domingo, 16 de mayo de 2010

No podrás borrar las huellas dactilares / Manual para canallas

No podrás borrar las huellas dactilares






En la radio suena una canción de Los Beatles mientras el perro me mira fumar. El calor es una bofetada ardiente y el tiempo avanza igual de lento que un trámite burocrático

A lo lejos se escucha el sonidero nacional salido del barrio, vallenato freestyle de Celso Piña, que presagia pachanga. ¡Qué ganas de estar allí! y no aquí, condenado a una danza de silencios. Una sirena policiaca pasa en busca de algún ratero que seguramente se ha dado a la fuga. Yo no estoy tan lejos de donde estuve ayer, ni hace un año. Alguien toca la guitarra en la esquina, me asomo y veo rostros conocidos. No sería mala idea ir a platicar un rato. Me pongo mis viejos Converse y salgo. Fernando canta “Una triste canción de amor” y los demás lo siguen tímidamente. En alguna época, Fer fue el mejor futbolista del barrio, tuvo chance de jugar en el Atlante, pero le ganó su alcoholismo y lo demás se quedó en frustraciones. Ahora es chofer de microbús y apenas le alcanza para vivir al día. A los 19 años embarazó a Lilia, una de mis vecinas, y desde entonces ambos se sienten como si compartieran una ratonera. Él no tiene valor para huir, aunque le encantaría, y ella siente pavor de quedarse sola. Su madre se lo inculcó: “No mi’ja, será borracho y lo que quieras, pero es el padre de tus hijos, así que no lo hartes”.

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Jorge Luis es mecánico y siempre habla de poner su propio taller “para mandar a la goma a don Servando”. Tiene tres hijas y “sigue buscando el niño”. Cuando se emborracha siempre nos cuenta que en su patio hay ollas de oro enterradas, que lo sabe porque a veces se le aparece un muerto que le indica que lo siga. Nunca lo hace porque, cuenta, “la neta sí le saco”, pero algún día se armará de valor y se convertirá en millonario. Antes nos reíamos, pero de pronto el asunto perdió chiste y ahora sólo me da tristeza que crea esas tonterías. Luego está Fabián, quien tiene un local en el mercado. Su padre fue carnicero, así que ahora él vende pescado. Es un buen tipo, aunque un poco reservado. Estudió hasta tercero de secundaria pero mastica bien el inglés porque trabajó como lavacoches en Chicago. Vive solo y a menudo me cuenta que se siente desesperado. Maribel lo dejó porque “siempre olía a pescado”, dice él. Yo sé que ella no le perdonó su falta de ambición. Sí, es verdad que Fabián trae impregnado el aroma del abandono, y al principio puede ser incómodo pero a los pocos minutos ya ni te importa. Bueno, eso digo yo porque no convivo con él todo el día. Por cierto, Maribel es la hija del ferretero. Es hermosa, una princesa de barrio que siempre tuvo un cuerpo plagado de delirios. Desde adolescente me enamoré de ella y cuando entré a la universidad se hizo mi novia, pero sólo duramos un par de meses. Maribel y sus ojos almendrados se posaron en Fabián cuando volvió de Estados Unidos, cargado de dólares y manejando un auto seminuevo que impresionaba. Fue una quimera. El dinero se acabó en parrandas y en un viaje compartido a Puerto Vallarta. Nunca fueron felices y yo incluso me alegré un poco… ya saben, ese placer malsano. A Maribel no la amé, pero en algún momento llegué a pensar que era la mujer de mi vida. Idiota que es uno a esa edad. Pienso en ella mientras estoy aquí, bebiendo una caguama compartida, platicando con su aún-marido-abandonado que siempre termina borracho y jurando que la adora tanto que sin ella “no vale la pena esta pinche vida”. No es para tanto, dicto mentalmente, al tiempo que recuerdo mis manos en la cintura de Maribel, mis dedos entre sus piernas, esa fiebre que me causaba sólo pensar en ella. En fin. Ahora estamos cantando una balada demasiado cursi. Me dan ganas de agarrar la guitarra y tocar “Escalera al cielo”, pero lo evito. Jorge Luis me pasa el brazo sobre el hombro: “Salud cabrón, nomás porque eres chido, eres barrio, aunque seas licenciado”. A mí me da lo mismo ser licenciado que cantinero. Sonrío forzadamente y bebo otro trago. Desde que era chaval mi madre me decía que ellos no eran la mejor compañía, que me iban a echar a perder, que tenía que salir de ese barrio hoy poblado de chavitos en motoneta y adolescentes embarazadas. Pero no, nunca me influenciaron gran cosa ni son importantes en mi existencia, aunque al menos son más netos que algunos de mis amigos. Lo más relevante es que por años, estos tipos me ayudaron a aprender que en esta vida hay que tener alma de boxeador, que una vez que tienes al rival enfrente, es mejor que él bese la lona, que no puedes andar por estas calles con disfraz de aprendiz.


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En algo se equivocó mi jefa: en eso de que algún día me iría de esa colonia, “porque tú sí estudias y tienes futuro”. Aquí sigo y no voy a decir que me encanta, pero sucede que puedes tratar de escapar de tu pasado pero no podrás borrar las huellas dactilares. Lo escribo mientras unos chavitos juegan frontón en esa pared de enfrente y los observo desde esta ventana en la que mi madre, que se ha mudado a provincia, se asomaba para gritar: “¡Beto, ya métete a hacer la tarea!”. Siempre fui buen estudiante, aunque sabemos que la mayoría de las cosas útiles no se aprenden en la escuela. Y ya para qué escribo mi biografía si el Cuarteto de Nos me ha retratado: “Puedo decir que soy de pocos amigos,/pero de mis enemigos no sé cuántos cosecho./ Tengo el ojo derecho un poco desviado,/ dicen que soy bueno aunque no sea bautizado./ Nací a las tres de la mañana, me llevo bien con mis hermanos,/ no creo en OVNIS ni en zombis/ y uso prendas talla mediana,/ juego con fuego aunque el fuego me queme./ Pero no soy tan complicado como para huir/ y quedarme aquí en silencio./ Pero no soy tan simple como para no advertir/ que no hay tres minutos, ni hay cien palabras que me puedan definir…/La filantropía no está entre mis aficiones,/ tengo varias adicciones y me hago cargo./ No acepto, sin embargo, si intentan adoctrinarme./ Yo quiero elegir con qué veneno envenenarme”.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

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Tormentas eléctricas en tu habitación / Manual para canallas


Tormentas eléctricas en tu habitación






Janidé tiene un nombre raro y una sonrisa que atrapa. Janidé se pronuncia Yanidé, debe aclarar siempre. ¿De dónde sacaron sus padres semejante nombre? Eso es una incógnita que al menos a mí me tiene sin cuidado

A mí lo que me interesaba era llevármela a la cama y que estuviera a mi lado mucho tiempo, aunque no soy precisamente un campeón del optimismo. A ella la conocí de la manera más común: estiró la mano para tomar un libro de García Márquez, mientras yo casi lo agarraba. Ambos dudamos y, como el pinche caballero que suelo ser ante las mujeres contundentes, dije algo como “ooh, perdón” e hice un además de “tómalo”. Ella se resistió, como si un desconocido le estuviera invitando una copa, “no, cómo crees, tú lo viste primero”. ¡Mi viiidaaa! Nomás faltó que propusiera un pin-pon-papas para ver quién se quedaba con el libro. Así que lo tomé del montón, pagué por él y luego se lo regalé a la chica. Volvió a hacerse la difícil o a fingir que las-niñas-no-aceptan-dulces-de-los-extraños. Hasta que confirmó que yo no aceptaría una negativa. “Gracias, eres muy lindo”, recitó como reina de un mundo habitado por las frases más gastadas. “No me agradezcas, mejor dime tu nombre”, sugerí. “Janidé, me llamo Janidé”, hizo una pausa, “se escribe con jota pero se pronuncia con y griega, por eso es Yanidé”. A mí no me sorprendió que una chica con esas caderas se llamara de manera algo exótica. En honor a la verdad, su nombre sonaba a teibolera. “Mucho gusto, Yanidé, me llamo Roberto y la primera erre se pronuncia con más fuerza que la segunda”, mi humor siempre ha sido rebuscado, pero ella se rió quizá por inercia. Entonces comentamos un par de trivialidades sobre García Márquez y me despedí. Se sorprendió de que no le pidiera su número telefónico, porque musitó algo como “oye, pero…” y yo sólo giré un poco para decirle adiós. El misterio es un afrodisiaco infalible. Lo que ella no sabía era que metí mi tarjeta en medio del libro que le regalé. La descubrió casi de inmediato, aunque me llamó una semana después, “para no parecer muy ansiosa”, según me confesó después.

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“Ustedes se casarán y se irán a vivir al extranjero, a un país con mucho sol y arena”, la escena sonaba como de película. La supuesta adivina notó mi indiferencia y se concentró en el entusiasmo de Janidé: “Tu hombre aceptará un trabajo que los hará viajar mucho y tú tendrás una hija que se parecerá a ti”. Mi chica me miró como si aquello fuera la promesa de ganarse el Melate. Ya antes le había contado mis ganas de irme a vivir a España o Francia, pero ella decía que estaría genial vivir en Egipto, nada más porque le encantaba la cultura y las postales desérticas. Con lo que no contábamos los dos era con mi insuperable capacidad para bombardear mis sueños. Cuando mejor me siento es cuando más dudas encuentro a la vera del camino. Decía mi psicóloga que me aterraba la posibilidad de ser feliz. Siempre he sido inestable, aunque no coincido con su diagnóstico final: “Eres alexitímico”. Vale madres, cada vez encuentran nombres más rebuscados para la bipolaridad. A grandes rasgos me explicó que la alexitima es un trastorno asociado a las personas que han sufrido carencias afectivas en la infancia. Traducido: soy un analfabeto emocional. De allí, desmenuzó la doctora, “tu incapacidad de expresar emociones y valorar las de los demás. Por eso es que tienes dificultad para establecer vínculos amorosos”. Y para acabarla de joder, “los alexitímicos canalizan sus emociones reprimidas hacia las adicciones, como el alcohol, el trabajo, el sexo”. Demasiada teoría para decir que soy un tipo duro, poco romántico y con tendencia a la depresión. Lo de los vicios no necesita justificación. Bebo y fumo porque me encanta, como me encantan las mujeres del estilo de Janidé, aunque al paso del tiempo comprenda que ninguna chica me hará un mejor hombre ni me reeducará sentimentalmente. Lo más romántico era cuando yo le leía alguna frase encontrada en un libro, del tipo “aquella mujer tenía la sensualidad de un pato de goma”.

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Con Janidé me sentía como si tuviera membresía en una playa escondida: nos encantaba estar desnudos. Y el sol de la lujuria bronceaba nuestras caricias. Siempre que se miraba al espejo decía “creo que me vería mejor con senos más grandes”. Nunca he sido un hombre de senos, me dejo guiar más por las miradas. ¡Claro que no! A mí me matan las mujeres de piernas hermosas. Y si ellas son altas, mucho mejor. Todo iba más o menos entre nosotros, hasta que ella se obsesionó con operarse los senos. “Quiero bubis nuevas”, estaba decidida. Yo odiaba que las llamara “bubis”, igual que detesto cuando alguien dice “mis nenas”. No quiero imaginar que un hombre le llame a su pene “mi chamaco” o “mi valedor”. En fin, que Janidé me rogó mucho tiempo para que le ayudara con la operación. “No manches, esas cosas son para las aspirantes a actricitas secundarias”, aunque en honor a la verdad tenía senos pequeños. Y encima de todo, argumenté, “es tan caro que si me compro un auto todavía me alcanza para enchularle la máquina”. No sé cómo carajos me dejé convencer. Medio año después ella tenía busto nuevo y estrenaba pretendientes. Un año más tarde entró a trabajar como edecán de una marca cervecera. Cada vez teníamos menos tiempo para nosotros, así que mi alexitimia se encargó del resto. Nos separamos a sugerencia suya. De vez en vez extraño su desnudez cálida paseando por mi sala. Y Los Caligaris han hecho un himno de mi olvido: “Desde el triste día en que me dejaste, ya no te vi más./ No tengo noticias tuyas y me pregunto en qué andarás./ Parece que te tragó la tierra, no te encuentro ni de casualidad./ A veces pienso que te has muerto, que te has ido a otra ciudad.../ Y me conformo con saber que seguís siendo esa mujer,/ que aunque ya no pienses en mí, todas las noches sonreís./ Y me consuelo al entender que, aunque te sufro en soledad, fui un escalón importante en tu felicidad”. Y las tormentas eléctricas en mi habitación me hacen sentir como un cadáver que decora el desierto. Sólo algunas noches. Quizá debería regresar a terapia.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas
El Gráfico
 
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