lunes, 11 de mayo de 2015

Manual para Canallas / La felicidad no viene en frasquitos

La felicidad no viene en frasquitos








El prestigio no está enmarcado en la pared. Y la felicidad no es un perfume de aparador. No, la felicidad apenas es un concepto en el diccionario, una palabra demasiado manoseada con cualquier pretexto...


La felicidad no es nostalgia. Ahora que lo recuerdo. La felicidad no es una balada, ni el pasado que nos persigue como perro huérfano. Es que yo era feliz en mi infancia. Es que yo era feliz en mi adolescencia. Todo suena a falacia, a pretextos. Ahora que lo pienso, mi infancia no eran helados dobles o pasteles de cumpleaños. Desde chavo tuve que madurar un poco, sólo un poco. Empecé haciendo mandados a las vecinas, ayudando a mi madre en la venta de sopes y quesadillas. “Se solicita empleado chambeador” o “Se busca chalán, con las pilas bien puestas”, eran los letreros que yo buscaba en la tintorería, la miscelánea o el taller mecánico. Incluso como repartidos de tortas o de periódicos, porque tenía una bicicleta que rodaba a buena velocidad cuesta abajo y que me fatigaba cuando era cuesta arriba. Desde entonces yo me prometía que aquellas chambitas no serían para siempre. Aunque tuviera que estudiar y trabajar al mismo tiempo.



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Antes de terminar la secundaria yo ya sabía qué iba a estudiar: Ingeniería. Hice examen para la Vocacional 2 y me quedé. Yo que era malísimo para las matemáticas, estaba a las puertas del Cálculo diferencial e integral. ¿Y eso qué chingados es? Maldito libro de Álgebra de Baldor, aún me provoca pesadillas. El asunto es que yo, pendejamente, seguí la vocación de la familia: todos mis tíos querían ser ingenieros. Razones había varias: buen empleo, buen sueldo, ahí está el varo, no hay nada mejor que ser ingeniero. En resumidas cuentas, como me dijo un hermano de mi jefa: “Ser ingeniero te da prestigio”. Y ahí voy de idiota, sin saberlo. Si lo mío era el futbol. Y escribir poemas a mis novias. Y la bicicleta de mi pubertad. Lo mío no era ser ingeniero ni tener prestigio.

¿Prestigio? Eso es una soberana mamada. Prestigio tiene la señora de la fonda, que siempre le ofrece un taco a los vagabundos. Prestigio tiene don Felipe, que recoge perros extraviados y los da en adopción. Prestigio el de mi madre, que a sus 70 años aún hace deporte y ayuda a las señoras de la tercera edad. Prestigio tiene el que ayuda al prójimo. Prestigio no es tener una carrera y hacer varo. Prestigio no tiene el candidato que promete chingadera y media a cambio de mi voto. Prestigio no es ser ingeniero y meter material de tercera en la construcción. Prestigio no te da ser médico del Seguro Popular y cumplir con un horario burocrático. Prestigio no es tener un diploma o un doctorado en tu currículum. Y eso lo entendí a tiempo. Por eso dejé mis sueños de ingeniería, porque la Vocacional no me hacía feliz, no era mi lugar. Y cambié la ruta, me fui por el camino largo. Perdí algunos años en otros trabajos miserablemente pagados. Y un día regresé a la escuela, terminé la universidad. Y ahora tampoco tengo varo, ni auto del año, ni un departamento con vista al mar, mucho menos el “prestigio” de un abogado corrupto, pero me ha dado por ser más congruente con mis principios y mi alma ya no está empeñada en un Monte de Piedad. Tal vez no sea el tipo más feliz del mundo, pero hay un chingo de cosas que le dan sentido a mis días y a mis noches y desvelos.



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No, el “prestigio” no está enmarcado en una pared. El “prestigio” no son todos esos libros que has leído, ni los viajes por el mundo o que te digan “licenciado”. El prestigio no es un anuncio de tevé. El prestigio no viene en envases pequeños, ni lo compras en tiendas departamentales. Hay cosas más importantes. Y la armonía es una de ellas. Diría que la felicidad, pero eso es una quimera. La felicidad es un concepto en el diccionario, no un perfume de aparador. En todo caso aspiremos a estar en armonía: con lo que te rodea, con los que te hace sentir vivo, con lo que te reconcilia, con tus objetivos a corto y largo plazo, con tus seres queridos y con el prójimo. Creo que era Benedetti, no me hagan mucho caso, pero decía algo así como armonía es sentir tus labios temblar en cada beso, reconocerme en tus sonrisas, fracasar y salir al paso, esperarte en el portal y percibir que la vida por fin tiene algún sentido. Algo más o menos así.


Yo lo sigo pensando: Armonía es despertar con alguien a un lado, cantar camino al trabajo, archivar los rencores y hacerle un memorándum a tu cuerpo con copia y duplicado. Armonía es ver a Sabina en directo, pensarte en el almuerzo, cenarte cada noche y beberte despacio en la sobremesa. Armonía es encontrar tesoros en las líneas de Dante Guerra y honrarte con la poesía de mis manos sobre tus senos:

“Juré memorizarte palmo a palmo, esculpir tu cuerpo en mis sueños, palpar tus humedades con suave tacto, honrar tu piel a cada beso”.

Armonía es querer hasta en la ausencia, amar hasta los recuerdos:

“Juré amarte hasta los huesos, besar tu sombra en ausencia, atesorar tu aroma en mis recuerdos, fingir que no me haces falta, y echarte de menos con frecuencia.
Juré no besar otros labios mientras estás un tanto lejana, pero esta espera sí desespera y me fustigo con ron y tabaco mientras observo tu fotografía.
Juré no llamarte en las madrugadas, ni quedarme en silencio al otro lado del teléfono.
Me juré no extrañarte demasiado, pero hasta en eso he fallado.
Me prometí hacerme el fuerte para no salir ansioso a buscarte, pero ya te has tardado demasiado y no soy de esos tipos aburridos que se quedan mucho tiempo sentados.
Juré serte leal hasta con el pensamiento, pero la mente me está traicionando y empiezo a serte infiel con tu recuerdo”.



Roberto G. Castañeda

Manual para Canallas
El Gráfico

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