viernes, 27 de noviembre de 2009

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas / Manual para canallas

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas







Quiero paz, quiero tranquilidad, que los cuervos ya no revoloteen graznando frente a los ojos abiertos de mis sueños. Y no deseo un pastel de cumpleaños ni tarjetitas cursis que prometan amistad hasta la posteridad. Quiero un lanzallamas. Y el combustible necesario para flamear todo mi pasado

Sí, seria más romántico un bidón de gasolina y un encendedor Zippo, pero a estas alturas no me puedo andar con tibiezas. Así que prefiero un lanzallamas con el combustible adecuado. No me inviten botellas de vino, pues prefiero emborracharme con mi ron preferido. Quiero detractores agudos que cuestionen mis ideas y no se limiten a comentarios simples como "deberías aprender a escribir". Prefiero lectores comprometidos que admiradores que saquen lustre a mi egocentrismo. Quiero el nuevo disco de Los Fabulosos Cadillacs a ver si se me pega algo del "Arte de la elegancia". Quiero una antología de Jaime Sabines porque la mía la extravié en alguna mudanza. Y no estaría nada mal un póster de El Santo y Blue Demon contra los monstruos. Ya siendo exigentes me vendría mejor una litografía del Dr. Alderete. Por supuesto, quiero la bondad en la mirada de mis hijos antes de abrazarme. Y también que mi madre deje de soñarme en sus peores catástrofes. Quiero un lanzallamas para borrar de mis archivos todas las historias pésimas que he escrito; "uy, no te quedará ninguna", yo mismo me respondo. Quiero que cuando muera me incineren con los sobrantes de mi primer libro. Quiero quemar mis documentos, exterminar mis boletas de calificaciones, todos los papeles necesarios para los trámites burocráticos y las facturas que no he pagado. Quiero dejar de ser el estúpido que he sido y sonreír de manera natural. Quiero una mujer que me transmita tranquilidad nada más con abrazarme. Quiero paz, quiero incienso para aromatizar las noches de insomnio, quiero un repertorio de abrazos para cobijar las tristezas de mis hermanos. Para no hacerme pendejo, requiero sólo el tiempo necesario para pedir perdón a todos los que he dañado. Y que los poetas que habitan el Olimpo me concedan la gracia de rentarme a sus musas, las más furcias. Quiero que musiten en mi oído una que otra frase decente o un poco rescatable. También quiero un aumento de sueldo y que ya me dejen entrar sin corbata a la oficina. Y no estaría mal que ya me pagaran por escribir esta columna o de menos que me cedieran los derechos para au-tofinanciar mi libro. Quiero gritar gol en el estadio, quiero Beber en el medio tiempo, emborracharme con Corona después de la victoria. Y ojalá que Cruz Azul ya deje la mediocridad en los vestidores o de menos que el equipo en que juegan mis hijos avance a la siguiente ronda. También estaría genial que mis amigos dejaran de observarme con recelo. Ya no quiero que me quieran, bastante hacen con soportarme. Y que los dioses me den sentido común para no incendiar Palacio Nacional o de menos que me otorguen paciencia para soportar a la pandilla de cretinos que nos gobiernan. Quiero que Andrés Calamaro se nacionalice mexicano y que Nery Castillo se retracte de jugar por México. Demasiados deseos para un triste cumpleaños. Me conformo con tu mirada tierna, con tus piernas entrelazadas con las mías y con seguir hurgando en tus orgasmos.


-O-


Ya no quiero un Mini Cooper ni sueño con un millón en el Melate. Prefiero amanecer un buen día en la Riviera Maya conectado con mis emociones y no pegado a la computadora. Ya no quiero ser el jefe de nadie, porque es mejor gobernar mis tristezas y jubilarlas antes de tiempo. Ya no quiero que me llamen mis ex novias a las tres de la madrugada para reclamarle por pendejadas. Ya no quiero acumular años sino despojarme de odios que aún me generan intereses. Ya no quiero relaciones enfermas que me revuelven el estómago. Ya no deseo la paz del mundo ni esas cosas que nos hacen creer que somos buenos; me basta con que el infierno se llene antes de tiempo con los ojetes que especulan con los impuestos. Ya no quiero maldecir a Arjona, pero suplico al cielo para que se quede a vivir en silencio en su mansión de Miami. Ya no quiero al América fuera de la Liguilla porque me causa más placer que los eliminen en semifinales. Ya no pretendo escribir de manera decente sino que me basta con generar uno que otro relámpago que te ilumine el día o encienda tu sonrisa. Ya no aspiro a nada, me conformo con poco, con el amor de mi madre, con la solidaridad de mis hermanos, con la admiración de mis tres hijos, con el respeto del señor de la tienda, con la amabilidad de los ancianos, con la simpatía de los jóvenes, con este espacio en el diario, con una dosis extra de sarcasmo, con la suficiente inspiración para armar un poema que te llegue hasta la médula, con la pésima voz con la que canto en la regadera. Ya no suspiro por viajar al extranjero porque me es más que suficiente con caminar en calma por las calles de mi barrio. Me alcanza con casi nada para sonreír como loco frente al espejo. Me basta con cierta lucidez para burlarme de la adversidad. Ya no quiero acumular libros, porque me llena la poesía de Roque Dalton y el sentimiento de Jaime Sabines y la fiereza de Nicanor Parra. Ya no quiero cumpleaños sin la banda sonora de Joaquín Sabina o la guitarra de Femando Delgadillo o el rock de Fito y los Fitipaldis. Ya lo dije antes, quiero paz, quiero cielo, quiero una canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Y quiero un lanzallamas y un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Quiero un lanzallamas y un libro de poemas



Quiero un lanzallamas y un libro de poemas






Quiero paz, quiero tranquilidad, que los cuervos ya no revoloteen graznando frente a los ojos abiertos de mis sueños. Y no deseo un pastel de cumpleaños ni tarjetitas cursis que prometan amistad hasta la posteridad. Quiero un lanzallamas. Y el combustible necesario para flamear todo mi pasado

Sí, seria más romántico un bidón de gasolina y un encendedor Zippo, pero a estas alturas no me puedo andar con tibiezas. Así que prefiero un lanzallamas con el combustible adecuado. No me inviten botellas de vino, pues prefiero emborracharme con mi ron preferido. Quiero detractores agudos que cuestionen mis ideas y no se limiten a comentarios simples como "deberías aprender a escribir". Prefiero lectores comprometidos que admiradores que saquen lustre a mi egocentrismo. Quiero el nuevo disco de Los Fabulosos Cadillacs a ver si se me pega algo del "Arte de la elegancia". Quiero una antología de Jaime Sabines porque la mía la extravié en alguna mudanza. Y no estaría nada mal un póster de El Santo y Blue Demon contra los monstruos. Ya siendo exigentes me vendría mejor una litografía del Dr. Alderete. Por supuesto, quiero la bondad en la mirada de mis hijos antes de abrazarme. Y también que mi madre deje de soñarme en sus peores catástrofes. Quiero un lanzallamas para borrar de mis archivos todas las historias pésimas que he escrito; "uy, no te quedará ninguna", yo mismo me respondo. Quiero que cuando muera me incineren con los sobrantes de mi primer libro. Quiero quemar mis documentos, exterminar mis boletas de calificaciones, todos los papeles necesarios para los trámites burocráticos y las facturas que no he pagado. Quiero dejar de ser el estúpido que he sido y sonreír de manera natural. Quiero una mujer que me transmita tranquilidad nada más con abrazarme. Quiero paz, quiero incienso para aromatizar las noches de insomnio, quiero un repertorio de abrazos para cobijar las tristezas de mis hermanos. Para no hacerme pendejo, requiero sólo el tiempo necesario para pedir perdón a todos los que he dañado. Y que los poetas que habitan el Olimpo me concedan la gracia de rentarme a sus musas, las más furcias. Quiero que musiten en mi oído una que otra frase decente o un poco rescatable. También quiero un aumento de sueldo y que ya me dejen entrar sin corbata a la oficina. Y no estaría mal que ya me pagaran por escribir esta columna o de menos que me cedieran los derechos para au-tofinanciar mi libro. Quiero gritar gol en el estadio, quiero Beber en el medio tiempo, emborracharme con Corona después de la victoria. Y ojalá que Cruz Azul ya deje la mediocridad en los vestidores o de menos que el equipo en que juegan mis hijos avance a la siguiente ronda. También estaría genial que mis amigos dejaran de observarme con recelo. Ya no quiero que me quieran, bastante hacen con soportarme. Y que los dioses me den sentido común para no incendiar Palacio Nacional o de menos que me otorguen paciencia para soportar a la pandilla de cretinos que nos gobiernan. Quiero que Andrés Calamaro se nacionalice mexicano y que Nery Castillo se retracte de jugar por México. Demasiados deseos para un triste cumpleaños. Me conformo con tu mirada tierna, con tus piernas entrelazadas con las mías y con seguir hurgando en tus orgasmos.


-O-


Ya no quiero un Mini Cooper ni sueño con un millón en el Melate. Prefiero amanecer un buen día en la Riviera Maya conectado con mis emociones y no pegado a la computadora. Ya no quiero ser el jefe de nadie, porque es mejor gobernar mis tristezas y jubilarlas antes de tiempo. Ya no quiero que me llamen mis ex novias a las tres de la madrugada para reclamarle por pendejadas. Ya no quiero acumular años sino despojarme de odios que aún me generan intereses. Ya no quiero relaciones enfermas que me revuelven el estómago. Ya no deseo la paz del mundo ni esas cosas que nos hacen creer que somos buenos; me basta con que el infierno se llene antes de tiempo con los ojetes que especulan con los impuestos. Ya no quiero maldecir a Arjona, pero suplico al cielo para que se quede a vivir en silencio en su mansión de Miami. Ya no quiero al América fuera de la Liguilla porque me causa más placer que los eliminen en semifinales. Ya no pretendo escribir de manera decente sino que me basta con generar uno que otro relámpago que te ilumine el día o encienda tu sonrisa. Ya no aspiro a nada, me conformo con poco, con el amor de mi madre, con la solidaridad de mis hermanos, con la admiración de mis tres hijos, con el respeto del señor de la tienda, con la amabilidad de los ancianos, con la simpatía de los jóvenes, con este espacio en el diario, con una dosis extra de sarcasmo, con la suficiente inspiración para armar un poema que te llegue hasta la médula, con la pésima voz con la que canto en la regadera. Ya no suspiro por viajar al extranjero porque me es más que suficiente con caminar en calma por las calles de mi barrio. Me alcanza con casi nada para sonreír como loco frente al espejo. Me basta con cierta lucidez para burlarme de la adversidad. Ya no quiero acumular libros, porque me llena la poesía de Roque Dalton y el sentimiento de Jaime Sabines y la fiereza de Nicanor Parra. Ya no quiero cumpleaños sin la banda sonora de Joaquín Sabina o la guitarra de Femando Delgadillo o el rock de Fito y los Fitipaldis. Ya lo dije antes, quiero paz, quiero cielo, quiero una canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Y quiero un lanzallamas y un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Recuérdame regalarte un diccionario / Manual para canallas

Recuérdame regalarte un diccionario










Max dejó una nota. No sé a ciencia cierta qué decía, sólo intuyo que no era nada agradable. Seguro maldijo a su ex esposa, seguramente también decía que la amó como a nadie. Mi amigo Max se pegó un tiro y para jodida desgracia no murió al instante sino que estuvo como un mes en coma

Fui a visitarlo al hospital y hablé con él. Tal vez no me escuchaba, pero no pude evitar decirle que me parecía estúpido lo que había hecho, que ninguna mujer valía la pena como para darse un puto balazo. Sentí una infinita tristeza de verlo allí, inerte, tan lejos de aquel buen tipo que conocí hace tiempo. La muerte siempre será abrumadora. Te vienen en cascada un chingo de recuerdos, arrebatos de nostalgia, oleadas de lágrimas y una confusión que da escalofríos. Max y yo hablábamos poco, pero nos entendíamos como hermanos. Nunca nos anduvimos con rodeos, teníamos un sentido del humor muy parecido y hasta ciertos paralelismos. Como yo, él nunca superó el abandono de su padre. Como yo, se aferraba a las relaciones destructivas. Igual nos gustaba casi la misma música, como Coldplay o Jamiroquai. Cuando se casó intenté advertirle que tal vez no era la mejor decisión, pero da lo mismo porque nunca he sido el mejor ejemplo. Aún recuerdo aquella conversación.
—Creo que deberían vivir juntos en lugar de casarse. -Comenté antes de dar un sorbo a mi trago.
—-Dame más de una razón -miró hacia otro lado.
—Primero, porque apenas se conocen; segundo, porque eres un imbécil: tercero, porque eres un imbécil; y cuarto, porque eres un imbécil.
Max se carcajeó, lue¬go hizo una pausa y enseguida me miró con cierta dosis teatral.
—Sabes qué, pinche Robert -encendió un ci¬garrillo— me dices eso porque tú le tienes mie¬do a los compromisos.
—No, pendejo, será que te lo digo porque yo ya me casé y hasta me divorcié. Y créeme que no fue nada agradable.
A raíz de mi sepa¬ración, él fue uno de esos amigos que no me dejó morir solo, en sentido figurado, porque nunca me sentí morir; al contrario, fue un alivio después de un matrimonio tormentoso, destructivo.
—¡Qué bueno que le dieron la custodia del niño a ella! -recuerdo que Max se burló de mí-, bueno, considerando cómo eres creo que fue la decisión más acertada. El diablo lo educaría de una manera más sensible que tú.
Todavía está fresca en mi memoria la vez que conoció a su ex mujer. Estábamos en una fiesta de un amigo común y Marifer llegó tarde, algo ebria y con una amiga más desmadrosa que ella. Cuando me di cuenta, Max ya bailaba con la amiga y le tiraba la onda. Marifer se apostó a sí misma, estoy casi seguro, que iba a ganar esa partida, así que hizo todo para ligarse a Max Su amiga se fue molesta y sin despedirse.
Yo no quise decirle a Max que anduve con Marifer y que estaba medio loca. Al poco tiempo él me comentó que era la mujer de su vida y que pensaba casarse con ella.

—Es que no me parece una mujer confiable—. Traté de disuadirlo. —Defíneme qué es confiable. —No mames, Max. recuérdame regalarte un pinche diccionario en tu cumpleaños.
Al final se casó con Marifer. Duraron menos de lo que imaginamos. Max nunca superó que ella lo engañara con un ex novio. Ella argumentó lo obvio: es que nunca tenías tiempo para mi. me tenías abandonada y demás excusas estúpidas que surgen cuando no hay amor. Y encima se quedo con el coche y con los muebles y lo que al abogado se le pego la gana. No hubo forma de comprobar el adulterio A Max lo que menos le importó fue lo material, porque él mismo decía que el dinero va y viene. Su autoestima fue la mayor pérdida, porque no volvió a ser el mismo de antes. Adelantó sus vacaciones, se encerró durante varios días, se tiró al piso, se revolcó, lloró como un niño, y salió peor que antes. Se alejó de los amigos. Yo lo encontré en un par de ocasiones y bebía como desesperado. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo que había tenido ratos peores y se evadía hablando del trabajo o de lo mal que andaban los Pumas. En una borrachera me preguntó como cuestionándose a sí
mismo qué había hecho mal para que Marifer lo hubiera traicionado. No me dejó responder, aunque yo hubiera querido decirle que no se culpara por lo que había hecho mal ella. "Y sabes qué es lo peor, que cada vez la extraño más", agachó la cabeza. "Siempre lo he dicho, eres un idiota", sabía que no se molestaría, "ella no vale tus lágrimas, ni siquiera tus recuerdos". Mi miró con ojos vidriosos, "pero la amo demasiado". Pendejo. Lo reitero, un hombre enamorado es un imbécil. Y el amor sólo es un anuncio panorámico de condones Sico. Max era un buen tipo, así lo recuerdo, pero era poco práctico y muy vulnerable. Su autoestima era un trapeador viejo, percudido, pero sobre todo era un gran amigo y también le gustaba Bukowski, así que van sus versos a manera de plegaria: "Los muertos no necesitan aspirina o tristeza, supongo/ pero quizá necesitan lluvia./ Zapatos no, pero un lugar donde caminar./ Cigarrillos no, nos dicen, pero un lugar donde arder./ Los muertos no me necesitan, ni los vivos/ Pero quizá los muertos se necesitan unos a otros/ En realidad, quizá necesitan todo lo que nosotros necesitamos/ y necesitamos tanto/ Si sólo supiéramos qué es/ Probablemente es todo/ Y probablemente todos nosotros moriremos/ tratando de conseguirlo".

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Recuérdame regalarte un diccionario


Recuérdame regalarte un diccionario






Max dejó una nota. No sé a ciencia cierta qué decía, sólo intuyo que no era nada agradable. Seguro maldijo a su ex esposa, seguramente también decía que la amó como a nadie. Mi amigo Max se pegó un tiro y para jodida desgracia no murió al instante sino que estuvo como un mes en coma

Fui a visitarlo al hospital y hablé con él. Tal vez no me escuchaba, pero no pude evitar decirle que me parecía estúpido lo que había hecho, que ninguna mujer valía la pena como para darse un puto balazo. Sentí una infinita tristeza de verlo allí, inerte, tan lejos de aquel buen tipo que conocí hace tiempo. La muerte siempre será abrumadora. Te vienen en cascada un chingo de recuerdos, arrebatos de nostalgia, oleadas de lágrimas y una confusión que da escalofríos. Max y yo hablábamos poco, pero nos entendíamos como hermanos. Nunca nos anduvimos con rodeos, teníamos un sentido del humor muy parecido y hasta ciertos paralelismos. Como yo, él nunca superó el abandono de su padre. Como yo, se aferraba a las relaciones destructivas. Igual nos gustaba casi la misma música, como Coldplay o Jamiroquai. Cuando se casó intenté advertirle que tal vez no era la mejor decisión, pero da lo mismo porque nunca he sido el mejor ejemplo. Aún recuerdo aquella conversación.
—Creo que deberían vivir juntos en lugar de casarse. -Comenté antes de dar un sorbo a mi trago.
—-Dame más de una razón -miró hacia otro lado.
—Primero, porque apenas se conocen; segundo, porque eres un imbécil: tercero, porque eres un imbécil; y cuarto, porque eres un imbécil.
Max se carcajeó, lue¬go hizo una pausa y enseguida me miró con cierta dosis teatral.
—Sabes qué, pinche Robert -encendió un ci¬garrillo— me dices eso porque tú le tienes mie¬do a los compromisos.
—No, pendejo, será que te lo digo porque yo ya me casé y hasta me divorcié. Y créeme que no fue nada agradable.
A raíz de mi sepa¬ración, él fue uno de esos amigos que no me dejó morir solo, en sen¬tido figurado, porque nunca me sentí morir; al contrario, fue un alivio después de un matrimonio tormentoso, destructivo.
—¡Qué bueno que le dieron la custodia del niño a ella! -recuerdo que Max se burló de mí-, bueno, considerando cómo eres creo que fue la decisión más acertada. El diablo lo educaría de una manera más sensible que tú.
Todavía está fresca en mi memoria la vez que conoció a su ex mujer. Estábamos en una fiesta de un amigo común y Marifer llegó tarde, algo ebria y con una amiga más desmadrosa que ella. Cuando me di cuenta, Max ya bailaba con la amiga y le tiraba la onda. Marifer se apostó a sí misma, estoy casi seguro, que iba a ganar esa partida, así que hizo todo para ligarse a Max Su amiga se fue molesta y sin despedirse.
Yo no quise decirle a Max que anduve con Marifer y que estaba medio loca. Al poco tiempo él me comentó que era la mujer de su vida y que pensaba casarse con ella.

—Es que no me parece una mujer confiable—. Traté de disuadirlo. —Defíneme qué es confiable. —No mames, Max. recuérdame regalarte un pinche diccionario en tu cumpleaños.
Al final se casó con Marifer. Duraron menos de lo que imaginamos. Max nunca superó que ella lo engañara con un ex novio. Ella argumentó lo obvio: es que nunca tenías tiempo para mi. me tenías abandonada y demás excusas estúpidas que surgen cuando no hay amor. Y encima se quedo con el coche y con los muebles y lo que al abogado se le pego la gana. No hubo forma de comprobar el adulterio A Max lo que menos le importó fue lo material, porque él mismo decía que el dinero va y viene. Su autoestima fue la mayor pérdida, porque no volvió a ser el mismo de antes. Adelantó sus vacaciones, se encerró durante varios días, se tiró al piso, se revolcó, lloró como un niño, y salió peor que antes. Se alejó de los amigos. Yo lo encontré en un par de ocasiones y bebía como desesperado. Cuando le pregunté cómo estaba me dijo que había tenido ratos peores y se evadía hablando del trabajo o de lo mal que andaban los Pumas. En una borrachera me preguntó como cuestionándose a sí
mismo qué había hecho mal para que Marifer lo hubiera traicionado. No me dejó responder, aunque yo hubiera querido decirle que no se culpara por lo que había hecho mal ella. "Y sabes qué es lo peor, que cada vez la extraño más", agachó la cabeza. "Siempre lo he dicho, eres un idiota", sabía que no se molestaría, "ella no vale tus lágrimas, ni siquiera tus recuerdos". Mi miró con ojos vidriosos, "pero la amo demasiado". Pendejo. Lo reitero, un hombre enamorado es un imbécil. Y el amor sólo es un anuncio panorámico de condones Sico. Max era un buen tipo, así lo recuerdo, pero era poco práctico y muy vulnerable. Su autoestima era un trapeador viejo, percudido, pero sobre todo era un gran amigo y también le gustaba Bukowski, así que van sus versos a manera de plegaria: "Los muertos no necesitan aspirina o tristeza, supongo/ pero quizá necesitan lluvia./ Zapatos no, pero un lugar donde caminar./ Cigarrillos no, nos dicen, pero un lugar donde arder./ Los muertos no me necesitan, ni los vivos/ Pero quizá los muertos se necesitan unos a otros/ En realidad, quizá necesitan todo lo que nosotros necesitamos/ y necesitamos tanto/ Si sólo supiéramos qué es/ Probablemente es todo/ Y probablemente todos nosotros moriremos/ tratando de conseguirlo".

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

Tu fotografía en el messenger / Manual para canallas

Tu fotografía en el messenger










Tus compañeros de generación están organizando una reunión para recordar los viejos tiempos. Ya los imaginas arreglándose para la ocasión. Seguro que Gerardo llegará con gorra, como la última vez, para intentar ocultar que se le está cayendo el cabello

Y Marina tardará una hora cambiando de vestido una y otra vez, presa de su inseguridad. Eva y Claudia, como en la universidad, se la pasarán criticando lo gordas que se han puesto las que han engordado. Y Fernanda se verá tan guapa como siempre, pero con más clase y dinero porque se casó con el dueño de una agencia de publicidad. Y en cuanto te vea pensará que debió estar loca para enamorarse de alguien como tú, que sólo tenía habilidad para escribir poemas y canciones que nunca pagarían un departamento en Polanco. Tú llegarás de jeans, con tus tenis cansados de las mismas rutinas y beberás más de la cuenta y harás grupito con los amigos de siempre, siendo sarcásticos y recordando a las viejas que se tiraron en aquellos viernes de fiesta en casa de no-sé-quién. Y todos se pondrán al día y sobrarán los chismes: que Jonathan ya se divorció porque su mujer lo engañaba; que Marilú se ve muy bien con los implantes de seno que se mandó instalar; o que murió el maestro que les daba géneros periodísticos y que el 80 por ciento de los que están allí no se han titulado. Ya con unos tragos encima, recordarán los apodos de cada quien, contarán lo bien que les ha ido, inventarán algunas mentiras que los hagan sentir menos patéticos y bailarán algún éxito de U2. Y no faltará el que saque la foto de su hijo para preguntar "¿verdad que es igualito a mí?". Y cada quien estará convencido de que tomó las decisiones correctas, aunque se muerda los labios por celebrar el éxito ajeno y se muera de la envidia por el camionetón que trae Emiliano o por lo bien que se ve la maldita Michelle. Odias esas pinches reuniones porque te volverán a preguntar si ya publicaste tu libro y tendrás que decir como la última vez, hace un año, que no, y bro¬mear con eso de que en este pinche país no saben apreciar lo que es bueno, cuando en realidad no te hasistirás porque parece que todos tienen vidas más interesantes que la tuya, aunque no sean más que un recuento de mentiras.
as dado el tiempo para terminarlo. Y cuando todo acabe, sólo quedarán los ceniceros llenos de colillas y esa promesa estúpida de que a la siguiente reunión no asistirás porque parece que todos tienen vidas más interesantes que la tuya, aunque no sean más que un recuento de mentiras.



-O-


Estás sentado frente a la computadora y tu contacto con el mundo se reduce a chatear con "amigos" a los que nunca has visto en tu vida Tu vida social apesta. Beber los viernes en los lugares de siempre no cuenta. Vives encapsulado, pendiente de los comentarios en el Hi5 y las caritas sonrientes en esa ventanita a la que te aferras para no sentirte tan solo, tan abandonado a tu suerte tan jodida. No devuelves las llamadas de tu madre, pero en Facebook consultas las "frases sabias" del Doctor House o atiendes las citas de Bukowski o abres galletitas de la suerte virtuales. Carajo, el pinche Gran Libro del Sarcasmo se burla de ti cada que abres sus páginas. Incluso parecería normal que vivieras pegado a la pantalla de tu laptop, de no ser porque son más de las dos de la madrugada y otros solitarios como tú tratan de amortiguar el vacío con jodidas conversaciones que el día de mañana olvidarán. Hace tanto que no abrazas a tus amigos de carne y hueso, pero mandas besos animados por messenger a gente que tal vez no conocerás nunca. Y odias las risas escritas y tu mejor foto en el messenger apenas esboza una mueca llamada sonrisa Tu mirada está desprovista de brillo, tu barba de dos días te da un aspecto lamentable y tú sólo quisieras volver sobre tus pasos para ya no extrañar los días en que tus amigos de la universidad parecían hermanos para toda la vida Hoy cada quien se atrinchera en su mundo, creyendo que los sueños eso eran: sólo sueños. Y las canciones noventeras ya te suenan viejas y odias esa foto en la que te veías tan mal. Tus jeans están en el armario y hoy usas traje y corbata. Tienes cuenta en el banco y tu corazón está en ceros. Pagas impuestos, bebes más de la cuenta, escasean los besos y de abrazos ya ni hablamos. Tu novia está demasiado ocupada. Y Keane canta una estrofa de tu miseria "Crees que en tus días no pasa nada y que nadie nunca piensa en ti/ Ella va por su propio camino./ Crees que tus días son comunes y que nadie piensa en ti./ Pero somos todos iguales, aunque ella dice que no tiene tiempo para ti ahora, ella dice que no tiene tiempo". Siempre te entrampas en relaciones destructivas, que acaban peor. Sigues odiando lo mismo: a los po¬líticos corruptos, a los banqueros sin escrúpulos, a la no¬via de tu mejor amigo, a los que viajan en la puerta del Metro, a los que presumen su añeja playera del América, a la señora que gol¬pea a su hijo, a tu vecino que se queja de to¬do, a la secre¬taria guapa que siente que nadie la merece, a este pre¬sidente inútil que no sabe conducir la nave, a ti que estás postergando todo lo que vale la pena, al sujeto en que te has convertido antes de concretar los planes de ir de mochilazo a Europa. Tu revolución personal se quedó archivada junto al mapa de Hamburgo y la guía de supervivencia en caso de naufragar en una ciudad con un idioma extraño. Y el póster de Tin Tan se carcajea de tu inutilidad para entender un mundo que es como un comercial de televisión. Vives encerrado en la rutina, en ese caminar en círculos que siempre conduce a la depresión. Soy un idiota. Bien dicen que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Y si optas por las dos, entonces eres un imbécil.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gràfico

jueves, 5 de noviembre de 2009

La tristeza no es negocio / Manual para canallas

La tristeza no es negocio






Pura mierda en MTV. La tristeza no es, nunca ha sido, un buen negocio. Caminamos sin avanzar, sin mapa y sin saber navegar. Otra mañana fría, otro día mezquino que se niega a regalar sonrisas, otro jueves cobarde diría Iván Noble
Más impuestos en el costal y tú apenas completas para la renta. En la tevé, un presidente sin autoridad anuncia nuevas medidas para enfrentar la crisis y el gordo de Hacienda luce tan sano que es difícil pensar que se vienen tiempos flacos. En la cocina escasean los víveres, se amontonan los trastes sucios y se amotinan los nervios de una madre estresada por otra semana que luce raquítica. En la sala descansa la rutina, convertida en huésped incómodo desde hace años y no tiene para cuando irse. En el baño, la cortina acumula humedad y una gotera en la regadera anuncia tormentas que no calmarán ningún fuego. Y el padre, el hijo y el espíritu santo sólo son un cuadro de poliéster que nunca oye nuestros ruegos. Y tu madre reza, no, más bien suplica para que se vaya esa sensación de angustia, la maldita migraña, todos sus miedos. Tu pobre madre, antes guapa y hoy convertida en esa señora que usa pants hasta para ir a las juntas de la escuela. Y tú con tanta confusión, queriendo vivir otra vida, soñando que un buen día la fortuna te hará un guiño y te olvidarás de la miseria. Pero no, con sólo mirar tus pies volverás a las realidad: los tenis están tan desteñidos como tus ilusiones. Que alguien te compre una guía para sobrevivir a los tiempos de incertidumbre, a los jueves cobardes, a los domingos cretinos, a los lunes de weba, a los sábados sin besos.
-O-
Cómo quisieras encontrar ese mapa que te guíe en tus noches de dudas, que te saque adelante en esos malos ratos en que sólo quieres saltar desde la azotea y cerrar los ojos luego de maldecir a los dioses por esta confusión que siempre duerme contigo. No, la tristeza no es buen negocio. El pesimismo tampoco. En caso contrario, en este país no habría vagabundos. Vienen malos tiempos, anuncia el preciso, y sus amigos empresarios se frotan las manos porque un país empobrecido es ignorante y la ignorancia genera mano de obra barata. Y para colmo, tu padre está considerando seriamente que dejes la escuela para que le ayudes en el taller. O tu madre te mira con esa mirada que parece de rencor aunque sólo es frustración. Pinche vida que te tocó vivir. Será mejor que te apliques, que te inventes un plan de fuga a largo plazo para un buen día pintarle un dedo a la miseria. Habría que mandar al presidente y a su gabinete a Siberia un buen rato, mientras le devolvemos un poco de dignidad al pueblo. Vale madres, ya estoy desvariando. Pinches jueves cretinos, malditos miércoles en vela que me generan ideas estúpidas que sólo atienden los locos, los más insanos que yo. Dónde está el subcomandante, qué fue de aquel intento de revolución, a qué olvido exiliamos a los que murieron en el intento. Pinches jueves de resaca, jodidos viernes de quincena, malditos sábados de futbol, podridos martes de TV Notas, miserables miércoles de tianguis. Malditas semanas que se acumulan en este inventario de crisis.
-O-
La desesperación se sienta a la mesa a comer huevos revueltos cuatro veces a la semana. Tu celular no tiene crédito, en la tele no dejan de contar chistes patéticos y las noticias dan miedo. En la esquina conviven violencia y una juventud sin aliento. Pesan tanto las alas, ya no alcanza con soñar para lograr volar. Siempre sientes que te quedan grandes los guantes de box y también la camiseta de campeón. Más valdría tomar un libro, luego otro, en busca de la sabiduría que te impulse a nuevos mundos. Valdría la pena hurgar en el coraje que te salve de acabar atado a un barrio lleno de madres solteras y adolescentes reggaetoñeros y sicarios en potencia. Y no, no es un videojuego como Grand Theft Auto, en el que eres invencible. Tú si eres vulnerable. Más valdría aferrarse a la escuela, buscar la beca, aplicar la inteligencia para armar esa bomba de tiempo que borre del mapa tus miedos, tus inseguridades. Este país se está yendo a la mierda y no habrá revolución ni redentores. Este país es un desierto que arde y, como dicta un poeta libertario, “los pobres ya se cansaron de ser pobres,/ los ricos juegan a las cartas y apuestan nuestro futuro,/ mientras un policía acribilla a un niño en el crucero./ Un día llegará en que un Dios implacable/ los señalará con su dedo de fuego./ Y celebraremos en las calles, codo a codo/ danzando alrededor del incendio/ con sonrisas como promesas y el decálogo para un mundo nuevo”.
Roberto G.Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico