jueves, 25 de febrero de 2010

El encanto que provoca tu fragilidad / Manual para canallas

El encanto que provoca tu fragilidad




Estoy bailando con lágrimas en los ojos, en un bar muy moderno llamado Pervert Lounge. No estoy muy borracho pero es que me resisto a aceptar del todo mi condición de tipo solitario
Miro a una multitud de cuerpos danzando desaforadamente mientras suena una canción electrónica que no reconozco, aunque me parece que es de los Chemical Brothers. Siento un terrible vacío, estoy fuera de lugar, rodeado de chavitos reventados, ansiosos, cheJeros, enfebrecidos. He ligado a una chica llamada Érika, de pelo corto y blusa semidesabotonada que deja al descubierto un provocativo ombligo, tan sensual como sus caderas prometedoras. Ella no se da cuenta de mi angustia y dejamos de bailar para refugiarnos en la barra. Pide otra Corona; prefiero un ron cualquiera. Entonces me platica que tiene un vecino que le ha contado que una de sus ex novias acaba de morir porque andaba con un chavo que se sentía vampiro y que le chupó, poco a poco, toda la sangre, hasta que ella no tuvo fuerzas para levantarse de la cama y que allí se quedó durante mucho, mucho tiempo. Luego encontraron su cuerpo, escuálido, putrefacto.
Me dan ganas de reír como si el asunto fuera divertido, pero más que nada porque Érika me pregunta: "¿No es una locura?".

Le digo que tal vez sea verdad, por increíble que parezca.
"No inveeeentes", replica ella en tono superfresa y continúa, "los vampiros no existen".
—Claro, sólo son un invento de películas crepusculares —señalo con indiferencia. .
—¿Lo dices por la película Crepúsculo? —interroga y luego añade—, ay, es padrísima y Edward es tan guapo. Qué lastima que los vampiros no existen, porque todos serían tan guapos.
—En realidad son feroces y te volverías loca con sólo ver sus alas tan macabras —intento asustarla.
—Sí, claro, y duermen en ataúdes y usan collares ridículos —se burla.
Sonrío con malicia, sólo de pensar que ella no intuye que está en peligro, que su vida depende de mi buen o mal humor. Su ingenuidad, su expresión de "yo-no-creo-en-tonterías" logran que todo me resulte mucho más excitante y siento un ligero escalofrío de placer y me dan ganas de lanzarme sobre su cuello allí mismo, pero me contengo y sólo la miro fijamente a los ojos. Érika se queda encandilada por unos segundos, se acerca con suavidad y me besa en los labios con humedad concupiscente. Después se aparta, sonríe, me guiña un ojo y retoma el tema de su vecino.
—¿Sabes qué es lo más chistoso de todo? —pregunta y ella misma se contesta— Que Alex, mi vecino, me' dijo que aquí fue, en este antro, donde su ex novia conoció al chavo que era vampiro. ¿Tu creeeees? —otra vez lanza ese mal¬dito tono afresado.
—Puedo creer eso y mucho más —respondo—. En este país nada es imposible.
Rie con gracia, como si yo hubiese dicho una barbaridad.
—Ay, eso es una jalada —ella no sabe que se dice "leyenda urbana".
En ese preciso momento comprendo que sí voy a ahogarme en su niveo cuello. Y si, más de madrugada nos vamos a su departamento, donde nuestros cuerpos se incendian.
Mientras ella alcanza el climax le enseño por un momento mis colmillos afilados, pero no los ve porque tiene los ojos cerrados, así que no me priva del lujo de observar el terror de sus ojos... pero eso no tiene la menor importancia y muerdo su piel, justo abajo del lóbulo de la oreja, y ella grita de placer, de dolor, de pánico... no lo sé.
Observo su pálida silueta sobre la cama. Me visto con calma. Enciendo el estéreo y suena una rolita de Los Amantes de Lola que bien podría ser una especie de himno a los vampiros: "Beber de tu sangre". ¡Ja!, suelto una mueca que intenta ser sonrisa, mientras pienso que las cosas a veces son muy chistosas, paradójicas, para nosotros los muertos vivientes. Salgo del departamento poco antes de las cinco de la mañana, seguro de que tardarán en encontrar su cuerpo, y la tonadilla pegajosa escapa de mi boca mientras me pierdo entre las calles vacías, oscuras todavía: "Podría gritaaaaar que me dejes beber de tu sangreeeee.../ Y el pensar en ti me hace recordar./ El encanto que provoca tu fragilidad".

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
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jueves, 18 de febrero de 2010

Un hámster en huelga de hambre / Manual para canallas


Un hámster en huelga de hambre






“Me choca que tus amigotes vengan a la casa”, reclamó Ericka un sábado en la mañana. Una noche antes la sesión de dominó se había alargado más de la cuenta. Para colmo, me quedé jetón y ni siquiera pude levantar los ceniceros
“Son unos cerdos, ni siquiera bajan la palanca del baño”, su cara reflejaba asco. Ni sentí cuando ella entró. Lo malo de darle llaves a tu chava, por si llega antes que tú, es que ya siente que es “la casa” y lo dice como si ella hubiera pagado las mensualidades del estéreo o el recibo del teléfono. “Cuando esos puercos vengan al menos dales vasos desechables”, reclamó Ericka, “porque soy yo la que se va a chingar limpiando”. Me sorprendió. “¿Qué, por qué me ves así”, inquirió con las manos en la cintura. “No manches, Erickita, ¿cuándo has levantado el tiradero o barrido en esta casa?”. Ella se comportaba como si lleváramos cinco años de casados. Carajo, por algo me divorcié, por algo me encanta vivir solo. Nunca la dejé hacer el aseo, aunque ella insistía en lavar los platos en los que comíamos. “Además, mis amigos son unos puercos por otras razones, no por orinar sin puntería”, le aclaré. “¿Qué tratas de decirme, Roberto?”. Mmm, se me olvidaba que su hámster no resuelve crucigramas o seguro está en huelga de hambre. “Ay, nena, no querrás saber la cantidad de pornografía que ocultan en sus archivos”, me burlé, “y la clase de guarradas que dicen a las chicas en la calle”. Su enfado no cesaba. “Ya, olvídalo, mejor acuéstate conmigo”, la llamé con la mano sobre el colchón. “¡¿Estás loco?!”, hizo una pausa dramática, “no me arreglé para venir a acostarme, además apestas a cigarro”. ¿Y?, miré al techo. “Mejor métete a bañar, porque vamos a salir”. Yo sabía lo que eso significaba. “Salir” a comer a una plaza comercial y ella se la pasaría en tiendas de moda. ¡Qué emocionante! La recompensa era que se quedaría en casa y su cuerpo desnudo era una constelación de excesos. Entonces su deseo se volvería una oleada de fuego. Y yo la encontraría más bella que nunca y lo demás no importaría. En algo tenía razón: mis cuates no son lo que se dice “educados”, lo cual me recordaba una canción de Serrat que dice “mis amigos son unos atorrantes./ Se exhiben sin pudor, beben a morro,/ se pasan las consignas por el forro/ y se mofan de cuestiones importantes…/ Mis amigos son unos malhechores,/ convictos de atrapar sueños al vuelo…/ Mis amigos son sueños imprevistos/ que buscan sus piedras filosofales,/ rondando por sórdidos arrabales/ donde bajan los dioses sin ser vistos”.


-O-

A Ericka la conocí en la fiesta de mi primo Gerardo. Al principio me cayó mal, porque me reclamó por “poner tantas canciones de los Cadillacs” en lugar de “que hagas ambiente con algo para bailar”. Entonces puse una cumbia y nadie se movió. Le hice una seña para que “abriera la pista”, así que sacó a un wey que bailaba pésimo. Ella notó mi risa burlona y se sonrojó. Tenía bonito cuerpo. Seguí poniendo rolas que a la mayoría le gustaban. Más tarde, la chica ya estaba ebria y “gritaba” las canciones con sus amigas. Yo buscaba algo de Metallica cuando se acercó sonriente, “oye, amigo, ponte otra de Bunbury, ¿no?”. Le devolví la sonrisa. “Claro, pero con una condición”, sugerí, “que me traigas una cerveza”, mostré mi envase vacío. Me miró igual que una cajera del McDonalds, tan amable como falsa: “Olvídalo, no soy tu mesera” y se fue. Pinche vieja. Conecté el micrófono y solté una frase lapidaria antes de poner algo de K-Paz: “Aquí suena la K-Buena. Canción dedicada a las meseritas disfrazadas de Cenicienta en viernes de quincena”. Me fui a servir un trago. La chava me miró con rencor cuando pasé a su lado. Le dije a mi primo que buscara otro pendejo para poner música, así que me desentendí del tornamesa. Ya más ebria, Ericka me reclamó por ser tan grosero. “Puedo ser tu ‘diyei’ particular o tu enemigo más íntimo”, aclaré, “pero no me trates como a la bola de idiotas que se mueren por acostarse contigo”. Sabía lo que tenía, el cuerpo que la destacaba, y no dudó en mandarme al diablo. Pero no dejaba de mirarme cuando pensaba que yo no la observaba. Al final me dio su número de celular. Un par de meses después nos reencontramos en otra fiesta y me echó en cara que no la hubiera llamado: “¿Para eso querías mi número?”. Upppps. “Híjole. Mi situación ya es complicada como para cambiarme a un banco donde me aplicarán tasas de interés más altas”, expliqué. “Ay, eres un pesado”, se fue pero regresó con una cerveza: “No te preocupes, ya está pagada, yo invitó”. Ternurita. Pinches chistes gastados. Seguimos bebiendo y acabamos encerrados en el baño. No sé cómo, ni cuándo se instaló en mi vida, porque no me gobierna el corazón y olvido hasta las fechas de cumpleaños. Nunca vivimos juntos, sólo se quedaba en mi casa los fines de semana, pero todo se fue al carajo cuando empezó a comportarse raro. “Hay que cambiar la sala, porque ese color no me gusta”, insistía o también señalaba que “si nos casamos no quiero que vaya ninguna de tus ex novias”, como si yo tuviera una lista de invitados incómodos. Ella regresó con algún ex novio, lo que me tiene sin cuidado. Y ahora Los Fabulosos retratan mi estado de ánimo: “Mil veces y una más juraste no volverla a ver./ La fiesta terminó, ya no podés tenerte en pie./ Esta noche es hora de que pienses en cambiar,/ el tiempo pasa pronto y todo tiene su final…/ pasa, pasa, pasa, pásame un vaso más”.
Roberto G. Castañeda
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jueves, 11 de febrero de 2010

Manual para canallas / El último en llegar


El último en llegar








“Eres patético, búscate una terapia o una vieja que te quiera escuchar y deja de escribir basura” o algo así fue lo que me escribió un lector llamado Arturo. Otro más intentó ser sarcástico: “En lugar de dar talleres de redacción, tú deberías ir a uno para que aprendas a escribir”. Va. Se vale tirarle globos de agua al payaso, se vale jalarle la cola al diablo. O nomás dejen de leer este instructivo para lidiar con bipolares


Lo que sería realmente patético es que me ofendiera por los comentarios negativos o las críticas, ligeras o sustentadas. A mí lo que me ocupa es escribir estas líneas porque me evitan volverme loco por completo. Y también para que esos mensajes lanzados a un mar de indiferencia encuentren de vez en vez a otro náufrago. Lo que hago, bueno o malo, me recompensa cuando recibo correos como el de César: “Sólo escribo para decirte que no fueron unas simples lágrimas lo que tus letras lograron hacer con tu columna, sino que has devuelto la vida a recuerdos, aromas y colores de una infancia no igual, pero sí también difícil. Y heme aquí, desde un escritorio de una oficina transnacional en Polanco, ocultando mi rostro y procurando no hablar para que no se note mi voz quebrada”. Escribir es un vicio, una necesidad, una especie de terapia para no acabar hablando solo o platicando con el espejo. No tengo un tema o una fórmula a seguir. Escribo sobre lo que vivo, lo que me cuentan, lo que observo en las calles, en los parques, en el Metro, en la fila del banco. Lo único que pretendo es escribir sobre gente real, sobre humanos imperfectos, sobre políticos corruptos, mujeres buenas, hombres solos, jóvenes que no saben amar la vida, viejos que añoran una tumba, amantes insatisfechos y otros etcéteras. Sólo me dejo guiar por mis ángeles y demonios, porque las musas son un invento de los intelectuales o de los poetas que nunca han sabido del hambre. Y bueno, trabajo como periodista, pero en realidad me he dedicado los últimos años a perfeccionar este oficio de canallas que es beber, escribir, mirarle las piernas a las mujeres, mentarle la madre a los judiciales, escupir los vidrios de los bancos, besar a las chicas malas, encontrar esperanza en los ojos de los ciegos, tocar un saxofón desafinado, escuchar rock y meterle la mano a la vida. Y sobre todo, leer libros buenos. No hay un sólo libro que te marque. Son muchos. Alguna vez escribí que soy un “buscador de relámpagos”, que abre un libro y de pronto salta una gran frase que te electriza, que te ciega como un flashazo en la oscuridad. De vez en cuando algún fogonazo aparece en una página y entonces la descarga emocional te fulmina y ya no vuelves a ser el mismo... tal vez no más sabio pero sí un poco menos imbécil.

-O-


“¿Qué te digo? Cada palabra del Manual para Canallas me ha ayudado y me he sentido reflejada”, dice el correo de Jessica Lucero y continúa: “Esto es lo real, lo tangible, no lo utópico. Cansada estoy de cuentos, de princesas en castillos y recibir sólo las miserias. Cansada estoy de imaginar que mi vida tendrá un giro de 180 grados dando la vuelta a la calle. Cansada estoy de revisar día a día el Facebook, el Hi5, en espera de que escriba aquel maldito que se fue dejándome con un bebé en el vientre. Cansada estoy de esperar a que regrese. Quiero verdades, verdades que lastimen. El mundo no es perfecto, no es color pastel, es gris, es frío y está lleno de personas que quieren negarse a la realidad; está lleno de personas que van a terapia, para ver si así se tapa el daño causado. Cansada estoy de personas que se levantan decepcionadas, que van al maldito trabajo sólo por inercia, que gastan su dinero en una maldita fecha llena de hipocresía. Y cada rostro es una máscara para dejar dormido un rato más al monstruo que ocultamos. La vida es una mierda y el amor es efímero, pues al final estaremos más solos que mi abuela cinco metros bajo tierra”. PD.- “Nunca dejes de escribir, porque al menos eso alimenta mi alma oscura y carcomida”. Líneas como esta me hacen sentir un confidente, un cómplice, y no un profesional de la mentira que cobra por publicar una columna. Total, a mí ni me la pagan. En mis mejores momentos me atosiga el ángel bipolar que me custodia. Y en los peores ratos me siento como si fuera el último en llegar, el último de la fila en el banco, el primero en renunciar a la sobriedad. No por nada Los Bunkers me quedan como traje a la medida cuando cantan que “sé que he estado tanto tiempo echado aquí,/ que no tengo un buen pretexto/ para estar de nuevo en pie, para estar en pie./ Sé que siempre he sido el último en llegar y el último en marcharse,/ pero todo me da igual, todo me da igual./ Quiero dormir, la fiesta terminó./ Quiero tener un poco de razón/ y no seguir aquí apagándome”. Sí, la fiesta terminó. Y sólo quedan latas de cerveza vacías. Un desmadre en todos lados. Y yo me siento fatal, aunque muchos como Daniel me vean como una estrella de rock o algo así: “Qué onda Robert. Por fin tengo el gustazo de escribirte. Quiero que sepas que soy un gran admirador tuyo. Gracias a tu columna te has vuelto una leyenda”. Lo dudo. Yo sólo soy un tipo ordinario, que viaja en el Metro, que regatea en el mercado, que maldice los precios de la canasta básica, que reniega de la política económica del más gris de nuestros presidentes. Y sólo aspiro a dormir tranquilo, aunque sea un día a la semana. Las pesadillas anidan en mi almohada. Y no es consuelo que Débora me escriba “no tengo un lanzallamas, ni tu libro de poemas. Lo que tengo es un montón de abrazos. Y que vayan por ti mis orgasmos matutinos”.
Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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jueves, 4 de febrero de 2010

Rutas que conducen al olvido / Manual para canallas

Rutas que conducen al olvido



Norma Angélica tenía dos nombres, al igual que todos sus hermanos. Maldita tendencia de los padres a caer en cursilerías del tipo “le ponemos el nombre de tu mamá y el de la mía”. Del estúpido orgullo del “que se llame como el abuelo” ya ni hablamos, porque luego el chamaco acaba odiando al mundo por llamarse Artemio o Procopio



Lo peor es cuando los “cosmopolitas” progenitores han visto demasiada televisión y usan “los de moda”, como Brandon Raúl Pérez o Marlon David López y hasta Melanie Shecid García y barbaridades que suenan “bien acá, rifados”. Shiales. Lo bueno es que Thalía es un nombre que ya está fuera de las preferencias, aunque ahora sobran las Belindas. Bueno, pero el caso es que Norma Angélica tenía un nombre que sonaba a telenovela y a mí eso me importaba un bledo. Entonces yo iba en tercero de secundaria y babeaba por la chavita. Yo no sé qué carajos le vi, pero me encantaba. Ni era la más lista, como tampoco la más guapa. En una tardeada, como suelen suceder las “grandes” historias de amor a esa edad, bailamos, nos miramos a los ojos y podría mentir diciendo que un halo de luz se posó sobre nosotros o que sus ojos destellaron estrellas mientras me besaba. Ni madres, a esa edad te mueve la calentura. Acabamos escondidos atrás de un salón, fajando mientras sus amigas nos espiaban. A esa edad, Norma ya tenía las curvas necesarias para llamar la atención, pero a mí lo que más me encantaba era su aroma, porque siempre olía riquísimo, como recién salida del baño. Aún recuerdo el aroma fresco de su abundante cabellera. Ella fue mi primer-gran-amor, que luego se convertiría en la primera-gran-decepción. Siempre pasa. Andaba conmigo, la rolábamos en palomilla y acabó enamorándose de uno de mis amigos, el que tocaba la guitarra y sacaba prestado el coche de su padre. Unos meses después me cortó con el argumento de que su mamá le prohibió andar conmigo porque la distraía de la escuela y tenía que prepararse para el examen de la prepa. Por una amiga, de esas intrigosas que siempre sobran, me enteré que Norma ya era novia de Héctor. Y los odié a ambos. Y en cuanto pude me agarré a madrazos con el traidor. Luego tiré a la basura los regalitos que ella me había dado. Bueno, pero me quedé con los discos de Los Cadillacs, tampoco soy tan estúpido. Y supongo que ella también tiró todas mis cartas y los tontos muñecos de peluche que los cursis siempre obsequiábamos. La última carta me la devolvió y aún la conservo. Eran unas cuantas líneas llenas de amargura y lugares comunes, porque a esa edad uno es demasiado ingenuo o muy pendejo. Obvio, había frases como “nadie sabrá amarte como yo” o jaladas del tipo “ojalá valores los mejores momentos a mi lado”. Cuando no entendió de razones para seguir, sentí que mi vida no tenía sentido, luego siguió el coraje y le dije lo típico. “¡Eres una furcia!”. En realidad le dije otra palabra, pero si la pongo capaz que otra vez me la censuran. Yo no sé por qué recuerdo esas cosas. Bueno, sí lo sé. Siempre que terminas una relación, vuelve a tu mente, como si abrieras un archivo muerto, esa interminable lista de amores fallidos, ese recuento de rutas hacia el olvido.


-O-


Astrid sólo tiene un nombre. Nunca he sabido qué significa. Ni siquiera me preocupa el significado del mío. Mi madre me puso Roberto porque así se llamaba el abuelo. Y uno de mis tíos también heredó el mismo nombre. Así que yo soy algo así como Roberto tercero. Con lo que me importa. Mi tío tiene un trabajo en el que maneja algunos presupuestos y es medio transa, así que es un secreto a grandes voces que le dicen “Robarto”. Qué cagado. “Roberto” también se usa para definir cuando te ofrecen algo a precio de ganga, como los celulares en un tianguis: “Se me hace que es ‘Roberto’”, lo que significa que es robado. Pero me estoy escapando por la tangente. Será que me siento de la chingada porque Astrid ya no está conmigo. O tal vez estoy delirando y escribo pura pendejada. Y es que yo no me las curo con tequila, ni oyendo a José Alfredo ni a Sabina. Yo me las curo escribiendo, maldiciendo todo el tiempo, encerrado en mis silencios tratando de armar poesías. O deletreando la palabra olvido y martirizando a mis bestias internas, mientras me decido a mandar por Hotmail la despedida. “Y ahora te lo digo, es una declaración de principios: Cuando te canses del olvido, cuando comprendas que no puedes vivir sin mis suspiros, busca entre tus fotos y encontrarás la sonrisa de un tipo que supo amarte hasta el delirio. Y si no lo valoraste, si te cupieron dudas que conducen al hastío, entonces trágate hasta mi orgullo. Si te quise tanto y me refugié en tus besos, era para que supieras que nunca en tu vida volverás a sentirte a resguardo. Que mis caricias lejanas sean tu páramo, que mis besos extraviados te sepan a quebranto, que mis manos sabias hurguen en otros sexos mientras tú añoras mis dedos largos. Y la profundidad de mis deseos será proporcional a la vacuidad de tus recuerdos. Muérete de melancolía, que yo me ahogaré entre los senos de una chica que me hará sentir que estoy en armonía. Y si el espejo te devuelve una sonrisa amarga, de esas que se vuelven eternas compañeras, yo estaré esperando el tren que me llevará a otra quimera. Para ese entonces, solicitaré un pasaporte para ese sitio que me hace creer que soy un viajero que siempre pierde el equipaje en la frontera. Y el paisaje será una selva oscura e impostergable en la que conviven mis fuegos y otros incendios”. Posdata: “Eres una furcia”. Hay cosas que no han cambiado. Si pudiera cambiar algo, me pondría otro nombre. Max, creo que me gustaría llamarme Maximiliano.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas


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lunes, 1 de febrero de 2010

Lecciones de vida, El Circo de la Mariposa

El Circo de la Mariposa



A veces nos sentimos frustrados, incapaces de lograr salir adelante en las adversidades y renegamos de nuestra mala suerte,del infortunio, renegamos de la vida, el destino, el creador.Pero si nos detenemos un instante y dejamos de quejarnos y empezamos a luchar y a pensar positivo lograremos otra perspectiva de las circunstancias. Podemos hacer dos cosas ver el lado negativo de

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