jueves, 29 de julio de 2010

Joaquín Sabina suele tener razón / Manual para canallas


Joaquín Sabina suele tener razón






Salí al balcón con ganas de aire fresco. Por un acto reflejo busqué la cajetilla de cigarrillos en la bolsa de mi chamarra. De reojo vi a la chica en el extremo derecho. Saqué un Marlboro y lo encendí. Me recargué en el barandal y entonces noté que la chava sollozaba. “¿Todo bien?”, pregunté estúpidamente

Ella ni siquiera volteó a mirarme, sólo hizo un movimiento de aprobación, también estúpidamente. Me acerqué un poco. “¿Necesitas algo?”, no sé por qué lo hice. Ella movió la cabeza en señal de negación. “Bue… bueno sí, regálame un cigarro”, se pasó el dorso de la mano por el rostro para borrar las lágrimas. “Perdón, soy una tonta”, trató de justificar. Le extendí la cajetilla, tomó el tabaco. Yo activé el encendedor cuando debí accionar la alarma y salir de allí. Ella posó su mano en la mía y acercó el fuego. Me sonrió en vez de darme las gracias. Era realmente bonita. En unos minutos me contó que acababa de pelear con su novio, quien se había marchado de la fiesta. Adentro sonaba algo de Texas, creo que era “Say What You Want”, lo que me recordó que la banda sonora de mi vida no tiene desperdicio. “No me has dicho tu nombre”, estaba sugiriendo que se lo diera. “Me da gusto conocerte, yo soy Joanna y te invito una cerveza”, me condujo a la cocina. Ella destapó una chela y yo le aclaré que prefería un ron. Seguimos charlando, teníamos un par de amigos en común pero no nos molestaron porque estaban demasiado ocupados en emborracharse. No tardamos en irnos a mi departamento a beber y escuchar música. Esa misma madrugada me dijo que iba a dejar a su novio, aunque no dejaba de checar su teléfono a cada rato.


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Joanna me siguió buscando, sobre todo cuando tenía broncas con su novio. Inclusive coincidimos los tres en alguna fiesta y me presentó con él como “un gran amigo”. Aquel tipo era un cretino, suelo reconocerlos incluso a un kilómetro de distancia. Ella parecía muy enamorada de él, pero en un descuido se acercó para decirme que me extrañaba. A mí ese doble juego ni me emocionaba ni me inquietaba. Esa noche me fui temprano a casa. Al otro día me llamó Joanna para preguntarme si había sentido celos. “Claro que no, ese tipo de cosas no están incluidas en mi chip”, aclaré. Ella se rió y expresó su típico “no te creo”. Con lo que me caga que me hablen en ese tono. “Oye, al rato paso a tu casa, para que veas cuánto te extraño”, sugirió. “No es una buena idea, porque voy a salir”, le respondí. “Lo ves, sí estás celoso y también estás molesto”, carajo, ciertas mujeres son un caso típico para el psiquiatra. Solté una carcajada. “Estás loca, de verdad que estás loca”, ella intentó decir algo pero continué, “también tengo una vida, que no gira en torno a ti”. No se ofendió, al contrario, se sintió retada: “Ahhh, sí, ¿y esa otra vida te hace el amor como yo?”. ¡Qué pex con esa vieja! “Por Dios, Joanna, tú y yo no hacemos el amor, bien lo sabes”, me reí en su oído. “Bueno, bueno, ya, si cambias de planes me avisas porque me encantaría amanecer contigo”, sólo era una manera de replegarse para después atacar por mi flanco más débil. Esa noche salí a beber con unos amigos y las dos de la mañana le llamé a Joanna, que andaba en algún antro, para que pasara por mí. Y una vez más nos dijimos mentiras piadosas mientras el colchón se amoldaba a nuestros incendios.

-O-



Joanna me preguntó que si la amaba. “A mí, como a Sabina, me gusta el whisky sin soda y el sexo sin boda”, no pretendía ser original. “Pero al menos me quieres un poco, ¿no?”, parecía urgida por saber algo innecesario. “También quiero al sábado porque es mi día que descanso”, dejé en claro. “No seas payaso, sólo contéstame”, se acomodó en mi pecho. “Te quiero como se quieren los días de quincena”.


—Odio que seas tan sarcástico –se alejó.
—Y yo odio que uses un perfume que no me late, que sólo leas el Vanidades, que no sepas bailar –aquello me fastidiaba.
—¿Y por qué andas conmigo? –buscó mi mirada.
—Por favor, tú y yo no andamos. Sólo es el deseo lo que nos une –yo no estaba inventando nada.
—No mames, Roberto, ¿entonces qué significa todo esto? –me miró como suelen hacerlo las chicas que leen a Corín Tellado.
—¿Sexo sin compromiso? O me vas a decir que te estás enamorando –no me gustan los rodeos.
—Es una pena que no sientas lo mismo que yo –parecía realmente decepcionada.


Hubo un silencio incómodo. Yo hubiera preferido que se extendiera, que ella no se empeñara en tantas preguntas inútiles que no conducen a ningún lado.


—¿Es mi culpa? –rompió el silencio un tanto contrariada.
—Por favor, no estamos resolviendo un chingado crucigrama. Es muy simple: nuestra amistad se echó a perder desde que nos acostamos por primera vez – sinteticé.
—Ahora resulta que fue un martirio, ¿no? Si bien que la pasaste –sonó enfadada y yo traté de evitar su mirada.
—Claro que no me refiero a eso. El sexo contigo es fabuloso, pero sólo es eso: puro deseo —nunca prometí quimeras.
—¿Y entonces por qué no podemos estar juntos? –Joanna se empeñaba bastante en tratar de escuchar mentiras piadosas.
—¿Porque tú tienes novio? ¿O porque tenemos pocas cosas en común? –yo siempre he preferido la verdad.
—Pero si tú quieres lo dejo, ya te lo he dicho antes –en efecto, ya me lo había sugerido en alguna ocasión.
—Tu problema es que no sabes estar sola. Lo dejarás el día que te lo propongas y sería ideal que fuera porque realmente así lo deseas, no porque ya encontraste refugio en otros brazos –yo no era precisamente el refugio al que hay que acercarse.


Otra vez esas lágrimas que ya conocía. Se levantó de la cama, se vistió, ni siquiera se despidió y sólo escuché la puerta al cerrarse. Volví a verla tiempo después en otra fiesta de amigos comunes. La noté muy a gusto con su novio. Ni siquiera se molestó en saludarme. Yo iba con una amiga. En algún momento, Joanna y yo coincidimos en la cocina. Me estaba preparando un trago cuando me dijo “está guapa tu novia”. Giré para aclarar que no era mi novia, pero ella insistió en que “espero que ella si te haga feliz”. Vale madres. “También me hacen feliz las canciones de Calamaro”, le guiñé un ojo y antes de salir le repetí una estrofa de Sabina: “hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad,/ hay mujeres atadas de manos y pies al olvido,/ hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad”. Aún recuerdo su cara, ese gesto que parecía decir por-qué-no-te-puedo-olvidar.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

domingo, 25 de julio de 2010

Mensajes de mis ángeles de la guarda / Manual para canallas


Mensajes de mis ángeles de la guarda





“Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo, grave”, dicta un poema de César Vallejo. Y palabras más certeras no podrían aplicarse a mi vida. Sin embargo, ese mismo Dios me mandó un ejército de ángeles de la guarda. Y esos enviados me han llenado el buzón de mensajes, que siempre trato de atender


No es raro, entonces que mi existencia ha sido bendecida con gente buena, con seres entrañables que me han hecho sentir menos miserable. Y todos los “yo” que soy, que he sido, pueden parecer imperfectos, harto volubles, pero si he dejado un legado de afecto me doy por bien servido.


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“‘Well I’ve Lost my Equilibrium, my Car Keys and my Pride’, canta Tom Waits. Decir que el canalla es un tipo duro y que tras la dureza encierra fragilidad, ternura y cierta debilidad es, a mi entender, aparte de lugar común, error de apreciación. El canalla es en efecto un tipo duro, sin embargo, ello no obsta para que muchos de sus actos, de sus gestos se conviertan en verdaderas declaraciones de principios con una fuerte carga amorosa, solidaria. En estos tiempos de consumo masivo de literatura de superación personal, tiempos en que no hay peor estigma ante los ojos de la gente que la derrota, el canalla navega a contracorriente. Todo lo que no es vendible, negociable, incluido el ser humano, es visto como derrota, y en este sentido, el canalla resiste y se manifiesta desde lo que yo llamo la estética de la derrota. La derrota tiene su lado pinche, su lado depresivo. Y en contraparte tiene un vasto terreno de creatividad, de motor de vida. Es el punto en que, toda vez que se asume el lado no bello de la existencia es posible la transformación del mundo inmediato, cercano, de los seres próximos, del entorno, transformación en algo disfrutable, querible. Empiezo el texto con una cita de Tom Waits porque en muchos aspectos encuentro en la creatividad del canalla cierto paralelismo con pasajes del cantante, sin que ello represente influencia necesariamente, los personajes que pueblan los textos de uno y las canciones de otro representan en buena medida esa estética a la que me refiero. Hoy me parece buen día para decirte canalla, cuánto te amo. Decirte que admiro entre otras cosas los grandes gestos amorosos que nos has demostrado, tu solidaridad, el dar la cara por nosotros, tu abrazo en el momento necesario, tu ejemplo de ética, la entereza con la que encaras tu profesión. Agradecerte por tantos y tantos momentos y enseñanzas que he tenido a tu lado. Tú sabes que no soy creyente, sin embargo, al leer a Marguerite Yourcenar cuando dice ‘la gente que pone Dios para demostrarnos que nos ama’, pienso en ti. En resumidas cuentas canalla, dudo mucho que hubiese podido tener mejor hermano. Y que sepas el amor que me provoca decirte que nos cuidaste bien”. Un texto de mi hermano Claudio, provocado por una historia que publiqué hace tiempo y que se titulaba “Pequeños demonios”.


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“Mi padre se llama Roberto García Castañeda, aunque periodísticamente es conocido como Roberto G. Castañeda. Nació en Durango y es dueño de una vida sin duda melancólica. Creció siendo el mayor de cuatro hermanos cuyo padre los abandonó desde niños. Mi padre trabajó y estudió desde niño, estudió Ciencias de la Comunicación y se desarrolló como periodista. Mi deseo más grande es ser el mejor escritor latino existente, mejor incluso que mi padre. Desde pequeño desarrollé la capacidad de plasmar en un papel mi sentir y escribí mi primer poema a los nueve años de edad. Recuerdo que fue un poema acerca de la soledad, de la tristeza que me provocaba no tener una familia unida bajo el mismo techo. Poco a poco fui desquitando mi angustia, rabia, la tristeza, a través de la poesía. Y la escritura se volvió mi hogar, ese sitio hacia el que escapo cuando me siento incomprendido. Mi padre es mi ejemplo y mi guía, siempre ha estado conmigo a pesar del divorcio. Lo único que lamento es su afición por el cigarrillo, porque parece no darse cuenta que ese vicio le quitará años para amar a sus hijos. Cada que lo veo, no pierdo oportunidad de decirle cuánto lo quiero”. Palabras de mi hijo Dante, para una tarea en su clase de español.


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“‘Periodismo es pasión’. Así definió Roberto Castañeda a la actividad que ha ejercido durante años. Egresado de la FES Acatlán (UNAM), Castañeda, quien visitó la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS), tiene una columna llamada Manual para canallas y publicada los jueves en El Gráfico. En ella escribe lo que él llama ‘historias urbanas’, crónicas conformadas en su mayoría por lo que le ha tocado vivir. En su visita a la FCPyS se da tiempo de leer un fragmento autobiográfico: ‘Soy especialista en defraudar todos los pronósticos’. Mide aproximadamente 1.83 metros de estatura. Es delgado y de tez morena. Admirador de Jaime Sabines, pertenece a ‘un club llamado insomnio’, en el cual se duerme poco y se sueña mucho. Viste unos pantalones de mezclilla, una camisa azul, corbata y —en honor a ir en contra de los convencionalismos— ¡tenis! Para ser reportero —aclara—, hay que tener intuición y creatividad. Pese a que su experiencia le ha enseñado que es difícil publicar un libro, dentro de sus planes está dar a conocer el suyo, una compilación de los textos incluidos en el Manual, que también es una referencia de su vida universitaria, una ‘guía para sobrevivientes’. ‘Yo escribo como me gustaría leer’, sentencia Roberto. En un estilo personal, fluido, desenfadado, coloquial, el autor plasma sus impresiones, emociones y reflexiones sobre la vida. En ‘Un cementerio para los sueños’, por ejemplo, a partir del caso de un anciano que fue a empeñar su reloj al Monte de Piedad, critica la situación política, económica y social del país. Roberto cuenta que es divorciado. También tiene dos hijos, pero aunque el mayor juega a ser cronista deportivo, a él no le gustaría que ninguno fuera reportero. Prefiere que ‘vivan bien’. ¿Por qué? Porque, en su opinión, el periodismo ‘no te va a dar para vivir, sino para sobrevivir’. Por tal motivo —enfatiza—, para ejercerlo se necesita entrega, pasión. ¿Y cuál es su aportación al periodismo? Roberto opta por ser modesto y no hablar de las ‘aportaciones’ que ha hecho, como si no tuviera nada qué decir. Aun así, hacia el final de la charla, y como queriendo hacer hincapié en la importancia del público para quien se escribe, señala: ‘De lo que me puedo sentir satisfecho es de que muchos jóvenes están leyendo gracias al Manual para Canallas’”. El texto anterior fue escrito por Mauricio Torres, estudiante de periodismo, luego de mi visita a la UNAM.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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Las mujeres de mis amigos


Las mujeres de mis amigos




Las mujeres de mis amigos me detestan. No todas, claro, pero la mayoría de ellas suponen que soy un terrorista de su felicidad, el enemigo público número uno, el que los sonsaca para irse de borrachotes


“Claro, como él no tiene perro que le ladre”, cuenta Marcos que le recriminó su vieja, “pero tú tienes hijos y esposa, así que no puedes llegar a la hora que se te dé la gana”. Casi la oigo y seguramente dijo “no puedes llegar a la pinche hora que se te dé la chingada gana”. Yo a Marcos lo conozco desde la prepa y ha cambiado bastante, como yo, pero la diferencia es que él postergó algunos de sus proyectos, como montar un barecito y tocar su guitarra todos los fines de semana. Se casó con Dafne apenas salieron de la universidad, luego de tres años de noviazgo. El padre de ella tenía un par de farmacias y metió a mi amigo en el negocio. Hoy tienen cuatro farmacias, les va muy bien, pero mi amigo siempre suspira cuando oye esa frase de Sabina que dice “acertó quien El Templo del Morbo le puso a este bar”. Y es que mi buen cuate prometió, en una de esas borracheras de chavales, que “un día tendré un bar que se llame El Templo del Morbo”. Admirador de Joaquín Sabina, Fernando Delgadillo, Pedro Guerra, Jorge Drexler y otros, ahora se conforma con coleccionar sus discos. La guitarra la tiene abandonada desde hace rato porque la esposa reclama, cuando lo ve tocar, “ya estás perdiendo el tiempo otra vez”. Dafne me odia con y sin razones. Sí, las pocas veces que nos hemos visto Marcos y yo, aprovechamos para emborracharnos y charlar por horas o simplemente bromear sobre mil cosas. Y siempre lo mando a su casa bastante ebrio y envalentonado con su muletilla de “ahora sí mi vieja me va a escuchar”. Ja. Lo malo es que, me confesó Marcos, cuando su esposa le encontró huellas de carmín en una camisa le inventó que yo lo había llevado a un teibol. Ni modo que le dijera que se andaba acostando con una de sus empleadas. “Tiro por viaje”, él inventa que anda de parranda conmigo. Y ella le cree y se llena de rencor hacia mi persona. Con razón siempre que me mira pareciera decir “pero qué cínico es este idiota”. En algo no se equivoca: soy cínico, soy idiota, soy inmaduro, soy eso y mucho más, pero al menos no estacioné mis sueños a un lado de la autopista. Ni utilizo el matrimonio o los hijos para manejar los hilos pusilánimes de los demás. Y sí, la mayoría de mis amigos inventan que andan en el desmadre conmigo porque les parece la coartada perfecta para ocultar sus desvaríos. Y el odio de sus mujeres me persigue como una mala sombra.


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Las mujeres de mis amigos en realidad no son de ellos. Bueno, sólo pasa que ellos usan esa inútil presentación de “mi mujer” o “mi vieja”. Y también a la inversa, ellas son felices con eso de “mi marido” o “mi hombre”. ¿Y luego se preguntan por qué no funcionan las relaciones de pareja? Es muy simple: apenas firman y aquello se convierte en un contrato con letras chiquitas que dicen: a) No darás un sólo paso sin que yo lo sepa. b) Tu opinión estará supeditada a la mía. C) Primero yo, después yo y al último tú. d) Y así hasta que la muerte nos separe.


La esposa de Charly, porque le dice Charly, nunca ha sido fanática de lo que escribo. Me odia por ser tan machista, según ella que no repara en mis cualidades. “¿Y cuáles son tus cualidades?”, me preguntó un día. “Mmmm, deben ser muchas porque no las recuerdo todas”, trate de salirme por la tangente. “Al contrario”, atacó Marcela, “tus defectos llenarían el Zócalo”. Ja ja. “Claro, claro. Y si votaran, harían presidente a López Obrador por abrumadora mayoría”, me reí a mis propias costillas. Ella se quedó seria. Estábamos en el cumpleaños de Max, que le organizó su novia. La mayoría iban en parejas. Yo era el único divorciado allí. En la charla, antes de que nos emborracháramos, una amiga de alguien parecía interesada en mi perspectiva, después de que comenté “hay matrimonios que acaban bien. Otros duran para siempre”. Nadie lo festejó.


—¿Y cuántos hijos tienes? –cuestionó la chava.
—Dos, sólo tengo dos. –No me interesaba hablar del asunto.
—¿Con la misma? –Ella insistió.
—Sí, claro. Con distintas mujeres, pero con la misma. –Intenté bromear.


Me miró extrañada, con esa típica expresión de “o sea, ¿cómo?” e iba a decir algo, pero Max se carcajeó en ese momento: “No maaaaames pinche Robert, no la había captado”, volvió a reír. “¡Muy buena! ¡Eres un cabrón!”, y me dijo salud. Levanté mi vaso y bebí un sorbo de ron a la salud de sus neuronas que actúan en cámara lenta. La chica insistió: “De qué me perdí, a ver, explícame”. Mmmm, saqué la cajetilla, le ofrecí un cigarrillo y no quiso, yo me llevé un Marlboro blanco a la boca y lo encendí. La pausa la intrigó. “¿Ya me vas a explicar cómo está eso de que tuviste dos hijos con distinta mujer pero con la misma?”, en verdad estaba intrigada. “No me hagas caso, linda”, minimicé, “sólo es un chiste local y es bastante guarro”. Me miró igual que al policía de tránsito que le dice “está estacionada en lugar prohibido, güerita”. Volteó para ver a Max, que seguía “muerto” de la risa. Luego me observó a mí, hizo una mueca de desdén y se fue a destapar otra cerveza. Después de un rato me despedí. Nunca me han gustado las reuniones de matrimonios, menos cuando se ponen a hablar de lo buenos que son sus maridos o la primera estrellita de los hijos en el kínder. Así que me largué a casa, a escuchar canciones que me recordaran que hay autopistas que es mejor recorrer en solitario: “Al estilo lo llevaron detenido./ La elegancia ahora viaja en ambulancia/ y parece que el buen gusto estuviera prohibido./ Voy a encender una vela por si aún queda una esperanza./ Si las teclas en el piano se volvieron todas blancas/ y la música barata ya no para de sonar./ Si la clave de sol hoy amaneció nublada/ voy a volver a la cama y dormir hasta mañana./ La canción cumple condena por ser demasiado buena./ La guitarra confesaba que ya nadie la tocaba,/ por eso mató al cantante con una cuerda oxidada./ Si te quieres ir nadie te va a perseguir/ pero por favor cierra la puerta al salir”.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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No hay canciones que resuman la tristeza / Manual para canallas

No hay canciones que resuman la tristeza




Aurora tiene noches negras y una depresión que la atormenta. Plancha hasta sus esperanzas arrugadas mientras llega Miguel, casi siempre tarde y oliendo a alcohol, porque se va a beber con los cuates de la chamba


“No es que no te quiera”, le dice cuando está borracho, “pero es que ya sabes cómo son los compañeros del trabajo”. Aurora no puede evitar que las lágrimas rocíen la ropa y humedezcan aún más su tristeza. Se resiste a aceptar que su madre tenía razón: “Ay, m’ijita, ese muchacho toma mucho, piénsalo bien”. Se tuvieron que casar cuando ella resultó embarazada. Por desgracia, perdieron al bebé antes de que naciera. Y ella hoy está condenada a vivir con ese hombre que hoy le parece desconocido. Nada qué ver con aquel muchacho simpático, divertido, que la llevaba al cine, que le compraba flores cada que salían. Cuatro años de casada, rebasada la frontera de los 30, han apagado el brillo de sus ojos. Ha subido de peso, ya no se arregla como antes, y lo peor de todo es que las rutinas son igual de oscuras que el rímel que se corre de sus ojos. Y no hay una balada que le ayude a sobrellevar las lágrimas.




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Vianey es madre soltera. Tiene 24 años y un abandono que no se merece. Se enamoró de su jefe en el despacho, se dejó deslumbrar por los trajes caros, el perfume finísimo y los modales educados. El licenciado, como todos le dicen —“claro que sí, licenciado” o “lo que usted diga, licenciado”—, no desaprovechó la oportunidad de seducir a la nueva recepcionista, aquella jovencita guapa y de buen cuerpo. Durante casi un año la trató como a una reina, la llevó a restaurantes caros, le regaló algunas baratijas, y ella se sentía soñada cuando la iba a dejar a su casa en aquella camioneta tan bonita. “No me gusta ese señor”, advirtió la madre, “se me hace que es casado”. Vianey lo sabía, pero prefería engañarse y creer que un día él se divorciaría para irse a vivir con ella. Todo iba perfecto hasta que se embarazó. Desde luego, él la culpó de todo, hasta de hacerlo a propósito, “seguro creías que me iba a divorciar nada más por eso”. Sugirió que no tuviera al niño, pero la madre de Vianey se opuso. Luego, la chica fue despedida del despacho, y hoy su belleza comienza a marchitarse. Sus lágrimas son amargas y los recuerdos son demonios que sobrevuelan sus insomnios. De pronto le daba por pensar que su amado recapacitaría y la iría a buscar. Hace más de un año que no sabe nada de él. Y cada que se mira al espejo, no puede evitar que el llanto le recuerde lo tonta que ha sido. La misma historia que muchos conocemos, con distintos nombres y circunstancias, pero tan común que da miedo. Y ninguna canción sanará sus malos recuerdos.


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Creo que tendría unos 19 años cuando me enamoré de Maribel, que era demasiado bella para haber nacido en un barrio pobre. Ella tenía ojos almendrados y cuerpo que provocaba tentaciones. Delgada en sus turgencias, con piernas espectaculares, cintura avispada, Maribel se sentía deseada y por tanto, actuaba con soberbia. Todos en el barrio, en la escuela, nos soñábamos abrazándola. Pero aquello parecía imposible porque su madre la cuidaba como la perla virgen del cultivo, reservándola para un príncipe que cabalgara en moto Kawasaki. En una fiesta, quizá como parte de un juego, me mandó decir con una amiga que yo le gustaba. Esa noche nos besamos y palpé sus senos generosos, pero al otro día me dejó en claro que no éramos novios ni nada parecido. Y tuve que guardar como tesoros preciados los únicos besos de la primera mujer de la que me había enamorado. Luego, Maribel se mudó a otra colonia menos astrosa. Años después, por medio de una prima de ella, me enteré que Maribel ganó un concurso de belleza medio chafa, pero que ya sentía que estaba a unos pasos de la fama. Yo no hice intentos por buscarla. Luego se casaría con un tipo rico, tendría dos hijos, y acabaría abandonada. Yo tuve que irme a estudiar a otra ciudad, con mi maleta de aspiraciones y mi agenda de recuerdos. Cuando regresé al barrio, un amigo de la infancia me dijo que si ya sabía la mala noticia: “Maribel murió de una sobredosis en un hotel de ‘cuarta’”. Había versiones que decían que trabajaba en un teibol, otros sugerían que tenía agenda de clientes. El punto es que la belleza de Maribel se volvió su propia enemiga. Y ella no supo lidiar con sus ambiciones. Lo lamento por los dos niños que ha dejado huérfanos. Y no hay canciones que resuman esa tristeza, el dolor de una mujer que siempre fue seducida por las caricias más intensas y los demonios del dinero. No, no hay canciones que resuman tanta tristeza.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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No creo ya lo que hay pintado en la pared / Manual para canallas

No creo ya lo que hay pintado en la pared




Sientes que todo se mueve, que una sacudida oscilatoria te hace dudar. Lo primero que dices es “está temblando” y miras hacia la puerta pero todo pasa tan rápido que tu ángel de la guarda ni siquiera tiene tiempo de alarmarse

Además cuál es el problema, si tu vida ha sido un constante derrumbe, un bombardeo que te ha dejado medio sordo, un tanto loco, totalmente destrozado. Ni para dónde hacerse, porque encima de todo ya eres un refugio antiaéreo ambulante y sueles habitar en el subsuelo, no por nada te conoces al dedillo todas las líneas del Metro. Así que pones en sincronía el iPod y suena “el temblor, uohhhh ohhhh ooohh ooo, el temblor, despiértame cuando pase el temblor”. Soda Stereo siempre ha sido un aliciente, un punto de fuga en los peores momentos. Es curioso, pero las canciones te han enseñado más sobre la vida que muchos maestros. La escuela sólo es un pasaporte hacia la realidad, una estancia temporal mientras encuentras tu mejor sitio o quizá el peor de ellos. Todas las canciones nos dicen algo, el chiste radica en buscar relámpagos que te iluminen, ciertas frases que te hagan mejor. Es curioso, pero acabo de retomar un disco que me marcó en momentos de confusión. Y la letra de “Romper la voz” fue un himno durante mucho tiempo: “Esta noche no tengo ganas de callar. Esta noche puede pasar todo en este bar. Esta noche estoy a punto de estallar. Esta noche yo me quiero romper la voz. No creo ya lo que hay pintado en la pared. No creo ya el mismo rollo otra vez. No estoy para sonrisas de salón. Déjame gritar mi rabia, déjame”. Y sí, cuando eres joven, soñador y estúpido, buscas señales que te salven aunque sea temporalmente. El sonido de una alarma que te indique el camino hacia la salida de emergencia. Quizá no podrás escapar por siempre, pero te habrás salvado de los peores momentos. Cuando has crecido en la miseria, te rodean jaurías de miedos, manadas (dije manadas) de incertidumbres, así que buscas las armas que te ayuden a sobrevivir a los malos tiempos, a tus enemigos más recurrentes, al abandono en que te han dejado, a la indiferencia de tus padres, al desamor al que te han condenado. Y sí, crecerás incompleto, carente de afectos, pero intentarás no volverte un idiota, un permanente fracaso o un triste derrotado. Esta noche no tienes ganas de callar, como dice Patrick Bruel.


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“Los amigos se van, los otros se quedan. Me he dejado juzgar por los comemierda. Encuentros fallidos, tiempo que se quema. Jóvenes cansados, viejos que esperan. Flashes que nos ciegan desde el televisor, bufones que imponen el color del amor. Vagar por la ciudad sin sentirse mejor y ese miedo sin fin y ese puto dolor”. La confusión puede vivir contigo mucho tiempo y nadie tiene un instructivo que te ayude a construir una mejor versión de ti mismo. Tienes que arreglártelas para sentirte vivo, para no crecer como un zombi sin voluntad propia, sin ideas que valgan la pena. Los amigos te pueden influenciar de la mejor o la peor manera, ya tú sabrás elegir lo que más te convenga. Y te equivocarás mil veces, tropezarás más de lo que deseas, pero es la única forma de comprender que el mundo no está en tu contra, que tu destino no está trazado por un dios mezquino o arrogante. Sí, es verdad que en ocasiones te sentirás abandonado en el traspatio, igual que la bicicleta de tu infancia, pero tú eres mucho más que fierros retorcidos u oxidados. Tienes un corazón en el que habita el fuego interno, el coraje que no te dejará darte por vencido. Y tomarás la guitarra, postergarás las lágrimas, te aferrarás a ese sentimiento que lucha por ser valorado, aunque haya gente que se empeñe en manipularte. Lo relevante es desgarrarse la voz, levantar la mano, no quedarse callado, defender tus ideas, atesorar tus principios, ser honesto contigo mismo y el crítico más duro de tus defectos: “Chicas de la noche, las que huyen del sol, y un revolcón con ellas lo llamamos amor. La vergüenza maldita que el espejo devuelve, reflejando el vacío y un perdón urgente. Ver a un niño sufrir, a un hombre llorar y tener que admitir tanta mediocridad. Canciones que nacen como un grito feroz desgarran mi garganta hasta romper la voz”.




-O-



Dejarás amigos en el camino, algún amor imposible, muchos recuerdos que un día se extinguirán, un álbum de fotos que no querrás volver a mirar, pero guardarás las canciones, los libros que han sido como faros que te han resguardado del naufragio. Quizá no habrá muchas victorias por celebrar, pero un día llegarás a tierra firme con la convicción de haber sobrevivido. Y los poemas te hablarán al oído y las musas se rebelarán ante tus desvaríos. Y no, seguramente no serás el mejor tipo del mundo, pero de menos serás coherente contigo mismo. Y tendrás derecho a mirar a los ojos y odiar a los corruptos y maldecir a los cretinos. Y serás solidario con los desprotegidos y crítico con los poderosos. Y no volverán a engañarte más porque has crecido a la sombra de falsas esperanzas y discursos podridos de los presidentes más grises o los políticos sin escrúpulos. Y cada mañana te levantarás con ganas de que este país encuentre un revulsivo, pero convencido de que la mejor revolución empieza por uno mismo. Y sí, como dictan los himnos verdaderos, hay que desgarrarse la voz y gritar que tú no estás podrido. O como bien dice Joaquín Sabina: “Me considero un rojo sin diminutivos. No soy un rojillo, soy un rojo. Y eso no quiere decir comunista, ni socialista, ni anarquista, quiere representar esa hermosísima ideología de hace unos años, que hacía creer que esta infamia de mundo podía cambiar de alguna manera”. ¿Y por qué escribo todo esto? Sólo es una declaración de principios. Además hay días en que mi humor no está para carnavales. Y encima de todo, mis ideas nunca son una parvada de palomas mensajeras, sino que revolotean en mi cabeza cual bandada de murciélagos que necesitan la noche para sentirse vivos, aunque sea por unas horas.

Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

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Un ejército feroz de incertidumbres / Manual para canallas

Un ejército feroz de incertidumbres





“Mis noches son un disperso manto de incertidumbres, los miedos se confunden con el polvo bajo la cama y los ácaros de la almohada me devoran los insomnios”, escribió alguna vez Diana, en su libreta de apuntes. Ella se negaba a decirle “diario” porque le parecía una estupidez


“Sólo las tontas que crecieron con su colección de Barbies tienen un diario”, era su argumento. A mí me daba lo mismo cómo le llamara, pero Diana era muy puntual en enojarse cuando le decía “a ver, déjame ver tu diario”. Obviamente, yo sólo lo decía para hacerla enfadar. Aquella chica era fanática de devorar libros y le encantaba hacer el amor en cualquier lado, hasta en el balcón, a las cuatro de la madrugada, mientras los vecinos roncaban sus pesadillas. Supongo que nunca nadie se dio cuenta, porque no hubo quejas ni malas caras. A no ser que algún condómino nos espiara sin que nos diéramos cuenta. “Mi ángel de la guarda es un tipo fatigado, siempre imperfecto y descontento, que se queja al oído por las horas extras aunque nunca pide aumento de sueldo”, plasmó Diana en otra hoja. Lo sé porque hace poco me hizo llegar una de sus libretas, supongo porque me extraña un poco más que yo a ella. Me hablaron de la recepción del sitio en que trabajo: “Señor, tenemos un paquete para usted”. Me caga que me digan señor, pero supongo que es una mera formalidad o simple respeto por mi puesto. El envío no tenía remitente, sólo destinatario, y lo abrí sin mayores precauciones. No voy a negar que fue una sorpresa. Eran algunas fotos, unos cuantos recortes de mi columna, y aquella libreta fechada poco después de que termináramos. No traía nota alguna o explicación extra. Cuando comencé a leer los apuntes comprendí que era una manera de decirme que pasó por pésimos momentos, pero que ya estaba superado. Supongo que era una declaración de principios y que desde ese momento me condenaba al olvido. “Tu valemadrismo es mi verdugo, tus silencios son la multitud enardecida, y en la plaza del desconcierto todos piden mi cabeza. Yo lo único que pretendía era revolucionar tu vida, despertar las emociones de tu alma confundida, pero tu ejército de feroces desconfianzas me condenó a la guillotina”, era otra de sus reflexiones. Nada mal para ser una persona poco dada a las metáforas.


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Confusión, dolor, resentimiento, todo eso y mucho más encuentro en los apuntes de Diana, lo que habla de una mujer que pasó por momentos difíciles. Yo también pasé por eso, aunque mis formas de superarlo son poco ortodoxas. Me refugié en otros besos, multipliqué las caricias para que no la extrañaran, me emborraché con desconocidas, me sostuve gracias a los amigos, y poco a poco fui diluyendo como hielos en el whisky el sabor de sus encantos. Si no funcionó es porque soy un tipo muy complicado y ella también es una chica un tanto compleja. Andábamos en distintas frecuencias, porque ella aspiraba a que estuviéramos juntos para siempre y yo, por el contrario, he sido reacio a dibujar horizontes con puestas de sol perfectas. Por Diana conocí a Los Cafres, recorrí los escenarios del Vive Latino, nos bebimos muchas madrugadas y protestamos contra las corridas de toros, derrotamos a los zombis en Resident Evil y nos fuimos de gira con Guitar Hero. Parecía demasiado bueno para ser cierto, pero ni ella era Angelina Jolie y yo estaba más cerca de parecerme a Benicio del Toro que de algún galán de moda. Así que nadie aceptó el pinche guión y nos faltaba presupuesto para una comedia romántica. “Las alas de una tristeza pálida me abrazan la espalda, mientras una canción triste me habla de tus ojos o me recuerda tu sonrisa forzada. Las lágrimas inundan mis momentos más ruines, ahogan mis suspiros entrecortados, porque tus besos ya me están prohibidos y tu sexo fornicará en otras camas, en distantes páramos”. No sé qué hacer con tantos reclamos, con esos apuntes que me dictan bofetadas que no esperaba. Seguro los quemaré cualquier noche, para evitar estar releyéndolos. Sí, no voy a negarlo, suelo causar ese efecto. Es la historia de mi vida: puedo dar lo mejor de mí, que no es mucho, pero al final todo se quedará en un recuento de despechos, de rencores acumulados, de reclamos justificados. Y qué le voy a hacer, si yo no fui hecho para las relaciones a largo plazo, ni los créditos hipotecarios o el hogar-dulce-hogar, ni mucho menos la esposa perfecta que me espera en casa con la cena o aquella mascota que se emociona y mueve la cola nada más con verme. No, lo mío es un pacto que no he firmado con algunos demonios, pero aún así creo que llevarán ventaja en la subasta de mi alma… si es que alguien se anima a pujar por ella.

Roberto G.Castañeda
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Esa foto que borrarías de tu memoria / Manual para canallas

Esa foto que borrarías de tu memoria





Estás mirando fijamente a la cámara y seguro alguien pidió que “digan chis”, pero desde luego tú no pareces haber hecho caso


Te faltaban sonrisas y motivos para albergar destellos en tu mirada. A tus seis años algo anticipabas. Seguro estabas rodeado por miedos que no alcanzabas a comprender. No debieron tomar esa imagen, reflexionas ahora y motivado por la memoria que no engaña. Tu corte de cabello era espantoso, se nota que no tenía mucho que te habían aplicado el “casquete corto” que no era por comodidad sino para no gastar tan pronto en la peluqueada. Estás de pie, con los brazos cruzados, como si posaras junto a un extraño. Pero no, tu padre está a un lado, con el codo reposando sobre una especie de asta bandera. Él sí sonríe, con su peinado impecable y sus zapatos recién boleados. La particularidad de la imagen es que da la impresión de que son dos fotos distintas. Te separan unos 30 centímetros de aquel adulto, como si fuera una metáfora del futuro: tan cercanos y al mismo tiempo tan distantes. Quizá el fotógrafo debió decir “acérquense más, abrace al chamaco”, pero seguramente le faltaba oficio o le sobraba desgano. El mismo desinterés que se asoma en tu mueca de yo-lo-que-quiero-es-irme-a-jugar. Se nota en tus pantalones rotos de las rodillas, en esa camisa a rayas heredada de algún primo que creció demasiado rápido, a razón de lo grande que te queda. No es raro que tengas pocas fotografías con tu padre, si acaso tres o cuatro, porque escapó quién sabe a qué puerto, con qué bandera, hace bastante tiempo. Y si hacía frío o llovía o caía un sol inclemente, no lo recuerdas. Un buen día ya no durmió en casa, aunque regresaría algunas veces bastante ebrio y llorando por un sentimiento de culpa que nunca opacaría el daño. Y no existe una foto familiar con los seis, padre, madre y cuatro hijos. Y eso está mucho mejor, porque no hay falsas sonrisas, ni abrazos posados, como tampoco alguien que fechara la instantánea en el reverso. Qué bueno que nadie la haya tomado, porque sería otra de esas fotos que intentarías borrar de la memoria. Para qué una postal sin poesía, cuando la realidad es una bestia herida que te recuerda que será más profundo el dolor que esa cicatriz llamada recuerdo.

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Tu peinado siempre fue más rebelde que tus ideas. ¡Ah, tu playera de los Ramones! ¿Qué habrá sido de ella? Tus cuates de la prepa sonríen a todo lo que da, como si esa amistad estableciera códigos eternos. Éran tan hermanos, parecían haber hecho promesas dispuestas para cumplirse cabalmente. Incluso intentaron entrar a la misma facultad, aunque eligieron carreras distintas. Sólo tú aprobaste el examen y los demás recurrieron a su segunda opción, así que se desperdigaron en la UAM, en el Poli. Intentaron seguirse viendo, retomar las tardes de chelas y rock, las bromas locales y los chistes tontos, pero las circunstancias, las nuevas amistades, se acabaron imponiendo. Y Los Killers te despiertan la añoranza: “Quemando el horizonte de esta autopista,/ tras la espalda de un huracán que ha empezado a dar la vuelta. / Cuando eras joven, cuando éramos jóvenes./ Y a veces, cierras tus ojos y ves el lugar donde solías vivir,/ cuando eras joven. / Dicen que el agua del diablo no es tan dulce./ No tienes que bebértela ahora,/ pero puedes mojar tus pies en ella/ cuando quieras”. ¿Dónde se extraviaron las intenciones de ser amigos toda la vida? ¿Ya se habrá casado Marisol? ¿Morrisey seguirá poniendo apodos rockeros a sus mejores cuates? Aún recuerdas a la perfección el día que te habló al terminar la clase de Inglés: “Está chingona tu playera”, señaló la imagen de The Cure y luego encendió un cigarrillo. Miró a dos chicas que pasaban, con esa actitud de el-rock-es-mejor-que-las-mujeres, y te endilgó el apodo que te perseguiría tres años: “Te pareces a Bowie, ¿te late David Bowie?”. Respondiste afirmativamente, no porque te parecieras sino por lo segundo. Y no te parecías a Bowie, sólo estaban emparentados por el peinado y la extrema delgadez. Aún así, no protestaste. Era mucho mejor “Bowie” que el poco interesante “Flash” que cargabas en la secundaria. Luego conocieron a Eduardo, al que le puso Hendrix nada más porque tocaba muy bien la lira y aspiraba a formar su propia banda bajo la idea de que “todos los grupos actuales hacen pura basura”. Siempre fuiste el más listo del grupo, pero tratabas de minimizarlo. Nunca fuiste el más divertido, pero podías vivir con ello. Morrisey se bautizó a sí mismo, porque argumentaba que “le doy un ligero aire, sobre todo cuando hablo inglés” y reía escandalosamente. La neta no se parecía nada, me recordaba más a un primo que he dejado de ver hace mucho, pero este Morrisey era mucho más divertido y siempre traía la misma playera de Los Smiths. Bueno, casi siempre, porque según él era su favorita. Y en esa fotografía su camiseta había perdido brillo, igual que lo han perdido los propósitos de seguirse frecuentando. En la universidad conocieron nuevas amistades, se enamoraron de mujeres imposibles, renegaron de los maestros manchados, se ocuparon en pasar de panzazo las materias difíciles y encontraron algo de sabiduría en los libros. Parece que alguien está intentando reunirlos en agosto, pero no sabes si tenga algún sentido. Aún conservas aquella foto en la que su rebeldía era más una pose que una actitud ante la vida. Morrisey tiene el brazo sobre tu hombro, tú llevas un cigarrillo en la boca y lentes oscuros como Los Ramones de tu camiseta, Marisol ríe por algo que acaba de comentarle Hendrix, y Maxi tiene esa mueca tan de él que parecía indicar que sabía algo que los demás no apreciaban. Seguro que así fue, porque el buen Max era el mejor parecido y se casó con una vieja que tiene mucha lana y ahora viven en Bélgica trabajando en la embajada. Tú nunca aspiraste a ese tipo de cosas, hubieras preferido conservar un par de buenos amigos de aquella época, pero sólo queda la añoranza y una foto que no recuerdas quién habrá tomado justo desde la entrada de la cafetería. Habrá que borrarla de la memoria, en honor a los tiempos que nunca volverán, en tributo a las bromas que hoy te parecen algo infantiles. Y enciendes un cigarrillo y miras por la ventana mientras la lluvia empaña el cristal y distorsiona las luces lejanas, tan siempre lejanas.

Roberto G. Castañeda
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Labios que saben a tormentas / Manual para canallas


Labios que saben a tormentas





“Podrías hacer todo un catálogo con tus malos ratos”, enfatizó Lucila, “porque cuando te lo propones eres insoportable”. Ouchh. Ella no era hermosa, no en un plano físico, e inclusive era bajita para mi gusto. Sin embargo, me encantaba

No tenía caderas anchas, ni piernas largas, pero lo compensaba con un trasero firme y una inteligencia a prueba de imbéciles. Y cuando se lo proponía, me hacía sentir como un idiota. Quizá por eso, desde que la conocí activé mis defensas más certeras. Aún así no funcionó. Estudiante de Diseño Gráfico, Lucy planeaba hacer una maestría en Italia porque, se burlaba, para un diseñador es lo mismo que para un futbolista irse a jugar al Milán. “No puedo creer que seas tan apasionado del fucho”, solía recordarme, “tú que presumes de culto”. Le encantaba acorralarme. “Nunca he presumido de culto, sólo estoy consciente de que no soy tan idiota como la mayoría de tus pretendientes”, aclaré cierta ocasión. No tuve que dar nombres, porque ella bien entendía que mis alusiones eran a sus dos mejores amigos, que se morían por ella. “¡Estás celoso!”, se río en mi cara. Claro que no, sólo estaba a la defensiva. “Sí, estás celoso”, se sentó sobre mí y me tomó de la barbilla para que la mirara a los ojos. “Tontito, me encantas aunque tú prefieras irte a jugar futbol en lugar de quedarte acostado conmigo”. Nunca quiso acompañarme a mis partidos sabatinos, “porque a mí me da mucha hueva tanta testosterona rodando más rápido que una pelota”, se regocijaba con sus alusiones al deporte que tanto menospreciaba. Ella invertía sus ratos libres en rescatar mascotas, sumarse a causas justas, marchar en solidaridad con los que menos tienen, firmar decretos que me recordaban que “yo no soy una de las putitas que estás acostumbrado a llevarte a la cama”. No puedo negar que su altanería me provocaba o que las discusiones sobre cine o música nos acercaban en lugar de alejarnos. Y por si no bastara, se esmeraba en llevar el control en situaciones que podrían parecer ligeras, pero que hablaban elocuentemente de su temperamento. Por ejemplo, si yo elegía una mesa a la hora de comer, ella me tomaba de la mano y me llevaba al polo opuesto del local. Y si le regalaba una mascada azul, ella la iba a cambiar por una de color púrpura. Tampoco le importaba mi perfume favorito, ella me regalaba esencias que la provocaban, “porque a veces hasta en eso eres aburrido”. Qué se le va a hacer, si estudié en escuela pública, me mofaba. Y ella se escudaba en el pretexto de que “yo fui a prepa privada porque mi padrastro tenía lana”.


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“Cualquiera pensaría que eres misógino por la forma en que escribes”, fue lo primero que me dijo cuando me la presentó mi amigo Andrés en una reunión por su cumpleaños. “Disculpa, pero creo que no has sabido leer entre líneas”, adopté una actitud defensiva. “No, discúlpame nada, porque dije ‘cualquiera’ y yo no soy cualquiera”, Lucy notó mi incomodidad. “Tranquilo, no estoy tratando de iniciar una discusión”, me tocó el hombro con naturalidad. Si algo me ha fascinado siempre es el aroma de una mujer. Y en cuanto estuve cerca de ella distinguí la esencia de “Halloween”, un perfume que parecía perseguirme. Sus labios, pude comprobar después, tenían el sabor de la lascivia. Besaba como si tuviera urgencia por disfrutar la textura de mis deseos, la espesura de esa sangre que ebullía bajo la piel de mi cuello. “Me encantaría tener colmillos y probar el palpitar de tus venas”, tengo una memoria fotográfica y aún recuerdo su deliciosa manera de mordisquearme mientras se excitaba en demasía. Ya luego se pusieron de moda las películas de vampiros atractivos y la anécdota ya no me pareció tan memorable, sino más bien tirándole a cursi. A ella no le gustaban las películas que yo ponía, aunque disfrutaba acurrucarse a mi lado. “Ese eres tú”, señaló en la pantalla a Hellboy, “un demonio bueno, con alma roja y espíritu de niño”. Yo sonreí y comenté algo como “ojalá no seas tú quien deba limarme los cuernos”. El último recuerdo que tengo de ella es sentada en el sofá, semidesnuda, mientras mirábamos una cinta que ya habíamos visto. “Me chocan tus pelis de aventuras”, asentó, “pero me gusta la manera en que te ríes”. Y Johnny Depp dijo algo como “venga, vamos a buscar una barrica de ron”. Al otro día salí de viaje por cuestiones de trabajo. Y cuando regresé ella había sacado las pocas pertenencias que tenía en mi departamento, como su cepillo dental y las chanclas de baño. Las cosas no andaban muy bien entre nosotros, por razones que no voy a detallar, pero me sorprendió no enterarme de sus planes de fuga. Sólo me dejó un poema, que selló con un beso de carmín. Fue una de las pocas señales de cursilería de su parte. Y aún guardo la hoja de su adiós precipitado: “Me muero de ganas por hacerte sentir vivo/ y que desfallezcas en cada suspiro./ Vuelo nocturna hacia tus sueños más ligeros/ para poseerte mientras musitas otro nombre/ y extrañas mis dedos arañando tu espalda./ Me asomo al vértigo de tus ojos oscuros,/ bebo una lágrima que asoma como testigo,/ y mis colmillos afilados encuentran urgencia/ en succionar tus últimos intentos de resistencia./ Cada que me sueñes, cada que me añores,/ recordarás que mi cuerpo desnudo es y será/ una tormenta de caricias, un océano de fuego en el que estarás naufragando./ E intentarás navegar sin brújula, solitario,/ con una bandera rasgada por el viento de mi olvido”. Desde entonces desapareció de mi vida, de mi Facebook y también me bloqueó en el messenger. Lo último que supe de Lucy, en boca de algún conocido, es que se fue a estudiar a Italia. Creo que también debería exiliarme lejos, hospedarme en un hotel barato de Bucarest o emborracharme en las ramblas de Barcelona y besar los labios más urgentes de una rumana o una holandesa. Creo que es demasiado tarde para intentarlo. Y me conformaré con sonreírle a la chica del mostrador del área de perfumes o a la cajera en el súper.

Roberto G. Castañeda
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También hay caramelos con forma de corazones / Manual para canallas

También hay caramelos con forma de corazones






Mi madre cometió muchos errores, como “casarse” unas tres veces y hasta mantener a otros cinco hijos que no eran suyos sino del webonazo de uno de sus maridos, pero esa señora bajita que me educó para no convertirme en un cretino también tuvo muchos aciertos


El principal de ellos fue inculcarme la decencia y el espíritu de la gente luchona. Licha, como le decían a mi jefa, creció a la sombra de un árbol marchito, siempre vista por su madre como una especie de “mano de obra barata”. Y trabajó en una lonchería de una tía cruel que la explotaba o para una señora rica que era muy coda y para la SEP que jubila con “honores” y una miserable pensión. Alicia tuvo una niñez que provoca ternura y no puedes evitar llorar cuando te cuenta cosas increíbles, como la vez que su única muñeca fue mordisqueada por el perro del vecino. Y mi jefa, tan ingenua como niña, le puso curitas en la cara y la arropó como si fuera su hermanita. En algunas cosas nos parecemos mi madre y yo, además de compartir esa mirada sin brillo: Por ejemplo, los Reyes Magos siempre nos traían cosas que no pedíamos. Y ambos fuimos niños muy callados, casi invisibles. Recuerdo pocas cosas desagradables de mi infancia, pero hay una anécdota que siempre me ha sugerido que no me olvide de mis orígenes. A los siete años mi mejor amigo era Julio, el hijo del tendero de enfrente. Y un domingo sus padres organizaron un día de campo con sus compadres, así que mi cuate me invitó y nos fuimos en la parte trasera de la camioneta. Todo el cuadro me pareció maravilloso: la carretera, el paisaje de Villa del Carbón, tantos niños correteando la pelota, las madres cocinando, los padres carcajeándose. Todo parecía perfecto. Hasta que nos llamaron a comer y corrimos a sentarnos. Cuando vi que las señoras no se daban abasto sirviendo, me dispuse a ayudar: tome dos platos y me acerqué al anafre. La señora que asaba la carne me miró casi con rencor: “¡Váyase a sentar, chamaco, ahorita le sirven!”. Los colores ardieron en mi carita. “Ay, Juanita, no sea así, pobrecito, ya ha de tener mucha hambre, mire hasta trae dos platos”, comentó otra doña y ambas rieron. Yo me fui a aplastar a la mesa pero en realidad tenía ganas de echarme a correr y llorar, llorar mucho. Yo no sabía en ese momento lo que significaban esas emociones, pero con el tiempo comprendí que me sentí humillado. Desde entonces, atesoro ese pasaje para repetirme que nunca, pero nunca más permitiría que nadie me hiciera sentir menos, como tampoco dejaría que humillaran a alguien frente a mi persona. No ha sido un proceso fácil, pero creo que ha funcionado.


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Otra lección que me dejó esa situación fue aprender a escuchar a los chavitos, sean mis hijos, sean mis sobrinos o cualquiera que me jale la manga para compartir algo. Y es que sucede que cuando eres niño, pasas a ser como una especie de mueble: estás allí, te miran al pasar, pero nunca te preguntan qué sientes, qué tienes, qué piensas. Y uno tiene tantas cosas por compartir, tantas ganas de ser escuchado. Por eso me encanta que mi hijo el más pequeño, Patricio, sea tan amiguero. “Oye, papá”, me dijo hace unos días, “me das para ir al cine con mis amigos”. Sabía que la respuesta sería afirmativa. “Pero hay un problema”, me contó, “porque quiero invitar a una amiga y no tiene para su boleto”. No necesitó aclararme que su amiguita se moría de ganas de ir. Así que le di lo suficiente para que le invitara su boleto y también las palomitas. Eso me encanta del Pato, que es muy solidario. Y me recuerda que las pequeñas alegrías tal vez no alcancen para cambiar la vida de las personas, pero al menos las hacen sentir en armonía en ciertos momentos. En otra ocasión, de esas en que El Pato se queda a dormir en mi casa, se hizo amigo del hijo de la portera. Y lo invitó a jugar en el departamento, se inventaron historias fantásticas y cambiaron estampitas repetidas; también se entretuvieron con el X-Box y pidieron pizza para comer y yo sonreí cuando se atrevieron a ponerle unas gotitas de salsa Valentina. Pato Lucas, le puso Kevin a mi hijo y Patricio lo bautizó como Cabezóniko porque el chamaquito se entusiasmó con mi colección de futbolistas en miniatura. “Pero le falta el de Cuauhtémoc Blanco”, le aclaró mi hijo a Kevin. “Uy, ya ni me acordaba”, les dije, “creo que lo buscaré en las chácharas del tianguis”. Y luego siguieron jugando como buenos amigos. Cada que se acerca el fin de semana, Kevin me pregunta si vendrá El Pato Lucas y su madre no se cansa de repetirle que “no sea igualado, chamaco”. Está de más explicarle, “déjelo, que es de cariño, ni se fije”. Lo que me sorprendió es que una tarde que iba yo de salida, Kevin me alcanzó para darme algo: “Oiga, señor, tenga”, me entregó el cabezóniko de Cuauhtémoc Blanco, y se regresó corriendo. “¡Oye, Kevin!”, apenas se paró para girar, “¡gracias!, es el que me faltaba”, le grité. El hizo un gesto como de eso-ya-lo-sabía y sonrió. Y su alegría me hizo reconciliarme con el niño que alguna vez fui. Y esa noche, al llegar a casa, acomodé el pequeño Cuauhtémoc Blanco en la repisa de recuerdos del Mundial 2006. Y puse una rolita de Andrés Calamaro que siempre me hace evocar la primera vez que me llevaron a ver al Cruz Azul: “Uuuuh, uuuh, uuuh, uhh. Cuando era niño y conocí el estadio Azteca me quedé duro (rígido)./ Me aplastó ver al gigante. De grande me volvió a pasar lo mismo, pero ya estaba duro mucho antes, uuuuuh, uuuuh, uuh, uuh./ Dicen que hay, dicen que hay un mundo de tentaciones,/ también hay caramelos con forma de corazones./Dicen que hay bueno o malo, dicen que hay más o menos./ Dicen que hay algo que tener y no muchos tenemos”. Yo tengo un alma de niño que ha sanado. Y eso basta para mirar al cielo y bendecir a los dioses porque me han regalado un poco de equilibrio.

Roberto G. Castañeda
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Se solicita revendedor de ilusiones / Manual para canallas

Se solicita revendedor de ilusiones






“Mis pantalones de mezclilla son demasiado viejos,/ carezco de amuleto de la fortuna,/ viajo en Metro y detesto a la gente maleducada./ Tengo un calendario sin domingos,/ poseo la fortuna de tus sonrisas francas,/ aunque reniego de tus malos ratos por las mañanas/

 
Tus abrazos domestican a mis bestias internas,/ pero tus labios desatan la jauría de mis delirios./ Soy un tipo ordinario, algo maniático,/ que se desespera en la fila del supermercado/ y se siente incompleto si no llega a tiempo a algún lado”. Nunca he sido bueno para escribir canciones que rebosen optimismo. Bueno, ni siquiera para escribir canciones. Así que no es extraño que sólo le gusten a mis amigos. O que al menos finjan que les parecen buenas. Será por eso, por mi constante ausencia de romanticismo, que respiraron aliviados los integrantes de la banda cuando les dije que renunciaba. Además, a quién chingados se le ocurre ponerle Los Daikiris a un grupo de mamones. Yo llegué allí porque una ex novia era prima del baterista. Y él tampoco estaba a gusto tocando melodías con expresiones del tipo “tu piel es una seda entre mis manos” o “me hundí en el fuego de tus ojos”. La banda era del Yoplait, que se llamaba Martín, pero así le decían por cremoso o por ponerle mucha pinche crema a sus tacos como solemos decir. Y el wey se sentía el autor más inspirado del mundo cuando llegaba a los ensayos y nos decía “anoche escribí dos rolas, vamos a probarlas”. Lo peor fue la etapa en que componía “a cuatro manos”, bromeaba, porque la pacheca de su novia le había sugerido algunas frases onda como “hay un cielo negro bajo mi cama” o “las penumbras se esconden en mi clóset”. Creo que la vieja leía demasiada basura. Y cuando yo proponía que fuéramos “más realistas” y escribiéramos sobre lo que siente la gente común, el Yoplait salía con su jalada de “no mames, eso no vende” y, encima de todo, el bajista seguía a pie juntillas eso de que el líder-de-la-banda siempre tendrá la razón: “sí, no manches, eso no es comercial”. Hasta que me harté y les dije que mejor me iba a cantar a los camiones, “porque prefiero que me paguen por bajarme, que tocar covers en bares donde siempre piden las mismas tres canciones”. Hicieron como que les preocupaba, “no chingues y ahora dónde conseguimos un guitarrista” y “al menos aguántate dos semanas, por si cae una tocada”. Malditos hipócritas, ni siquiera para eso eran originales. Así que saqué mi bafle, les sugerí que contrataran una guitarrista para que al menos “tenga algo bueno esta banda” y se rieron forzadamente. Pero ellos se creían Los Beatles en potencia, ensayando en un cuartucho de azotea. Y Martín no era Paul McCartney, ni yo tampoco tenía pinta de Lennon. Bueno, por decir algo, porque en realidad a ellos les latían Hoobastank y Maroon 5. Yo prefería ondas como Babasónicos o Kasabian. Más allá de eso, yo entré a la banda para divertirme, pero ellos parecían tocar sólo para darse su taco, lucirse con sus cuates o ligar chavitas que no saben reconocer a un engañabobos.


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“Oye wey, hazme un paro, consígueme dos boletos para McCartney, ¿no?”, la llamada era del Yoplait. Ese idiota qué se cree. “¡Va, mi chavo!, ¿los quieres en zona VIP o normalitos?”, pregunté. “Nel, acá normalitos, ora que si se puede algo mejor, pues qué chido”, se emocionó como tonto. No me habla en más de un año y de buenas a primeras se acuerda de que conoce a alguien que puede solucionarle algo tan sencillo como dos-simples-tickets-para-McCartney. “Oye, pinche Yoplait, pero si a ti ni te gustan Los Beatles, mucho menos McCartney”, le eché en cara. “No, sí, bueno, no me late mucho pero ¡es la onda!”, se trompicó con las palabras, “bueno, la neta es que mi vieja quiere ir porque sus amigas van a ir”. Hice una pausa y le aclaré que “el mal pedo es que ya no trabajo como revendedor, así que está cabrón conseguírtelos”. Se sacó de onda y soltó: “¿A poco eras revendedor?”. Vale madres, otro alumno avanzado de Elba Esther Gordillo. “¡Claro que no, pinche Yoplait!, pero tampoco soy una casa de empeños y siempre me pedías dinero prestado”. Breve silencio. “¡Ahhhh!”, expresó el televidente más fiel de Chespirito. “¿Entonces lo de la zona VIP era broma?”, aún tenía esperanzas. ¡Cuánta ternura! “Wey, por eso me dejan las viejas, porque no soportan mi sarcasmo”, intenté esconder mi alegría. “¡Qué mamón eres!, yo que te hablé en buena onda”, se molestó. “Ser mamón es otro de mis encantos, pero pocos lo valoran” y añadí “no chingues, si tuviera boletos VIP invitaba a mi vecina, que está bien buena”. Ganas de colgar no le faltaron, pero prefirió hacerse el duro: “Cámara Robert, ahí nos vemos, te iba a invitar a que regresaras a la banda, pero pus no creo que sea buena idea”. Uy, eso sonó a ardido. “No, me cai que no es buena idea. Ahora toco en una banda cristiana y son más prendidos que Los Martinis”. Me colgó. Ouch, a quién se le ocurre. Son Los Daikiris. Bueno, es que a mí me gusta más un martini, por influencia de James Bond. En fin, no sería mala idea darse una vuelta para ver a McCartney. A ver si consigo un boleto. ¿A quién le hablaré? Podría ser al Tamagochi, pero hace como tres o cuatro meses que no lo saludo ni por messenger. Mmmm, creo que lo pensaré con calma. No, para que me hago ilusiones. Creo que un revendedor tendría más piedad en tiempos de crisis. Y El Tamagochi tiene alma de Carlos Slim, nomás le falta vender la silla de ruedas de su abuela y hasta reza para que ya cuelgue los tenis, bueno, las pantuflas.

Roberto G. Castañeda
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Boxeo de sombra con tus miedos / Manual para canallas

Boxeo de sombra con tus miedos






El Diablo me tomó por el cuello. Traté de resistir el embate, forcejeé intentando zafarme de ese abrazo incómodo. Si me tira al suelo, estoy frito, diagnostiqué mentalmente en fracción de segundos. Desde niño tuve que enfrentar al demonio muchas veces


A Juan le decían El Diablo nomás por derivación, ya que a su padre así lo conocían en el barrio. Recuerdo que los fines de semana íbamos de visita a casa de mi abuela y a mí me encantaba porque a espaldas había una pequeña cancha de futbol que a mí me parecía sensacional, aunque sólo fuera un baldío habilitado con porterías de madera reciclada. Allí pasaba las tardes de sábado, los domingos a mediodía, cascareando con los vecinos, pateando un balón siempre miserable pero que rodaba tan rápido como nuestra alegría. Pero allí mismo, también, tuve mis primeras peleas callejeras. A mi tío David le daba por ponerme los guantes de box para encararme con los vecinos. Davicho, así le decían, me llevaba unos años, así que era como mi hermano mayor. A mí no me gustaba pelear, me daba pánico, pero él insistía en que me pusiera los guantes contra Juan, luego con su hermano Jorge, después con el Chetos y así sucesivamente. Al principio yo soltaba golpes a lo loco y nadie podía derrotarme. No es que yo fuera bueno, sino que me impulsaba el miedo, era una especie de acto de sobrevivencia. Es curioso, pero mi fama creció en aquel barrio de Santa Clara, allá por Ecatepec. Los chicos de mi edad me miraban como si yo estuviera hecho de otro material. No era respeto, sino curiosidad: primero porque yo no pertenecía allí, sino que era una especie de forastero; y segundo porque parecía inexplicable que un chavito flaco, flaco, y de lentes le pusiera sus repasadas al mismo Diablo, que hacía honor a su apodo y traía asoleados a todos los chamaquitos de la cuadra. Mi tío Davicho me esperaba cada ocho días y me daba algunos tips para pelear. Yo nunca pregunté por qué insistía en buscarme rivales, con guantes y después a puño limpio, sólo le hacía caso porque era mi tío. Yo era, como dicta un poema de Dante Guerra, “un chaval que perseguía balones y atrapaba lagartijas,/ mientras la miseria roía el dobladillo de mis pantalones./ Era un pequeño genio de las matemáticas y las niñas me reprobaban./ Mi cuerpo desnutrido carecía de abrazos y vitaminas,/ y temblaba de frío en las noches que llovía./ A los ojos de mi madre era un hijo de Judas,/ que mentía por las cosas más mínimas./ Me sobraban aventuras en castillos de fantasía,/ era un espadachín sin miedo que lloraba si se raspaba las rodillas”.





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Así que durante un tiempo debí medirme con chavales incluso más grandes que yo, como El Chambacú, que me odiaba nomás porque yo había hecho llorar a su hermano, que era de mi edad. El único que me ganó una vez fue El Popochas, un chavo gordito que a mí me parecía simpático, pero que era la burla de todos. Y me caía bien porque me invitaba las Sabritas o el Frutsi congelado. Así que nos hicimos cuates y hasta me presentó a una prima que me gustaba mucho. En la adolescencia incluso fui novio de ella, que se llamaba Berenice, pero luego cada quien siguió su camino y dicen que se puso muy gorda y que tiene un puesto en el tianguis. Bueno, el caso es que El Popochas no sabía pelear, pero como le empezaron a hacer burla aquella tarde tuvo que ponerse los guantes y se resignó a perder. Se supone que yo ya era medio técnico, porque Davicho me daba algunos tips de cómo subir la guardia, la manera de fintar con la zurda y etcétera. Yo trataba de no lastimar mucho al Popochas, de alargar el round, pero en una de esas el pánico lo obligó a cerrar los ojos y soltar un volado que me conectó directo en la nariz. El golpe me mandó de sentón al piso. Yo me levanté entre asustado y molesto, con ganas de desquitarme, pero David me abrazó y me dijo que ahí moría. Yo iba a pedirle una explicación, pero él se quitó la camisa y me tapó la nariz con ella. La sangre era escandalosa, pero yo sólo quería la revancha. David me llevó a casa y me advirtió que no dijera que había peleado sino que me habían dado un balonazo. Mi madre le puso una severa regañada y a mí me castigaron dos días in ver la tele. Mucho tiempo pensé que mi tío Davicho era un sádico por echarme a pelear con medio mundo, pero un día platicando me dijo que se había cansado de que en la primaria fuera el hazmerreír, “porque eras bien chillón y todo mundo te agarraba de bajada”. Tenía razón, nunca lo había visto así. El punto es que después de mi incursión con los guantes, adquirí seguridad y me volví un poco bravucón. No es que me la pasara peleando, pero ya nadie se atrevía a tirarme mi torta en el recreo, ni a quitarme el Boing de triangulito que tanto me gustaba. Si no que le pregunten al Maruchan, uno de sexto que se quiso lucir con las niñas de mi salón y me quitó las gafas. Mi derechazo le puso un ojo morado y se fue a llorar a la dirección. A mi me suspendieron tres días, pero me gané el respeto de todos los de mi clase. En los lugares en los que crecí así pasa, hay que saber meter los puños, aunque sea en defensa propia. Allí no hay sitio para los débiles, hay que hacer round de sombra hasta con tus propias inseguridades, si no quieres pasaporte a ese purgatorio que es vivir con miedo. Aún recuerdo gratamente las épocas en que Davicho me enseñó a soltar los puños, los días en que jugábamos en el mismo equipo de futbol, las tardes en que me invitaba al cine, las noches en que hacíamos guerritas de cohetes, la música de Los Beatles que me enseñó a apreciar, sus consejos sobre las chavas. Hasta que un día lo perdimos. Creció muy deprisa, encontró un trabajo estable, se volvió alcohólico como sus hermanos. Y yo perdí a un amigo, al hermano mayor que nunca tuve. Aún lo veo de vez en cuando, pero su enfermedad ya había hecho muchos estragos. Yo me quedo con el Davicho que me ayudó a enfrentar a mis demonios de la infancia. El David de ahora me parece irreconocible. Paradójicamente, él está acorralado por sus propios infiernos. Y ni cómo ayudarlo. Es triste, pero no tiene remedio.


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico.

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