lunes, 9 de marzo de 2015

Gran Angular / Cómo duele México

Cómo duele México






Me gana otra vez la necesidad de escribir esta columna en primera persona. He sostenido siempre que es una práctica definitivamente anti periodística, aunque ya muy común en el diarismo. Pero esto es tan personal, tan doloroso, que no encuentro otra manera de hacerlo.

Se trata sobre patria, nuestra patria chica. Es sobre el dolor de verla desmoronarse y desprestigiarse ante los ojos del mundo, como advirtió el viernes en Mérida el enorme Fernando del Paso, al recibir el premio José Emilio Pacheco a la excelencia literaria.

Quien dio nombre al galardón y el que lo recibió eran amigos, poetas y sabios. Aquel murió hace un año y éste, muy cerca de los 80 años, está tocado por la embolia cerebral que hace dos años le arrebató palabras y movimientos, más no la lucidez.

Esa amistad de sus tiempos, le dio licencia al escritor Del Paso a transformar el discurso de aceptación del premio, en una carta personalísima a José Emilio, en la que confiesa al poeta lo triste que está porque “nuestra patria suave parece volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia”.

Creo que al igual que todos los de mi generación, conocimos a Fernando del Paso a través de su magna obra ‘Noticias del Imperio’, historia sólida de una de las épocas en que la patria se desmoronaba al ser entregada a un príncipe extranjero. Novela sin igual alucinantemente narrada desde la voz y la mente arrebatadas de la emperatriz Carlota, ya enloquecida por la traición a su amadísimo Maximiliano.

La fuerza de aquella novela me llevó a escudriñar un poco más en la obra de este mexicano de excepción que en su juventud decidió ser ciudadano del mundo, primero como redactor en Londres de los boletines en español de la BBC y después en diversas misiones diplomáticas europeas.

Fue así que topé con el enciclopédico ensayo de dos tomos titulado ‘Bajo la sombra de la historia: Ensayo sobre el islam y el judaísmo’, obra autobiográfica en la que generosamente obsequia erudición, claridad y lucidez, características que pude disfrutar personalmente en la entrevista que el periodismo me permitió hacerle a mediados de los ochenta.

Normalmente coincido desde entonces con las reflexiones de Del Paso sobre poesía, literatura, historia y su visión y proyecto de país. Por eso, hoy comparto, sin empacho, lo dicho en Mérida a su entrañable José Emilio.

Del Paso conmovido. “Me da pena, mucha vergüenza, aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia, sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas… ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!”.

Pero además siente culpa y responsabilidad: “a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esta patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener… cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual, no sólo a aquellos que la cantamos y que estamos orgullosos de hacerlo, también aquellos que la sufren en silencio”.

Da paso entonces al diagnóstico, igualmente dolorido, y a la rabia que le da, sin ocultarla, permanecer pasivos mientras nuestro país se desprestigia ante los ojos del mundo: “Hoy que el país sufre de tanta corrupción y crimen, ¿basta con la denuncia pasiva? ¿Basta con contar y cantar los hechos para hacer triunfar a la justicia? ¿Es ético aceptar premios por nuestra obra y limitarnos a agradecerlos en público como lo hago en estos momentos?”

Luego retoma una frase de Pacheco: “Algo se está quebrando en todas partes y (yo) no puedo quedarme callado ante tantas cosas que se nos han quebrado”.

Así, como el alma de Del Paso, gimen la de millones de mexicanos al preguntarnos junto con él: “¿Qué se hizo del México post 68? ¿Qué proyecto de país tenemos ahora? ¿Qué proyectos tienen quienes dicen gobernarlo? ¿A qué hora permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora el país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?”

Entonces se permite volver a citar al poeta: “Estas son las palabras —decía el gringo— que me sé de tu idioma: puta, ladrón, auxilio me robaron; en qué se diferencian esas palabras de político, autoridad, socorro, me extorsionaron”.

Yo igual estoy avergonzado. Es preciso actuar ya.



Raúl Rodríguez Cortés

Gran Angular
El Gráfico

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