jueves, 9 de julio de 2015

Manual para Canallas / Sueños sin fecha de caducidad

Sueños sin fecha de caducidad








Caducan los helechos, también el girasol, igual que las uvas en racimo o las bugambilias de mi callejón. Caducan tantas cosas que ya hasta nos da miedo mirar hacia atrás.

Caducan las nubes con forma de oveja, la higuera de la infancia, el columpio junto al río, la paz de estas calles, la inocencia de aquellos niños que jugaban al doctor. Caducan los pastizales, el verde aroma de los valles, bajo el progreso del cemento. Caducan las veredas y se multiplican las autopistas. Caducan los baldíos y crecen los centros comerciales. Caducan las flores, caducan los riachuelos, caducan los barquitos de papel. Caducan las milpas, se multiplican las unidades habitacionales. Caducan las canchas de futbol y las bibliotecas y las señoras barriendo los portales. Caducan los limoneros, la yerbabuena silvestre, los membrillos en el jardín. Caduca el gato que retoza, el perro con sus pulgas, las aves en cautiverio. Caducan los buenos modales, la gente que vale la pena, los héroes cotidianos, los caballeros que ceden el asiento, la mano solidaria, la lealtad a los amigos. Caducan el respeto y la fidelidad. Caducan los honestos, mientras los corruptos forman un ejército. Caduca la licencia de conducir, la receta del médico y la credencial para votar. Lo que no caduca son las deudas, ni ese tronarse los dedos porque es fin de quincena y hay que pagar la renta y la luz y el teléfono. Caducan las cosas buenas, los goces cotidianos, los salvoconductos temporales, nuestros pequeños refugios.


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Caducarán los nervios, todas tus ansiedades, los temores de la infancia, el miedo al futuro, las deudas con el pasado, algunas noches de insomnio. Caducará la medicina del abuelo, aquella lata de verduras, el queso en el refrigerador. Caducará la leche agria, también alguna amargura del ayer o la anestesia de aquellos besos que es mejor olvidar. Caducará un amor pasajero, el desvelo de algún cuerpo, las caricias fingidas y los deseos más íntimos. Caducarán ciertos dolores que se han de volver a reciclar. Caducarán las ganas de levantarse cada mañana. Caducará el dinero que traes en el bolsillo. Y habrá de caducar esta sensación miserable de no encontrar el rumbo. Habrán de caducar los viejos Converse, estos jeans demasiados deslavados, los zapatos de tus hijos y el uniforme del colegio. Habrá de caducar ese vestido que te gusta tanto, las tapas de tus botines, las medias y los calcetines. Habrá de caducar el motor del automóvil, las ruedas de la bicicleta, la prisa por llegar a cualquier sitio. Pero no caducarán las alas de tus sueños ni tus ganas de seguir sobrevolando esta zona de desastre.


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Podrá caducar tu sonrisa o el entusiasmo. Podrá caducar tu tranquilidad y también la sopa del martes. Podrá caducar la crema Alpura o el saldo de tu cuenta y el clima bueno. Podrá caducar la primavera, tus vacaciones o la lozanía de tus recuerdos. Podrá caducar tu alegría, tus buenos propósitos del año, las ganas de bailar, el ánimo de cantar con los audífonos puestos. Sí, podrán caducar tus mejor sonrisas, el entusiasmo cotidiano, pero renacerán con otro brillo y otras hojas. Igual que tus miradas, igual que tu amor en flor.
Podrá caducar la tersura de tu piel, el vigor de tus caderas, la negrura de tu cabellera espesa. Caducará la firmeza de tus piernas y la simetría de tu cintura. Pero no ha de caducar el faro de tu sonrisa, ni el resplandor de tus miradas y mucho menos la fortaleza de tu espíritu aguerrido. No claudicarás, no caducarás por completo mientras tengas esperanza y mantengas el espíritu como una tormenta de fuego.


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Podrán caducar tus antidepresivos. Podrá caducar la serenidad, a merced de esa jauría que son los problemas de todos los días. Podrá caducar el romanticismo, pero no caducarán los poetas ni los libros que son tu guía. Podrá caducar el coraje, la rabia contenida. Podrá caducar la pasión, pero te queda el amor que salva y que lleva a buen puerto. Podrán caducar las canciones de moda, pero no expirará el soundtrack de tu vida. Podrán caducar tus planes para el futuro, pero quedará una ventana siempre abierta para intentar un plan de fuga. Podrá caducar el disco duro, aunque permanecerá intacto el archivo de recuerdos. Podrá caducar el músculo, pero siempre tendrás la valentía. Han de caducar las estrategias, pero no las ganas de luchar. Podrá caducar el entusiasmo, pero no la lucidez de Jaime Sabines: “Sólo por un instante me di cuenta del cielo. ¡Qué naturaleza, qué Dios tan distante y tan ajeno! Uno vive solo con sus deseos y ni siquiera es el espectáculo de sí mismo… No hay lugar para la desesperación, ni para la fatiga, ni para la alegría. Pendiente sólo de la pierna que duela, de la hora de ir al trabajo, de la acidez, del dinero gastado, de la hora de acostarse. Se resucita a veces, por un momento”.




Roberto G. Castañeda

Mamual para Canallas
El Gráfico

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