiosero que no supo cuidar su empleo.


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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jueves, 20 de agosto de 2009

Manual para canallas / Tus silencios bajo la cama

Tus silencios bajo la cama


El balón hizo un efecto extraño y tuve que estirarme un poco más para desviarlo con una mano. ¡Ehhhh!, gritó Lalo. Habíamos ganado en penaltis. Y los chavos de sexto año no podían creer que esos chamaquitos babosos de quinto los hubieran derrotado.
Fui el héroe de esa tarde. Y ellos tuvieron que pagar los Frutsis congelados. Ya me abrazaban mis amigos cuando me di cuenta de que la gloria siempre me pasaría la factura. El pantalón de mi uniforme estaba roto de la rodilla izquierda. Chin, sentí un escalofrío. Mi madre me va a matar. Cuando no me robaban mi lapicera yo perdía los lentes o rompía los zapatos por jugar al futbol en el recreo. Parecía que me empeñaba en echarle a perder las tardes a mi jefa. Y mi hermana siempre colaboraba: “Mamá, Beto me jaló la trenza” o “Mamá, Beto reprobó el examen de matemáticas”. Yo detestaba que me llamaran “Beto”. Y le tenía pavor a mi madre, no porque fuera mala sino porque su neurosis era impredecible. Es curioso, pero no recuerdo un abrazo de mi madre. Sí, como todas las jefas, me cuidó cuando tuve fiebre o se sentía bien de verme feliz con lo que me traían los Reyes Magos, pero a decir verdad ella no fue educada para demostrar afecto. Eso lo aprendió con el paso del tiempo. Ahora me abraza y me da consuelo cuando estoy triste, pero yo hubiera querido que me abrazara en las noches de tormenta cuando mi niñez se escondía bajo las cobijas. O me hubiera gustado que me viera declamar en el festival del 10 de mayo, pero Alicia tenía que trabajar y no se podía dar esos lujos. Yo debía conformarme con aplausos ajenos, con los “¡qué bonito!” de las mamás de mis amigos. Y ante la carencia de afecto, yo me conformaba con la gloria de parar un penalti decisivo, aunque sólo sirviera para ganar un refresco o el Frutsi congelado. Si, no había nada más delicioso que un Frutsi congelado.
-O-
“Su hijo tiene serios problemas, se resiste a seguir las normas y no respeta figuras de autoridad”. Algo así le dijo la directora a mi madre en la secundaria. Su diagnóstico iba acompañado de una sugerencia: llévelo al sicólogo antes de que sea tarde. Mi mamá no me mima. ¿Eso qué? Bueno, mi mamá se asustó un poco y sólo aceptó con “sí, maestra, disculpe usted las molestias”. Yo odiaba que mi madre se disculpara por todo. Y odiaba también que me obligara a pedirle perdón a la directora mientras me pellizcaba el brazo. Pero eso no era nada comparado con la chinga que me tocaría en la casa. Una semana suspendido seguro que iba a repercutir en mis calificaciones. Todos eran expertos en conducta humana. Todos tenían un diagnóstico para mí. “Ese niño es el mismo diablo”, se quejaba una vecina cuando yo tiraba por accidente el tendedero. “Pinche escuincle, tú has de ser adoptado”, molestaba mi tía cuando me negaba a hacerle un mandado. Mi madre no era tampoco muy paciente con mis travesuras: “Te encanta hacerme enojar, hijo de la chingada”. Yo sólo era un chamaco como todos, inquieto, un tanto rebelde y un mucho acostumbrado a andar de pata de perro. Yo prefería fugarme al baldío para patear un balón o participar en guerras de arena, que meter mis narices en los libros de química o matemáticas. Según yo, iba para futbolista profesional o barman en un hotel de Nueva York de esos-que-salen-en-las-películas. Y sí, mi madre me mandó al psicólogo. Y supongo que el wey me cambió el chip sin que me diera cuenta porque no recuerdo en que momento dejé de perseguir mis sueños. Y me siento como una canción de Villanos, que dice, que cuenta: “No fui hecho para estos tiempos de hoy,/ no me siento para nada actual./ Quiero estar aislado de este mundo/ y escaparme a otra realidad./ Esto es una emergencia,/ sólo espero que alguien/ me pueda ayudar y ya no estar más./ Estoy de oferta, llame ya”. Ahora me conformo con poco, ya no anhelo una mujer perfecta que aguante mis ronquidos. Ya sólo quiero dormir tranquilo, haciendo las paces con el niño que alguna vez fui. “No me cortes si ya no te sirvo más,/ que no encajo en el mundo real,/ tan expuesto ante tantos ojos/ que no me dejan de monitorear.../ Porque en este mundo/ parece que estoy de más./ Me estoy rematando y nadie me viene a buscar./ Llame ya, llame ya por favor/ y lleve a su casa mi amor”. Y que las musas me visiten de vez en cuando, aunque me dicten frases baratas. Y que los silencios, tus silencios, ya no se amotinan bajo mi cama y que en la almohada siempre aniden más suspiros que ácaros.
Roberto G. Castañeda
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jueves, 13 de agosto de 2009

Reflexiones sobre una victoria deportiva, Mexico 2 - USA 1

Reflexiones sobre una victoria deportiva, Mexico 2 - USA 1





Hace muchos años no acudía a un estadio para ver un partido de fútbol cansado por el pobre espectáculo que ofrecen los equipos mexicanos con alguna muy honrosa excepción, cansado de las tendenciosas opiniones de los comentaristas de las televisoras mexicanas, y sobre todo cansado de la irregularidad y mediocridad del fútbol mexicano actual.

Hace 10 o 15 años el fútbol mexicano estaba considerado la potencia dentro de la débil zona de Concacaf, pero bueno era potencia, para las selecciones de los demás países de la zona un triunfo para festejar era lograr un empate como locales contra México y no ser goleados como visitantes, la locura plena era una victoria como locales y un empate en su visita a México.

Motivado por la propaganda televisiva mi hijo me presionó para ir al estadio a ver a la selección de México contra la de Estados Unidos, así que ante su insistencia y viendo que las localidades estaba agotadas y que los precios de reventa eran escandalosamente abusivos opté por hacer un par de llamadas a antiguas amistades y recibimos la invitación para acudir al palco de estas amistades. El primer problema encontrado el tráfico asfixiante, luego de lograr llegar, buscar un sitio para poderse estacionar y accesar al estadio, pero bueno por fin estábamos instalados, el solo mirar la cara de mi hijo me hizo considerar que valía la pena la odisea.

Podía verse la euforia de la gente, olvidándose por completo de crisis económica mundial y de epidemias o desabasto de agua en la ciudad, su mente y corazón estaban entregados a la estresante espera de ver salir a la cancha a sus ídolos y para que la espera fuera mas ligera y para combatir el calor era menester ingerir cervezas, todo en un marco eufórico, expectante, como si la vida fuera de por medio o quizás simplemente la solución a sus cotidianos problemas, los equipos saltan a la cancha y los gritos no tardan en dejarse escuchar, viene el momento solemne de los himnos, como buenos "patriotas" los menos ignorando el himno de Estados Unidos, otros haciendo ruido y muchos más mentando madres en un arranque de "nacionalismo" extremo, cuando tocó el turno al himno nacional mexicano mientras me ponía de pie pude observar la emoción de algunos rostros, algunos incluso al punto de las lágrimas no supe si pensar en que esto era vibrante o si era patético, me preguntaba cuantos de esos "patriotas" serían buenos ciudadanos,

El juego empezó y la algarabía de la gente al máximo, para mi mala suerte estaba cerca de nuestra ubicación el palco de trasmisión de una de las televisoras, me llamó la atención la serie de sandeces, las payasadas de uno de los comentaristas, mi hijo me aclaró después que era un señor de apellido Bermudes, que pena el estilo de narrar un juego de fútbol, pero supongo a los televidentes les agrada, apenas unos minutos después de iniciado el juego y en el primer avance de Estados Unidos se deja escuchar un lamento agónico de los aficionados, gol de los odiados rivales, rostros desencajados, insultos, algunas miradas nubladas, diez minutos después la algarabía, gol de México, el grito de "si se puede", una euforia tal que por un momento pensé estábamos en la final de la copa del mundo y se acababa de anotar un gol a Brasil, miré a la cancha no, no era un final de copa del mundo, solo un juego eliminatorio y no era Brasil el rival, simplemente Estados Unidos, el mismo equipo que unos años antes era dominado a placer y en algunos casos goleado sin mucho esfuerzo, los comentaristas hablaban del gran gol con que se empató, si en efecto, buen un gol bien logrado y perfectamente concretado, el juego siguió por el mismo tenor un equipo que se observaba cansado por ahí del minuto 30 y otro que luchaba y luchaba pero sin concretar nada, a pocos instantes del final del partido la celebración a su máximo, gol de México, el anotador casi considerado héroe nacional y el público que consideraba bien valía la pena el costo de la entrada en taquilla o en la reventa por la satisfacción de esa histórica victoria ( esto se escuchaba como comentario de la gente de la televisión que trasmitía a unos metros), salimos si, con el gusto que puede causar un triunfo en lo que sea, quizás más por tratarse del deporte nacional, pero el enfado nos invadió ante las molestias de la salida, la salida del estacionamiento, el tráfico infernal y las ruidosas celebraciones, por fin después de muchos contratiempos y de despedirnos de las amistades agradeciendo los lugares en su palco emprendimos el regreso a casa y por fin llegamos al gratificante silencio del hogar.

Hoy por la mañana los diarios destacaban en su primera plana la "histórica" victoria, nuevamente me cuestioné si habíamos acudido a un partido eliminatorio de Concacaf contra Estados Unidos o a una final de la copa del mundo contra Italia, Argentina o Brasil y de la que la selección mexicana había resultado victoriosa, al leer en interiores los informes, aficionados causando desorden por su embriaguez, aficionados mentando madres ante la embajada de U.S.A. y aficionados insultando y agrediendo a turistas extranjeros en Reforma en un derroche de "patriotismo" y machismo causados por la euforia combinada con el alcohol ingerido.

En brazos de la lujuria, Manual para canallas

En brazos de la lujuria





La desnudez de Paola era luminosa. Y un brillo en su mirada delató el gozo que recorría su cuerpo. Aquel hombre sabía cómo acariciarla y conocía la manera de encaminarla al éxtasis. Paola gimió cuando la mano sabia hurgó en su sexo. Aquella sensación no era nueva, pero sí distinta.

Los labios de ella buscaron los de él. Y el fuego avivó el deseo, esa humedad que es trópico entre las piernas. “Hazme el amor, tómame”, musitó la chica casi con urgencia. “Tontita, ya eres mía hace mucho”, aclaró él con tono pausado, “y esto no es amor, sólo es lujuria”. Ella reaccionó de una manera inesperada: le enterró las uñas en la espalda de saberse tan deseada. “Sííí, soy tuya, sólo tuya”, su voluntad estaba de rodillas. “Shhhh”, el posó su dedo en la boca de Paola y ella lo tomó entre los dientes. Cuando la penetró, la chica no pudo contener un grito obsceno. Fue entonces que una sacudida la hizo volver a la realidad. “Pao, Pao, estás gritando”, dijo Adolfo. Confundida, ella lo observó como si fuera un extraño. “¿Por qué me despiertas?”, reclamó. “Pues es que tenías una pesadilla”, justificó el marido. “Mmm, sí, supongo que sí, ahora vamos a dormir”, Paola le dio la espalda y sintió ganas de entregarse otra vez a los brazos de sus fantasías. La rutina es una cama que huele a distancia, que sabe a silencios habituales y que suena a “buenas noches, hasta mañana”.


-O-

Alguien puso aquella canción que tanto le gustaba a Marisol. Los Decadentes cantaban “Un osito de peluche de Taiwán” y ella miró al chico que manipulaba el iPod. Él volteó y le sonrió. Ella desvió la mirada. No le gustaba verse sorprendida, así que encendió un cigarrillo. Tarareó su parte favorita: “Un osito de peluche de Taiwán,/ una cáscara de nuez en el mar,/ suavecito como alfombra de piel,/ delicioso como el dulce de leche”. La reunión era en casa del amigo de una amiga, así que ella no conocía a gran parte de los invitados. “Hola”, la saludó el chaval aquel y le extendió una Corona, “¿quieres?”. Marisol no se pudo resistir y le dio las gracias. “Me llamo Enrivier y también me encanta esa rola”, le volvió a sonreír. “Yo soy Marisol”, la desarmó aquella sonrisa. “Marisoul, vaya, bonito nombre”, sabía bien el juego ese tipo. “No, Marisol”, protestó ella. “Pero a mí me gusta más Marisoul y para mí eres Marisoul”, no dejó derecho a réplica. Ella cambió la conversación: “¿Te llamas Enrique?”. Él posó su mano en el brazo de Marisoul justo para dejar en claro que “Enrivier, me llamo Enrivier”. Que nombre tan raro, pensó ella y él notó algo porque explicó: “Mi madre quería ponerme el nombre de su padre y mi jefe quería que llevara el del suyo, así que mejor los combinaron. Uno es Enrique y el otro Javier, por eso me llamo Enrivier”. Marisoul sólo exclamó un “ahhh”, pero él no esperaba mayor cosa y agregó, “¡qué bueno que no me pusieron Javienri!”. Ambos rieron aunque seguramente ya era una broma muy gastada. Aquello fue el comienzo de su accidentada relación. Salieron juntos esa madrugada y por ser viernes tardaron en encontrar un hotel con habitación disponible. El deseo no sabe de pretextos, ni necesita justificaciones. Ambos se necesitaban desde el momento en que sus miradas se cruzaron. Sí, se conocían poco, pero sus besos y sus caricias embonaron perfecto. Ella venía saliendo de una relación enfermiza y él no tenía novia en ese momento. Marisoul se entregó sin reservas, con ganas de encontrar refugio antes de que la tempestad de los recuerdos le volviera a inundar los ojos. “¿Me quieres?”, se acurrucó en sus brazos. “Esa es una pregunta un poco fuerte”, dijo Enrivier. “Contéstame, por favor”, lo miró a los ojos. “Me gustas mucho, pero tanto como quererte…”, Marisoul lo interrumpió porque deseaba escuchar una mentira piadosa. “Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón”, él parafraseó a Sabina, que siempre ha sido un canalla en eso de abofetear al amor. La chica no pudo contener una lágrima y se aferró a la esperanza: “Ojalá algún día me quieras”. Él le besó la frente y sólo repitió “ojalá”. Afuera una ambulancia presagió con su ulular que un corazón estaba en shock. Uno más.


Roberto G.Castañeda
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En brazos de la lujuria, Manual para canallas


En brazos de la lujuria








































La desnudez de Paola era luminosa. Y un brillo en su mirada delató el gozo que recorría su cuerpo. Aquel hombre sabía cómo acariciarla y conocía la manera de encaminarla al éxtasis. Paola gimió cuando la mano sabia hurgó en su sexo. Aquella sensación no era nueva, pero sí distinta.






Los labios de ella buscaron los de él. Y el fuego avivó el deseo, esa humedad que es trópico entre las piernas. “Hazme el amor, tómame”, musitó la chica casi con urgencia. “Tontita, ya eres mía hace mucho”, aclaró él con tono pausado, “y esto no es amor, sólo es lujuria”. Ella reaccionó de una manera inesperada: le enterró las uñas en la espalda de saberse tan deseada. “Sííí, soy tuya, sólo tuya”, su voluntad estaba de rodillas. “Shhhh”, el posó su dedo en la boca de Paola y ella lo tomó entre los dientes. Cuando la penetró, la chica no pudo contener un grito obsceno. Fue entonces que una sacudida la hizo volver a la realidad. “Pao, Pao, estás gritando”, dijo Adolfo. Confundida, ella lo observó como si fuera un extraño. “¿Por qué me despiertas?”, reclamó. “Pues es que tenías una pesadilla”, justificó el marido. “Mmm, sí, supongo que sí, ahora vamos a dormir”, Paola le dio la espalda y sintió ganas de entregarse otra vez a los brazos de sus fantasías. La rutina es una cama que huele a distancia, que sabe a silencios habituales y que suena a “buenas noches, hasta mañana”.




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Alguien puso aquella canción que tanto le gustaba a Marisol. Los Decadentes cantaban “Un osito de peluche de Taiwán” y ella miró al chico que manipulaba el iPod. Él volteó y le sonrió. Ella desvió la mirada. No le gustaba verse sorprendida, así que encendió un cigarrillo. Tarareó su parte favorita: “Un osito de peluche de Taiwán,/ una cáscara de nuez en el mar,/ suavecito como alfombra de piel,/ delicioso como el dulce de leche”. La reunión era en casa del amigo de una amiga, así que ella no conocía a gran parte de los invitados. “Hola”, la saludó el chaval aquel y le extendió una Corona, “¿quieres?”. Marisol no se pudo resistir y le dio las gracias. “Me llamo Enrivier y también me encanta esa rola”, le volvió a sonreír. “Yo soy Marisol”, la desarmó aquella sonrisa. “Marisoul, vaya, bonito nombre”, sabía bien el juego ese tipo. “No, Marisol”, protestó ella. “Pero a mí me gusta más Marisoul y para mí eres Marisoul”, no dejó derecho a réplica. Ella cambió la conversación: “¿Te llamas Enrique?”. Él posó su mano en el brazo de Marisoul justo para dejar en claro que “Enrivier, me llamo Enrivier”. Que nombre tan raro, pensó ella y él notó algo porque explicó: “Mi madre quería ponerme el nombre de su padre y mi jefe quería que llevara el del suyo, así que mejor los combinaron. Uno es Enrique y el otro Javier, por eso me llamo Enrivier”. Marisoul sólo exclamó un “ahhh”, pero él no esperaba mayor cosa y agregó, “¡qué bueno que no me pusieron Javienri!”. Ambos rieron aunque seguramente ya era una broma muy gastada. Aquello fue el comienzo de su accidentada relación. Salieron juntos esa madrugada y por ser viernes tardaron en encontrar un hotel con habitación disponible. El deseo no sabe de pretextos, ni necesita justificaciones. Ambos se necesitaban desde el momento en que sus miradas se cruzaron. Sí, se conocían poco, pero sus besos y sus caricias embonaron perfecto. Ella venía saliendo de una relación enfermiza y él no tenía novia en ese momento. Marisoul se entregó sin reservas, con ganas de encontrar refugio antes de que la tempestad de los recuerdos le volviera a inundar los ojos. “¿Me quieres?”, se acurrucó en sus brazos. “Esa es una pregunta un poco fuerte”, dijo Enrivier. “Contéstame, por favor”, lo miró a los ojos. “Me gustas mucho, pero tanto como quererte…”, Marisoul lo interrumpió porque deseaba escuchar una mentira piadosa. “Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón”, él parafraseó a Sabina, que siempre ha sido un canalla en eso de abofetear al amor. La chica no pudo contener una lágrima y se aferró a la esperanza: “Ojalá algún día me quieras”. Él le besó la frente y sólo repitió “ojalá”. Afuera una ambulancia presagió con su ulular que un corazón estaba en shock. Uno más.






Roberto G.Castañeda
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sábado, 1 de agosto de 2009

El voto blanco, ¿democracia efectiva?

El voto blanco







El voto blanco es una de las opciones ante una elección y esta forma de votar no debe confundirse con la abtención. El voto blanco consiste en realizar el acto mismo del voto, pero sin manifestar cuál es el candidato u opción elegida. Para poder votar en blanco, el ciudadano debe ir a las urnas y realizar los actos formales que establece la legislación de cada país. El modo de concretar el voto en blanco varía, en algunos países como Colombia, por ejemplo, se debe marcar la casilla indicada como "voto en blanco", en México algunos personajes y organizaciones propuso utilizar la táctica de cruzar toda la papeleta electoral en las pasadas elecciones de julio de 2009.

El voto en blanco se presta a diferentes interpretaciones: hay quien opina que quien practica el voto en blanco emite su opinión en contra de todos los candidatos en contienda, y hay quien advierte que esa opinión solo expresa un voto nulo y que el voto en blanco expresa en realidad indiferencia ante las opciones en una elección.

En México el voto en blanco se considera como abstención activa definiéndose esta como la suma de votantes que emiten votos en blanco y nulos y por no estar contemplado en la legislación electoral de México simplemente se cuenta como voto nulo y no incide en el resultado de la votación ni en los porcentajes finales, diferente a lo que ocurre en la abstención, en los países donde el voto es obligatorio, ambos actos son muy difíciles de distinguir e interpretar su significado.

Para que el voto en blanco tuviera un significado real, para que verdaderamente se pudiera entender como el rachazo de los ciudadanos a los partidos o a sus candidatos este debe legalizarse y reglamentarse, entonces si se obligaría a los partidos, gobernantes y legisladores a una actuación en concordancia con el votante y los problemas que le interesan, a cumplir promesas de campaña, a demostrar, en los hechos, que la oferta de un partido es mejor a la de los demás.

Para lograr esto primero se necesita darle valor jurídico al voto blanco mediante las reformas a la ley electoral correspondiente a fin de que la opción aparezca en las boletas electorales y ya logrado esto entonces si se contaría con la certeza jurídica de que el voto en blanco tendrá un peso específico en los procesos electorales.

Ya con una existencia legalmente reconocida restaría reglamentarlo, ¿que ganará o perdera de acuerdo al porcentaje alcanzado?, veamos, por ejemplo si la mayoría de ciudadanos prefirió la opción de votar blanco, si su porcentaje fuera mayor al de los partidos registrados, ese resultado quedría decir que la mayoría de votantes no confía en los partidos y sus candidatos y siendo la mayoría quién se expesara así, la elección deberá declararse nula y repetirse, los partidos deberán postular nuevos candidatos para un nuevo proceso en 60 o 90 días pero ya sin recursos para nuevas campañas, esto obligaría a los partidos a elegir a sus mejores políticos para los cargos de elección popular y no verse en la necesidad de repetir sus procesos internos ni los procesos electorales en si.

Si la votación da la mayoría a algun candidato, a algun partido político, igual hacer efectiva la fuerza del voto nulo, por ejemplo restando el porcentaje logrado por el voto blanco a las prerrogativas de ley que otorga el gobierno a travez del órgano electoral correspondiente, los partidos al verse afectados en los recursos económicos se verían obligados a cuidarse bién de quienes lo integran, de quienes los representan y quienes serán sus candidatos.

Lo ideal sería que esta propuesta la tomaran ciudadanos independientes, ciudadanos que no confían de los partidos que mal o menos peor han gobernado y que miran con rabia los grandes sueldos de los políticos, y las fortunas que se gastan en un proceso en el que no se cree, en las pasadas elecciones de julio en México al sentir de ciudadanos para votar en blanco o cruzando la totalidad de la boleta de inmediato se sumaron políticos que han hecho carrera en el pasado en procesos iguales o peores que los actuales y comunicadores que antes callaban e incluso deformaban la información de resultados electorales por que de ello se beneficiaban.



Te invitamos a manifestar tu opinión respecto al voto blanco , solo da clic en la palabra vota y registrate, es rápido y sencillo.