viernes, 1 de marzo de 2013

Manual para canallas / Dejemos de caminar en círculos

Dejemos de caminar en círculos



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“Hay días para caminar acompañado por el viento,/ hay noches en que un murmullo repite tu nombre,/ hay malditos ocasos que no sirven para un carajo”, dice Dante Guerra. Y yo agregaría que hay días en que se acumulan las deudas, nos agobian las rutinas y no encontramos la salida de emergencia.

Los días pasan tan rápido como la mirada de los ancianos. Los chicos juegan en el parque con pelotas desinfladas, mientras los jóvenes se besan con desesperación en las jardineras. En los ojos de una madre cabe todo el amor, pero también la desilusión, el ocaso de una vida sin sentido. Este país parece habitado por fantasmas, por seres transparentes que ya no sienten nada cuando se les cae el futuro a pedazos o cuando el presente apenas es un esbozo. Esta gente siempre quiere ser mejor pero siempre le gana la apatía, porque siempre que llega al andén el Metro se ha marchado. Nadie sabe a ciencia cierta qué hacer con sus propósitos: si guardarlos en una caja de cartón o darlos por caducados, quizá archivarlos junto al acta de nacimiento.

Los pobres somos legión y los ricos nos miran desde sus oficinas de lujo, sentados frente a la caja fuerte, de espaldas a una foto del presidente. En las aceras duermen los vagabundos y los perros se pasean frente a ellos. En los bancos, las tortillas, el cine, la fila del pesero, todos nos hacinamos y maldecimos el tedio, pero nos olvidamos de que los políticos, los poderosos, los banqueros, los funcionarios, los corruptos, los vendepatrias, los asesores de corbata, los amos de la farsa, los dueños del dinero, los sin escrúpulos, nos han ido acorralando, empujando al cementerio, al país del desconsuelo, allí donde nadie sabe de sonrisas ni alegrías, ni descansos. “Hay días para caminar acompañado por el viento,/ hay noches en que un murmullo repite tu nombre,/ hay malditos ocasos que no sirven para un carajo./ Y también hay días en que las aves tosen monóxido de carbono./ Y están estos atardeceres infames ,/ como a estas pinches horas,/ en que me dan hartas ganas/ de mandar todo a la chingada”, sí, así hay jodidos días, como describe Dante Guerra.


-O-


Sí, carajo, hay días en que convendría mandar todo al carajo. Y cerrar los ojos y pensar en nada y sollozar en silencio porque las cosas no han salido como planeamos. Camino con desgano y una mujer me observa con ojos que ya no brillan. Un anciano duerme soñando con su infancia. Aquel policía me mira con más desconfianza que furia. Este país ya no nos pertenece. Nuestro es el suelo, el aire, los paisajes y el cielo. Todo lo demás tiene dueño. El teléfono, ese auto último modelo, el condominio, la escuela, el semáforo, la electricidad, el agua. Todo, todo tiene dueño. Y debemos pagar por ello, aunque a veces el precio no sea el correcto. Somos un ejército de bárbaros y queremos venganza y destilamos rencor y odio, pero poco hacemos para ser mejores, para morir luchando. Nos faltan arrestos y nos sobran vituperios. No tenemos valor para buscar un cambio. Es más cómodo ver la tele, aplaudir a los que bailan, corear los goles, ignorar la violencia cotidiana, fingir dolor ante las desgracias ajenas, sentir lástima por los niños hambrientos, destapar otra cerveza o suspirar por un aumento de sueldo. Los que tienen el poder lo quieren mantener. Alguien está manipulando nuestros sueños o las pocas esperanzas que nos quedan. Ojalá que ese poder se les vuelva en contra, como un león de circo o un oso amaestrado. Ojalá que no nos dejemos engañar por los mentirosos, por los políticos de pasado turbio, por los nuevos dinosaurios. Ojalá cada día nos nazcan mejores ideas o al menos un nuevo entusiasmo para agarrar un libro, para informarnos, para que dejen de vernos la cara. Ojalá cada noche logremos dormir tranquilos, como los hombres buenos, como las madres nuevas, como quien cree que la vida todavía vale algo la pena. Somos legión y llegará el día en que nadie podrá derrotarnos. Disculpa si he sido un poco duro, pero es que me desespero porque veo una ciudad, un país sin alma y tengo la impresión de que las cañerías gruñen como las tripas de un pordiosero. A lo mejor sólo pasa que amanecí con resaca. A lo mejor sucede que extraño demasiado mis días de calma, no con esta rabia, no con esta furia que se me desgrana. Ya no quiero sentarme en Metro con cara de fastidio, leyendo las “horas hábiles” de Édel Juárez: “Guardar silencio,/ a veces debería guardar silencio,/ callar lo que veo, lo que escucho,/ voltear la cara y no darme cuenta;/ volver a mis oídos ciegos, y a mis manos mudas,/ a mi lengua un trapo y a mi corazón de mármol./ Tendría que atar mis pasos, quemar mis ojos,/ pero resulta que no puedo,/ no vivo por pasar el rato,/ ni acumulo ideas para ser más sabio,/ ni me grabo lo que escucho para repetirlo solo,/ siempre a solas, bien alto./

A veces cuando salgo camino un largo rato,/ sin rumbo fijo, me detengo en los jardines,/ me siento en las banquetas y fumo un poco/ mientras escribo mentalmente cosas que luego me olvido./ Esa es mi vida, cazar ideas,/ soñar despierto y casi siempre hablar dormido/ y de vez en cuando,/ cuando estoy de suerte, hablar contigo”.



Roberto G. Castañeda

Manual para canallas

El Grafico