jueves, 10 de enero de 2013

Manual para canallas / No soy esa clase de tonto

No soy esa clase de tonto


Imagen





Hay tres cosas que no soporto los miércoles: el tianguis que se pone en la esquina de mi casa, que me llamen en la madrugada y la música espantosa de mis vecinos a todo volumen en las mañanas.

Así que amanezco de malas, debo modificar mi ruta para salir a correr y cuando regreso a casa hago lo que tengo que hacer con los audífonos puestos. Lo del tianguis no tiene remedio y tampoco la mala educación musical de mis vecinos. Lo de las llamadas se puede evitar dejando el celular afuera de la recámara cuando duermo. O llamarle a mi ex para decirle que si se va a emborrachar que procure no echarme de menos a las tres de la madrugada o que lo haga en una hora más decente, pero seguro que le vale madres o simplemente le entra la nostalgia malacopa cuando se le pega la gana.


Ya han pasado como tres años desde que Daniela y yo llegamos a la conclusión de que nuestra relación era igual que entrenar escorpiones del desierto: por más que nos esforzáramos en domesticarlos, acabarían por volverse en nuestra contra. Y no importaría tanto el dolor del aguijón como el efecto del veneno. La amargura ya era una ponzoña recurrente. Ella reclamaba por todo, que si ya no me gustaba tanto, que si yo prefería salir con mis amigos, que si me preocupaba más por el futbol que por ella, que si mis amigas del Facebook eran unas zorras, que si me la pasaba chateando en el trabajo, que si ya no era yo tan detallista, que si mis ex seguían molestando y no sé cuántos etcéteras más.

Y yo me había vuelto predecible, tanto que a Daniela no le extrañaba que los sábados me fuera al estadio o que los jueves saliera con mis amigos y que los miércoles amaneciera de mal humor o que los lunes se me acentuara la bipolaridad. Los únicos momentos en que realmente ella parecía feliz era cuando hacíamos el amor. Y yo le decía, mientras me abrazaba, que era una tonta por pensar que ya no la deseaba. Daniela se acurrucaba en mi pecho y suspiraba para decir cosas como “es que has cambiado mucho y la verdad es que me da miedo que nos extraviemos”. Yo la tranquilizaba con frases que ella quería escuchar: “Siempre estaré a tu lado, mientras no seas tú las que se pierda entre sus miedos”. Luego se quedaba dormida y a mí me seguía pareciendo hermosa, aunque sus arranques de celos fueran cada vez más insoportables. Si yo era bipolar, ella tenía doctorado en dramas de telenovela. Y aquello sólo podía tener un final de película europea: ella subiendo a un tren melancólico y yo mirando su perfil en la ventanilla mientras una canción triste la alejaba de mi vida.


-O-


Daniela se despidió sin mucha prisa, como quien hace un trámite burocrático y sabe que tendrá que volver a formarse en otra oficialía. Y me regaló una libreta en blanco, con una dedicatoria robada a Dante Guerra: “Tienes un erizo de mar en el alma,/ y contradice la fragilidad de tu mirada./ Duerme inerte en un abismo oscuro,/ esperando la furia de un oleaje,/ que lo arroje hasta mis playas./ Y silencioso, agazapado como trampa,/ espera mis pasos más incautos/ para recetarme una transfusión de su amargura”. La posdata decía que “esta libreta de apuntes es para que escribas las veces que pienses en mí”. Ilusa ella, como siempre. Es verdad, siempre fue una romántica, tirando a cursi. La libreta sólo la use una vez, para escribir un fragmento de “No soy esa clase de tonto”, también de Dante Guerra. Y nunca volví a pensar en ella, sólo apenas que escombré entre mis archivos muertos y salió a relucir la mencionada libreta en blanco. Bueno en realidad sí he pensado en Daniela, aunque no como ella hubiera querido. Siempre que me llama en las madrugadas sólo para guardar silencio, como si quisiera interrumpir algo, no puedo evitar un “¡maldita sea!” en mi cabeza. Ya lo ha descrito con bastante puntería mi poeta de cabecera: “Seguro maldecirás en silencio/ por los días de calma que ya no tendrás,/ no mientras yo sea el único que te ha sabido olvidar”. Luego cuelgo y vuelvo a dormir con la calma de los que, efectivamente, han sabido olvidar el calor de otros fuegos. Y como sé que Daniela husmea en mi Facebook y lee lo que escribo, no tengo pudor en escribir una parte del poema que le dediqué cuando ya se había marchado: “No soy esa clase de tonto/ que te sigue los pasos,/ que husmea en tu presente,/ cuando ya eres brecha oculta de mi pasado./ No soy esa clase de idiota,/ que suele echar de menos cuando escucha/ las canciones que le dedicaron./ No soy, no seré, el estúpido/ que recolectará las hojas/ de los girasoles que ya se han secado./ No soy ese tipo de tontos/ que turistean en su pasado/ y luego se preguntan, confundidos,/ por qué su futuro luce/ como un tiempo compartido en el manicomio./ No soy de esa clase de locos tristes,/ que se rascan una y otra vez la cabeza,/ que se miran ansiosos los zapatos,/ imaginando que allá afuera,/ el mundo se reduce a echarte de menos”. Y en efecto, no soy esa clase de tontos que se lamentan de vivir pertrechados mientras el pasado arroja bombas de humo que no hacen daño pero cómo fastidian la mirada mientras contemplas nuevos horizontes. No, no soy esa clase de estúpidos que hacen oídos sordos a Bunbury cuando entona “porque la vida se me va/ y del pasado no voy a vivir/ y con mi tiempo yo quiero sentir./ Necesito agarrarme/ a la cola del viento para poder volar,/ necesito que mañana/ descubra el misterio/ una nueva canción”.



Roberto G. Castañeda
Manual para canallas

El Gráfico