jueves, 29 de diciembre de 2011

Manual para canallas / El único que te ha sabido olvidar

El único que te ha sabido olvidar

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Una mujer en la playa, recostada sobre un camastro. Su sonrisa lo dice todo, aunque esconde los ojos bajo unas gafas de sol modernas. Ella no observa a la cámara, pero adivino su mirada vana. La fotografía me la envió Myriam por correo electrónico.


“¡Cómo sufro!”, decía el mensajito. Yo observé la imagen con detenimiento. Myriam se veía bastante bien en bikini. Siempre me encantaron sus piernas torneadas, aunque yo adivinaba que a los 35 se pondría igual de obesa que su madre. Pero a mí eso no me importaba porque no pretendía durar con ella más de cuatro años, que es lo que según los científicos es la fecha de caducidad del enamoramiento.

Bueno, en realidad no es que yo estuviera enamorado de ella pero al menos sí que me entusiasmaba pasar tiempo a su lado. Por mucho tiempo guardé esa fotografía, aún después de que terminamos.

Myriam llevaba puestas las gafas que le regalé en su anterior cumpleaños. A un lado había un bolso del que sobresalía, paradójicamente, un ejemplar de La insoportable levedad del ser, el libro que le presté y nunca me devolvió. Sobre la mesilla hay un par de cervezas. Abajo, sobre la arena estaban sus sandalias. Del otro lado del camastro de plástico blanco, apenas perceptibles, se asomaban unos tenis Reebok demasiado grandes para ser de ella. Aquello no tendría nada de raro si ella no me hubiera mentido. Yo le había propuesto que nos largáramos a Cancún unos días, pero ella me salió con eso de que “me encantaría, pero me voy a Huatulco con mi prima”.

No es que hubiera un compromiso real entre ella y yo, porque ambos éramos demasiado libres como para atarnos a los convencionalismos de pareja. Aún así, siempre que íbamos a alguna reunión me presentaba como su novio. Yo bromeaba con eso de “bueno, el novio de los jueves”. Y ella me reclamaba cuando la presentaba como “Ella es Myriam” y alegaba que “van a pensar que soy tu amante en turno”. Momento, la frenaba yo, “si yo fuera casado, serías mi amante. Y entre tú y yo los títulos salen sobrando”.

A ella no le bastaba con llegar de mi brazo, sino que tenía que fortalecer los lazos con eso de “lo de nosotros es algo más serio”. Pero estaba en que eran vísperas de año nuevo cuando me envió la fotografía y un texto que decía algo así como “este año nuevo no será lo mismo sin ti, me encantaría que estuvieras conmigo en una puesta de sol. Por favor, brindas por mí y me recuerdas con cariño”.

Así lo hice el primer día del nuevo año: levanté mi copa y pensé en Myriam unos instantes. Después de medianoche le mandé un mensaje a su celular, que nunca me respondió. Luego alegaría que las redes estaban saturadas. Tampoco le di mucha importancia.

Regresó cambiada, más distante que de costumbre. Fue espaciando nuestros encuentros. Hasta que un día me encontré a su prima en el supermercado. Nos saludamos y charlamos brevemente, le pregunté qué tal la habían pasado en Huatulco. Ella respondió que no había estado allí, que se fue con su novio a Puerto Vallarta.

La chica intuyó todo al ver mi sorpresa: “Creo que ya la regué. Ay, esa Myriam”. Ni te preocupes, solventé el mal rato. Nos despedimos y ella me dio un abrazo mientras me decía “habla con ella, porque yo creo que tú no te mereces eso”. Lo que debió decir es “tú te mereces algo mejor”. Por supuesto que no hablé con Myriam, sólo dejé de contestar sus mensajes y evadir sus llamadas.

Meses después un amigo en común me contó que ella se casaría con su jefe, quien dejó a su mujer por Myriam. Como ya había dicho, no había compromiso entre ella y yo, así que estaba en todo su derecho. Lo que sí me merecía, porque nos lo habíamos prometido, era un poco de honestidad de su parte. Pero ella no era del tipo de mujeres que suelen ser sinceras y mucho menos confiable. Tanto así que un buen día me llamó para decirme que “seguramente ya te enteraste”. Mi frialdad no la detuvo: “Si llamaste para invitarme a la boda, la neta es que me da weba rentar un smoking”. Myriam se río como si fuera algo divertido. “No seas tontito, no soy tan bruja. La verdad es que me gustaría verte, platicar contigo”. El pinche diablo era su mensajero, yo creo que por eso acepté.

El jueves siguiente nos fuimos a festejar su buena fortuna: el tipo le puso departamento en Polanco, coche a la puerta y tarjeta de crédito para “una reina que lo merece todo”. Ya con unos tragos encima me confesó que “Alonso es un buen tipo, pero no es mi tipo” y soltó una carcajada como si se le hubiera ocurrido una genialidad. Su jefe había sabido conquistarla, narró Myriam, con detalles y regalos cada vez más costosos. También aceptó que se largó con él a Huatulco a celebrar el Año Nuevo.

“Perdóname por haberte ocultado eso”, pretextó mientras se acurrucaba en mi hombro. “Ya te perdoné hace mucho”, aclaré, “pero tampoco me pidas que sigamos tan amigos como siempre”. Y por qué no, algo así dijo ella, “además no te puedes ir sin darme mi despedida de soltera”. Ya estaba más ebria que de costumbre. “Tú siempre me has gustado mucho”, me besó en la boca y la verdad es que tampoco me resistí. Pero su embrujo ya no tenía el mismo efecto. Cuando se paró al baño, la observé con detenimiento. Lucía muy bien la desgraciada con sus jeans de marca y sus botas altas y ese bolso gigantesco... pero la noté un poco pasada de peso. Y cuando regresó del “tocador” su mirada que pretendía ser coqueta me pareció igual de sincera que el saludo de dos boxeadores antes del primer round.

Pedí la cuenta, aunque ella argumentó que “aún es muy temprano”. En cuanto salimos y “le dio el aire” se mareó por completo. En el coche sugirió que fuéramos a mi departamento “porque hay que aprovechar, qué tal si es la última vez que soy tuya”. Mi poco entusiasmo se difuminó por completo: “Myriam, tú nunca fuiste mía. Eres demasiado egoísta para pensar en alguien que no seas tú. Y yo no soy tu pendejo, o algo así, para que me llames cada que tu marido se vaya a un viaje de trabajo”. Más o menos eso resumió mi desencanto.

Así que la llevé a casa de sus padres y tardé en convencerla de que se quedara. “No me hagas esto, regálame esta noche aunque sea la última”, su borrachera era persistente. Ni madres. Azotó la puerta. “Pero un día me vas a pedir que vaya a buscarte”, me advirtió. Eso no sucedió. Aunque de vez en cuando estuve tentado a llamarle. No fue fácil olvidarla, no voy a negarlo, pero mi resentimiento fue una balsa que me llevó a otras islas. Hace un año exactamente me mandó una foto al celular: estaba en la playa, nuevamente, y agregaba “Ojalá estuvieras aquí”. Ella es quien no ha podido olvidar.

Supongo que no es feliz y que su mismo desencanto es el que la orilla a pensar que estoy solo, sentado en aquel sofá que compartimos, bebiendo en silencio, fumando hasta altas horas de la madrugada, graffiteando poemas en la pared de la sala. Eso es lo que ella quisiera. Yo no puedo invertir en más quimeras. Yo lo que pretendo es seguir al pie de la letra los destellos de Dante Guerra: “En tus silencios habito inmóvil,/ en tus suspiros se aloja mi corazón gélido./ Y tus miradas frente al espejo frío/ te devolverán el vacío de mi recuerdo./ No estarás, no, segura en tu trinchera,/ no mientras te bombardean mis sonrisas,/ mientras te atacan ejércitos de nostalgia./ Y tu cuerpo desnudo temblará de ansiedad/ cuando mis besos fantasmas se deslicen por tu espalda./ Seguro maldecirás en silencio/ por los días de calma que ya no tendrás,/ no mientras yo sea el único que te ha sabido olvidar”. Así que una vez más brindaré por otro año que se ha ido, igual que se han marchado los besos que no supiste atesorar. Y me gusta, me gusta eso de saber que yo sea el único que ha podido olvidar.



Roberto G. Castañeda

Manual para canallas

El Gráfico

jueves, 22 de diciembre de 2011

Manual para canallas / Brindemos por los desesperados

Brindemos por los desesperados

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La Navidad es una botarga del doctor Simi con gorro decembrino. La Navidad es esa musiquita chocante de las series navideñas. La Navidad es un niño que se quedará sin regalos, la tristeza del jubilado, la angustia de los desempleados


La Navidad es esa multitud de desposeídos que comen pollo rostizado en Nochebuena. La Navidad es una anciana solitaria que mira con desgano el parpadear de las luces en el árbol. Y también es hastío, melancolía, lágrimas por los que se han ido, un brindis por los desesperados. La Navidad eres tú, llamando a quien extrañas; soy yo, pensando en este jodido año. Y también es la risa triunfadora de los que nos gobiernan, la felicidad de los que nos explotan, la ruindad de aquellos que nos han estafado. La Navidad es un huérfano que no recibirá muchos abrazos, el abuelo abandonado en el cuarto de servicio, la chavita que ignora a sus padres mientras se mensajea con sus amigas, el adolescente que llama a la novia antes que a la abuela. La Navidad son buenos deseos, abofeteados por esta pinche crisis que no cesa. Y tú estarás mortificado porque ya se acercan los Reyes Magos y el jodido aguinaldo que no alcanza ni para pintar la casa. Cómo carajos ser optimista cuando este país se derrumba entre balas, desfalcos estatales y promesas de campaña. Pero sobran pretextos en los discursos presidenciales. Y los políticos bromean frente a las cámaras, en tanto que los pobres no salen ni en los comerciales. Habrá que cenar, otra vez, ese pavo descongelado, la ensalada de manzana, el pollo rostizado. Habrá que tragar fuego, por enésima vez, porque esta tierra es cada vez más cenizas y cruces en el desierto. Habrá que brindar por los desposeídos, por los que se han ido, por los que no escaparon del fuego cruzado, por los que sólo tienen tristeza en la mirada y el alma en vilo. Brindemos por los desaparecidos, esos que sólo engrosan las listas oficiales, los que serán llorados en ausencia, los que no estarán a nuestro lado para levantar la copa. Brindemos por ese himno de Rubén Blades que es un reclamo y una voz de los que nunca serán escuchados: “‘Que alguien me diga si ha visto a mi esposo’,/ preguntaba la doña; se llama Ernesto, tiene 40 años,/ trabaja de celador en un negocio de carros./ Llevaba camisa oscura y pantalón claro./ Salió anteanoche y no ha regresado;/ no sé qué pensar. Esto antes nunca me había pasado./ Llevo tres días buscando a mi hermana,/ se llama Altagracia, igual que la abuela./ Salió del trabajo pa’la escuela./ Tenía puestos unos jeans y una camisa blanca./ No ha sido el novio. El tipo está en su casa./ No saben de ella en la policía, ni en el hospital.../ ¿A dónde van los desaparecidos?/ Busca en el agua y en los matorrales./ ¿Y por qué es que se desaparecen?/ Porque no todos somos iguales./ ¿Y cuándo vuelve el desaparecido?/ Cada vez que los trae el pensamiento./ ¿Cómo se le habla al desaparecido?/ Con la emoción apretando por dentro”.

-O-


La Navidad es un comercial de Telcel, aquel aparador de Plaza Aragón, el árbol navideño en Parque Tezontle, el Santaclós falso afuera del Walmart y ese folleto de Soriana que promete descuentos. La Navidad es una invitación para endeudarse a largo plazo: “Compre ahora y empiece a pagar en marzo”. Sí, la Navidad es una magnífica oportunidad para reconciliarse con los que hemos alejado. A quién chingados engañamos. No seamos hipócritas: Daremos un abrazo cálido y no volveremos a verlos mientras queramos. Mejor sentémonos en silencio, observemos los rituales de nuestros padres, respetemos el brindis de la abuela, lloremos por lo que hay que llorar, elevemos alguna plegaria al cielo y pidamos blindaje especial para que no acabe de llevarnos la chingada. Yo sé, claro que lo sé, que son tiempos de paz y armonía y esas utopías que escriben en las tarjetas postales. Sí, yo sé, yo sé, así que no le hagan mucho caso a este inconsciente que tendría que estar haciendo una lista de buenos deseos. Sí, son tiempos de armonía, de esperanza, de brindis y buenaventura, pero el asesino no descansa, ni el ladrón de cuello blanco, ni el político que nos atracará mañana, ni la líder sindical que nos estafa, ni el sicario con el cuerno de chivo, mucho menos el ladrón de nuestras esperanzas. Y no, no quiero, no, sonar amargado. Sólo soy un tonto que no cree en las cifras oficiales, ni en los informes maquillados. Sólo soy el mismo que levantaba la mano en el salón de clases, ese chamaco inconforme que no se quedaba callado, el tipo insolente que recita a los poetas más incendiarios, el que se ríe de sus miserables aumentos al salario mínimo. No, en verdad que no quiero sonar amargado... sólo pasa que a mi las Navidades me parece que se han distorsionado. Somos un ejército de desfavorecidos, millones de desesperados. Y será mejor salir a la calle y ser espléndido, unirse a una causa benéfica, cobijar a los que pasan frío, obsequiar un juguete al más desfavorecido del vecindario, sonreírle a todo mundo, abrazar a tu perro, separar la basura, no estacionarte en doble fila, darle propina decente al mesero, cederle el asiento a las embarazadas, respetar el derecho ajeno, no meterte en la vida de tus vecinas, sacar nueve en matemáticas, invertir en poesía y bieneducar a tus hijos, emitir un voto razonado y renegar de los corruptos. Y hay que ser agradecido con tus padres, estar en gracia con los dioses y en paz con tus demonios. Habrá que levantarse con buen ánimo y partirse la madre otra vez y caerse y levantarse. Y volver a caer. Y levantarse. Habrá que ser un luchador incansable. Y no, seguramente no, no serás la mejor persona, ni el más noble de tu cuadra, pero algo estarás cambiando. Así que por ahora brindemos por los desesperados. Y maldigamos a los que no se cansan de estafarnos.


Roberto G. Castañeda

Manual para canallas

El Gráfico

jueves, 15 de diciembre de 2011

Manual para canallas /Que no me toque la maldad en esta rifa

Que no me toque la maldad en esta rifa

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La maestra advirtió que aquel alumno que faltara al intercambio navideño sería reprobado, así que no teníamos elección. Yo no sé todavía por qué carajos se empeñan en esas tonterías, como si aquello nos fuera a hacer más amigos del tipo que nos caía gordísimo.

Mi madre hizo un mohín cuando le di la noticia y de inmediato reprochó que “ya no saben en qué hacernos gastar, como si uno cagara dinero”. Y es que la situación en casa no era nada sencilla, había demasiadas cuentas por pagar: la renta, luz, agua, el gas, la cooperación para la posada de mi hermana, la piñata que le tocó comprar a mi otra hermanita, el traje de pastorcillo para la pastorela en que salía mi carnal y un sinfín de etcéteras, sin contar que se aproximaba el Día de Reyes en menos de un mes. Además eso de los intercambios navideños era terriblemente decepcionante. El ejemplo más claro es que mi madre eligió una bufanda a cuadros que ni a mí me gustaba y mucho menos entusiasmaría al chamaco que la recibiría. Así que fue penoso el día en que fuimos pasando uno a uno al frente para entregar el obsequio y abrazar falsamente al niño o la niña que te tocó en el intercambio. “¿Quién te tocó, Roberto?”, me preguntó la profesora. Por poco y se me sale decir “El Chakespiere”, como le decíamos al que siempre declamaba en los festivales del Día de la Madre y el Día del Maestro y el día de pasar a hacer el ridículo. Pero recompuse a tiempo y señalé a la segunda fila para decir “Fernando”. Entonces, bien peinadito y tan pulcro como siempre, él se levantó y fue por su fabulosa caja envuelta en papel metálico con esferas de colores. Nos dimos un abrazo a medias, para luego huir a nuestros lugares. Uno a uno fueron desfilando para repetir el numerito, que era coronado por aplausos tan entusiastas como un obrero en fin de quincena. Lo peor fue cuando pasó Ileana, que además de ser la más fea del salón le decían La Mostachona porque tenía más bigote que todos los de tercero. Ella dijo mi nombre y de volada me puse rojo cuando pasé al frente. Alguien gritó el estúpido “¡beso, beso, beso!” y algunos siguieron el coro mientras el resto se carcajeaba. Y todo para que mi cara se pintara de decepción al ver que por enésima ocasión me habían regalado unas “Lenguas de gato”, sin saber que a mí los pinches chocolates nunca me han gustado. La misma historia de antes: mis hermanos devorarían los chocolates, mientras Nadia se quedaría con la cajita para guardar chucherías. Desde entonces odio los tristes intercambios navideños, porque te dan las cosas más inútiles, los regalos reciclados de la abuela: una taza con chocolates y envuelta en celofán, los guantes para el frío, la bufanda ridícula, el Surtido Rico de galletas, el chingado muñeco de peluche o aquella cartera con el escudo de tu equipo y el llavero que tenía olvidado el padre en algún cajón. Por eso crece uno traumado, me cai de madres. Yo por eso alucino las “Lenguas de gato”, que al parecer han ido perdiendo popularidad desde que todos regalan chocolates Ferrero-Rocher. Al fin y al cabo son la misma gata, pero revolcada. Alguien en el mundo debería prohibir que le arruinen la vida así a los chamacos. O propondré un decreto para lanzarle huevos al maestro que vuelva a proponer que “deberíamos hacer un intercambio”.


-O-



Yo no sé para qué chingados me quejo, si la vida es una sucesión de intercambios, algunos peores que los navideños. El amor mismo es un intercambio: das lo mejor de ti y a cambio te dejan un corazón desvencijado. Mi madre entregó su vida a un empleo malpagado y al jubilarse le entregaron una pensión indigna. Tu padre invirtió un año de su vida en el trabajo y a cambio le toca un aguinaldo tan raquítico como sus posibilidades de que un día se gane el Melate. Aquella chica le entregó su cuerpo cálido al tipo que decía amarla demasiado y ahora ella llora junto a un bebé que no tiene padre. La madre divorciada le dio sus mejores años al hombre de su vida, para que a fin de cuentas la cambiara por una secretaria mucho más joven. Un par de estudiantes dedicaron años a la escuela para sacar a su familia adelante, sólo para recibir un disparo mortal de unos imbéciles que nunca sentirán remordimientos. Y mi madre sigue esperando que un dios piadoso le haga justicia a su bondad, mientras su mirada cansada se detiene en el parpadeo continuo de su arbolito de Navidad. No hay regalos suficientes que mitiguen la falta de esperanza, ni esta crisis feroz que nos rodea. No hay intercambios navideños que nos despierten una sonrisa sincera, ni un brindis de fin de año que nos reconcilie con la esperanza de que el futuro vendrá con un moño de regalo. No, no hay festejo que nos aleje esta jodida sensación de que alguien nos está estafando. Aunque este loco se ría solito cuando lee en Twitter y Facebook que a “Peña Nieto deberían regalarle libros en vez de votos”. No, no hay festejos que nos hagan sentir plenos, no cuando en este país asesinan a los jóvenes por la espalda; no, no hay espíritu navideño que alcance a distraer las señales de alarma; ni villancicos que opaquen las ráfagas que se escuchan allá afuera. No, no hay un árbol navideño lo suficientemente hermoso que me haga olvidar que en este país los hombres buenos siempre terminan sufriendo, llorando a sus muertos, maldiciendo la desgracia de tanta injusticia y tanto atropello. Por eso confío tanto en esta plegaria de Dante Guerra: “Que no me alcance esa bala perdida,/ que no me toque la maldad en esta rifa,/ que los dioses blinden a mi ángel de la guarda./ Que no me roce la locura ni me roben la esperanza./ Que mis pasos vuelvan a casa, que los rezos de mi madre surtan efecto,/ que este país en llamas no se vuelva más cenizas./ Y que los hombres justos ganen algunas batallas,/ aunque sean mínimas, en medio de este purgatorio”.


Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico

miércoles, 14 de diciembre de 2011

GRAN ANGULAR / Balas en vez de audiencia

Balas en vez de audiencia


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Nadie, por supuesto, merece ser asesinado. Ni siquiera cuando se bloquea una autopista y se afecta a terceros. Menos aún cuando ese bloqueo que, es cierto, violenta derechos de otros, fue para exigirle audiencia a una autoridad. Y jamás, cuando los peticionarios son estudiantes que quieren mejorar las condiciones de su escuela.

Pero por pedir audiencia para eso, fueron asesinados los estudiantes Gabriel Echeverría de Jesús, de 20 años, y Jorge Alexis Herrera, de 21. Por eso está en coma otro de sus compañeros y varios más están gravemente heridos. Todos ellos y otros estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa habían bloqueado el lunes un tramo de la autopista del Sol que atraviesa Chilpancingo. Policías del estado y federales rompieron el bloqueo. Hasta aquí podría resultar comprensible que procedieran a liberar una importante vía federal de comunicación, pero ¿tenía que ser como lo hicieron, con exceso de violencia y un saldo de dos jóvenes muertos con tiros en la cabeza?

Ángel Aguirre Rivero, el gobernador que ya en septiembre se había apersonado en la normal de Ayotzinapa para atender las demandas de sus estudiantes pero que, por lo visto, ya no quería dar otra audiencia, hizo saber el mismo lunes, a través del procurador Alberto López Rosas, que los policías estatales tenían la orden de actuar desarmados. Horas más tarde, sin embargo, se difundieron fotografías periodísticas y videos de hombres armados en el lugar de los hechos, algunos vestidos de civil del lado de la policía estatal, algunos de cuyos agentes uniformados también portaban armas largas.

Aunque la Procuraduría guerrerense buscó empujar la versión de que esos hombres armados eran parte de los manifestantes —imputación que éstos negaron rotundamente— la contundencia de las imágenes levantó una ola de indignación que creció cuando ayer se difundió un video captado por cámaras del Centro de Control y Comando (C4) del gobierno de Guerrero que muestra el desarrollo del bloqueo, el enfrentamiento, algunos disparos al aire de uniformados y el sometimiento de los normalistas con lujo de violencia.

A Aguirre Rivero —ex priísta llegado al poder postulado por el PRD, sobre todo por Los Chuchos de Nueva Izquierda— no le quedó más que cesar ayer al procurador López Rosas, al secretario de Seguridad Pública, Ramón Almonte Borjas, y al subsecretario Ramón Arreola, así como pedir la intervención de la PGR para garantizar la imparcialidad de la investigación.

La Policía Federal rechaza haber disparado contra los normalistas y no hay, hasta ahora, evidencia que contradiga su dicho. Lo que sí hay es la imputación de algunos de los manifestantes que aseguran que, por un lado les disparaban estatales y ministeriales, y por el otro, los federales. Quedaron, aseguran, entre dos fuegos.

¿Qué ocurrió? ¿Quiénes son los asesinos? ¿Se sabrá la verdad? ¿Qué tanto los abusos de fuerza de la autoridad son consecuencia del clima de violencia que se sembró en el país con la guerra contra el narcotráfico y la delincuencia? ¿O qué tanto son una prueba más de la ineficiencia de las policías? ¿O qué tanto son provocaciones de la misma autoridad? ¿O qué tanto son infiltrados en grupos que plantean demandas legítimas?

Lo que no es posible es que dos jóvenes caigan asesinados porque querían pedirle a su gobernador un aumento de los 35 pesos diarios que recibe cada estudiante de la normal para completar sus tres alimentos, reparación de baños, dormitorios y mobiliario de la escuela; aumento de 140 a 170 lugares para alumnos de nuevo ingreso y becas para los más necesitados.


Instantáneas

1. DIPUTADOS. Guadalupe Acosta Naranjo será el diputado del PRD que a partir de mañana ocupe hasta abril la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados. Alejandro Encinas decidió no contender por la posición y quedarse al frente de la fracción parlamentaria perredista hasta que pida licencia para buscar una senaduría. Armando Ríos Piter permanecerá al frente de la Junta de Coordinación Política a partir de un acuerdo que, por única vez, le permitirá a un mismo partido ocupar las dos posiciones de gobierno de la Cámara baja. Y así, al interior del PRD, quedaron contentas sus tribus: la Nueva Izquierda de Los Chuchos con Acosta Naranjo; AMLO con Encinas y Marcelo Ebrard con Ríos Piter.

2. DINEROS. Donde el PRD ya operó un cambio previo a su asunción a la presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados fue en el cargo que maneja los dineros. Guillermo Haro, hombre muy cercano a los afectos de Emilio Chuayffet, renunció al cargo y la Junta de Coordinación Política designó por unanimidad a Fernando Serrano Migallón, hombre de la élite académica de nuestro país.


Raúl Rodríguez Cortés
Gran Angular

El Gráfico

lunes, 12 de diciembre de 2011

La visita de Benedicto XVI o el Imperio contraataca

La visita de Benedicto XVI o el Imperio contraataca



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El pasado mes de mayo, Felipe Calderón Hinojosa, invitó al Papa Benedicto XVI a visitar México, durante un breve encuentro que sostuvieron en la sacristía de la Basílica de San Pedro.

Al finalizar la misa de beatificación de Juan Pablo II y tras venerar los restos mortales del nuevo beato, el obispo de Roma saludó uno por uno a los 16 jefes de Estado que viajaron a Roma con motivo de la ceremonia, incluyendo a Calderón, quien estuvo acompañado por su esposa, Margarita Zavala. Ambos iban vestidos de negro y saludaron con sobriedad al Papa. El Papa y Calderón intercambiaron unas palabras en inglés.

"Santo Padre, gracias por su invitación, gracias a usted y a la Iglesia. Le traigo una invitación del pueblo mexicano", dijo Calderón, se escuchó en las imágenes del encuentro distribuidas la tarde de este domingo por el Centro Televisivo Vaticano (CTV).

"Estamos sufriendo por la violencia. Ellos lo necesitan más que nunca, estamos sufriendo. Lo estaremos esperando".

Desde que Carlos Salinas abrió la puerta al Vaticano las invitaciones a los jerarcas católicos han sido frecuentes, aunque no tan serviles como la que efectuó Calderón quien olvida que no es católico el 100% de los mexicanos, hay otras creencias, además la Constitución dice claramente que México es un Estado laico.

La visita ya está confirmada por el vaticano pero independiente a las creencias religiosas, se sea católico o no, resulta desagradable que el próximo año que es de elecciones a la presidencia de México, Calderón invite al Papa a visitar el país, ¿piensa con eso atraer votos católicos para levantar la deteriorada imagen de su partido? quizá sea mal pensar pero ¿una vez más la iglesia católico piensa influir en los asuntos internos de los países, en el caso de México de un país laico según la constitución?, ¿Calderón se basa en la memoria de corto alcance de los mexicanos?, piensa mal y acertarás dice el refrán.

Peña Nieto y los libros

Peña Nieto y los libros



Hace unos días el candidato del PRI Enrique Peña Nieto buscando los reflectores asistió a la Feria de Guadalajara a presentar un libro que "escribió" pero del que no es el autor y tuvo la mala fortuna de que le preguntaran por los libros que ha leído y se perdió dando datos erróneos y mostrando ignorancia de libros y autores que según el ha leído haciendo recordar a Vicente Fox, su hija salió al rescate y bueno solo empeoró las cosas, dado lo chusco y penoso del caso Babylonia Forum realizó un video que esperamos les agrade.

Gran Angular / Delincuencia y terrorismo

Delincuencia y terrorismo


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Además de esa constante informativa de Los Pinos que advierte de la intromisión de la delincuencia organizada en los procesos electorales, está otra que vincula al crimen —sobre todo al narcotráfico— con el terrorismo internacional, lo que, le decía aquí en la anterior entrega, tampoco es casualidad y tiene intenciones y objetivos estratégicos no sólo del gobierno mexicano, sino del de EU.

Repasemos pues, como quedamos, noticias recientes de esa constante informativa oficial de la relación delincuencia y terrorismo:

Después de múltiples declaraciones de Hillary Clinton, secretaria de Estado del gobierno de Washington, en el sentido de que los cárteles mexicanos de la droga operaban como organizaciones subversivas o bien como cárteles del crimen vinculados a grupos terroristas internacionales, sobre todo de corte islámico, se informó de un primer hecho que presuntamente documentaba ese vínculo.

Fue el 11 de octubre pasado cuando el FBI y el Ministerio de Justicia de EU denunciaron un complot que involucraba a la embajada de Irán en México, para asesinar mediante el estallido de una bomba al embajador de Arabia Saudita en Washington. Un agente secreto iraní —de acuerdo con la información difundida— buscó contratar a sicarios de Los Zetas para concretar el atentado, pero su contacto en México resultó ser un agente infiltrado de la DEA que dio aviso al gobierno de Washington, que a su vez agradecería al mexicano su participación en el desmantelamiento de la conjura.

El pasado miércoles 7 de diciembre, el secretario de Gobernación, Alejandro Poiré, y la vocera presidencial, Alejandra Sota, informaron que se había logrado frustar el ingreso ilegal a México de Saadi Gadafi, hijo del recientemente derrocado y asesinado dictador de Libia, Muamar Gadafi. El plan era instalar a Saadi, comandante de las fuerzas especiales del ejército libio y prófugo de la justicia del nuevo gobierno de transición de ese país del norte de África, en Bahía de Banderas, Nayarit.

La información se dio a conocer aquí un mes después de que se difundieran en un periódico canadiense, nacionalidad de uno de los involucrados en el plan que —según versiones difundidas este fin de semana— también incluía el traslado ilegal del ex líder libio asesinado el 20 de octubre. El plan habría sido orquestado en septiembre pasado en un hotel de Paseo de la Reforma.

Y el pasado jueves 8 de diciembre, la cadena Univisión transmitió un reportaje especial sobre un presunto complot en contra de EU, en el que estarían involucrados los gobiernos de Irán, Cuba y Venezuela, así como jóvenes hackers mexicanos y profesores de la UNAM, para atacar cibernética y físicamente objetivos norteamericanos. El reportaje incluyó grabaciones y videos, entre otros el del hoy extinto profesor Francisco Guerrero Lutteroth y el ex embajador de Irán en México, Mohammad Hassan Ghadiri.

Hay en esto cierta pretensión del gobierno mexicano de mostrar la eficiencia de sus servicios de inteligencia (aunque en el caso del hijo de Gadafi se informó aquí un mes después de haber ocurrido la detención de la presunta célula que lo integraría ilegalmente a nuestro país); una constante presencia de Irán, el nuevo enemigo estratégico y objetivo militar de EU; y la inocultable búsqueda de documentar, a veces hasta de manera muy forzada (pero siempre alineados a los intereses estadounidenses) la relación delincuencia-terrorismo, la gran coartada para que Washington intervenga en México abiertamente, si es que todavía se puede más abiertamente.


Instantáneas

1. REGISTROS. Esta semana será el registro de los precandidatos presidenciales del PAN. Josefina Vázquez Mota lo hará hoy, muy guadalupana, a las siete de la noche; Santiago Creel (quien ayer celebró su cumple 57 en el salón Candiles del centro de convenciones del hospital Español) lo hará pasado mañana miércoles a las 6:30 de la tarde; y Ernesto Cordero el jueves 15 de diciembre a las siete de la noche.

2. SPOTS. Aunque por ser candidato único de la coalición de partidos de izquierda que lo postula no podrá difundir con su imagen spots en los tiempos oficiales de radio y televisión durante el periodo de precampaña que empieza el próximo domingo, AMLO recurrirá a niños para transmitir un mensaje de paz, amor y trabajo para la reconstrucción del país.

3. CONSEJEROS. Los diputados le entrarán esta semana a la designación de los tres consejeros electorales que faltan. Hay versiones de que se configura consenso a favor de tres académicos, entre ellos un ex rector de la UNAM.



Raúl Rodríguez Cortés
Gran Angular

El Gráfico

domingo, 11 de diciembre de 2011

Manual para canallas / Cicatrices en la memoria

Cicatrices en la memoria


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A la décima inyección ya no sentía nada. Tenía fractura de clavícula, un par de costillas rotas, el brazo enyesado y algunos tornillos uniendo lo que me quedaba de tobillo. Sin embargo, me incomodaba más aquel semi silencio en el hospital.

A lo lejos escuchaba a un anciano quejarse, a una señora que taconeaba de manera grosera en busca de un doctor, a un vecino de habitación que no dejaba de echarse pedos. Es lo malo de no tener varo, que hasta para morirte lo tienes que hacer en compañía de algunos desconocidos. Yo no iba a morir, desde luego, pero me sentía al borde del precipicio. Allí se estaba igual de solo que en la penumbra de tu cuarto. El primer día me visitaron mis hermanos y mi madre. La segunda noche los dolores me hicieron compañía. Alguno de mis compañeros de trabajo pregunto por mi estado de salud. Llegaron un par de amigos, pero se asustaron de encontrarme tan jodido y tuvieron la decencia de no comentarme nada. La novia que tuve hasta una semana antes del accidente quiso entrar a verme, pero ya había dejado instrucciones para que le prohibieran el acceso. Me hubiera gustado perdonarla, pero alguien que dice ser la mujer de tu vida no acepta un trabajo en la frontera. Tal vez Miriam necesitaba huir de mí, de mis obsesiones, de mis escasas ambiciones. Sería que yo estaba endiosado con mis sueños de poeta. Total que no la dejé entrar y tuvo que largarse sin despedirse. Ella regresó un año después, convencida de que me amaba. Yo ya me había repuesto de sus ausencias, de la hemorragia interna, y mis huesos habían soldado aunque me quedé con un par de dedos igual de torcidos que las patas de un cuervo. Sí, la amé con locura y me fascinaba en la cama, pero no estaba dispuesto a que cualquier otro día se largara. Soy tan miserable que hasta me regocijé con su fracaso. En su ausencia, un primo de Miriam se encargó de contarme que el wey que la mandó llamar de la sucursal en Tijuana no se había fijado en su talento, sino que la conoció en una convención y confiaba en enamorarla. Cuándo Miriam se dio cuenta de que sólo la buscaban por sus nalgas, prefirió perder el empleo y se regresó con todo y mudanza. Tuvo que pasar un año para entender cuánto me amaba. Demasiado pronto para volver y muy poco tiempo para arrepentirse. Hace mucho que no pensaba en ella, pero hoy me asaltó la voz de los Pettinellis, que cantan: "Enfermera no la deje entrar/ no haga más cruenta esta enfermedad/ Con este cáncer ya no puedo más/ de a poco me hundiré en la soledad". Ahorita lo único que lamento es no haber escuchado esa canción cuando estuve convaleciente, porque hubiera mandado poner un altavoz en la entrada de aquel hospital. Igual y varios pacientes estarían de acuerdo conmigo. Igual y otros me odiarían por recordarles lo miserable que era su existencia.


-O-



Ha pasado el tiempo y aún hay cicatrices en la memoria. Cuando el auto volcó no sentí nada, ni miedo ni algo parecido; tampoco mi vida pasó por mi mente en cuestión de segundos. Sólo escuchaba el crujir del metal y sentí los pedacitos de vidrio resbalando por mi cara. No duró mucho, de eso estoy seguro. Desperté en la ambulancia. Nadie intentó calmarme, porque comprendí todo en cuanto abrí los ojos. Han pasado los años y tardé mucho pagando las deudas contraídas, por eso que los peritos llamaron "daños a las vías de comunicación". Una cantidad grosera de dinero que pedí prestado para solventar el pago del asfalto, una señal de tránsito y no se qué tantas tonterías que me habían endosado. Mi coche no tuvo arreglo y terminó como chatarra. Ha sido lo más cerca que he estado de abandonar este mundo. Pero no quiero sonar dramático, porque la neta es que el cinturón de seguridad evitó mayores daños. Nunca sentí que me iba, ni vi una luz al final del túnel, como tampoco me encomendé a los dioses ni pensé en mi madre. Aquello sólo era la factura que me pasaba mi soberbia. Como todos los borrachos que manejan, me sentía invulnerable, confiaba en mis capacidades. Sólo los pendejos chocan, me decía mentalmente al tiempo que aceleraba. Así pasa cuando bebes: te crees invencible, eres arrogante y presumido aunque en el fondo seas un fracasado. Mi mayor empresa he sido yo mismo. Y tengo muchos puntos vulnerables. He invertido en mi intelecto y eso no me ha dado grandes ganancias. Desde que destrocé mi auto y mantuve intacto mi cerebro, decidí que lo mejor era beber sin manejar, así que siempre que me emborracho me arriesgo a subirme a un taxi. Al menos no me estrellaré contra gente inocente. Sería un hipócrita si asegurara que ya no bebo o que mi corazón es un huerto de metáforas. No, al contrario. Cada vez me emborracho con más desesperación. Las ausencias han sido curadas, pero me queda esta soledad que nada sana. Y canto con voz ebria esa canción que me hace recordar: "No vuelvas nunca más al hospital/ son tus visitas las que hacen mal/ Si son amigos no quiero ni hablar/ de cosas que amo y que me hacen odiar/ Le pido a ella que no piense en mí/ si alguna vez me tocara morir/ si alguna vez me tocara morir/ yo le pido a ella que no piense en mí".

Roberto G. Castañeda
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Manual para canallas / Estamos construidos de rencores

Estamos construidos de rencores


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La mujer de mi padre es un poco extraña. Bueno, en realidad es muy extraña. Casi no habla, sólo me mira a hurtadillas, con el rabillo del ojo. A mí eso no me incomoda, lo que realmente me saca de onda es que me ofrece una cerveza a las diez de la mañana.

Supongo que es mera cortesía, porque una chela es justo lo que ella le sirve a mi jefe. Y José Antonio toma la bebida con una naturalidad estúpida. "Salud", me dice. Yo no hago el menor esfuerzo por responder a su gesto y sólo miro mi vaso con agua. "Mire hijo", mi padre siempre me habló así, de "usted", "lo mandé llamar porque necesito hablar con usted". Eso ya lo sabía, pero él es un tipo muy básico y ordinario. "Ya estoy viejo y no creo aguantar mucho, así que antes de irme tengo que resolver muchas cosas". No mames. Como si esto fuera una película del tipo Asuntos pendientes antes de morir. José Antonio ni siquiera me mira a los ojos. No sé qué chingados le atormenta o si el cura le sugirió que buscara el perdón, pero a mí sus palabras me parecen huecas, vacías, como un mero trámite. "Yo ya estoy muy mal y solamente quiero irme en paz", añade. Entonces da otro sorbo a su cerveza, reclinado cómodamente en ese sillón con manchas de borracheras pasadas. Yo estoy frente a él, tentado a sacar un cigarrillo y con ganas de largarme pronto. Él siempre ha sido manipulador, así que no me extraña que tome una actitud dramática. Pero la cerveza en la mano delata su cinismo. "Yo sé que no he sido un buen hombre", dice con su voz rasposa de alcohólico, "pero usted no sabe por lo que he pasado". Si, cabrón, supongo que has sufrido mucho, asiento mientras recuerdo que han transcurrido décadas desde que nos abandonó para irse con su amante. "Mi vida no ha sido fácil", agrega como si eso lo eximiera de todo mal, "los remordimientos me han perseguido siempre". No resisto más y enciendo un cigarrillo. No estoy cómodo allí. Su mujer se apresura a traerme un cenicero. "Pero estoy tranquilo porque usted y sus hermanos han sabido salir adelante", ese tipo extraño no deja de hablar. Yo lo interrumpo para aclararle que "somos el legado y el reflejo de mi madre". Ni siquiera debo remarcarle qué clase de mujer ha sido Alicia. "Claro, claro, eso ya lo sé. Su madre siempre fue una gran mujer". Cuando intento dejar las cenizas alcanzo a leer la leyenda "Cantina La Victoria" en el cenicero. Qué cagado, no puedo evitar una sonrisa, "La Victoria", una cantina para los derrotados de antemano.


-O-



Cuando reacciono, José Antonio sigue hablando sobre "esos años en que tanto los extrañé, pero ya era muy tarde cuando me di cuenta de que la había regado". Vaya, qué se puede esperar de un culero que se roba los ceniceros de las cantinas. Qué se puede esperar de un tipo que deja de pasarnos pensión durante años. Qué se puede esperar de un imbécil que siempre se olvidó de la fecha de mi cumpleaños, que nunca me llamó para felicitarme o para pregunto si se nos ofrecía algo. Qué se puede esperar de un extraño que ni siquiera en Navidades brindó por nuestra ausencia. Pero él insiste en que "ha sido muy duro para mí vivir con esto". Yo lo que quiero es largarme ya. Mi padre tiene abundante cabello, demasiadas canas, una barba áspera de tres días y usa esa camisa exageradamente arrugada.
Además, su mirada es la de los hombres que no han sabido ser buenos; y lo que más me perturba es que tiene demasiados rasgos semejantes a los míos, como esa manera de entrecerrar los ojos, "...yo no espero que me entiendan, porque a veces ni yo mismo me entiendo", José Antonio se acerca más a esa parte culminante en que dirá "tampoco pretendo que me perdonen" o algo así. Pero en lugar de eso me dice "le mandé llamar porque quiero pedirle un favor". Vale madres. Seguro me va a pedir dinero o algo a cambio de su "sincero arrepentimiento". Enciendo otro cigarrillo, aspiro, exhalo. "¿De qué se trata?", cuestiono. "Bueno, si se puede, claro, no quiero que se sienta comprometido", el cretino todavía se atreve a poner a prueba mi paciencia. "Por cierto, usted se ve muy bien, se nota que la vida lo ha tratado muy bien". Pendejo, como si crecer sin un padre fuera un campamento de verano. Al grano. Como no encuentra respuesta a sus comentarios fuera de lugar, me pide el favor por el que me mandó a llamar: Necesito que se haga cargo de su medio hermano". ¡¡¡Queeé!!!. Este wey está bien pendejo. Justo en ese momento giro la cabeza un poco y la mujer de mi padre sale de la recámara con alguien tomado de su mano diestra: es un enanito, vestido con un smoking rojo, de presentador de
circo, y un sombrero de mago que le queda demasiado grande. Lo alarmante es que su cabeza es idéntica a la de mi padre, con las canas, el cabello largo, la barba resacosa, la sonrisa cínica...



-O-



Y es entonces que despierto agitado, con sobresalto. Pinches sueños absurdos. Es lo malo de pasar por una mala racha, que tus ansiedades se confabulan, que tus miedos se acentúan y te da por tener pesadillas estúpidas. Mi padre ya ha sido un fantasma recurrente en mi vida como para que todavía el cabrón se atreva a poblar mis sueños. Será que la pinche temporada navideña me pone mal. Será que cada que una mujer me hace perder el rumbo, soy el tipo más inestable. Será que José Antonio no tarda en morir y de buenas a primeras me avisarán que será velado en una funeraria a la que no pienso asistir. Será que esa jodida ausencia me ha arruinado toda la vida. Será que la humildad me está cercando y estoy aprendiendo a querer perdonar a mi jefe. Será que los dioses más bipolares me están asesorando. Será que soy el reflejo de mi padre y me niego a aceptarlo. Será que acaba de pasar mi cumpleaños y recordé la ausencia de pasteles y regalos. Será que una parte de mí está construida con rencores. Será que tal vez, sólo tal vez, mi padre alguna vez soltó una lágrima pensándome. Será, acaso, que su guitarra quedará huérfana de lamentos y borracheras. Será que alguna noche, mientras los relámpagos azuzaban mis miedos, mi padre me recordaba. Será que a lo mejor yo acabaré un día como él, con más deudas que herencia, sepultado en el olvido y en el rencor de los que no he sabido querer. Será que tal vez ya sea hora de perdonarle.

Roberto G. Castañeda
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Manual para canallas / Quiero cerrar los ojos con calma

Quiero cerrar los ojos con calma

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Ya no quiero un lanzallamas, ni un libro de poemas para leer en voz alta mientras prendo fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos. Hoy quiero enclaustrarme en mis silencios

No preciso nada, ni deseo festejar como hace un año. Quiero encierro, necesito mucho silencio, y la calma apenas necesaria para no llamarte en las madrugadas. Una vez más no deseo pastel de cumpleaños, ni tarjetitas cursis, ni el perfume que tanto nos gustaba. Ya no necesito un lanzallamas, ni el combustible necesario para flamear todo mi pasado. Hoy he aprendido a incinerar rústicamente todo lo bueno y todo lo malo, porque soy un experto boicoteándome.
Quiero que tu ausencia se difumine con el alba, que tus ojos ya no destellen en mis sueños, que mis labios dejen de añorar la tersura de tu espalda Quiero exiliar los suspiros que me atormentan cada mañana, cuando descubro uno de tus cabellos entre las sábanas. Quiero que tu ausencia no torture mis momentos malos, que ya no siga latigueando mis pestañas hasta altas horas de la madrugada.
Y también quiero que mis besos se queden tatuados en tu memoria, que sean invisibles al tacto .pero grandilocuentes en tu imaginario. Quiero que no olvides mis escasas risas, ni la pésima voz con la que cantaba en el baño. Hoy deseo que mis "tequieros" figuren en tu colección de momentos memorables. Y deseo, por el bien de ambos, que un día mires atrás y recuerdes con un poco de bondad a este tipo arrogante que nunca supo valorarte.
Otra vez quiero paz, quiero cielo, quiero otra canción que me recuerde que soy la suma de mis defectos, el recuento de pellejos, un armazón de esqueletos y un corazón en fragmentos. Ya no quiero un lanzallamas, me conformo con este libro de poemas que me regalaste para leer en voz alta mientras prendía fuego a todo lo que me ha dado más tristezas que momentos buenos.
Quiero que mis defectos no te hayan hecho tanto daño, o al menos que no dejen secuelas
duraderas. Y también espero que no le guardes rencor a este imbécil por reservarse el derecho a una segunda oportunidad, porque "este adiós no maquilla un hasta luego, este nunca no esconde un ojalá". Y deseo que cada 27 de noviembre sólo me obsequies una plegaria por la salvación de mi alma, que no sé hasta cuándo encontrará la paz que tanto ando buscando. Quiero cerrar los ojos con tranquilidad y pensarte con agrado mientras prendo fuego a tus cartas, a tus fotos, a tu aliento en mi oído, a las postales en que nos abrazábamos. Sólo quiero cerrar los ojos con calma, escuchando tu voz como un susurro que me dictaba los más sinceros "te amo". Quiero, sólo quiero, que tu ausencia se difumine con el alba.



-O-



Tengo la suerte de esta terapia temprana, algo rutinaria o quizá malacostumbrada. Tengo las palabras como remedio contra las resacas. Tengo las ganas de seguir caminando para ya no vagabundear en círculos eternos. Tengo el don de escribir con el alma en vilo y el corazón entre los dedos. Tengo algo de poesía aún reservada, pero igual poseo las ganas de que mis metáforas sean menos desafortunadas. Tengo menos entusiasmo por escribir, pero me ganan las ansias de exorcizar todos mis fantasmas. Tengo menos paz, tengo menos cielo, pero busco tranquilidad en algunos recuerdos. Tengo algo de bondad, aún, bajo los párpados. Y tengo silencios, malhumor, azoro, incredulidad, suspiros, ansiedad, algunos insomnios, demasiadas dudas, un ejército de miedos. Tengo oscuridad, enojo, una canción que no quiero escuchar, este epitafio que ya acabé de pulir, manchas de carmín en una toalla, el resonar de tus tacones en la memoria, polvo bajo la cama, humedad en la regadera, un gato nocturno que visita el techo de mi casa, aquel gallo que canta a deshoras, el ruido que se cuela por la ventana. Tengo poca fe, mucha sed y escasa esperanza en el futuro. Tengo una multitud de incertidumbres amotinándose, un catálogo de rencores, un espejo que refleja verdades, aquel retrato que nunca enmarcamos, la fotografía que olvidaste en un libro de Benedetti, los ecos de tu risa atormentándome. Tengo deudas, hojas en blanco, proyectos inconclusos, una medalla sin honor, recibos de luz atrasados, facturas por liquidar, un montón de trastes en el fregadero, polvo en los rincones de mi casa, poca emoción ante el porvenir y escaso brillo en la mirada. Tengo ángeles y demonios danzando en mi cerebro. Tengo tu ausencia y no deja de pesar. Tengo demasiadas pendejadas en la cabeza, y este frío que cala en los huesos. Tengo abrazos de mi madre que siempre son abrigables, tengo la ternura de mis hijos, tengo hermanos solidarios, tengo un padre innombrable, tengo una legión de dioses imperfectos, tengo oraciones a destiempo. También tengo el presente hecho ruinas. Tengo este adiós que se está marchitando. Tengo pocos deseos para mi cumpleaños. Tengo ausencia de poesía en el buró de la recámara. Tengo ganas de clausurar mis palabras. Y a pesar de todo lo que tengo, sólo parece contar este vacío que siento en el costado izquierdo. Por eso es que Jaime Sabines me recuerda que mis insomnios son animales salvajes devorándome sin remordimientos: "Yo ya no quiero, no, yo ya no quiero/ seguir todas las noches vigilando/ cuándo voy a dormirme, cuándo./ Yo lo que quiero es que pase algo/ que me muera de veras,/ o que de veras esté fastidiado,/ o cuando menos que se caiga el techo/ de mi casa un rato".

Roberto G. Castañeda
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Manual para canallas / Qué hago con esta cara de pocos amigo

Qué hago con esta cara de pocos amigos

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Me lo dijeron mil veces. Mis amigos, algún pariente, una ex novia celosa y hasta el calendario: esa mujer no te conviene. O en el mejor de los casos, sugirieron que "esa chava no me gusta para ti".

Pero uno es un pinche necio, un imbécil con resabios de burócrata: aunque sabemos que hay que hacer un chingo de trámites, ahí vamos tras la sonrisa de la recepcionista. Pero es que estar con Sofía era igual que escuchar una canción de Joaquín Sabina: primero te maravilla tanta hermosura y luego terminas con tristeza. Cuando la conocí, en alguna reunión, ella lo primero que me dijo fue "tienes cara de pocos amigos". Este gesto adusto, argumenté, es de los que hablan poco porque prefieren conversar consigo mismos y "en realidad tengo cara de que no me gustan ni mis amigos". Sofía comentó algo muy común sobre eso de que la gente no está acostumbrada a la franqueza, "pero es muy respetable tu actitud". Vaya, al menos sabía decir "respetable" sin faltas de ortografía. Ya en confianza soy algo divertido, así que ella se dejó guiar por su curiosidad y esa misma noche fuimos a emborracharnos a otro lado. Me besó como si añorara que le hicieran el amor. Y en la cama no tuvo pudor, como si lo que menos le importara fuera que hiciéramos el amor. Y comenzamos a buscarnos, como dos huérfanos de ternura, igual que un par de ansiosos que se encuentran en la oscuridad.
El espejo le devolvió la seguridad. Aún así, Sofía me preguntó si la encontraba atractiva. "Sí, eres guapa y lo sabes", a mí me encantaba por las mismas razones que a cualquier hombre: estaba muy buena la desgraciada. Quizá por eso toleraba que nunca se callaba que hablaba hasta por los codos. "Oye ¿no te dije que la hija de mi jefe intentó suicidarse?, giró para mirarme. Sólo alcé los hombros en señal de a-mí-me-da-lo-mismo. "Siiiii, ¿tú crees? La chavita se dio un balazo en la panza", siguió mirándose al espejo. Yo encendí un cigarrillo, aún saboreando lo fantástica que era ella en la cama. "¿Por qué me cuentas eso?", exhalé, "yo ni conozco a tu jefe y mucho menos a su hija". Eso llamó su atención y se acerco hacia mí. "Es que, mmm, es que me parece algo, mmmm, terrible", parecía sorprendida con mi reacción. "A mí lo que me parece terrible es que alguien quiera suicidarse de un balazo en el estómago y no en la cabeza", expliqué. "No lo sé, pero la chava es anoréxica", soltó como si eso explicara todo. "Ella sólo quería llamar la atención", expliqué con desgano. Yo me pregunté mentalmente cómo es que Sofía sabía todo eso. Seguramente se acostaba con su patrón, aunque ella me había dicho que "no es feo, pero está muy grande para mi". Entre Sofía y yo no había compromisos, ni presiones, ni nada parecido. Lo nuestro era más como una necesidad. Si pasaba por un mal momento me llamaba con el argumento de "invítame a salir, aunque sea al cine". Y si yo andaba de humor la buscaba para "echar un par de tragos y bailar un poco". Al final siempre acabábamos en mi departamento y nunca me dijo que me amaba ni yo solté un "te quiero". Nuestras conversaciones eran básicamente lo que ella contaba: "Mi auto hace un ruido extraño. Creo que es el motor". Me limitaba a sugerir lo obvio, "yo creo que es hora de llevarlo al mecánico". Para ella era fácil, como quien dice me cambiaré de ropa, manifestar que "mejor le voy a decir a mi papá que me compre otro". Y yo odiaba cuando hablaba de la bolsa tan padre que se compró quién sabe en dónde su amiga y que sentía envidia-de-la-buena. "Querida, no existe envidia de la buena. Sólo es envidia y ya", yo acariciaba su entrepierna. "Ay, me chocas, tú siempre tan así". Éramos polos opuestos, sólo había deseo y ganas de no estar tan solos por momentos. Ella ya no creía en eso del amor y algún día se casaría con un tipo que fuera del agrado de sus padres, no alguien como yo, se burlaba Sofía, "que todavía sueña con que un día gobierne la izquierda". Ella me conocía menos de lo que suponía y le intrigaba que yo perdiera el tiempo escribiendo "puras historias tristes y poemas que no entiendo". ¡Mi vida! Por eso dejamos de vernos, porque ya estábamos distanciados desde el momento en que nos conocimos, Creo que me hace falta volver a dar clases o algo que me haga olvidar tanto pinche vacío en mi existencia. Cada que es-cucho a Sabina, recuerdo las caricias de Sofía, a veces tibias, en ocasiones tan frías: la silueta de su sombra, deslizándose desnuda hasta mi cama: "De sobras sabes que eres ¡a primera,/ que no miento si juro que daría/por ti la vida entera, por ti la vida entera:/ y. sin embargo, un rato, cada día/ ya ves te engañaba con cualquiera,/ te cambian? por cualquiera ". Si, en definitiva, volveré a dar clases o impartiré un taller de periodismo, con tal de olvidar lo que ya no quiero recordar.

Porque hay mujeres que son como las canciones de Joaquín Sabina: primero te impacta su hermosura y siempre acabas tristeando: "Ni tan arrepentido ni encantado/ de haberme conocido, lo confieso/ Tú que tanto has besado, tú que me has enseñado/ sabes mejor que yo que hasta los huesos/ sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado". Porque hay mujeres que son como ataduras, que logran maniatar hasta tu inspiración. Por ello es que en la época de Sofía escribí poco y me manera terrible, bueno, generalmente escribo de manera terrible pero en esa etapa no era muy prolífico que digamos. Y mi casa era un desierto, pese a la postal de mi infancia, el póster de Darth Vader, mi colección de discos compactos, la fotografía de mis hijos, el poemario de Jaime Sabines que compré en el montón de libros viejos. Sí, en definitiva, hay mujeres que son como ataduras: "Ni tan arrepentido ni encantado/de haberme conocido, lo confieso/ Tú que tanto has besado, tú que me has enseñado/ sabes mejor que yo que hasta los huesos/ sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado./ Y me envenenan los besos que voy dando/ y, sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño/ y con todas si duermes a mi lado". Y ahora qué chingados hago con esta cara de pocos amigos, le pregunto al espejo cada que pienso en Sofía.


Roberto G. Castañeda
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Manual para canallas / Todas las mentiras que he contado

Todas las mentiras que he contado


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Hay gente hábil para tejer sombreros de palma. También conozco tipos que arman rompecabezas en tiempo récord. Y están las amas de casa que hacen milagros con 100 pesos diarios. O estudiantes que resuelven teoremas que a mí me resultan indescifrables.

Hay personas que nacieron con algún talento: el chico que toca la guitarra como si fuera una extensión de sí mismo; la chava que canta como si en ello se le fuera el alma; el señor que arregla un coche sin que le sobren piezas; el obrero que supera en conocimiento al ingeniero; aquel maestro que domina cuatro idiomas o el chaval que juega fútbol mejor que en el Playstation; y la señora que cocina con un sazón superior al de la abuela; el niño que se sabe de memoria la capital de todos los países. Y yo sólo tengo una habilidad, que además he perdido con el paso de los años: mentir todo el tiempo.

-O-


"Te juro por Dios que yo no fui", lloraba para convencer a mi madre y no tanto por los golpes recibidos. No sé si fue mi primera mentira, supongo que no, pero mi jefa me creyó porque supuso que nadie resistía el dolor de su castigo. Yo había roto el vidrio de casa de la portera. Nadie me vio, pero lo intuyeron. Y aunque mi madre me creyó, aún así nos corrieron de aquella vecindad. Y yo me sentí culpable, aunque sabía que de no haber mentido la paliza hubiera sido tremenda. Desde entonces se me hizo un hábito engañar a los demás. Y se fue convirtiendo en una bola de nieve, difícil de parar, imposible de evadir. Cuando la maestra de biología me reprobó yo inventé que me tenía mala fe. Y para redondear el engaño, pasé el examen extraordinario con ocho de calificación sin que nadie se diera cuenta de que usé un "acordeón". Igual pasó el día que me emborraché por primera vez: "Es que tú no sabes lo que yo siento, lo terrible que ha sido crecer sin un padre", justifiqué ante mi madre. Ella lo creyó verdadero y lloró conmigo, sin sospechar que mis lágrimas eran de culpabilidad. Y por años seguí inventando la peor mentira para embriagarme: es que he sufrido tanto. Maldito conmiserado. Desde el primer día tuve que decirle la verdad a mi jefa: bebo porque me gusta. Lo comprendí algo tarde: el alcohol y yo somos buenos amigos, aunque sé que él no es muy confiable. Y sí, bebo porque me gusta y no necesito pretextos. Como todo buen mentiroso, fui perfeccionando el arte del engaño. En la universidad era el listo de mi clase, no el más "matado". No, yo era astuto, el que discutía todo, el que todos querían en su equipo, el de las ideas audaces, aquel estudiante promedio que se hacía el interesante. No es que yo fuera más listo, ni mucho menos, sólo que descubrí las debilidades de mis compañeros. Por ejemplo, ellos no habían leído tanto y la mayoría apenas sabía escribir. Así que me aproveché de sus flancos débiles y les hice creer que yo era brillante. Nada más falso. En realidad yo era un insolente y un mamón; lo primero se me quitó, pero lo segundo no. Y mis amigos se encargaron del resto: hicimos equipo, leían los mismos libros que yo, es-cuchaban la misma música, nos comportábamos como los chicos rudos de la facultad, íbamos a conciertos de rock, protestábamos por todo, nos apoyábamos en las buenas y en las malas, nos emborrachábamos a la menor provocación. Pero la mentira no duró mucho, nos engañamos todo el tiempo. Luego cada uno siguió su camino y apenas nos recordamos con afecto. He vuelto a saber de ellos, conozco sus virtudes y sus defectos, pero ya no somos los de antes ni tenemos los mismos sueños.



-O-



"Me encantan tus ojos, al natural", le decía a Ingrid. En realidad yo mentía para que dejara de usar esos absurdos pupilentes. Pero a ella le encantaba disfrazar sus ojos de colores. Mi sentido arácnido tendría que haberme alertado: una mujer de mirada tan falsa como un billete de dos dólares no podía ser confiable. Y yo me automedicaba con placebos: es buena chica y nunca te haría daño. La peor mentira es engañarse uno mismo. Ingrid pudo largarse antes, pero se fue cuando yo estaba enamorado. Desde entonces dejé de confiar en mujeres que contrarrestan las mentiras con un arsenal de engaños. "¿Sabes que te amo?", solía preguntarme. "Sí, lo sé, pero me encanta que me lo digas aunque suene a mentira", le respondía. Ella sólo reía antes de evadirse con su clásico "eres un tonto". Y cuando recién nos conocimos ella hacía las típicas preguntas de las mujeres que suelen estar al borde de un naufragio. "¿En verdad te intereso o sólo estás jugando conmigo?", cuestionaba. "En realidad no te quiero, sólo soy parte de un complot mundial que busca desestabilizar la economía mexicana", fue mi respuesta. "¿¡Qué!?", Ingrid se sacó de onda. "Pues nada, que decidimos empezar por seducir y desquiciar a las mujeres que compran en la Gran Barata de Liverpool", era una broma muy rebuscada. Y ella no estaba para apreciar mi pésimo sentido del humor. En nuestros peores momentos Ingrid me atosigaba con preguntas del tipo "¿qué hice para que me trates así?". Y en lugar de proponerle que firmáramos la paz, le contestaba con ironías que disfrazaran la verdad: "¿Qué hiciste?.. ¿Tener un diplomado en relaciones insanas?, ¿o ganar el premio Nobel a la mujer más paciente del mundo?, ¿esperarme con ansias para mandarme besos desde el balcón? ¿O tratarme como si fuera el valet parking de tus rencores? No, en realidad tú no has hecho nada. El único culpable soy yo". La verdad es que estábamos metidos en una relación destructiva, luchando por herir al otro en lugar de tratar de salir menos lastimados. No es de sorprender que nos aferráramos al peor engaño: "Te necesito", juraba ella después del sexo. "Y yo a ti", era el complemento de aquella farsa. Y yo encontraba más sinceridad en Babasónicos que en la mirada de Ingrid: "Lo malo es mentir/ palabras de amor./Acéptalo, no estamos para eso,/ nos falta valor/ Tú sabes lo que dicen de mí/ y sabes lo que dicen del amor,/ como yo sé que tú lo sabes/ me lo callo/ y acordemos que la gente/ miente cuando habla de los dos./ Acéptalo, no estamos para el romance/ entreguémonos al trance/ que eso sí es para los dos".
Como habrán notado, he sido un maestro del engaño. Y hoy puedo jurar que me he redimido, que tengo una vida envidiable, que me adora una mujer hermosa y mucho más joven, que las historias que he contado son verdaderas, que me he cansado de fingir frente al espejo, que no tengo más patria que mi honestidad, que por fin se publicará mi primer libro. O que tengo más motivos para sonreír... Ya tú sabrás si me crees o piensas que sigo inventando cosas sobre un tipo que nunca soy yo.


Roberto G. Castañeda
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