jueves, 24 de diciembre de 2009

Manual para canallas / Una copa para beberse la nostalgia


Una copa para beberse la nostalgia






Otra vez la maldita jaqueca. Así como si un cuervo revoloteara dentro de su cabeza. Así se siente Adriana todas las tardes, desde hace seis meses. Desde la ventanilla del pesero, rumbo a Indios Verdes, ella observa los nacimientos que han instalado sobre Paseo de la Reforma


Apenas pasan de las seis y ya está oscuro, así que la avenida luce muy navideña con su iluminación colorida. Adriana no comparte el asombro de los demás, ni su tranquilidad o su alegría. De hecho, la Navidad la deprime y no tiene ganas de volver a cenar pavo, ni elegir regalos, ni aprovechar las ofertas de Suburbia. Mientras el pesero está detenido ella observa unos Reyes Magos de yeso, luego mira un borrego que parece moverse. Entonces recuerda que de unos días a la fecha ella sueña con borregos que son atacados por una jauría de perros, pero no ha podido descifrar el significado. Será que la angustia le hace sentir más vulnerable. Este año ha sido fatal para ella. Su marido la dejó apenas un año después de casarse. Le queda el consuelo de que no tuvieron un hijo, si no qué iba a hacer el pobrecito sin su padre, justifica ella. Adriana trabaja como secretaria en una agencia de viajes. Paradójicamente no ha viajado a ningún lado desde que la contrataron. Hasta la luna de miel tuvo que cancelar porque su suegra se enfermó en plena fiesta, pero a los dos días ya estaba repuesta. Qué miserable es el matrimonio cuando la suegra lo quiere gobernar todo. Desde que se conocieron se odiaron. Adriana no soportó que la señora se inmiscuyera en todo. Chocaron en el mismo instante en que la doña le dijo que no usara pantalones tan ajustados, porque ella no iba a permitir que su hijo consentido anduviera con una lagartona. Y el baquetón de su esposo no hizo nada para remediarlo. “Entiéndela mi vida, es que mi mamá es muy franca; así que no lo dijo para ofenderte”, trató de abogar el muy desgraciado. Pero total, ya para qué lamentarse. No vale la pena. Como no tendrá vacaciones, Adriana está pensando seriamente en renunciar a su trabajo, porque sólo le dan ganas de quedarse tirada, inmóvil, mirando cómo parpadean las luces del arbolito, acariciada por el sopor de la melancolía. Su vida es igual de monótona que un televisor apagado, igual que un Santaclós desempleado en el verano o un trabajador sin aguinaldo; tan simple como las pinches canciones de Arjona. Chin, y pensar que este invierno apenas empieza, que la Navidad es un carnaval y ella ni siquiera entró al intercambio de regalos con sus compañeras. Ojalá que Santaclós le regrese las sonrisas cristalinas, la mirada radiante, esa belleza opaca que trata de ocultar con exceso de maquillaje. Ojalá que su corazón deje de sentirse igual que un pavo congelado. Ella no quiere, ya no, sentirse igual que una niña sin Reyes Magos. Y seguro se emborrachará en Nochebuena, mientras en algún lado alguien escucha la voz tristísima de Andrés Calamaro entonando su nostalgia: “Quiero emborrachar mi corazón/ para apagar un loco amor/ que más que amor es un sufrir;/ y aquí vengo para eso,/ a borrar antiguos besos/ en los besos de otra boca.../ Si su amor fue flor de un día,/ ¿por qué causa es siempre mía/ esta cruel preocupación?/ Quiero por los dos mi copa alzar/ para borrar mi obstinación, ¡y más la vuelvo a recordar!/ Nostalgias, de escuchar su risa loca/ y sentir junto a mi boca,/ como un fuego, su respiración./ Angustia, de sentirme abandonado,/ de pensar que otro, a su lado,/ pronto, pronto le hablara de amor”.



-O-




“Ándale, cómprame unos chicles”, trata de convencerme aquel chavito de pelos parados. Su camisa llena de manchas, que hace juego con sus pantalones rotos y esa sonrisa que parece más una mueca de resignación, me causan lástima. Y me siento miserable porque no hay nada peor que sentir lástima por el prójimo en vez de ser solidario o al menos maldecir a los corruptos que nos han despojado hasta del desencanto. “Mejor te invito un hot dog”, le digo al chamaquito. Órale, me responde. Se sienta a comer junto a mí. Dice que se llama Hilario y que su mamá es la señora que vende dulces y chicles en aquel semáforo. Desde esta banca la observo y al girar la vista me encuentro con el edificio de la Lotería Nacional. Tanta riqueza y nosotros siempre tan jodidos, reclamo mentalmente. “¿Y qué le vas a pedir a los Reyes?”, le pregunto al niño. Como esto no es la hora de Chespirito, ni un programa chafa de Televisa, Hilario no responde que “una torta de jamón”, ni que le gustaría “que todos los niños sean felices”. En cambio, me indica que “los Reyes no existen, son los papás” y me lanza una mirada como diciendo “¿a poco no sabías?”. Me gustaría convencerlo de que está equivocado, pero es alentar falsas esperanzas. “Bueno, pero si existieran, ¿qué les pedirías?”. Duda un poco. “Mucho dinero” y se ríe sin inocencia. “No, mejor una piñata con muchos dulces y juguetes”, corrige. “¿Te gusta romper las piñatas?”, sigo con la charla. “No, no la quiero para romperla”. Ah, chingá, ¿entonces? “Es para guardarla, para tener siempre muchos dulces”. Cuanta ternura. No puedo evitar un nudo en la garganta. Tan fácil que es cumplir algunos deseos. Tan sencillo que es hacer feliz a un niño. Tan hermosa la alegría infantil. Y nosotros que nos encerramos en el egoísmo, en el vértigo del estrés cotidiano, sin mirar a los ojos a los demás, sin escucharlos, sin percibir sus latidos. “Ándale, pide otro hot dog”, invito a Hilario. Ahora lo pide sin mostaza, “porque sabe bien gacho”. Antes de irme también le pago un refresco. “Adiós, amigo”, me grita con la boca llena. Meto las manos en el bolsillo y me voy pensando en traerle un día de estos una piñata, aunque estoy seguro que todos sus hermanitos van a querer romperla. Eso sí es un dilema, no las jaladas de los diputados ni la cotización del dólar.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

sábado, 19 de diciembre de 2009

Manual para canallas / La sensibilidad de un Santaclós mecánico


La sensibilidad de un Santaclós mecánico






Normalmente me gusta sentarme en el Central Park y observar a la gente presurosa, con sus cajas de regalos, las sonrisas nerviosas y las carteras repletas de tarjetas de crédito


Nueva York no es mi ciudad favorita, me parece espantosa, pero mi padre que es millonario me dejaría sin herencia por el simple hecho de que no lo visitara en esos días de “armonía y paz espiritual”, como dice él. En realidad yo preferiría estar en una playa de Cancún con mi novia o buceando en Cozumel. Pero aquí estoy, en esta urbe llena de ejecutivos con iPod integrado y mujeres que encuentran al hombre de su vida en un chat. Carajo, sólo a los locos se les ocurriría buscar pareja en internet. En fin, como ya estoy cansado cruzo la avenida y me voy a Tribeca a comer platillos que realmente cuestan una fortuna. Mientras bebo una copa de champagne, apropiada para esta época de continua celebración, entra una rubia que se parece a Cameron Diaz. Ella se quita el abrigo, deja al descubierto un hermoso cuerpo y me sonríe con coquetería. En realidad no estoy de humor, así que de inmediato desvío la mirada a través del cristal que da a la calle. El tráfico es horrible. Los chavitos pasean en scooters porque está de moda. Frente a mí pasa un tipo elegante, luego otro y otro y esto es una sucesión del mismo personaje: pelo engominado, traje de diseñador, gabardina Armani, portafolios metálico... todos parecen el mismo, ninguno es diferente al otro, cualquiera ganaría el campeonato de la persona más antipática del mundo. Odio esta jodida ciudad.



-O-




Ya llevo cuatro días en Nueva York y estoy hasta la madre del tráfico, de los niños que embarran de chocolate el pantalón, de que en cada esquina haya un Santaclós apócrifo recaudando dinero para emborracharse aunque en los carteles diga “para los niños sin cobijo”, “para los pobres del Bronx” y demás etcéteras. Si por mi fuera me largaba hoy mismo al Distrito Federal, a convivir con mis iguales, a viajar en Metro, a beber en bares terribles y con mujeres cuyos besos saben a perdición, tabaco y ron. Pero mi padre, el muy ojete, insiste en que me quede un día más porque su novia, una tal Alison, llega desde Denver a pasar la Navidad con él. A mí eso me vale gorro, pero tal parece que él está enamorado... acaso de su juventud y belleza. Ella tiene 35 años —podría ser mi hermana—, ojos azules, una sonrisa perversa y trabaja como azafata de American Airlines. Mi padre tiene 57 años, poca vergüenza, tres matrimonios a cuestas y cuatro hijos. Siempre me dice que soy su consentido y yo le sigo el juego. Casi no lo conozco. Se separó de mi madre cuando yo tenía siete años. Nos reencontramos hace poco. Dice que soy su viva imagen, bueno, de cuando era joven. Yo sólo quiero su dinero. Pero esto de estar en Nueva York me hace sentir bastante jodido. El departamento de mi padre en la 5ª Avenida es un mausoleo. Pese a todos los lujos, no hay un detalle que te haga sentir humano, falta un detalle cálido. Me la he pasado viendo la televisión y sólo a ratos salgo en busca de un trago.


Otra mañana. Anoche fui a un lounge bar. Estrené un traje Ermenegildo Zegna y me veía bastante bien, así que no me costó nada de trabajo ligarme a una mujer bastante guapa que dijo tener 30 años, aunque parecía de 25. Melanie se llamaba y estuve a punto de llevármela a la cama, pero cuando me dijo que lo que más añoraba en la vida era encontrar un joven y apuesto padre para sus dos hijas, tuve que desistir. Aún así nos besamos salvajemente y ella hurgó en mi bragueta al amparo de la semioscuridad. Poco faltó para que pasara la noche con ella, en verdad tenía unas piernas espectaculares, pero supe que hay atajos hacia el infierno que más vale no utilizar.



-O-



Anoche tuve fiebre y algunos delirios. Esta mañana el Metro va más lleno que de costumbre. Tal parece que todos se pusieron de acuerdo para ir de compras el mismo día. Odio esta pinche ciudad. El Distrito Federal terminará por volvernos locos. Me bajé en Bellas Artes, caminé hacia la Alameda y me senté un rato a mirarle las piernas a las chavas. Cuando me cansé del sol, crucé la calle y me tomé un café en el Sanborns. Por cierto, ¿te has fijado que la gente de esta ciudad es fea, que siempre camina de prisa, con gesto enojado, como si vivir fuera su calvario? Yo detesto esta ciudad. Si por mi fuera me iría a Nueva York. El día que encuentre a mi padre, que es millonario, le voy a decir que me compre un departamento frente a Central Park. Mi hermano siempre me dice que estoy loco, pero lo que pasa es que él me tiene envidia porque sabe que soy el consentido de mi padre y que la herencia será para mí. Entonces no la compartiré con nadie. Tengo que encontrar a mi padre. Por cierto, ya les dije que odio esta pinche ciudad. Los semáforos están en rojo. No hay policías por ninguna parte. Quiero una salida de emergencia. Odio esta ciudad. Tengo que buscar a mi padre. No quiero cenar pavo otra vez. Quiero un tren eléctrico. Necesito otro trago. En Suburbia aceptan tarjeta de crédito. Las almas tienen 40 por ciento de descuento. Un Santaclós mecánico es más sensible que nuestro presidente. Y los pobres somos un ejército sin garra, sin esperanza. Tengo que encontrar a mi padre. Odio esta ciudad...


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

Manual para canallas / Una balada no soluciona nada


Una balada no soluciona nada





“Odio las baladas, las odio”, me dijo Saúl Hernández alguna vez. “Una balada no soluciona nada” continuó, “mientras el rock puede cambiar el mundo”. Yo era un joven reportero que trabajaba por un sueldo miserable en un periódico de color café


Mi profesión me parecía fascinante y entrevistar a los rockeros del momento era, a ojos de mis amigos, algo que cualquiera haría gratis. Recién egresado de la UNAM, con más entusiasmo que talento, me sentía con los motores suficientes para sobrevolar sobre el purgatorio sin rostizarme. Luego me tocó ver a Jaguares cantando con Maná en un concierto que pretendía revolucionar conciencias. Una auténtica pena: sólo sirvió para que Televisa vendiera anuncios de refrescos y Sabritas y otros productos igual de nutritivos. Comprobado está, las baladas no solucionan nada y Saúl Hernández tampoco ha arreglado el mundo. Y así seguirá, resistiéndose al paso del tiempo y postergando el juicio de los dioses del rock.



-O-



Conocí Perú gracias a una gira con el Tri. Mejor dicho, viajé a Perú… porque sólo lo miré por encimita. No puedes conocer un país cuando solamente recorres las calles aledañas al hotel. Ya hace algunos años que acompañé al Tri a esa minigira que incluyó concierto, conferencia de prensa y visita a algunos programas de televisión. Alex Lora es un tipo bastante simpático, al igual que el Wea. Lo más memorable de ese viaje fue el desmadre que traían en el avión por unas tortas de frijol con yerba que uno de los músicos había llevado de contrabando. “Estas tortas sí están poderosas”, comentó alguien, “prenden más que las de una teibolera” y todos se carcajearon. A mí el Tri siempre me había parecido una banda muy neta, hasta que Lora empezó a componer canciones absurdas sobre tipos como Juanito o no-se-quién-más. Me quedo con sus viejas rolas, con aquel viaje a Perú. Reniego del personaje de Alex Lora, que se ha vuelto una caricatura de sí mismo. Sólo espero que Chela Lora ya jubile al rockero y se quede con aquel hombre-de-la -casa que vive a unos pasos de Perisur y le ha cumplido sus gustos de señora rica, como esos perfumes finos y los jeans tan caros.


-O-



Rocco nunca vivió en quinto patio ni se llama Rocco. Estudiamos en las mismas aulas, en la FES Acatlán. Bueno, estudiamos es un decir, porque pasábamos más tiempo fuera de clases que en las aulas. Él era un estudiante promedio y cantante de pésima dicción. Sin embargo, armó una buena banda en la que el discurso estaba por encima de la calidad. Aún recuerdo a la Maldita Vecindad trepada en un camión de redilas, apoyando la huelga estudiantil en la UNAM. De boca en boca, aquella agrupación se fue haciendo popular. Sax era malísimo con el saxofón. Lobito le tupía chido a las percusiones gracias a la herencia del Lobo mayor, que era un sonero muy chingón; y Pacho era un salvaje a la hora de darle a la bataca y muy lúcido al momento de opinar. No han cambiado mucho, siguen fieles a sus principios e incluso han mejorado como músicos, pero la rebeldía ya no es una foto que venda, ni sus canciones volverán a sonorizar otra huelga.


-O-



Mi paso por el periodismo musical no fue tan extenso, pero me tocó ver las cosas más absurdas que te puedas imaginar: a Rubén Albarrán gorreándole los cigarros a un colega durante un buen rato, hasta que alguien le dijo “no manches, venden un chingo de discos y no te alcanza para una cajetilla”; al cantante de Zoé paseándose al alba, desnudo y pachequísimo, por una playa de Veracruz hasta que la policía se lo llevo a los separos; a los Moderattos tratando de ligarse a unas gringas lesbianas en un antro de Cancún; a Saúl Hernández desquitando su coraje contra una pared y lastimándose una mano, tras una discusión con Marcovich. También pude ver Joaquín Sabina platicando con el espíritu de José Alfredo en el Tenampa; o a Charly García negándose a salir a escena en un arranque de locura; o a Tijuana No maldiciendo a Julieta Venegas y diciendo que la corrieron por fresa; o al baterista manco de Def Leppard jugando futbol rápido mientras la tribuna gritaba “mano, árbitro, esa fue mano”. De pronto extraño mis días como reportero, pero me queda el consuelo de algunas anécdotas que quién sabe si valdrán la pena de contarse.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

Manual para canallas / Te llaman de recursos inhumanos


Te llaman de recursos inhumanos







Entré a la oficina y el tipo de recursos humanos me recibió con la misma cortesía que un embalsamador frente al séptimo cadáver del día. Me senté frente a él, coloqué mi celular en el escritorio
“Como sabe, esta empresa está en crisis”, mmmta, “así que hemos tenido que tomar medidas que no son agradables para nadie…”, soltó el clásico discurso pero lo interrumpí.




“Sé perfectamente por qué me mandó llamar. Sólo dígame cuánto me van a dar de liquidación”, lo miré a los ojos y él fingió checar unos papeles. “Verá, licenciado, considerando que lleva cuatro años en esta empresa y según nuestros cálculos…”. Lo volví a interrumpir: “En primera, no soy licenciado. Y en segunda, no me importan sus cálculos. Sólo quiero que me den lo que me corresponde conforme a la ley, ni más ni menos”. Entonces levantó la cara, como retándome, “bueno, nuestras finanzas no son buenas, así que consideramos justo…”, ese tipo no entendía. “Déjese de rodeos y deme la cifra”, acomodé mi tobillo izquierdo sobre la rodilla derecha. El sujeto balbuceó algo y se tocó la corbata como tratando de recuperar el control de la situación. “Creo que no estamos siendo sensatos, deberíamos calmarnos”, ese cabrón creía estar tratando con un mediocre igual a él. “¿Le parece sensato correr a alguien que siempre ha dado más del cien por ciento?”, le cuestioné. “Bueno, verá, su capacidad no está en duda, lo que pasa es que estamos en proceso de renovación”, vale madres, puros pinches pretextos, no lo dejó continuar, “y están corriendo a los que tienen planta para que no hagan antigüedad. Eso ya lo sé, como también sé que están contratando a los nuevos por honorarios y con un sueldo miserable”. Se quitó las gafas, percibí un ligero temblor en su párpado y comentó: “Esas son cuestiones que no puedo comentar”. Solté mi sonrisa más cínica. “Y a mí me importa un carajo su opinión. Sólo quiero saber cuánto me van a dar por correrme”. Total que me dio la cifra. Me reí en sus narices: “Están idiotas si creen que voy a aceptar eso”. Tomé el celular del escritorio y pregunté: “¿Si escuchó, verdad abogado? Qué bueno, entonces procedamos. Al rato pasó a verlo”. Le guiñé un ojo al burócrata en señal de ya-me-los-chingué. “Oiga, eso que acaba de hacer no es correcto”, palideció. “Lo que no es correcto es que ustedes siempre se salgan con la suya”, reviré, “así que de aquí en adelante se arreglan con mi abogado”. Me paré y él tomó el teléfono. Fui a mi lugar por mis cosas y hasta allí llegó un tipo de seguridad para “acompañarme” a la salida. Horas más tarde estaba yo comiendo cuando recibí una llamada. Me convencieron de no demandar y no sólo me dieron lo que me correspondía, sino que hasta añadieron una “modesta compensación por su lealtad a esta empresa”. Por fortuna conseguí otro trabajo en poco tiempo y no me acabé mi liquidación rascándome el ombligo. Lo malo es que no me dio tiempo de irme unos días a Cuba para emborracharme en la Bodeguita del Medio o para escuchar a los soneros callejeros.


-O-



Entré a mi departamento después de un día bastante jodido, molesto aún por esas cosas del trabajo que llegan a fastidiar, y sólo deseaba darme un baño y escuchar una canción que al menos me hiciera tararear en la regadera. Sin embargó, lo primero que hice fue apretar el botón de la contestadora. La voz de Anette acabó de fastidiar todo: “Roberto, estoy llamándote desde las seis, por qué chingados apagas el celular. Quedamos de ir a la fiesta de Marcia. Llámame”. Chingao, lo había olvidado. Apenas me estaba aflojando la corbata cuando sonó el teléfono. Le expliqué a mi vieja que se le acabó la pila al celular y que ya se estaba cargando. “¿Ah, sí?, ¿y yo soy tu pendeja, no?”, realmente sonaba furiosa. El silencio incómodo duró escasos segundos. “A mí no me engañas, tu andas con una pinche zorra”, vuelta a lo mismo. Sólo me reí como tonto y a ella le dio más coraje. “Ah y encima te burlas, eres un cínico”, me colgó. Encendí el estéreo y Los Fabulosos Cadillacs cantaban “Juraste no volverla a ver,/ la fiesta terminó./ Ya no podés tenerte en pie./ Esta noche es hora de que pienses en cambiar./ El tiempo pasa pronto y todo tiene su final./ Pasa, pasa, pasa, pásame un vaso más”. Busqué una toalla, me metí a bañar y a lo lejos escuché el teléfono, una, dos, tres veces. Creo que es tiempo de terminar con esto, reflexioné. Ya me había vestido y me peinaba cuando Anette volvió a llamar. “Te espero hasta las diez, si no me largo yo sola”, advirtió como si yo fuera su empleado más gato. “Querida, son cuarto para las diez”, solté con toda calma. “No me importa, te quiero aquí a las diez” y colgó. Me apliqué mi loción preferida, tomé el celular que ya se había recargado un poco y salí con calma. Llegué a mi bar favorito y allí estaban tres de mis amigos con un par de chavas que habían conectado. Sonaba algo de Muse en los altavoces. La noche pintaba bien. Hasta que vibró el celular. “Mi amor, ¿qué no vas a venir?, te sigo esperando”, la voz de Anette se había suavizado. “Pensé que ya estabas en la fiesta de tu amiga, como me dijiste que sólo me esperabas hasta las diez”, traté de ser cordial y entonces volvió a transformarse. “¿Dónde chingados estás, por qué se escucha tanto ruido?”, intenté responder pero ella se adelantó, “seguro estás en una cantina, con una puta”. Colgué. Era hora de renunciar. Seguro extrañaré sus senos generosos y su cintura breve. La pasión es como un empleo bien pagado: podrás estar a gusto con tu sueldo, pero si te empiezan a tratar como el mensajero entonces mándale las fotos y hasta los buenos recuerdos por Federal Express. Regresé con mis amigos, pedí un ron con coca y le miré las piernas a esa chica con pinta fabulosa.


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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