jueves, 22 de abril de 2010

La incertidumbre que se agazapa tras la puerta / Manual para canallas


La incertidumbre que se agazapa tras la puerta







La chica en la cama giró para mirarme. Estaba demasiado ebria y me hizo señas de que me acercara, con esa actitud de ven-a-mis-brazos-papito. El cuerpo de Dafne era igual que un fogonazo en la oscuridad. En otras circunstancias la hubiera besado con la febril ansiedad de los desahuciados, pero ella acababa de tener sexo con dos de mis amigos

El silencio fue roto por un auto que se estacionaba ruidoso frente el edificio. Salí a la sala y advertí a Roger y Álvaro que acababa de llegar el wey de aquella chica, mientras señalaba la foto en que ella estaba con un tipo con facha de judicial corrupto. Álvaro corrió a asomarse a la ventana. “Sí, no mames, qué pedo, qué hacemos”. Nos miramos con cara de idiotas porque, obvio, no teníamos otra. Escuchamos cómo se abría la puerta del edificio y unos pasos que subían las escaleras. Fueron segundos que nos parecieron igual de eternos que un viaje en Metro en horas pico. “Cálmense, nosotros tranquilos, estamos aquí porque la vieja nos invitó”, Roger trató de aparentar calma. Una sombra se coló por debajo de la puerta del departamento. Imaginaba a un tipo con un arma, del otro lado. El tipo al otro lado de la puerta hizo sonar un llavero. ¡Gulp! Por fortuna se siguió y entró al departamento contiguo. ¡Ufff! Acercamiento a la frente de Álvaro, que dejaba deslizar una gota de sudor. “¡Dame un cigarro!”, me apuró Álvaro, “todavía de que me alarmas, cabrón”. Roger se burló entre risas: “Pinche Robert, hubieras visto tu cara”. Ja ja, que chistosito. “Sí, imbécil, la vieja nos invitó a su casa, pero no a que se la tiraran. Lo mejor será que nos larguemos”, advertí en mi calidad de menos ebrio. “Tran-qui-lo, re-lá-ja-te, además ella quería pelea”, así en pausas habló Rogelio. Yo sólo quería largarme de ese sitio en el que no me sentía cómodo. Álvaro era de la misma idea y comentó que “creo que Robert tiene razón, para qué le jugamos al vivo”. Rogelio detalló que si estábamos allí era porque Dafne y su amigo, que ya se había largado, nos habían invitado. Lo cierto es que nosotros nos invitamos solos, luego de seguirlos en un taxi a sabiendas de que la chava estaba muy ebria para decidir algo coherente. Sólo porque Álvaro los conocía no hicieron panchos y nos convidaron los tragos en el depa de Dafne. Ok, ok, Roger se dio por vencido. Apuró su trago y se levantó a la sugerencia de “ya estuvo, aquí se rompió una jerga y cada quien se va a la…” mmm. Bueno, el caso es que nos marchamos.


-O-


Apenas íbamos a salir del edificio cuando le recordé a Rogelio que habíamos dejado la puerta emparejada, porque no tenía cerradura, sólo pasador. “¿Y qué, a poco crees que la vieja es sonámbula. Ya relájate, no seas mamón?”, se mofó. Mi mente trabajaba a marchas forzadas: “No, pendejo, pero hay que regresar a cerrar, porque si se meten a robar o le pasa algo a esa chava nosotros seremos responsables”. Roger dio un ligero codazo a Álvaro, “¿cómo lo ves?”. Alvarito sólo levantó los hombros. “Ya no veas tantas películas policiacas, me cai que te vuelven paranoico”, Rogelio me miró como lo haría frente a un imbécil. Pero insistí que “no tentemos a la suerte, mejor vamos a cerrar con llave”, recordé el llavero sobre la mesa. Regresamos al departamento y Rogelio me retó.
—¿A ver, genio, cerramos y luego qué hacemos?
—Es muy simple, sacamos la llave del llavero, cerramos y la metemos por debajo de la puerta –expliqué.
—¡Buena idea! –Álvaro me puso el dedo en la sien y simuló un tsssss de se-te-quema-el-cerebro.
Sugerí que antes de irnos borráramos nuestras huellas, por si acaso. Por alguna razón me sentía incómodo allí, como si acabara de cometer un crimen. Fui por un trapo a la cocina. Y comencé a limpiar los vasos, luego la mesa y también el picaporte de la puerta.
—Estás cabrón Roberto –Rogelio se sentó en el sillón y se reía—. Yo no sé de dónde sacas tantas mamadas.
—Mira, wey, yo no sé tú, pero no me gustaría que esta vieja amaneciera muerta por cualquier circunstancia.
Roger me interrumpió: “Ya acabaste, porque está comenzando a darme sueño”.


-O-


Fui a la recámara y acomodé la cabeza de Dafne en una almohada, aunque yo sabía que era improbable que se ahogara con su vómito. Regresé a la sala-comedor. Limpié los ceniceros. Recordé que yo había estado jugando con una naranja y la tomé con el trapo. “¿Qué haces, wey?”, inquirió Roger. “Es que la naranja tiene mis huellas”, se la mostré. Se carcajeó y volteó hacia Álvaro: “¡Qué pedo con tu amigo! Dale un zape, tú que estás más cerca”. Me molesté. “El día de mañana me lo vas a agradecer”, me refería al hecho de regresar para cerrar con llave, “porque tú no sabes qué clase de gente vive aquí, ¿qué tal si alguien se mete y viola a la chava?”. Rogelio se fastidió y comentó que “si tanto te preocupa yo me quedo a cuidarla”. Que sacrificado. “Además, el día de mañana lo único que va a pasar es que me voy a acordar de tus jaladas ”, su sentido del humor estaba fuera de lugar. Nos largamos y abordamos un taxi. En el trayecto guardamos silencio. Cuando me bajé, Rogelio todavía se burlo: “No mames, de lo que eres capaz con tal de no cogerte a una vieja. Se me hace que eres puñal”. Le pinté cremas mientras él se reía. Siempre que recuerdo la anécdota me da por pensar que mis amigos tienen razón: cuando me lo propongo soy bastante idiota. Y Rogelio no se cansa de echármelo en cara a pesar de que han pasado algunos años. Siempre que frecuentamos gente nueva sale con esa jalada de “¿no les he contado cuando este wey borró sus huellas digitales de una naranja?”. Sabe que la historia me incomoda, pero la neta es que la cuenta de una manera muy divertida. Nunca volvimos a ver a Dafne. Alguien nos dijo que ella y su amigo Polo murieron de sida. Roger nunca se hizo la prueba del VIH. Y Álvaro jura que ya comprobó que no es seropositivo. De vez en cuando vuelve a mi mente la imagen de Dafne, bailando desnuda “Pretty Woman”, y recuerdo que éramos soñadores y estúpidos. La juventud se me ha escapado y los sueños extraviaron su visa en una frontera.

Roberto G. Castañeda
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jueves, 15 de abril de 2010

Manual para canallas / La mujer que baila desnuda en tus delirios

La mujer que baila desnuda en tus delirios





Como en una mala película, Roger le dijo al chofer “siga a ese taxi” al tiempo que señalaba el Tsuru que acababa de arrancar. El tipo obedeció sin chistar. En un semáforo casi se nos pela, lo perdí de vista por unos instantes. Álvaro sugirió vuelta a la derecha, “por allí se fue”

Yo dudé y se lo hice saber, “¿estás seguro?, a mí me pareció que se siguió derecho”, pero sólo me guiaba por unos faros similares. “Sí, no lo he perdido de vista”, la seguridad de mi amigo era evidente. Nuestro taxi aceleró y pronto alcanzamos al que nos llevaba ventaja. Minutos más tarde, el Tsuru intentó entrar a un hotel. Nos estacionamos fuera. “Chin, ya valió madres”, la decepción era de Roger. “Se los dije, era una locura”, traté de hacerlos entrar en razón. Y no, no seguíamos a la novia infiel de alguno de nosotros. Unos minutos después nuestro objetivo se echó en reversa y retomó el camino. “¡Allí va, allí van!”, exclamó Roger, “hay que seguirlos”. Nuestro taxista los siguió a una prudente distancia. Hasta que llegamos a una calle mal iluminada. Del auto se bajaron una chica rubia y su acompañante. Álvaro fue hacia ellos y algo les dijo antes de que abrieran la puerta. Volteó hacia nosotros y nos hizo señas de que fuéramos. Tuve que pagar la tarifa porque Roger pretextó que no traía cambio. Pinches amigos que tengo, siempre me la aplican, pensé. “Polo nos invita unos tragos”, Álvaro nos invitó a pasar. La chica nos sonrió con esa sonrisa borracha de las mujeres que no saben beber. Era un edificio de departamentos de medio pelo, nada lujoso. Pero no estábamos en condiciones de ponernos exigentes.


-O-


Mis amigos y yo fuimos a un coctel de esos que nunca faltan. Los tres trabajamos en periódicos distintos, así que los tragos eran gratis. Y acabamos medio ebrios, tratando de que la rutina se diluyera en cubitos de hielo. En la pista una chava bastante guapa y en minifalda bailaba como si los Dioses de la lujuria la hubieran desterrado. Poco después de las dos de la madrugada, ella ya había bailado con Roger y algunos tipos más. Unos camarógrafos de Televisa ya le habían echado el ojo; de hecho, uno de ellos se puso impertinente y quiso besarla, pero ella se enfadó. El tipo que la acompañaba intentó mediar, pero el otro wey lo hizo a un lado “no estés chingando, pinche jotito” y la tomó del brazo. Como estaban justo a un lado de nosotros, Álvaro se puso de pie y dejó dos cosas en claro: “Mira, mi cuate, ella no quiere estar contigo y, en segunda, viene con nosotros, así que mejor la sueltas”. Aquel sujeto intentó hacerse el duro “me vale madres, además quién eres tú para decirme lo que tengo que hacer”. Me paré como resorte y Roger me siguió. “Aquí lo único que va a valer madres es tu pinche jeta, porque desde ayer traigo ganas de ponerle en su madre a alguien, ¿cómo ves, pendejo?”, me enfadó las bolas. Sus amigos llegaron de volada. Uno de ellos ubicaba a Roger: “¿Qué pasó mi cuate? Tranquilos, estamos chupando tranquilos”, entonces se llevaron al impertinente no sin antes ofrecer una disculpa. La chica y su amigo agradecieron el paro y se sentaron con nosotros. Nos invitaron una ronda de tragos, porque resulta que Leopoldo, “pero mis amigos me dicen Polo, así que díganme Polo”, llevaba las relaciones públicas del antro. Media hora después la chica, que se llamaba Dafne, o al menos eso dijo, ya estaba bastante borracha, así que Polo pidió a los meseros que la subieran a un taxi. Roger sugirió que nos fuéramos con ellos. Salimos, pero Polo dijo que no, que muchas gracias, que él la llevaba a su casa. En cuanto arrancó el taxi, nosotros abordamos otro a la señal de Roger.


-O-


Poco después llegamos al depa de Dafne. Lo supe porque en una repisa había fotos de ella, sola o acompañada. Polo llevó a la chava a la recámara. “Aguanten, no me tardo”. Regresó, sacó unas cervezas del refri , buscó vasos y puso una botella semivacía de ron en la mesa. Rogelio, que siempre ha sido muy confianzudo, encendió el estéreo. Platicábamos sobre cosas de la chamba, cuando sonó “Pretty Woman” casi de inmediato Dafne salió de su cuarto, envuelta en una toalla y bailando emocionada. “Pinche loca”, exclamó Polo y corrió cuando ella abrió la toalla. Esa mujer bailaría en los delirios de cualquiera. Polo regresó, se río de la tonta de su amiga. Pretendíamos seguir bebiendo, pero la chica volvió a aparecer. “Me voy a dar un baño, alguno de ustedes quiere acompañarme”, nadie iba a levantar la mano, pero Roger ya se disponía a hacerlo. Entonces Polo se hartó, “ay, Dafne, ya deja de ser tan zorra”, y la llevó al baño. Luego volvió hacia nosotros. “Bueno, chicos, yo los dejo. Ya me di cuenta que no me va a tocar nada”. Se carcajeó y le seguimos la corriente. “Ahí se las encargo, no sean gachos, de todas maneras se la van a tirar”, se acabó su cerveza y se marchó. En cuanto la chava salió del baño, Roger la siguió a la recámara. Álvaro y yo seguimos bebiendo. Más tarde, Rogelio regresó con cara de satisfacción. “Vas compadre”, le dijo a Álvaro. Y le hizo caso. “Wey, nos vamos a meter en un pedo”, recriminé a Roger. “Mi Robert, no seas pinche fresa”, levantó su cerveza para decir salud. “No mames, pinche vieja está bien buena”, señaló lo que era evidente. Y bien pinche loca, añadí mentalmente. “Ahorita que salga Álvarito sigues tú”, parecía el jefe de una jodida pandilla. Asentí con la cabeza, pero yo pensaba que no sería capaz, pero que si me abría iban a decir que era muy puto. Cuando regresó Álvaro sugerí que mejor nos fuéramos, que ya era tarde. “No seas puto”, obvio que lo esperaba de Roger, “vas, no te hagas wey”. Mmmta, madre. Me metí a la recámara, me senté junto a la chava desnuda. Ella se giró para mirarme. Me hizo señas de que me acercara, ya saben esa actitud de ven-a-mis-brazos-papito. No, pues cómo me iba a acostar con una vieja que acababa de tener sexo con dos weyes. A mí la pinche calentura no me empuja a tanto. Soy un canalla, pero no un atascado. Qué hago, qué hago. Escuché que un auto se estacionaba afuera. Salí con mis cuates. “No mamen, ya llegó el wey de esta vieja”, la neta sí me alarmé. Y señalé la foto en que la chava estaba con un tipo con facha de judicial corrupto. “¡No mames!”, Álvaro corrió a asomarse a la ventana. Al parecer estábamos en un aprieto. Escuchamos cómo se abría la puerta del edificio y unos ruidosos pasos que subían las escaleras. Ya valió madres, fui catastrófico. Hubo un silencio incómodo entre los tres. Y lo demás mejor se los cuento la otra semana, porque es una historia más extensa, igual que la incertidumbre que se agazapaba detrás de la puerta.

Roberto G. Castañeda
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jueves, 8 de abril de 2010

Me declaro en bancarrota / Manual para canallas


Me declaro en bancarrota







Estoy harto de los tipos que he sido. Me declaro en bancarrota. He despilfarrado el sentido común, he malgastado la cordura. Mi bipolaridad ha embargado mi sofá y ronca todo el tiempo. Cada vez me parezco menos al tipo que quiero ser y me convierto en lo peor de mí mismo

Hace poco una chica me dijo con desenfado “te pareces al Dr. House”. La miré igual que haría un detective en una novela de James Ellroy. “Bueno, pero, umm, no físicamente”, se le atoraron las palabras, “quiero decir, mmm, que tu forma de ser es muy parecida”. Supongo que se refería a esa jalada de “brutalmente honesto”, así que traté de ser condescendiente. Sonreí por amabilidad. “No sé si sea un cumplido o una mera observación, pero odio las comparaciones”, le expliqué mientras la miraba a los ojos y ella se sonrojó. “Lo que te puedo decir es que yo ya era así mucho antes de que a alguien se le ocurriera crear a un personaje como el Dr. House”, traté de que entendiera. Claro, soy arrogante, sarcástico, idiota, todo menos un tipo simpático, ni un patán con encanto. Y lo peor es que no tengo ojos azules. “Bueno, es que, mm, cuando lo veo me acuerdo de la forma en que eres, bueno la forma en que escribes”, logró hilar una frase de más de 20 palabras, lo cual me sorprendió bastante. Yo estaba allí, en ese salón universitario, tratando de convencer a los alumnos de que se dedicaran a la cría de cerdos o cualquier otra cosa que no fuera el periodismo. Yo hubiera preferido dormir hasta las 10 de la mañana, pero se me hizo muy gacho decirle a mi amigo Arturo que “no” a la séptima vez que me invitó a “compartir” mi experiencia con sus alumnos. Shales, eso de “compartir tu experiencia” suena muy mamón, como del Club de los Optimistas, le aclaré. Además, siempre invitaba los tragos cuando nos veíamos y no es de gente decente gorrearle a los amigos sin corresponder aunque sea con la lealtad. Por tanto, tuve que ir hasta CU, a las siete de la mañana, sólo para decir una serie de barbaridades que a nadie le cambiarán la vida. Y encima debí soportar comparaciones sin sentido. Bueno, podría tener que levantarme a las seis de la mañana para trabajar como alarife o auxiliar de intendencia, así que mejor ni me quejo. Eso lo heredé de mi madre, que trabajó años como afanadora y lo único que le dieron fue una pensión miserable.


-O-


Desde chavo, como todo mundo, he sido objeto de comparaciones. “Te pareces a tu abuelo”, me decía una de mis tías. “Eres igualito que tu padre”, me lo recuerdan con más frecuencia de lo que quisiera, lo cual me ofende bastante. Ya en la prepa, un amigo rockero que estaba obsesionado con su mundo me bautizó como Bowie, porque “te pareces un chingo a David Bowie”, acentuó desde su disfraz de Robert Smith. En la universidad me dejé crecer el cabello y se burlaban de mí con el argumento de que vivía en el quinto patio de la Maldita Vecindad. Así pasa siempre. Nunca falta alguien que te diga que tú no eres tú, sino alguien parecido a otra persona. Entonces no es extraño que tardemos en encontrar nuestra identidad, que con regularidad nos sintamos confundidos. Por eso todo mundo tarda en encontrar su lugar. Muy pocos tienen voz propia, se escudan en las multitudes y votan sin conciencia. Y el tiempo pasa y se quejan de todo lo que no entienden, pero poco hacen para mejorar su entorno. En Haití los pobres comen galletas de lodo, en Chiapas la pobreza cohabita con los piojos, en Ciudad Juárez se extinguen ante la indiferencia de las autoridades. Y todos somos expertos en buscar culpables, pero postergamos las soluciones. ¿Y tú, qué has hecho últimamente para ser una mejor persona? Creo que no es un mal comienzo.


-O-


Durante la charla con estudiantes, un tipo que se creía el tipo-duro-de-la-clase hizo una comparación odiosa y por demás estúpida: “Escribes como Charles Bukowski”. Le pregunté qué libros había leído de él y me respondió que sólo uno que se llama La máquina de follar. Muy poco para hablar como un experto. “Cuando leas a John Fante, Bret Easton Ellis, Juan Madrid, Roald Dahl, Roque Dalton y Benjamín Prado, entre otros, puedes comenzar a etiquetarme”, repliqué con naturalidad. “Y no estoy presumiendo, no se trata de eso, sólo estoy tratando de decirles que mis influencias son muy variadas”. El chavito me preguntó que si había leído a Sartre. “Lo suficiente para entender que mi locura es irreversible, que la cordura no es una de mis virtudes”, aclaré. Al fondo del salón de clases, el mismo sujeto movió la cabeza en señal de desaprobación. No sé si les parecí bastante mamón o un pobre diablo, pero me aseguré de decirles que el periodismo está lleno de charlatanes, de gente que es mucho menos de lo que se cree, de mujeres vacías, de hombres patéticos. Así que “harían bien en empezar a leer y, sobre todo, a escribir con decencia, porque sobran farsantes y faltan voces audaces”. Yo sabía que eso era inútil, porque la mayoría quiere ser entrevistadores de televisión o enviados especiales en las alfombras rojas. Y la neta es que contra eso no se ha encontrado remedio... todavía. Lo cual me recuerda el Aullido de Allen Ginsberg, que adaptado a estos tiempos dictaría: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por Google”.

Roberto G. Castañeda
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miércoles, 7 de abril de 2010

Atajos que conducen al abismo / Manual para canallas


Atajos que conducen al abismo






I

El tenue olor a mariguana era inconfundible. Lo primero que me vino a la cabeza fue la imagen del chofer dándose un joint. Por un momento pensé en decirle al taxista que parara el vocho, que me dejara bajar, pero nunca me decidí realmente

En la siguiente esquina dobló a la derecha, llegó a un tope y casi se detuvo, apenas le iba a decir que se había salido de la ruta cuando vi que una silueta se acercaba a la puerta. Mi instinto me obligó a extender el brazo para bajar el seguro, pero no había. Alguien abrió la puerta y lo primero que vi fue el frío reflejo de una pistola. “Arrímate pa’llá hijo de la chingada”, dijo un wey con tenis nuevecitos y me apuntó con el arma. De inmediato se subió otro sujeto. “Y tú sigue manejando a una velocidad normal y no quieras pasarte de listo”, señaló el chofer, aunque yo sabía que sólo estaba cubriendo las apariencias porque seguramente eran cómplices. “Agacha un poco la cabeza y cierra los ojos. No te pongas pendejo porque soy muy nervioso y te puede cargar la chingada”, me amenazó el culero del arma. Durante los siguientes diez minutos el otro ratero me pasó báscula, registró mi cartera, me preguntó si traía tarjeta de crédito. Dije que no. Se encabronó porque sólo traía como 200 pesos. Mal negocio para tanto riesgo. “¿En dónde vives?, ¿a qué te dedicas?, ¿de dónde vienes?”, parecía que el imbécil estuviera haciendo una encuesta. Medio abrí los ojos. “Te dije que no te pasaras de listo, cabrón” y el de la pistola me dio un codazo en el costado. Yo iba algo tenso, así que no me agarró de sorpresa. “Fíjate que me caes gordo, pinche chamaco —sacó a relucir su complejo de inferioridad—, muy trajeadito y perfumado pero no traes más que 200 varos. Se me hace que te voy a meter un pinche plomazo, aunque sea en una pata. ¿Cómo ves puto?”. No me sentí nervioso, pero sí bastante estresado. Siempre he tenido sangre fría en los momentos difíciles. La otra rata hizo el papel de “bueno” y opinó “cálmate, no vale la pena gastar una bala y además el chavo está cooperando”. Mmmta madre, cómo si tuviera otra jodida opción. Después le indicó al chofer que diera la vuelta a la derecha. “Te vas a bajar cuando se pare el coche y te vas a despedir como si me conocieras, luego caminas hacia atrás sin voltear, porque si te volteas te meto un plomazo”, amenazó el ratón. Antes de darme el “avión” hizo que me quitara el saco y la corbata. Por fin bajé, me di la vuelta y apenas oí que el auto se ponía en marcha, giré sobre mis pasos y les menté la madre. Ni me fijé en las placas, porque sabía que estaban sobrepuestas. Me fui caminando hasta la avenida. Vi el nombre de la calle. Entré a una cantina, pedí un ron con coca y luego llamé a mi hermano por teléfono para que fuera por mí. Me senté a esperarlo y entonces fue que empecé a temblar. La rabia es un derechazo en el estómago. El dolor de saberme impotente me hizo sentir miedo. El miedo es un pájaro herido. El diablo se lima las pezuñas mientras tú escapas de sus sicarios. Malditos ratones, ojalá se pudran en una cloaca.


-O-

II

Mi primo perdió su casa. Bueno, en realidad nunca fue de él. Eso fue lo que le hicieron creer durante mucho tiempo, mientras pagaba puntualmente las mensualidades. Cansado de vivir con los suegros, se animó a pedir un crédito hipotecario. Me acuerdo que hicieron un pachangón para estrenarla. Ya saben cómo nos las gastamos los mexicanos cuando queremos presumir algo, que los bautizos, que los XV años de la niña, que la peda por el coche nuevo. Sí, yo sé que se siente chingón estrenar casita, pero a mí eso de celebrar que te endeudas por 20 años me parece igual de emocionante que rentarle tu alma a Satanás. Ni siquiera se lo advertí, porque mi primo siempre fue algo estúpido. Debes serlo para dejar la universidad un año antes de terminar la carrera nomás porque embarazaste a la novia. Yo quiero mucho a mi gente, pero no puedo ocultar que algunos son medio imbéciles. Todo parecía ir bien hasta que Rodrigo perdió su trabajo. Más bien hubo recorte y lo mandaron a la goma. De pronto el mundo se le vino encima. Se acabó su liquidación, no encontró otro empleo, saturó sus tarjetas de crédito. Y acabó en juicio con un par de bancos. Como dejó de pagar la casa, se la embargaron y ya hasta fue rematada, valiendo gorro que él llevara algunos años siendo cliente puntual. De pronto estaba en la calle. Ni cómo reclamar algo que nunca fue suyo. Tuvo que regresarse con los suegros. Ahora maneja un taxi y no encuentra el rumbo. La última vez que lo vi estaba acabado, lleno de amargura, igual que un viejo timado en un casino. Me dio pena verlo tan desaliñado, así que le dije que si tenía un poco de tiempo libre, que podríamos comer juntos y platicar un poco. Entendí su incomodidad, no deseaba hablar, así que me dejó frente a mi oficina y no quiso cobrarme lo que marcaba el taxímetro. “No, cómo crees que te voy a cobrar. Somos familia, ¿no?”. Me dejó con el billete de 50 extendido. “Me saludas a tu esposa y le das un beso a tu hija de mi parte, por favor”, le pedí. Dije adiós con la mano. Rodrigo me llamó. “Robert, Robert, oye, ¿podrías hacerme un favor?”. Regresé y asentí con la cabeza. “¿Préstame una lana, no?”, se bajó del auto, “es que tengo que pagar…”. No lo dejé terminar. “¿Cuánto necesitas?”, inquirí. “Unos 500 varos”, pudo haber dicho otra cifra y sabía que no se la daría. “Híjole, Rodrigo, sólo traigo un billete de 200” y lo saqué de la cartera. Lo aceptó sin chistar “gracias, primo, en cuanto pueda te lo pago”. Eso no iba a suceder. Fue el taxi más caro de mi vida. Y Rodrigo seguirá una ruta que invariablemente lo llevará por callejones cada vez más oscuros, astrosos, mientras en otro lado un gerente de banco se ajusta el nudo de la corbata y explica a un cliente que “según el contrato que usted firmó con nosotros, no tiene otra opción”. Y los cuervos revolotean alrededor tratando de sacarte los ojos, mientras las ratas te muerden los pies que se han cansado de andar.

Roberto G. Castañeda
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